Capítulo 3 #2
—Eso sí que es fantasía —añade Walter soltando una carcajada.
—Acepto —dice Mason.
Lo miro como si acabara de declararse candidato a la alcaldía de la estupidez.
—¿Perdona? —le pregunto alzando las cejas.
—Solo es una hora —me recuerda.
—No vas a durar ni diez minutos —le advierto.
—¿Me estás retando?
—¿Lo dudabas?
—Entonces acepto.
El resto de los asistentes aplaude y yo noto que necesito otro trago.
Durante un rato hacemos un esfuerzo razonable…
para nosotros, quiero decir. No discutimos, aunque competimos en silencio, que es casi peor.
Mason consigue provocarme solo con una ceja y yo consigo que casi pierda la paciencia hablando de lo «moderno» que debe de ser Steele Ranch si todavía usa el mismo sistema de organización que en 1998.
Nathan cronometra, Bonnie permanece atenta a nosotros y Rose finge no disfrutarlo, pero fracasa.
La noche sigue avanzando y, poco a poco, todo parece más fácil. Las conversaciones fluyen, las risas son más frecuentes y el peso del funeral deja de estar presente en cada pensamiento.
Mason tampoco parece el mismo. Ha dejado su sombrero sobre la barra, lleva las mangas remangadas hasta los antebrazos y tiene el pelo ligeramente despeinado.
Ya no parece el hombre serio que observaba el funeral desde las últimas filas de la iglesia.
Ahora se asemeja más al chico que discutía conmigo junto al río cuando éramos jóvenes y eso me resulta bastante más peligroso.
—Estás mirándome.
La voz de Mason llega desde mi derecha mientras da un sorbo a su vaso.
—Estoy calculando cuánto falta para que pierdas el reto.
—Mentira —me suelta Mason girando ligeramente la cabeza hacia mí.
—Eres irritantemente seguro de ti mismo.
—Eso tampoco responde a mi comentario —me recuerda-
—No pienso seguir alimentando tu ego.
—Porque sabes que tengo razón —insiste.
—No, porque te daría alas.
La sonrisa que aparece en su cara es tan satisfecha que tengo ganas de empujarlo y, quizá también, de seguir mirándolo un rato más.
Las horas empiezan a mezclarse después de eso.
Recuerdo una canción sonando por encima del ruido de las conversaciones, a Rose riéndose junto a la barra mientras intentaba impedir que Hank organizara otro de sus juegos absurdos y a Nathan repitiendo por quinta vez que todo aquello iba a terminar mal.
—Esto acabará mal —Nathan deja su vaso sobre la mesa y nos señala con un dedo acusador.
—Llevas diciendo eso dos horas —le recuerdo.
—Porque llevo dos horas viendo cómo se acerca el desastre —insiste de nuevo.
—Qué optimista eres.
—Soy abogado. Mi trabajo consiste en imaginar catástrofes.
—Pues esta noche estás disfrutando bastante de ellas.
—Eso es una calumnia —me responde Nathan señalándome.
—Eso es una verdad —le respondo y la gente que nos rodea vuelve a reírse.
Más tarde recuerdo estar apoyada en la barra cuando Mason me quita el vaso de la mano.
—Eh —le digo.
—Bebe agua —me ordena Mason.
—No quiero agua.
—Precisamente por eso la necesitas —añade dejando un vaso frente a mí.
—Eres insoportable.
—Y tú llevas varias copas de ventaja.
—No intentes controlarme —le advierto.
—Estoy intentando evitar que mañana te despiertes convencida de que un caballo te ha dado una patada en la cabeza —me aclara.
—Qué exagerado.
—Bebe agua.
—Eres un dictador —le suelto.
—Bebe —me ordena y yo le lanzo una mirada asesina, aunque él me aguanta la mirada.
Al final bebo solo para demostrarle que no puede obligarme. Lo cual no tiene ningún sentido, porque acabo haciendo exactamente lo que quería. Cuando me doy cuenta de esa contradicción, lo empujo con una mano en su pecho.
—No pongas esa cara —le digo.
—¿Qué cara? —me pregunta arrugando el entrecejo.
—La de hombre satisfecho consigo mismo —le aclaro.
—No puedo evitarlo —se encoje de hombros al responderme.
—Qué casualidad.
—Ya…
Intento apartarme de él, pero su mano atrapa la mía durante un instante y eso es suficiente para que los dos nos quedemos inmóviles y mirándonos a los ojos. Entonces alguien propone otro brindis por mi abuelo y el momento desaparece entre risas, vasos alzados y conversaciones cruzadas.
—¡Por William!
Las copas chocan alrededor de nosotros, mientras Mason sigue sujetando mi mano una fracción de segundo más antes de soltarla y, por alguna razón, esa sensación permanece conmigo mucho más tiempo que el sabor del whisky en mi boca.
No obstante, el alcohol que he bebido me empieza a afectar y solo tengo algunos recuerdos de lo que sucede a partir de entonces.
De repente escucho a alguien, no sé quién, diciendo que mi abuelo siempre quiso ver a una Collins ganarle una apuesta a un Steele y esa frase prende algo absurdo en la sala.
—A que no te atreves —dice alguien.
—Claro que me atrevo —responde Mason.
—No te atreves ni en sueños —le contesto yo.
Nathan aparece con una expresión de puro terror.
—No. Lo que sea que estéis pensando, no.
—No estamos pensando nada —le aclaro.
—Ese es exactamente el problema.
De repente, acabamos en la calle de The Wild Horse, el aire es frío y escucho risas a nuestra espalda. Mason me coge de la mano para que no tropiece con un bordillo que, por cierto, llevaba allí toda la vida y nunca me había atacado hasta esa noche.
—No necesito ayuda —le recuerdo.
—Eso lo dices mucho.
—Porque es verdad —le contesto encogiéndome de hombros.
—Ahora mismo eso discutible.
—Tú sí que eres discutible.
—Eso ni siquiera tiene sentido —me suelta.
—Lo tendrá mañana.
—Lo dudo.
Me río y Mason también, y ese sonido, mezclado con el frío, el alcohol y el cansancio convierte la noche en un lugar muy poco fiable.
Lo siguiente que recuerdo de lo que sucedió aquella noche es una fachada blanca con luces en la entrada, un cartel pequeño que decía algo sobre ceremonias privadas y un hombre mayor con gafas intentando comprobar nuestros nombres, mientras Nathan negaba con la cabeza detrás de nosotros.
—Esto no puede ser legal.
—Soy un juez autorizado —responde el hombre.
—Eso no es muy tranquilizador.
Bonnie llora. ¿Por qué llora Bonnie? No lo sé, porque Rose se está riendo, Hank aplaude antes de tiempo y Walter permanece en la puerta con los brazos cruzados y cara de querer abandonar la humanidad. Mientras, Mason está a mi lado y muy cerca de mí.
—¿A que no te atreves? —le pregunto, aunque no recuerdo si es broma, un desafío o un último intento de no admitir que la noche se nos ha ido de las manos por completo.
Él me mira y aunque sé que debería parecer borracho, me da la sensación de que está decidido, lo que ahora mismo me resulta aún mucho peor.
—Contigo siempre me he atrevido demasiado.
Después recuerdo una firma, un beso, aplausos, otra risa y una voz declarando algo que mi memoria se niega a conservar completo. Luego lo único que recuerdo es que todo se volvió negro. Un negro denso, cómodo y definitivo.
Despertar después de haber bebido demasiado alcohol se parece mucho a la sensación de haber sido atropellada por un camión cargado hasta la bandera.
Abro los ojos despacio y no reconozco el techo.
Miro hacia el lado y las cortinas tampoco son las de mi apartamento y el colchón tampoco.
Cuando vuelvo a mirar hacia el techo, siento que mi cabeza late con una furia metódica y mi boca sabe a whisky, vergüenza y decisiones que una mujer adulta no debería tomar sin supervisión médica.
Me incorporo con cuidado y la habitación gira a mi alrededor como si fuera un tiovivo.
Es entonces cuando reconozco que estoy en una suite del Wild River Lodge.
Reconozco la madera, la piedra junto a la chimenea y la vista parcial del río al otro lado de la ventana.
Mi vestido está arrugado en el suelo junto a mis botas, que están tiradas cerca de un sillón y hay una copa vacía sobre la mesilla. Muy elegante todo…
Entonces veo mi mano y más concretamente, el anillo. Durante unos segundos lo observo sin entenderlo, porque mi cabeza, aunque dolorida y poco colaborativa, conserva el instinto de negar las catástrofes antes de procesarlas.
—No.
El monosílabo sale solo de entre mis labios y justo en ese momento veo el documento sobre la mesilla de noche que tengo a mi lado. El papel está doblado con pulcritud. Lo cojo con dedos torpes y leo la primera línea y luego la segunda y, después, el nombre completo.
Mi nombre y el suyo: Mason Alexander Steele.
Me quedo sin aire. Giro la cabeza muy despacio, con la esperanza absurda de que la cama esté vacía y todo esto sea una especie de broma administrativa, pero no lo está.
Mason está dormido al otro lado de la cama, sin sombrero, sin botas y con una tranquilidad que me parece personalmente insultante.
Justo en ese momento, cojo una almohada y se la estampo en la cabeza. Él gruñe, se mueve y abre los ojos con una lentitud que debería estar prohibida en situaciones de emergencia.
—Buenos días —balbucea.
—No —le grito.
Parpadea.
—Mala señal.
Levanto la mano con el anillo y después agito el certificado matrimonial delante de su cara.
—Dime que esto no es lo que parece.
Mason se incorpora lo suficiente para mirar el papel. Lo lee con los ojos entreabiertos y se queda inmóvil. Vuelve a observar mi mano, después me mira a mí y esa expresión, más que cualquier palabra, destruye la última esperanza razonable que me quedaba.
—Ojalá pudiera.