Capítulo 5 #2
—¿Entonces con qué? —quiere saber Lilly.
—Con el tiempo.
La respuesta llega tan rápida que parece que Nathan la tuviese preparada. Lilly lo mira y yo también.
—Explícate —le pido.
—Tu abuelo pasó años intentando que volvieras —empieza Nathan cruzándose de brazos.
La mandíbula de Lilly vuelve a tensarse.
—Nathan…
—Es verdad.
—Eso no le daba derecho a decidir por mí.
—No estoy diciendo que se lo diera.
—Pues suena bastante parecido.
Nathan se inclina ligeramente hacia delante.
—Creo que William sabía que venderías la casa y las tierras en cuanto heredases todo.
Lilly no responde, porque probablemente también había pensado hacerlo.
—Y creo que encontró la única forma de impedir que tomaras esa decisión inmediatamente.
La habitación vuelve a quedarse en calma, aunque esta vez es una calma incómoda, porque la teoría tiene sentido, William Collins era exactamente el tipo de hombre capaz de planear algo así y porque todos sabemos que Lilly tenía intención de marcharse.
—Sigue siendo una locura —afirma Lilly.
—Sí — Nathan asiente con la cabeza.
—Una locura enorme.
—También.
—Y una manipulación emocional bastante cuestionable —añade Lilly.
—No voy a discutir eso.
—Mejor —dice ella soltando un resoplido.
—Pero sigue siendo legal —le confirma el abogado.
Ahí está el verdadero problema. No importa que sea injusto y absurdo, lo importante es que es legal, porque eso lo cambia todo.
—¿Qué ocurre si nos divorciamos mañana? —le pregunto yo ahora a Nathan.
—Lilly perdería las tierras —Nathan responde inmediatamente
—Perfecto —ironizo yo.
—No he terminado —nos avisa el abogado.
—Claro que no —añade Lilly.
—La cláusula también establece que, si las tierras no pasan a Lilly, se venderán mediante un proceso gestionado por el fideicomiso que creó William.
—¿Qué significa eso exactamente? —pregunto incorporándome ligeramente en la silla.
—Que ni tú ni Lilly controlaríais la venta.
—¿Y quién la controlaría? —pregunta Lilly frunciendo el ceño.
—Los administradores del fideicomiso.
—¿Y quiénes son?
Nathan me mira y después la mira a ella.
—Un comité externo.
—Genial —resopla Lilly.
—Eso mismo digo yo —añado.
Porque ahora ya no hablamos solo de orgullo, ni de un matrimonio ridículo, ni siquiera de la herencia.
Ahora hablamos de permitir que unos desconocidos decidan qué hacer con unas tierras que han pertenecido a la familia Collins durante generaciones.
Por la expresión de Lilly comprendo que acaba de llegar exactamente a la misma conclusión.
—Mi abuelo jamás habría querido eso —afirma ella con convencimiento.
—No —. Nathan asiente —. Precisamente por eso dejó la otra opción.
Lilly se pone en pie otra vez y empieza a caminar por el despacho. Da dos pasos hacia una pared y tres hacia la otra. La conozco lo suficiente para saber que está intentando no explotar.
—Esto es ridículo —dice según camina de un lado a otro.
—Totalmente ridíciulo —añado yo.
—No puedo quedarme seis meses —afirma Lilly.
—Imagino —le responde Nathan.
—Tengo trabajo y una vida en Seattle.
—Lo sé —le contesto.
—Pues deja de decir «lo sé».
—Lo digo porque lo sé —le aclaro y la respuesta sale de mi boca antes de pensarla.
—No me ayudes —me dice girándose hacia mí y atravesándome con la mirada.
—No lo estaba intentando.
—Empiezo a arrepentirme de haber aceptado ser vuestro abogado —dice Nathan masajeándose las sienes.
—Es tarde para eso —le aclaro.
—Muchísimo —añade Lilly.
Durante unos segundos ninguno habla.
—Salid un momento —nos indica Nathan señalando la puerta del despacho.
—¿Qué? —pregunta Lilly alzando la mirada hacia él con gesto extrañado.
—Necesito cinco minutos para revisar una cosa —nos aclara
—Pero... —empiezo a decir yo con el ceño fruncido.
—Cinco minutos —insiste Nathan.
Lilly abre la boca, pero la vuelve a cerrar y sale del despacho antes de que la discusión pueda reiniciarse de nuevo. Yo la sigo y la puerta se cierra detrás de nosotros.
—¿Estás satisfecho? —me pregunta Lilly cuando ambos estamos solos en el pasillo.
Ahí está la primera bala.
—¿Con qué exactamente? —quiero saber yo ahora.
—Con todo esto —me aclara y después suelta un resoplido.
—¿De verdad sigues pensando que tengo algo que ver?
—No lo sé —me suelta encogiéndose de hombros.
—Pues yo sí.
—Qué bien por ti.
—Lilly.
—¿Qué?
—No todo gira alrededor de una conspiración.
—Y no todo gira alrededor de los Steele —me responde cruzándose de brazos.
—Eso tampoco ha sido nunca verdad.
La discusión amenaza con ir a más. Lo noto y ella también, porque de pronto deja escapar el aire lentamente y aparta la mirada hacia la ventana del pasillo a través de la que se ve la plaza principal de Wild River, las tiendas, la fuente y la gente del pueblo entero continuando con su vida.
—Odio esto —su frase suena cansada, mucho más que enfadada.
—Yo tampoco estoy entusiasmado.
—No es solo el matrimonio.
—Ya.
—Es volver aquí y descubrir que sigo atrapada en las mismas discusiones.
La observo unos segundos.
—Entonces deja de tenerlas —le respondo tras observarla unos segundos.
—Qué solución tan brillante —resopla.
—Solo trato de colaborar.
—Pues lo haces fatal.
—Lo sé.
Por primera vez desde que salimos del despacho, ninguno intenta ganar la conversación y eso resulta extrañamente raro. De repente, la puerta del despacho vuelve a abrirse y Nathan asoma la cabeza.
—Ya podéis pasar.
Entramos otra vez y Nathan permanece de pie junto a la mesa.
—He revisado todo una última vez —nos cuenta.
—¿Y?
—No podéis hacer como si no existiera.
Lilly cierra los ojos y yo también siento cómo se hunde algo dentro de mí. Porque ya conocíamos la respuesta, pero escucharla en voz alta la vuelve real.
—Durante seis meses estáis casados —continúa Nathan señalándonos con el índice alternativamente.
—Qué frase tan horrible —afirma Lilly.
—¿Y después? —pregunto yo.
—Después podréis divorciaros —le aclara Nathan.
—¡Fantástico! —exclamo con alegría.
Nathan no parece compartir mi entusiasmo y eso nunca es buena señal.
—Necesito hablar con ella a solas —le pido a Nathan poniéndome en pie y él asiente inmediatamente.
Lilly parece desconfiar de la idea, lo comprendo, porque yo tampoco estoy especialmente feliz, pero ya hemos agotado las alternativas razonables. Espero hasta que Nathan abandona el despacho, después cierro la puerta mientras Lilly me observa desde el otro lado de la mesa.
—No me gusta esa mirada —le digo regresando a mi silla.
—A mí tampoco me gusta esta situación.
—Coincidimos mucho últimamente.
—Empieza a preocuparme.
Ella resopla y yo me apoyo sobre el borde del escritorio. Por primera vez desde que empezó este desastre, dejo de pensar en abogados, testamentos y cláusulas, porque el problema real está delante de mí y tiene los ojos verdes más tercos de Montana.
—Tenemos que encontrar una forma de sobrevivir seis meses juntos.