Capítulo 5
Mason
Hay varias cosas que un hombre espera escuchar cuando entra en el despacho de su abogado: problemas fiscales, demandas, disputas por lindes e incluso alguna denuncia absurda relacionada con ganado.
Pero lo que no espera es descubrir que un matrimonio accidental celebrado durante una noche desastrosa con demasiado alcohol de por medio es solo el segundo problema más grave de la mañana.
Nathan McCarthy permanece sentado detrás de su escritorio observándonos con una expresión que no me gusta nada a Lilly y a mí.
Porque Nathan siempre encuentra algo divertido en casi cualquier situación, pero ahora mismo lo último que parece es divertido, es más, tiene aspecto de estar preocupado, lo que es aún peor.
Lilly está sentada en la silla situada a mi lado. Tiene los brazos cruzados, la mandíbula tensa y la misma expresión que ten´nia cuando apareció esta mañana agitando un certificado matrimonial delante de mi cara nada más despertarme. La verdad es que ninguno de los dos ha tenido un buen despertar.
—Voy a empezar por el principio —nos dice Nathan dejando una carpeta sobre la mesa.
—Te lo agradecería —le respondo asintiendo con la cabeza.
—Yo también —añade Lilly.
Nathan asiente.
—William Collins modificó su testamento hace unos meses.
Al escucharle, Lilly frunce el ceño inmediatamente.
—No sabía que hubiera cambiado nada.
—Muy poca gente lo sabía —le responde Nathan abriendo la carpeta. Después, saca varios documentos y, por último, una hoja doblada—. Antes de nada, hay algo que dejó expresamente para ti—. Mira a Lilly. —Una carta.
La expresión de Lilly cambia un poco cuando Nathan le entrega el sobre cerrado.
Ella tarda unos segundos en cogerlo y después rompe el sello con cuidado.
El despacho se queda en calma mientras lee y yo me esfuerzo en no leer lo que pone, no porque sea especialmente educado, sino porque esa carta no me pertenece.
Observo a Lilly mientras lee y me fijo en cómo sus ojos recorren las líneas, aprieta los labios y traga saliva.
William Collins murió hace apenas unos días, pero durante un instante parece volver a estar en esta habitación.
Aparece en la sonrisa triste que cruza el rostro de Lilly, en cómo baja la mirada y en el brillo repentino de sus ojos, aunque no llora.
Lilly nunca ha sido de llorar delante de otras personas, pero la conozco lo suficiente para saber cuándo algo le duele y esa carta le duele.
Cuando termina de leerla permanece inmóvil unos segundos. Después vuelve a doblarla con mucho cuidado
—¿Estás bien? —le pregunto sin poder evitar que la pregunta se escape de mi garganta.
Lilly levanta la cabeza y me da la sensación de que está sorprendida.
—Sí —miente y los dos lo sabemos, pero no la contradigo.
Nathan espera unos segundos más antes de continuar.
—William quería que supieras que estaba orgulloso de ti.
La mandíbula de Lilly vuelve a tensarse.
—Ya lo he leído.
—También quería que supieras que nunca te culpó por marcharte.
La frase cae sobre la mesa con más fuerza que cualquier otra cosa dicha durante la mañana. Lilly aparta la mirada y durante un momento vuelve a parecer la chica que abandonó Wild River diez años atrás convencida de que quedarse significaba renunciar a sí misma.
Nathan deja que el silencio haga su trabajo y después abre otra carpeta.
—Ahora vamos a hablar de la herencia —dice y a partir de ese momento empieza el verdadero problema.
—Perfecto.
La palabra sale de la boca de Lilly sin entusiasmo alguno.
—William te deja la casa —empieza Nathan.
—Lo esperaba —asiente ella con la cabeza.
—También sus cuentas.
—Bien.
—Y las tierras del río.
Lilly asiente de nuevo y yo también. Hasta ahí nada resulta extraño, porque todo el mundo sabe que aquellas tierras pertenecían a William Collins y que Lilly es su única heredera.
Por lo que lo lógico es que pasen a sus manos.
Sin embargo, antes de continuar Nathan suspira y entonces comprendo que lo lógico acaba de abandonar la conversación.
—Pero hay una cláusula.
Lilly cierra los ojos.
—Por supuesto que la hay —añade ella en un susurro y se muerde el labio inferior.
—No me gustan las cláusulas —digo yo sin poder contenerme.
—A mí tampoco —añade ella-
Nathan junta las manos sobre el escritorio.
—William estableció una condición para que la propiedad de las tierras pase definitivamente a Lilly.
La habitación parece encogerse.
—¿Qué condición? —pregunta Lilly abriendo ahora mucho los ojos.
Nathan nos observa a ambos y después baja la mirada hacia los documentos. Entonces pronuncia la frase que termina de destruir cualquier esperanza razonable que quedara viva.
—Que Lilly debe casarse o estar casada para recibir la herencia. También pone como condición que el matrimonio debe durar como mínimo seis meses.
Nadie habla, ni respira y ni siquiera estoy seguro de si alguien parpadea.
—No. — Lilly es la primera en reaccionar.
Nathan no responde.
—No —repite ella.
—Lilly... —empiezo a decir.
—No —sigue repitiendo Lilly.
Se pone en pie tan rápido que la silla casi cae hacia atrás.
—Eso no puede ser legal.
—Lo es —le confirma Nathan.
—Es absurdo.
—He revisado el documento tres veces —le explica el abogado.
—Revísalo cuatro —le dice Lilly.
—Ya lo he hecho —le confirma Nathan.
—Cinco.
—También —asiente de nuevo él.
La frustración empieza a llenar la habitación y puedo sentirla, porque la comparto.
—Explícamelo otra vez —le pide ella.
Nathan me mira.
—Las tierras forman parte de una propiedad separada dentro del patrimonio de William, al igual que sus cuentas.
—Lo sé —asiente Lilly-
—La cláusula indica que tú conservarás esas tierras y sus cuentas en exclusividad por ser su única heredera, solo si sigues estás casada en la lectura del testamento y si te acabas de casar, como es el caso, debes esperar seis meses para recibir la herencia.
Lilly vuelve a sentarse, pero solo para levantarse otra vez dos segundos después.
—Eso es una locura —sentencia Lilly.
—Estoy bastante de acuerdo —añade Nathan.
—¿Por qué haría algo así? —pregunta ella frunciendo el ceño.
—Creo que la respuesta está en la carta —le responde Nathan sin dejar de observarla.
Lilly no responde, porque probablemente también lo sabe. Porque William Collins siempre creyó que el problema de su nieta no era que se marchara de Wild River, sino que no se quedase nunca el tiempo suficiente en ninguna parte.
Nathan abre entonces un mapa antiguo y grande sobre la mesa. Reconozco la zona inmediatamente. El río, los pastos, las colinas del este y las tierras Collins.
—Hay algo más —añade Nathan.
Por supuesto, siempre hay algo más.
—Estas parcelas limitan directamente con Steele Ranch —dice Nathan señalando una zona concreta.
Levanto la cabeza y entiendo parte del problema y Lilly también. Por la forma en que me mira, sospecho que ha llegado exactamente a la misma conclusión equivocada que esperaba.
—¿Qué significa eso? —quiero saber.
—Significa que ya entiendo por qué estás tan tranquilo —me suelta Lilly.
—No estoy tranquilo —digo negando con la cabeza.
—Llevas años intentando comprar esa zona —me responde ella negando con la cabeza.
—Mi rancho ha mostrado interés, no es lo mismo —le explico.
—Qué casualidad.
—No empieces —le suelto.
—¿Que no empiece?
—Lilly.
—¿Tu familia sabía algo de esta cláusula? —inquiere Lilly.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Conveniente.
Ahí está: la desconfianza. El mismo choque de siempre, solo que ahora tenemos un certificado matrimonial sobre la mesa que nos une.
Durante unos segundos nadie habla. Nathan nos observa, yo observo a Lilly y ella parece debatirse entre gritar, marcharse o lanzarme el mapa a la cabeza.
Las tres opciones resultan bastante creíbles en esta situación.
—Mi familia no sabía nada de esta cláusula —declaro con voz firme, porque empiezo a cansarme de que me mire como si hubiera organizado una conspiración legal durante años para casarme con ella.
—Claro —me responde volteando los ojos.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La que pones cuando decides que soy culpable antes de escuchar una sola explicación —le suelto de carrerilla.
—Mason, llevabais años intentando comprar esa zona.
—Porque son buenas tierras —le confirmo.
—Precisamente por eso.
—Eso no significa que haya manipulado el testamento —le aclaro y me echo el pelo hacia atrás con una mano.
—Los dos vais a bajar el volumen —nos interrumpe Nathan alzando una mano.
—Él ha empezado.
—Tú empezaste esta mañana.
—¿Perdona? —me pregunta Lilly girando la cabeza hacia mí.
—Has insinuado tres veces que estoy detrás de esto.
—Porque parece sospechoso.
—Pues acostúmbrate a vivir decepcionada porque esta vez no lo estoy.
Nathan deja escapar un suspiro.
—Gracias por confirmar que el matrimonio sigue intacto.
—¿Qué? —preguntamos los dos girándonos a la vez hacia Nathan.
—Que seguís discutiendo como una pareja casada —nos responde él.
—No somos una pareja.
—Técnicamente...
—Nathan —le dice Lilly atravesándolo con la mirada.
—Vale. Técnicamente sí lo sois.
Lilly vuelve a dejarse caer en la silla, aunque no parece más tranquila, sino solo más cansada y la entiendo. Yo tampoco tengo energía para seguir enfadándome cuando el problema sigue sentado delante de nosotros sobre una carpeta de color azul.
—Escúchame un momento —insiste Nathan girando el mapa hacia Lilly.
—Te estoy escuchando —le confirma ella.
—Las tierras del río no son solo una propiedad sentimental.
—Ya lo sé.
—Valen mucho dinero.
—También lo sé.
Nathan señala la zona marcada junto al agua.
—Además, tienen derechos sobre el acceso a varios terrenos colindantes —señala Nathan.
Lilly baja la vista hacia el mapa y su expresión cambia ligeramente, porque empieza a comprenderlo.
—William sabía exactamente lo que te estaba dejando —le aclara Nathan.
—Mi abuelo conocía esas tierras mejor que nadie.
—Precisamente por eso no creo que la cláusula tenga que ver con el dinero.