Capítulo 2
Mason
La peor decisión que puede tomar un hombre en Wild River es quedarse quieto. Porque si lo haces, alguien acaba encontrándote y si ese alguien resulta ser Bonnie Harper, más vale que tengas preparada una ruta de escape.
—Ni se te ocurra esconderte detrás de la barra.
Su voz me alcanza justo cuando estoy terminando una cerveza. Levanto la vista y Bonnie aparece frente a mí con la expresión satisfecha de quien acaba de localizar a una presa especialmente torpe.
—No me estoy escondiendo.
—Claro que sí.
—Estoy bebiendo.
—Lo haces con cara de esconderte.
—Qué observadora.
—Lo sé.
Apoyo un codo sobre la barra.
—¿No tienes una librería que dirigir? —le pregunto antes de dar otro sorbo a mi cerveza.
—Está cerrada.
—¿Y una vida propia?
—La estoy disfrutando ahora mismo.
Eso no me gusta nada, porque conozco esa mirada y porque Bonnie lleva toda la tarde observándome igual que un halcón vigila a un conejo particularmente despistado.
—¿Qué quieres?
—La pregunta interesante es qué quieres tú.
—Una cerveza.
—Mentira.
—Otra cerveza —alzo una ceja inquisitiva.
—Sigues mintiendo.
Resoplo y Bonnie sonríe. Por suerte, Nathan aparece en ese momento.
—Bonnie —la saluda al verla.
—¡Hola Nathan! —exclama ella con una sonrisa.
—Déjalo respirar —le ruego a Bonnie.
—Estoy respirando perfectamente —me contesta Nathan sin entender muy bien por qué digo eso.
—No estaba hablando contigo —le respondo.
—Gracias por la ayuda.
Nathan ocupa el taburete libre que hay a mi lado.
Bonnie nos observa a los dos y después mira hacia el otro extremo del local.
No necesito girarme para saber quién está allí, porque llevo evitándolo aproximadamente cuarenta minutos y porque el hecho de que siga sabiendo exactamente dónde está Lilly me resulta bastante irritante.
—Esto es ridículo.
—¿El qué? —pregunta Nathan.
—Los dos.
—Ah.
—No digas eso.
—¿Qué?
—Ese «ah».
—No he dicho nada.
—Precisamente.
Nathan da un trago a su cerveza.
—Han pasado diez años.
—Ya.
—Pues no lo parece.
—Qué conversación tan original.
—Gracias.
—Era sarcasmo.
—También lo tengo claro...
Bonnie parece disfrutar muchísimo, lo cual confirma mis sospechas de que el universo me odia.
—¿Sabéis qué es lo mejor de todo esto? —pregunta Bonnie.
—No.
—Y tampoco quiero saberlo.
—Que ninguno de los dos se da cuenta.
—Bonnie... No pienso tener esta conversación.
—Ya la estás teniendo.
Nathan se ríe y yo me termino la cerveza, porque es la única decisión sensata disponible.
Al otro lado del local, Lilly está ayudando a Rose a mover varias bandejas vacías.
La verdad es que no debería fijarme, pero lo hago.
Tampoco debería darme cuenta de que lleva el pelo recogido, pero me fijo.
Ni tampoco debería recordar que siempre hacía lo mismo cuando estaba nerviosa y aun así lo recuerdo.
—Estás jodido, tío.
Nathan parece disfrutar de esto mucho.
—Vete al infierno.
—Eso significa que tengo razón.
—No, eso significa que eres abogado.
—También.
Antes de que pueda responder, Rose aparece junto a nosotros y eso es aún peor, porque Rose Callahan nunca aparece sin motivo.
—Necesito ayuda —me dice al acercarse.
—Claro.
—Perfecto.
Desconfío inmediatamente.
—¿Con qué? —quiero saber.
—Con unas cajas.
—¿Dónde las tienes?
—En el almacén.
—¿Y por qué tengo la sensación de que me estás tendiendo una trampa?
—Porque eres un desconfiado.
—No, porque me conoces.
—Bueno… las dos cosas.
Rose no me deja tiempo para negarme, aunque tengo claro que tampoco serviría de nada.
Sigo sus instrucciones hasta la puerta del pequeño almacén situado junto a la cocina y justo cuando entro, descubro el problema o, mejor dicho, a la persona.
Lilly está dentro, por supuesto. Ella me ve al mismo tiempo, después observa las cajas y después vuelve a mirarme.
—Voy a asumir que esto ha sido idea de Rose.
—Y de Bonnie.
—Probablemente.
—Nathan seguro que también está implicado —añado yo.
—Sin duda.
Durante unos segundos ninguno de los dos se mueve, porque la situación es tan descaradamente evidente que casi resulta ofensiva.
—¿Qué caja necesitamos?
—Ni idea.
—Excelente.
—La organización nunca ha sido el punto fuerte de este pueblo.
Lilly se acerca a una estantería y yo hago lo mismo desde el otro lado y por supuesto terminamos intentando coger la misma caja a la vez.
—Déjala.
—La he visto primero yo primero —sentencio.
—Eso es mentira.
—No puedes demostrarlo.
—Tengo ojos.
—Yo también.
—Pues no lo parece.
Lilly tira de la caja y yo también, aunque la caja no se mueve.
Nos observamos y durante un segundo ridículamente largo tengo la sensación de que esto resume bastante bien nuestra relación.
Ninguno dispuesto a soltar, ninguno dispuesto a perder y ninguno dispuesto a admitir que probablemente se esté comportando como un idiota.
—Sigues siendo agotadora —resoplo.
—Y tú sigues siendo un cabezota.
—Eso no era un insulto.
—Ya.
La respuesta llega acompañada de una sonrisa pequeña y rápida, pero suficiente para pillarme desprevenido y para que empiece a sospechar que esta noche va a terminar mucho peor de lo que imaginaba.
—¿Vas a soltarla o piensas quedarte ahí hasta que Rose venga a rescatarnos? —le pregunto.
Lilly tira otra vez de la caja con una firmeza que, por desgracia para mi paciencia, resulta bastante admirable.
—Podría preguntarte exactamente lo mismo.
—Yo he venido a ayudar.
—Yo también.
—Entonces uno de los dos sobra.
—Qué manera tan sutil de ofrecerte voluntario —sentencia.
La caja cede de golpe, porque el cartón está viejo y una esquina se abre lo suficiente para que una lluvia de servilletas caiga al suelo entre los dos. Lilly se queda observando el desastre y después me mira a mí.
—No pienso recoger esto sola —me dice Lilly poniendo los brazos en jarras.
—Nunca he insinuado que fueras a hacerlo.
—Lo estabas pensando.
—No.
—Mientes fatal —responde negando con la cabeza.
—Eso ya me lo has dicho antes.
—Porque no mejoras.
Me agacho para recoger las servilletas, ella hace lo mismo y durante unos minutos trabajamos sin hablar, aunque no por falta de cosas que decir, sino porque el almacén es pequeño y cualquier movimiento nos obliga a acercarnos más de lo recomendable.
El aire huele a madera, harina y al perfume que Lilly lleva y que mi memoria parece haber decidido registrar con un interés completamente injustificado.
—Tu amigo Nathan parece encantado con todo esto.
Su comentario rompe la concentración.
—Nathan se alimenta de desgracias ajenas.
—Supongo que explica por qué parece tan sano.
—No se lo digas, porque se volvería aún más insoportable.
Lilly suelta una risa breve mientras se incorpora con un puñado de servilletas en la mano.
—Bonnie también parece muy entretenida.
—Bonnie lleva media vida esperando una historia que pueda contar en su club de lectura.
—Pues tendrá que seguir esperando.
—No estoy seguro de que sepa hacerlo.
Salimos del almacén con la caja medio recompuesta y una dignidad bastante discutible. Rose nos espera al otro lado de la puerta con una expresión demasiado inocente para ser real.
—Qué bien. Habéis encontrado las servilletas.
Lilly le entrega la caja.
—Has calculado esto con una precisión preocupante, ¿eh? —le suelta Lilly.
—No sé de qué hablas, cariño.
—Claro que sí.
—Dejadlas en la mesa grande. Hank ha intentado doblar algunas y ahora parecen animales heridos —nos dice Rose que sonríe sin ningún tipo de culpa.
Lilly se adelanta con la caja entre las manos y yo la sigo porque, si no lo hago, Bonnie aparecerá para empujarme físicamente.
The Wild Horse sigue lleno de voces, vasos, música baja y conversaciones que se mezclan unas con otras.
No hay ceremonia ya, ni solemnidad, solo un pueblo entero intentando mantener vivo a William Collins a base de anécdotas, comida y alcohol suficiente para que mañana media calle principal amanezca con resaca.
—Gracias, equipo —anuncia Bonnie desde una silla cercana cuando dejamos las servilletas sobre la mesa.
Lilly la señala con un dedo.
—No somos un equipo —le responde Lilly señalándola con un dedo.
—Habéis cargado una caja juntos.
—Una caja de servilletas.
—Las grandes historias empiezan con menos.
—Deja de leer novelas románticas.
—Jamás —dice Bonnie negando con la cabeza.
Me aparto antes de verme arrastrado a una conversación que no pienso ganar.
Lilly parece tener la misma idea, pero ambos acabamos otra vez junto a la barra porque Wild River tiene un sentido del humor cuestionable y porque Frank Dawson nos coloca dos vasos delante con la misma serenidad con la que otros hombres entregan sentencias judiciales.
—De parte de Rose.
Lilly mira el vaso.
—¿Esto es una copa o una amenaza?
Frank se seca las manos con un paño.
—Con Rose suele ser lo mismo.
Lilly levanta el vaso hacia mí.
—Por las conspiraciones comunitarias.
—Por sobrevivir a ellas —le digo al chocar el mío contra el suyo.
Bebe un sorbo y hace una mueca.
—Dios. Esto podría limpiar motores.
—Frank se sentirá halagado.
—Me alegro de contribuir a su autoestima.
Nuestra conversación debería haberse quedado en una copa, una broma y una retirada digna a tiempo.
Pero en lugar de eso, Lilly apoya un codo en la barra y me mira con una mezcla de desafío y cansancio que lleva toda la tarde apareciendo en su gesto en cuanto alguien menciona el pueblo, el pasado o cualquier asunto mínimamente emocional.
—Dime una cosa, Mason.
—Depende —le respondo arrugando el entrecejo.
—Esa es una respuesta cobarde.
—Mas bien prudente —me apresuro a decir.
—¿Tanta prudencia te ha convertido en el hombre más aburrido del condado o venías así de serie?
—No soy aburrido.
—Eso es justo lo que diría un hombre aburrido.
—Tampoco tú eres la persona más objetiva del mundo para juzgarme.
—Soy bastante objetiva.
—Lilly, crees que mi familia dirige Wild River desde una sala secreta bajo Steele Ranch.