Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Lilly

La camioneta avanza por una carretera de tierra mientras intento decidir cuál de mis problemas merece más atención, aunque la lista es larga: estoy casada con Mason Steele, voy a vivir seis meses en su rancho, todo Wild River conoce los detalles de mi humillación antes que yo y mi abuelo, incluso muerto, sigue organizando mi vida con una eficacia inquietante.

—Llevas diez minutos sin hablar —dice Mason con una mano en el volante y el otro brazo apoyado en la ventanilla abierta.

—Puedo estar más —le respondo apartando la mirada de los árboles que hay a mi lado en el camino por el que vamos.

—Empieza a preocuparme.

—Disfrútalo mientras dure.

Mason mantiene la vista en la carretera.

—No creo que dure mucho.

—En eso estamos de acuerdo.

El paisaje desfila al otro lado del cristal.

Las montañas se elevan a lo lejos, los pastos se extienden en todas direcciones y varias cercas de madera atraviesan las colinas siguiendo líneas imposibles de distinguir desde la distancia.

Montana siempre consigue parecer enorme, aunque ahora mismo esa inmensidad resulta poco útil.

Porque no importa lo grande que sea el estado, yo sigo atrapada dentro de una camioneta con mi marido accidental.

Sueldo un resoplido, porque solo pensar esa palabra ya me da dolor de cabeza.

—Tenemos que establecer reglas. —La frase sale de mi boca antes de que pueda reconsiderarla y Mason arquea una ceja.

—Eso suena peligroso.

—No, suena necesario —insisto.

—Adelante, te escucho.

—Primera regla. Nada de discutir delante de otras personas —le digo acomodándome en el asiento.

—Apoyo esa propuesta —responde Mason asintiendo con la cabeza.

—Segunda. Por nada del mundo vamos a alimentar los rumores.

—Llegas tarde para eso —me advierte mirándome un instante de reojo.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

—Tercera. Esto no cambia nada.

Mason tarda un segundo en responder.

—Depende de qué signifique exactamente ese «nada».

—Significa que seguimos siendo nosotros.

—Eso tampoco resulta especialmente tranquilizador.

Le lanzo una mirada asesina, pero no me ve porque está concentrado en la carretera.

—¿Tienes alguna regla más? —me pregunta.

—Sí.

—Adelante.

—No vuelvas a besarme —suelto de forma tajante y esta vez sí gira la cabeza, aunque solo un instante, aunque con eso es más que suficiente.

—Esa parece bastante específica.

—Porque la situación lo requiere.

—Entendido —me contesta de forma rápida y, por alguna razón, eso me cabrea muchísimo—. ¿Eso es todo?

—¿Te parece poco?

—Me parece que los próximos seis meses se me van a hacer larguísimos.

—Por fin algo en lo que coincidimos.

Durante unos minutos ninguno habla y, para mi sorpresa, esa calma resulta soportable. No cómoda, ni agradable, solo soportable. Lo cual ya es un avance importante teniendo en cuenta cómo empezó esta semana.

La carretera gira alrededor de una colina y entonces veo el Rancho Steele.

La primera impresión que me da es que es sencillo y enorme, enorme de verdad.

Una verja de madera marca la entrada principal.

Más allá se extienden kilómetros de pastos, establos, cercados y construcciones distribuidas por el valle.

Varias camionetas se mueven entre los caminos interiores.

Un grupo de jinetes cruza una ladera cercana, mientras decenas de caballos ocupan los prados más próximos.

Sin duda, este lugar parece una pequeña ciudad construida alrededor de un rancho.

—No esperaba esto —confieso antes de que pueda mantenerme calladita.

—¿Qué esperabas? —me pregunta Mason.

—Menos.

—Eso es bastante ambiguo.

—Creía que exageraban.

—¿Quiénes?

—Todo el mundo —respondo encogiéndome de hombros.

Porque en Wild River todo el mundo habla del Rancho Steele, de los caballos, de las competiciones, de las tierras y también de los Steele, evidentemente. Siempre había creído que había algo de mitología local en esas historias, pero ahora empiezo a sospechar que se quedaban cortos.

La camioneta atraviesa la entrada principal y varias personas saludan al pasar. Me da la sensación de que todos parecen conocer a Mason y todos reciben una respuesta, un gesto, una pregunta o un comentario de Mason, que actúa con todos ellos con total familiaridad.

—Buenos días, jefe.

Un hombre levanta una mano desde un tractor.

—¿Cómo va la pierna?

—Mucho mejor.

—Me alegro.

Seguimos avanzando y otra trabajadora sale de uno de los establos.

—¡Mason!

—¿Ya ha llegado el veterinario? —pregunta Mason desde dentro de la camioneta.

—Hace una hora.

—Perfecto.

La conversación termina ahí, pero algo empieza a resultarme muy evidente.

—Te conocen todos.

—Trabajo aquí —me responde encogiéndose de hombros.

—Eso no explica nada.

—Llevo haciéndolo toda mi vida.

Observo otra vez el movimiento constante del rancho.

La actividad, la organización, la gente y en ese momento aparece una pequeña duda en una idea que llevo años repitiéndome.

Siempre pensé que Mason era el heredero perfecto de una familia rica.

El chico popular que nunca tuvo que esforzarse para conseguir nada.

Sin embargo, ahora mismo parece un hombre responsable de cientos de problemas diarios que empiezan antes del amanecer.

No me gusta esa conclusión, porque complica mis prejuicios y mis prejuicios, hasta que he llegado aquí, eran cómodos.

La casa principal aparece al final de una avenida bordeada por álamos. Es una construcción grande, elegante y está hecha con piedra y madera oscura. La verdad es que parece una mansión que ha ido creciendo durante distintas generaciones.

—Bienvenida al desastre —dice Mason al detener la camioneta.

—Pensaba que el desastre había empezado cuando nos casamos.

Bajo del vehículo y percibo un olor en el aire a tierra húmeda, heno y verano y, por algún motivo, eso me recuerda a mi infancia.

La puerta principal se abre antes de que nos acerquemos y una mujer sale al porche.

La señora tiene el cabello gris, la postura recta y una mirada inteligente, que impone respeto.

Al fijarme en ella me doy cuenta que es Margaret Steele, la madre de Mason, a quien no he visto desde hace años.

—¡Lilly! —me dice con voz cálida mientras baja los escalones de entrada a la casa y me abraza antes de que pueda prepararme. Me quedo inmóvil durante un instante y luego respondo, porque Margaret Steele siempre ha sido imposible de rechazar.

—Siento mucho lo de tu abuelo —me dice mientras me abraza.

—Gracias.

—Ha pasado mucho tiempo —añade mientras se aparta un poco de mí para observarme mejor.

—Sí —asiento con una sonrisa suave.

—Demasiado.

—Eso parece pensar todo el pueblo.

—Porque es verdad —me responde con una sonrisa.

—Mamá —la llama Mason, que aparece detrás de mí—. No la asustes el primer día.

—No seas dramático —le contesta Margaret.

—No lo soy...

—Claro.

Por la forma en que Margaret lo mira entiendo inmediatamente de dónde ha heredado Mason su capacidad para discutir por deporte.

—Entrad —nos indica ella con amabilidad, aunque en el fondo es una orden, que yo obedezco sin rechistar.

Una hora más tarde empiezo a sospechar que Margaret Steele forma parte de una conspiración internacional dedicada a alimentar personas, porque desde que hemos llegado ya me ha ofrecido café, comida, más café, pastel y más comida.

—No puedo seguir comiendo —me niego con amabilidad.

—Claro que puedes —insiste ella.

—No, de verdad…

—Claro que sí —inisiste ella.

Mason levanta la vista desde el otro lado de la mesa.

—No ganarás esa discusión contra mi madre, Lilly.

—Ya —le doy la razón.

—Nadie puede con ella —añade él negando con la cabeza.

—Me lo puedo imaginar…

Margaret parece satisfecha, lo cual confirma nuestras sospechas.

En ese momento, la puerta principal se abre y un hombre alto entra directamente en la cocina.

Tiene el cabello oscuro, la mandíbula afilada, la camisa arremangada y la actitud propia de quien considera las normas solo una sugerencia opcional.

—¿Interrumpo algo? —pregunta nada más aparecer.

—Tu educación, probablemente —le responde Margaret sin ni siquiera levantar la voz.

—Buenos días para ti también —el recién llegado le contesta con una sonrisa.

Justo en ese momento, recuerdo el nombre del hombre antes de que alguien lo diga: Cole Donovan, dueño del rancho Donovan, y por la expresión que aparece en la cara de Mason, la llegada no parece casual.

Cole deja una carpeta sobre la encimera y se detiene al verme. Durante un instante parece sorprendido, pero después mira a Mason y entonces aparece una sonrisa en sus labios, que me provoca una sensación inmediata de peligro.

—Ah.

—No —. La respuesta de Mason llega tan rápido que parece automática.

—Ni siquiera he dicho nada —se apresura a contestar Cole.

—Lo estabas pensando.

—Eso es verdad.

—Lilly Collins —me dice Cole al volver a mirarme.

—Cole Donovan —le respondo yo.

—Cuánto tiempo.

—Sí, bastante —añado mientras nos damos la mano.

Su apretón es firme y directo. La clase de saludo que encaja perfectamente con el resto del rancho.

—Siento lo de tu abuelo.

—Gracias.

—Era un buen hombre —expresa y su sonrisa desaparece unos segundos de su cara.

—Lo era.

Cole asiente y después vuelve a girarse hacia Mason.

—Aunque admito que no esperaba volver a verla así.

—Cole —le llama Mason.

—¿Qué?

—No sigas por ahí…

—Ni siquiera he terminado la frase —se disculpa Cole encogiéndose de hombros.

—Precisamente.

—Si vas a comportarte como un adolescente, puedes hacerlo fuera de mi cocina —sentencia Margaret dejando la taza que tenía entre las manos sobre la mesa.

—Solo intento aportar alegría —Mason trata de explicarse.

—Pues has fracasado de forma estrepitosa.

—Esa herida tardará en sanar —responde Cole llevándose una mano al pecho.

—Lo superarás.

—Eso espero.

La conversación resulta tan natural entre ellos que durante unos segundos me limito a observar de un lado al otro de la cocina, como si estuviera presenciando un partido de tenis.