Capítulo 4
Lilly
La primera persona a la que tengo ganas de estrangular esta mañana soy yo misma, la segunda es Mason Steele y la tercera es quien demonios tuviera la brillante idea de permitir que dos personas con demasiado alcohol en las venas pudieran casarse legalmente en Montana.
Sigo sentada sobre la cama con el certificado matrimonial en una mano y una resaca criminal golpeándome detrás de los ojos mientras intento convencerme de que esto debe tener una explicación razonable.
Pero no la tiene. He revisado el documento tres veces, después cuatro y luego cinco y sigue diciendo exactamente lo mismo: estamos casados legalmente.
Mason continúa sentado al otro lado de la cama, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas y una expresión que, por primera vez desde que he vuelto a Wild River, se parece bastante a la mía.
Algo que está a medio camino entre la confusión, la incredulidad, el arrepentimiento y quizá un poco de miedo.
He de reconocer, que lo último me hace sentir marginalmente mejor.
—Dime que recuerdas algo que yo no recuerdo.
—Recuerdo a Nathan intentando detenernos —me dice Mason pasándose una mano por la nuca.
—Eso también lo recuerdo —asiento con la cabeza.
—Recuerdo a Bonnie llorando.
—Bonnie llora cuando termina una novela romántica —trato de quitarle importancia.
—Buen punto.
—¿Algo útil?
—No.
—Fantástico —ironizo negando con la cabeza.
Jsuto después, me levanto de la cama, pero al instante me doy cuenta de que es un tremendo error, porque la habitación empieza a dar vueltas a mi alrededor. Como puedo apoyo una mano sobre la cómoda más cercana.
—Voy a vomitar —digo como puedo.
—La puerta del baño está ahí —me indica Mason sin levantarse de la cama.
—Gracias por la información.
—Intento ayudar.
—No me ayudas.
—Lo intento igualmente.
Le lanzo una mirada asesina y, por suerte, Mason tiene la decencia de no sonreír, aunque por poco y eso tampoco ayuda.
Entro en el baño, me echo agua fría en la cara y me observo en el espejo durante unos segundos. Tengo el pelo imposible, de mi maquillaje casi no queda rastro y una alianza en el dedo, sí, el anillo sigue ahí.
«Maldita alianza», me digo para mí mientras vuelvo a echarme agua fría en la cara.
Cuando regreso a la habitación, Mason ya está de pie e incluso se ha puesto las botas, aunque también parece un hombre que ha dormido tres horas y acaba de descubrir que se ha casado por accidente. Al menos hay cierta coherencia visual.
—Necesitamos anular esto —le digo con convicción.
—Estoy de acuerdo —asiente.
—Bien.
—Muy bien.
—Perfecto.
Nos quedamos mirándonos y la conversación se detiene porque ninguno tiene la menor idea de cómo se anula un matrimonio accidental celebrado en mitad de una noche absurda.
—¿Y ahora qué? —me pregunta encogiéndose de hombros.
—Ahora llamamos a alguien que sepa de estas cosas.
—Nathan —decimos los dos a la vez y la sincronía resulta irritante.
—Odio que coincidamos —afirmo con contundencia.
—Yo también.
Esta vez sí sonríe y por un instante vuelvo a recordar el beso, lo que es un error, por lo que aparto la mirada inmediatamente.
—Voy a vestirme —le digo.
—Buena idea.
—No era una invitación para que opinaras.
—Lo sé.
—Bien.
—Muy bien.
—Deja de hacer eso.
—¿El qué? —pregunta arrugando el entrecejo.
—Responder a todo lo que digo.
—Lilly, acabamos de descubrir que estamos casados. Creo que responder es lo mínimo que puedo hacer.
No tengo una réplica inmediata para lo que acaba de decir y lo odio también por eso.
Treinta minutos después abandonamos la suite.
La misión es sencilla: salir del hotel, llamar a Nathan, resolver este desastre y volver a Seatle cuanto antes.
Sin embargo, el plan empieza a derrumbarse exactamente ocho segundos después de cruzar el vestíbulo del hotel, porque la recepcionista nos ve y nos sonríe.
—Buenos días —nos dice con una sonrisa radiante.
—Hola —le respondemos casi al unísono y yo intento seguir caminando, pero no funciona.
—Espero que disfrutarais de vuestra noche —añade la recepcionista.
Mason se queda inmóvil y yo también.
—Gracias —acertamos los dos a decir otra vez en sincronía.
La sonrisa de la mujer aumenta.
—Toda la ciudad está muy feliz por vosotros.
«Mierda. Mierda. Mierda», me digo para mí.
—Dime que ha sido una casualidad —le digo a Mason cuando salimos del hotel.
—No lo creo —me responde negando con la cabeza.
—Yo tampoco.
—Nathan va a disfrutar muchísimo —me cuenta con una media sonrisa.
—No me recuerdes a Nathan —resoplo.
Cuando cruzamos la calle, un coche toca el claxon y Walter Jenkins nos saluda desde la ventanilla.
—¡Enhorabuena!
Sigo caminando sin responderle, ni mirar atrás y sin respirar.
—Walter lo sabe —le digo a Mason.
—Eso parece…
—Walter nunca sabe nada.
—Pues hoy sí.
—Esto es una pesadilla —chasqueo la lengua.
—Estoy empezando a estar de acuerdo contigo —suelta Mason negando con la cabeza.
Cuando nos cruzamos con una mujer que sale de la farmacia, al vernos abre los ojos y después sonríe.
—¡Qué alegría! —exclama la mujer, aunque ninguno de los dos la conoce.
—Gracias.
No sé por qué respondo, probablemente porque mi cerebro ha dejado de funcionar.
—Parece que todo el pueblo está hablando de esto… —teorizo aun incrédula de que la noticia haya corrido tanto.
La mujer sigue caminando, pero yo me detengo.
—Todo el pueblo lo sabe —le digo a Mason mirándole a los ojos.
—Eso parece…
—¿Cómo?
—Bonnie… Ya sabes que es el centro neurálgico de la información de Wild River —me recuerda.
—Tienes razón.
Retomo la marcha, pero ahora camino más rápido.
—Lilly Collins.
Un hombre alto de unos treinta y tantos años y con traje sale de la puerta de una oficina situada junto a la plaza principal y me llama con una sonrisa.
Lo reconozco unos segundos después, es James Walker, el sheriff de Wild River.
Uno de los pocos chicos del pueblo, que consiguió escapar para estudiar fuera y acabó regresando por voluntad propia, algo que siempre me ha parecido sospechoso.
—James.
—¡Cuánto tiempo! —exclama con una sonrisa.
Nos abrazamos brevemente y me resulta agradable volver a verle.
—Siento mucho lo de tu abuelo.
—Gracias.
—Era un gran hombre —me dice y veo cómo la tristeza cruza fugazmente su expresión.
—Sí, lo era —. Asiento con la cabeza apretando los labios.
James también asiente y después mira a Mason y veo como justo en ese momento una sonrisa muy distinta se dibuja en sus labios.
—Steele —lo saluda.
—Walker —le responde Mason.
—¿Sigues causando problemas?
—Menos de los que parece.
—Entonces alguien está mintiendo.
Mason resopla y yo sospecho que James acaba de convertirse en una de mis personas favoritas de este pueblo.
—Por cierto —. James vuelve a mirarme—. Enhorabuena.
Cierro los ojos.
—Tú también lo sabes.
—Lilly, ahora mismo lo sabe hasta el perro de Walter —me aclara Mason, que se pasa una mano por la cara y resopla, mientras yo me planteo seriamente la posibilidad de mudarme a otro continente.
—Ha sido un accidente —le aclaro a Walker.
—Claro —dice James.
—James…—le llamo la atención.
—No he dicho nada —alza las palmas de las manos a la vez en señal de inocencia.
—Ya, pero lo has pensado muy fuerte.
—Eso también es verdad —reconoce James, que termina marchándose después de prometer que intentará no contarle a nadie más que nos ha visto juntos, aunque ninguno de los tres se cree esa promesa.
—Me cae bien —le digo a Mason cuando volvemos a quedarnos solos.
—Porque acaba de burlarse de mí.
—Eso ayuda, es cierto —reconozco y me pongo un mechón de pelo tras la oreja.
—Siempre habéis tenido una bonita amistad —se burla Mason.
—No te pongas celoso.
—No lo estoy.
—Claaaaaaaaro —ironizo.
Cuando llegamos a la plaza principal, los comercios ya están abiertos, varias camionetas ocupan los aparcamientos de la zona de las tiendas y algunas personas caminan por la acera con un café en la mano.
En circunstancias normales, la escena resultaría agradable, pero hoy a mí me parece un campo de minas, porque cualquier persona que nos ve sonríe inmediatamente y, en estas circunstancias, eso no es buena señal.
—Vamos a llamar a Nathan antes de que alguien nos felicite otra vez.
—Apoyo la moción.
Mason saca el móvil y le llama con el manos libres, mientras yo cruzo los dedos, porque empiezo a estar desesperada.
—Buenos días —Nathan responde al tercer tono y su voz suena peligrosamente divertida.
—No —le contesta Mason
—¿Qué sucede? —quiere saber Nathan.
—Necesitamos ayuda —le suelta Mason directamente.
—Lo imaginaba…
—Deja de disfrutar de esto —añade Mason.
—Lo estoy intentando —le contesta Nathan y tengo la sensación de que se está aguantando la risa.
—Mientes fatal —añado yo atreviéndome a meterme en la conversación.
—Eso también me lo ha dicho Mason.
—¿Podemos centrarnos? —le pido poniéndome todo el pelo sobre le hombro derecho.
—Claro —acepta Nathan y se queda unos segundos en silencio—. ¿Ya habéis visto el certificado?
—Sí —contestamos Mason y yo a la vez.
—¿Ya habéis comprobado que la boda existe legalmente?
—Sí —de nuevo respondemos en perfecta sincronía.
—¿Ya habéis descubierto que todo el pueblo lo sabe?
—También —me adelanto a responder yo.
—Bien.
—¿Bien? —le pregunta Mason.
—Es un paso más, solo una señal de que vamos avanzando —nos explica Nathan.
En este momento, me dan ganas de coger el teléfono de Mason y lanzarlo al río, pero, por suerte, me contengo.
—Nathan.
—Vale, vale... —. Escuchamos papeles moviéndose al otro lado de la línea—. Necesito que vengáis al despacho.
—Perfecto —contesto yo a la solicitud de Nathan.
—Pero hay un pequeño problema —señala él.
—No me gusta cómo suena eso —le responde Mason.
—A mí tampoco me ha gustado cuando he empezado a revisarlo —le explica Nathan.
Mason frunce el ceño.
—Habla claro —le ruega
—Os lo explicaré cuando lleguéis —le señala Nathan mientras se escucha el sonido de los papeles.
—Nathan…
—Venid al despacho —nos ordena el abogado.