Capítulo 3
Lilly
Besar a Mason Steele junto al río me parece una idea horrible en el mismo instante en que ocurre.
El problema es que no me aparto porque quiera, sino porque necesito recordar quién soy.
Tengo que volver a respirar y una parte bastante irresponsable de mí acaba de disfrutarlo más de la cuenta y eso complica muchísimo las cosas.
—Esto ha sido un error —digo, porque alguien tiene que devolvernos al mundo adulto.
Mason no se mueve de inmediato. Sigue mirándome con calma, aunque ahora veo que hay algo más en sus ojos.
—Ya lo has dicho —me recuerda.
—Porque es importante.
—Entonces supongo que deberíamos fingir que no ha pasado.
—Exacto —asiento con la cabeza.
—Qué plan tan sólido —me dice Mason negando con la cabeza.
—No necesito tu aprobación —le advierto elevando una ceja.
—No parecía que estuvieras pidiéndola.
Le lanzo una mirada que debería bastar para cortar la conversación, dar por finalizada la noche y quizá borrar los últimos dos minutos de la historia universal, pero, por desgracia, Mason lleva demasiados años inmunizado contra mis miradas.
—Voy a entrar —anuncio mientras me alejo otro paso, más por instinto de supervivencia que por verdadera dignidad—. No me sigas.
—No pensaba hacerlo.
—Perfecto.
—Perfecto —me copia la respuesta mirándome directamente a la cara.
Ninguno se mueve, porque incluso después de besarnos de forma imprudente, rabiosa y absolutamente inapropiada en la noche del funeral de mi abuelo, ambos seguimos siendo incapaces de perder una discusión contra el otro por retirada estratégica.
Al final soy yo quien se gira primero y camina hacia The Wild Horse con la cabeza alta, el corazón acelerado y la boca ardiendo.
El local sigue lleno cuando entro. La música continúa sonando, las conversaciones siguen mezclándose con risas y el pueblo entero parece haber decidido que despedir a William Collins implica comer, beber y convertir el dolor en algo que pueda sostenerse entre todos.
Durante un instante, esa idea me ablanda, pero, en ese mismo instante, aparece Bonnie Harper frente a mí con los ojos entrecerrados y una sonrisa que debería estar regulada por alguna autoridad competente y sé que a ella no se le escapa nada.
—Ha ocurrido algo, ¿no? —me dice achicando los ojos.
—No.
—Ni siquiera he dicho qué —añade arqueando ahora una ceja.
—Precisamente por eso.
Bonnie inclina la cabeza y me estudia con la concentración de una lectora que acaba de encontrar el giro romántico en el capítulo equivocado.
—Estás despeinada —añade sin dejar de observarme.
—Hace viento —disimulo colocándome un mechón tras la oreja.
—No hace tanto viento.
—En Montana el clima es imprevisible.
—Y Mason acaba de entrar por la puerta trasera con la misma cara que pondría un hombre que acaba de cometer una estupidez maravillosa.
Cierro los ojos un segundo, lo justo para rezar a cualquier fuerza superior con sentido de la discreción, pero ninguna responde.
—Bonnie, de verdad, hoy no —trato de cortar la conversación como puedo.
La sonrisa se le suaviza un poco, aunque no desaparece del todo.
—Vale. Hoy no —acepta asintiendo con la cabeza.
Esa pequeña concesión, me desarma más que cualquiera de sus teorías románticas, porque Bonnie es entrometida, agotadora y probablemente incapaz de dejar una historia de amor sin supervisión, pero también conocía a mi abuelo y sabe por qué estamos aquí.
—De parte de Rose —me dice Frank sirviéndome un vaso en cuanto llego a la barra.
—¿Esto es whisky o una prueba de resistencia? —le pregunto mirando el contenido de color ambarino.
—Con Rose suele ser ambas cosas.
—Estupendo.
Doy un trago al vaso que Frank me ha puesto delante y noto cómo la garganta me arde de inmediato. Tal vez eso sea buena señal, porque si el whisky quema lo suficiente, también pueda borrar la sensación de la boca de Mason contra la mía… Aunque al instante me doy cuenta de que no funciona.
Él aparece a mi lado unos segundos después, apoya un antebrazo sobre la barra y acepta el vaso que Frank le ofrece a él también con la naturalidad de un hombre que no acaba de poner mi vida patas arriba en el exterior de un bar.
—Pensaba que no ibas a seguirme —le digo sin girarme hacia él.
—No lo he hecho, solo he venido a beber —disimula mirando el contenido de su vaso.
—Qué casualidad —volteo los ojos.
—En un bar suele ocurrir.
—No te pongas razonable que no te pega nada —chasqueo la lengua.
Ahora sí me mira, y esa casi sonrisa tan propia de él vuelve a aparecerle en la boca. Odio esa casi sonrisa, porque me recuerda que en algún momento de mi adolescencia debí de encontrarla insoportablemente atractiva, lo cual dice muy poco de mi criterio pasado y algo preocupante del presente.
—Tenemos que comportarnos como adultos —le recuerdo.
—Estoy de acuerdo —asiente apretando los labios.
—Eso incluye no hablar del beso —le miro de reojo y arqueo una ceja.
—Entonces no estabas proponiendo comportarnos como adultos sino fingir.
—En mi experiencia, ambas cosas se parecen bastante.
Mason suelta una risa baja y da un trago a su copa. Y yo me maldigo, porque sé que no debería gustarme el sonido de su risa, pero me gusta.
Rose elige precisamente ese momento para aparecer con una botella y una expresión extrañamente tranquila.
—Vamos a brindar por William.
La frase cambia la temperatura de la noche. Alguien baja un poco la música y varias personas alzan sus vasos. Yo sujeto el mío con ambas manos porque, de pronto, el cristal parece lo único estable en toda la sala.
—Por William Collins, que habría odiado un funeral triste y habría fingido odiar que todos estuviéramos hablando de él —dice Rose situándose junto a una de las mesas.
La gente se ríe con suavidad.
—¡Por William! —exclama el local entero.
Brindo y mientras escucho las historias sobre mi abuelo, algo cambia dentro de mí.
Desde que llegué a Wild River he cargado con la culpa de haber estado lejos durante todos estos años, pero por primera vez esa sensación se diluye un poco.
William está en todas partes: está en Rose asegurándose de que nadie se quede sin comida, en Walter protestando por costumbre y en Hank intentando organizar algo y complicándolo todavía más.
También está en las risas, en los recuerdos y en toda la gente que ha venido esta noche para despedirse de él.
Mi abuelo ya no está aquí, pero continúa en todas partes de este pueblo y eso hace que la idea de volver a Seattle me empiece a parecer bastante más difícil de lo que había imaginado.
—Tu abuelo habría disfrutado mucho de esto.
Escucho la voz de Mason, que llega desde mi lado, más baja que antes y sin rastro de burla en ella.
—Sí —respondo sin mirarlo—. Lo habría utilizado para mofarse de todos durante meses.
—Sobre todo de Hank —añade y ambos nos reímos.
—Sí, sobre todo de él —me vuelvo a reír sin poder evitarlo.
Justo en ese momento, Hank consigue, contra todo pronóstico, subirse por fin a una silla.
—¡Atención!
Nathan, desde la mesa más cercana, deja caer la cabeza entre las manos.
—Que alguien lo baje.
—Demasiado tarde —murmura Walter.
—William adoraba los retos —proclama Hank, orgulloso, como si estuviera a punto de refundar el pueblo—. Así que esta noche vamos a jugar al «A que no te atreves».
El entusiasmo general me confirma que, por lo visto, aquí nadie tiene instinto de supervivencia.
—No —digo al mismo tiempo que Mason.
Bonnie, sentada cerca de Rose, tiene una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Oh, sí! —exclama Rose.
—No tengo edad para esto —protesto.
—Precisamente por eso será divertido —responde Bonnie.
—Esa frase no tiene ningún sentido —le contesto negando con la cabeza.
—La mayoría de las cosas divertidas tampoco —añade ella.
Los primeros retos son inofensivos y bastante ridículos.
Walter reta a Hank a cantar una canción entera sin equivocarse de letra; Hank acepta y fracasa antes del primer estribillo.
Bonnie recita de memoria una escena dramática de una novela romántica de su escaparate y Frank le sube el volumen a la música para salvar al resto del local.
Después, Rose obliga a Nathan a contar la historia de cómo mi abuelo convenció al ayuntamiento de cambiar la fecha del mercado solo porque quería pescar el sábado, y todos terminan riéndose antes de que llegue al fina de la historia.
La noche avanza entre conversaciones, brindis y recuerdos sobre mi abuelo.
Poco a poco la tristeza deja de apretarme el pecho con la misma fuerza que al principio y cuando me doy cuenta, Mason vuelve a estar a mi lado en la barra.
No sé si ha sido él quien se ha acercado o si he sido yo, aunque tampoco me esfuerzo mucho en averiguarlo, aunque debería hacerlo.
Pero hoy ha sido un día largo y estoy cansada de tomar decisiones correctas.
—A que no te atreves a admitir tu peor manía de adolescente —suelta Bonnie de pronto, señalándonos con el índice.
—No —respondo.
—Yo puedo hacerlo —suelta Mason después de dar un trago a su vaso con tranquilidad.
—Claro que puedes. Siempre has tenido una relación muy generosa con tu propia opinión —le suelto girándome para mirarle.
—Esa era tu respuesta, ¿verdad?
—Era una de ellas.
La gente se ríe y Mason inclina la cabeza hacia mí.
—Tu peor manía era desaparecer cuando algo te importaba —explica Mason ante todos.
La risa de la mesa más cercana se apaga un poco y aunque el comentario parece inofensivo, ninguno de los dos lo recibe así. Porque no habla solo de los dieciocho años, sino también de Seattle, de mi marcha, de estos diez años y de todas las veces que he convertido irme en una prueba de fortaleza.
—Qué bonito —respondo, levantando el vaso—. Hemos pasado de hacer bromas a hacer terapia no solicitada en menos de cinco segundos.
—Es un talento —me contesta Mason con gesto chulesco.
—No presumas —contesto alzando una ceja.
—Propongo un reto mejor: una hora sin que estos dos discutan —suelta Nathan refiriéndose a nosotros antes de que la tensión siga escalando.