Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Ella no se ríe y ahí entiendo que he pisado otra vez un terreno delicado.

—No he dicho eso.

—Lo has insinuado varias veces desde que has llegado.

—No desde que he llegado sino desde que te conozco.

—Eso no mejora tu argumento.

—Mi argumento es muy sencillo: los Steele lleváis generaciones dirigiendo este pueblo y actuando como si el resto tuviéramos que girar alrededor.

El pulso de la conversación cambia con una rapidez que cualquier hombre inteligente habría visto venir, pero yo, al parecer, hoy no lo soy.

—Mi familia ha trabajado por este pueblo.

—No he dicho que no.

—Lo has dicho con otras palabras.

—He dicho que a veces confundís ayudar con controlar —me aclara.

—Eso es injusto.

—Quizá.

—No, Lilly. Es injusto.

Ella baja la mirada hacia el vaso, pero no retrocede.

—Tú sigues aquí, Mason. Claro que te parece injusto, porque para ti Wild River siempre ha sido un lugar que te daba poder, raíces, apellido, propósito… Para mí, en cambio, era un sitio donde todo el mundo opinaba sobre lo que debía hacer antes de que yo pudiera decidirlo.

Por primera vez en toda la noche, su voz pierde parte de la ironía y eso me obliga a escucharla de otra manera.

—No sabía que lo sintieras así.

—Nunca lo preguntaste.

La frase llega limpia a mí y no es una pulla, lo que la vuelve peor.

—Tampoco tú explicabas mucho.

Lilly me mira.

—Tenía dieciocho años —me recuerda.

—Y yo veintidós.

—Y aun así parecías convencido de saberlo todo.

—Todo, todo no…

—Solo lo importante.

El comentario debería enfadarme, pero en lugar de eso me arranca una exhalación que se parece mucho a una risa.

—Sigues teniendo una memoria muy selectiva.

—La tuya tampoco parece una maravilla.

—Recuerdo aquella conversación junto al río.

Ella se queda inmóvil apenas un instante.

—Entonces también recordarás que no fue precisamente tu mejor momento.

—Recuerdo que dije algo mal.

—Qué generoso por tu parte.

—Y recuerdo que tú escuchaste de la peor manera posible.

La mirada de Lilly se endurece y durante un segundo sé que hemos dejado de hablar de apellidos, tierras o pueblos pequeños y estamos de vuelta en una tarde de hace diez años, junto al río, con una chica a punto de marcharse a la ciudad y un hombre lo bastante joven como para confundir miedo con orgullo.

—No pienso discutir eso hoy.

—Entonces no lo hagas.

—Perfecto.

—Perfecto.

Nos quedamos frente a frente, con las copas en la mano y la música llenando los espacios que ninguno quiere ocupar.

Al otro lado del local, Bonnie levanta la cabeza con un interés casi depredador y Rose la acompaña con una mirada que confirma que ambas han detectado la tensión que hay entre Lilly y yo a distancia. Eso nunca es buena señal.

—Justo os estaba buscando —dice Rose que se ha acercado hasta nosotros.

Lilly ni siquiera intenta disimular su desconfianza.

—No me gusta cómo suena eso.

—William tenía una canción favorita.

—Rose…

—Y creo que sería precioso que la bailarais.

Lilly me mira como si yo fuera personalmente responsable.

—No.

—Por fin coincidimos en algo —añado.

Rose no se inmuta.

—Hank va a ponerla ahora.

—Entonces que la baile Hank.

—Hank pisa fatal.

—Ese no es nuestro problema —le responde Lilyy encogiéndose de hombros.

Bonnie aparece a su lado, radiante.

—Hoy sí.

Lilly deja la copa en la barra.

—No pienso bailar con Mason para satisfacer vuestras fantasías.

—No son fantasías —replica Bonnie—. Son intuiciones.

—Eso es peor.

—Probablemente —admito.

Rose coloca una mano sobre el brazo de Lilly con una suavidad que consigue lo que ninguna orden habría logrado.

—Tu abuelo se habría reído muchísimo.

Lilly cierra los ojos y yo miro hacia el techo.

—Te odio un poco —murmura Lilly mirando a Rose, que la observa con una sonrisa.

—Lo superarás.

Un minuto después estoy en mitad de una pista improvisada con Lilly frente a mí y media sala fingiendo que no nos mira.

La canción empieza con una guitarra lenta y una voz grave que reconozco de muchas noches en este mismo bar.

William Collins la pedía siempre que la música se alargaba lo suficiente y el whisky hacía que Walter dejara de protestar.

Lilly también la reconoce. Lo noto en su expresión.

Ninguno de los dos dice nada y yo coloco una mano en su cintura con cuidado, no porque no quiera tocarla, sino porque de pronto soy demasiado consciente de lo poco prudente que resulta hacerlo.

Ella apoya la suya en mi hombro y deja la otra entre mis dedos con una rigidez que no tarda en convertirse en algo más peligroso cuando empezamos a movernos.

—Si me pisas, lo usaré contra ti durante años.

—Tienes mucha fe en que volvamos a hablar después de esta noche.

—No la tengo. Solo soy previsora.

—Eso me tranquiliza.

—Pues no debería.

La respuesta me hace sonreír, aunque esta vez no trato de disimularlo y Lilly lo ve. La tensión de sus hombros baja lo justo para que el baile deje de parecer una condena pública y se convierta en algo mucho peor: una tregua.

Durante unos compases nos movemos sin pelear. Lilly evita mirarme al principio, pero después levanta la vista y todo el ruido de The Wild Horse parece quedar lejos, no porque desaparezca, sino porque deja de importarme.

—Sigues bailando mejor de lo que discutes —dice.

—Eso ha sido casi un cumplido.

—No te emociones.

—Intentaré controlarme.

—Seguro que tienes un manual para eso.

—Varios.

Ahora sí se ríe de verdad y su risa me impacta más de lo que esperaba, porque la recuerdo y porque durante diez años me resultó mucho más cómodo pensar en Lilly Collins como una mujer que se marchó y no como alguien cuya risa seguía ocupando un rincón absurdo de mi memoria.

La canción termina, aunque ninguno se aparta de inmediato y ese instante de más es el verdadero problema, ambos lo notamos.

Cuando por fin suelto su mano, Bonnie aplaude desde la barra y Walter murmura algo que no alcanzo a oír, pero que probablemente sea ofensivo.

Lilly recupera su copa con una velocidad que pretende ser indiferente y no lo consigue.

—Necesito aire.

La sigo con la mirada mientras se dirige hacia la puerta trasera.

Durante un instante, decido no ir detrás de ella.

De hecho, es lo razonable, lo adulto y lo único que evitaría empeorar una noche que ya se está desviando bastante del plan.

Sin embargo, a través de la ventana la veo apoyarse fuera, junto a la baranda de madera que da al río, y la postura de sus hombros me dice lo que su voz lleva horas negando. No está bien.

Justo cuando me termino la copa y Nathan aparece a mi lado.

—No lo hagas —me advierte.

—No he hecho nada.

—Por eso te aviso.

—¿Desde cuándo eres la voz de la prudencia? —le pregunto mientras lo miro.

—Desde que estoy bastante sobrio para reconocer un problema antes de meterme en él.

—Qué imagen tan dramática.

—Y precisa.

No le respondo porque tiene razón: no debería salir ahí fuera junto a ella, pero lo hago igualmente.

El aire del exterior me golpea en la cara con olor a río, humedad y noche de verano.

Lilly no se gira cuando la puerta se cierra a mi espalda, aunque sé que me ha oído.

Permanece mirando el agua, con los antebrazos apoyados sobre la barandilla y el perfil tensado por una emoción que no tiene nada que ver conmigo.

—Si has venido a decirme que bailo fatal, podrías haber esperado a mañana —suelta al escuchar mis botas sobre la tierra.

—Bailas bastante bien.

—Eso ha sonado doloroso para ti.

—Porque lo ha sido.

La veo respirar hondo.

—Entonces ¿qué haces aquí?

Me acerco hasta quedar a su lado, dejando espacio suficiente para que pueda apartarse de mí si quiere, aunque no lo hace.

—Estabas a punto de venirte abajo ahí dentro.

Su cabeza gira despacio hacia mí.

—No hagas eso.

—¿El qué? —le pregunto con gesto confundido.

—Mirarme como si supieras lo que me pasa.

—No sé todo lo que te pasa.

—Qué alivio.

—Pero sé reconocer cuándo alguien está sosteniéndose con alfileres.

Lilly se ríe, aunque sin humor.

—Tienes que dejar de convertirte en responsable de todo lo que ocurre a tu alrededor.

—No hago eso.

—Anda que no…

—No.

—Mason, estoy aquí por el funeral de mi abuelo, rodeada de gente que me mira como si mi regreso formara parte de un plan precioso que nadie se ha molestado en explicarme. Y lo último que necesito es que tú vengas a rematar la noche con una lectura emocional de mi postura corporal.

—No era una lectura emocional.

—¿Entonces qué es?

La miro y esta vez cometo el error de decir la verdad.

—Preocupación.

La palabra cambia algo en su cara.

—No tienes derecho.

—Puede…

—Entonces deja de actuar como si lo tuvieras.

—No estoy intentando controlarte, Lilly.

—Los hombres que controláis todo siempre decís eso.

—Eso ha sido un golpe bajo.

—Pues imagina lo cansada que estoy.

El comentario debería cerrar la conversación, pero en lugar de eso nos acerca.

Porque hay rabia en su voz, sí, pero también hay dolor, mucho más del que ha dejado ver durante todo el día y más del que cabe en una mujer que lleva horas aceptando abrazos, sonriendo cuando toca y repitiendo que solo estará unos días.

—No tienes que demostrarle a nadie que estás bien.

—No estoy demostrando nada —me responde apartándose de la barandilla.

—Claro que sí.

—¡Qué poco me conoces!

—Te conocía.

—Hace diez años.

—Algunas cosas no cambian tanto en ese tiempo…

—Eso es justo lo que me da miedo de este pueblo.

Al instante de decir esa frase, ella parece arrepentirse de haberla dicho. Yo no debería moverme, pero lo hago y doy un paso, suficiente para que la distancia deje de protegernos.

—Lilly...

—No.

—Escúchame.

—No quiero escucharte.

—Nunca has querido.

—Porque siempre creías tener razón.

—A veces la tenía.

—Eres insoportable.

—Y tú sigues huyendo cuando algo te importa.

Sus ojos se clavan en los míos y ahí sé que ese ha sido el golpe definitivo. No debería haberlo dicho, pero ya está hecho.

—Vuelve a decir eso —suelta dando un paso hacia mí con las mejillas encendidas y la respiración alterada.

—No.

—Cobarde.

—Provocarme no va a cambiar nada.

—Claro que sí. Siempre cambia algo contigo.

No sé quién se mueve primero. Quizá ella o yo o tal vez llevamos haciéndolo desde que volvió a entrar en The Wild Horse y todo lo demás solo ha sido una excusa larga, torpe y mal disimulada. Lo único que sé es que su boca está demasiado cerca y que su mano se cierra sobre mi camisa cuando la beso.

La rabia, las discusiones, todo lo que nunca dijimos y todo lo que dejamos atrás se mezcla en ese instante, aunque ya no sé qué estoy intentando demostrar. Solo sé que la beso y que durante unos segundos me olvido de por qué era una mala idea.

Lilly responde al beso, eso es lo peor, pero también lo mejor. Me agarra con más fuerza y yo la acerco a mí, tomándola por la cintura. El río sigue sonando a unos metros y el ruido de la gente continúa dentro del bar. El mundo no se detiene, pero nosotros, mientras nos besamos, sí.

Cuando se aparta, sus ojos están abiertos y su respiración continúa tan alterada como la mía.

—Esto ha sido un error.

La frase sale rota, furiosa y demasiado baja de su garganta. Yo la miro y aunque sé que debería darle la razón, pedirle perdón y alejarme, no hago nada de eso. Porque el problema no es el beso, sino que llevo diez años queriendo besarla.