Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Cole parece moverse por la casa como si fuera suya. Abre la nevera, coge una botella de agua, se sienta y nadie parece considerarlo como algo extraño. Supongo que Mason y Cole sean muy amigos y se conozcan de toda la vida debe tener mucho que ver.

—¿Qué haces aquí? —le pregunta Mason recostándose en la silla.

—Necesitaba los informes del rodeo —le responde Cole.

—Ya te los envié.

—Los números no cuadraban.

—Los números siempre cuadran —sentencia Mason.

—Tus números no.

—Eso es una calumnia.

—Eso es experiencia.

Cole resopla, Margaret niega con la cabeza y yo empiezo a comprender que estos dos llevan años discutiendo o probablemente décadas.

—No le hagas caso —me dice Cole—. Lleva toda la semana convencido de que el presupuesto está mal.

—Porque está mal —insiste Mason.

—Porque eres insoportable.

—No, porque sé sumar.

—Porque tienes problemas de confianza —añade Cole.

—Porque tú tienes problemas con las matemáticas.

Margaret levanta una mano.

—Basta —interrumpe Margaret levantando una mano y los dos se callan al inmediatamente y eso resulta aún más impresionante—. Gracias.

—Sí, señora —afirma Cole.

—Claro, mamá —acepta Mason.

Margaret vuelve a su café y llego a la conclusión de que la autoridad silenciosa de esta mujer merece estudios científicos.

Una hora más tarde tengo más que claro que el Rancho Steele nunca se detiene.

Desde la ventana de la cocina veo camionetas entrando y saliendo, trabajadores moviéndose entre los establos y jinetes cruzando los pastos.

Hay actividad constante y Mason participa en ella, porque en cuanto termina de comer desaparece durante varios minutos.

Un rato después, cuando salgo a pasear, porque necesito que me dé el aire y sigo intentando asumir que voy a vivir aquí medio año, encuentro a Mason junto a los corrales hablando con dos trabajadores mientras revisa una lista.

Uno de los caballos parece haberse lesionado, otro necesita revisión veterinaria, hay una entrega pendiente y una cerca que alguien debe reparar antes de que anochezca.

Escucho la conversación sin acercarme demasiado, porque Mason no me ha visto todavía y aprovecho para observarlo resolviendo problemas durante un rato sin necesidad de levantar la voz, ni imponerse, ni intentar demostrar nada, solo trabaja y la pequeña duda que apareció esta mañana vuelve a aparecer.

Mason no encaja con la versión que he conservado de él durante años, porque no se corresponde con el chico arrogante al que resultaba tan fácil culpar de todo.

—Es de mala educación espiar —escucho una voz detrás de mí y yo me giro de inmediato para ver quién es.

—No estaba espiando —le digo a Cole.

—Claro.

—¿Todo el mundo en este rancho tiene problemas para creerme?

—No.

—Qué alivio.

—Solo Mason.

Le lanzo una mirada asesina de las mías y Cole se ríe.

—Ahora sí te reconozco.

—¿Perdona?

—La Lilly Collins que recuerdo discutía incluso con las señales de tráfico.

—Eso es una exageración.

—No mucho.

Vuelvo la vista hacia los corrales y veo que Mason acaba de quitarse el sombrero para secarse la frente. Al fondo, observo cómo el sol cae sobre el valle, varias aves sobrevuelan los pastos y el rancho continúa funcionando con una precisión que no esperaba encontrar.

—Está diferente —se me escapa la observación sin darme cuenta.

—Tú también —Cole tarda un instante en responderme.

—Hablaba de él.

—Ya lo sé —me contesta mirándome de reojo.

—La gente cambia.

—Algunos más que otros.

—Mason tuvo que hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque alguien tenía que hacerse cargo de todo esto —.

Cole observa a su amigo durante unos segundos mientras me habla, aunque no añade nada más porque no lo necesita, la respuesta está delante de mí en los establos, en los trabajadores, en los animales, en las tierras y en la responsabilidad que lleva sobre los hombros.

Y, por primera vez desde que regresé a Wild River, empiezo a preguntarme cuánto de la historia que me he contado durante todos estos años era verdad.

Cuando finalmente me refugio en la habitación que Margaret me ha preparado, el cansancio cae sobre mí de golpe.

La estancia es amplia, acogedora y luminosa.

Hay una colcha hecha a mano sobre la cama, un escritorio junto a la ventana y flores frescas sobre la cómoda.

Detalles pequeños, cuidados y pensados para alguien que va a quedarse durante una temporada.

Esa idea me revuelve por dentro, mientras dejo la maleta junto al armario.

«Quedarme durante seis meses», me digo para mí mientras camino hasta la ventana del dormitorio.

Desde allí puedo ver gran parte del rancho, los establos, los corrales, las colinas, los caballos moviéndose entre los pastos.

A lo lejos, la silueta de Mason sigue destacando entre el movimiento constante de trabajadores y animales.

Lanzo un hondo suspiro y mientras contemplo el paisaje y a él, porque continúo sin saber qué hacer con este matrimonio y queriendo regresar a Seattle.

También continúo enfadada con mi abuelo por haber organizado semejante desastre.

Nada de todo eso ha cambiado, pero mientras observo el rancho extendiéndose bajo el cielo de Montana, una idea inesperada aparece en mi cabeza: se supone que solo estaré aquí seis meses y que debería estar contando los días para marcharme.

Sin embargo, ahora mismo ya no estoy completamente segura de querer hacerlo.