Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Seguro que exageraba —contesto bajando la mirada hacia la taza.

—Tu abuelo exageraba cuando hablaba de sus capturas de pesca, de su resistencia al whisky y de lo poco que le importaban las opiniones de Walter Jenkins, pero cuando hablaba de ti, no.

El local sigue moviéndose alrededor de nosotras.

La máquina de café sisea, alguien ríe en una mesa cercana y dos hombres con botas llenas de polvo discuten junto al mostrador sobre una cerca rota.

La vida continúa con una naturalidad que me incomoda, porque yo todavía estoy intentando comprender cómo puede seguir existiendo un pueblo entero sin mi abuelo sentado en alguna parte.

—Lo echo de menos —admito, porque Rose no es la clase de persona ante la que se pueda mentir mucho tiempo.

Su mano cubre la mía durante un momento.

—Él también te echaba de menos.

Asiento, aunque la culpa intenta abrirse paso con uñas pequeñas y afiladas en medio de mi pecho y, en ese momento, Rose retira la mano antes de que el gesto se vuelva insoportable.

—Siempre decía que volverías cuando estuvieras preparada.

Suelto una risa baja, más amarga que divertida.

—Entonces esta vez se equivocó.

—No estoy tan segura.

—Rose, he venido porque ha muerto. No porque haya tenido una revelación sentimental en mitad de una reunión de marketing —trato de aclararle.

—Nadie ha dicho que las revelaciones tengan que ser cómodas.

—No he vuelto para quedarme.

—Eso lo has dicho tú.

—Porque es verdad.

Rose bebe un sorbo de su taza café sin apartar la mirada.

—Wild River tiene mucha paciencia con las verdades provisionales.

—Qué amenaza tan elegante.

—Gracias. La he practicado durante años.

Esta vez la sonrisa me sale de verdad, aunque no dura mucho, porque una vecina acaba de verme desde la puerta y ya está levantando la mano con algo a medio camino entre alegría, pésame y curiosidad que tanto temía encontrar al llegar.

Wild River recuerda perfectamente quién eres y eso, por mucho que Rose insista en disfrazarlo de bienvenida, no se parece en nada a estar a salvo.

Rose termina alejándose para atender a varios clientes que acaban de entrar en el local y yo aprovecho para terminar el café antes de que alguien más descubra que estoy aquí.

Es un plan razonable, lo sé, pero también es un fracaso absoluto, porque en los veinte minutos siguientes saludo a media docena de personas, escucho tres historias distintas sobre mi abuelo y recibo suficientes abrazos para cubrir el cupo anual de contacto físico que tolero con desconocidos.

Cuando finalmente consigo salir del café y dirigirme hacia la iglesia, empiezo a comprender que mi verdadero problema no será el funeral, sino Wild River.

La iglesia está llena mucho antes de que empiece la ceremonia, supongo que porque mi abuelo siempre tuvo facilidad para rodearse de gente.

Durante mi infancia llegué a creer que conocía personalmente a todos los habitantes del condado.

Ahora, viendo los bancos ocupados, empiezo a sospechar que quizá no estaba tan equivocada.

Acepto más condolencias, más apretones de manos e historias, algunas de las cuales me hacen sonreír y otras me obligan a apartar la vista durante unos segundos para recuperar la compostura.

Cuando por fin me siento, el pastor comienza a hablar y la atención de todos se dirige hacia el altar.

La ceremonia resulta exactamente como habría querido mi abuelo: sencilla, honesta y llena de recuerdos.

Nadie intenta convertirlo en un santo, sino que hablan del hombre real, del ranchero que aparecía cuando alguien necesitaba ayuda para reparar una cerca, del vecino que siempre llevaba comida a quien atravesaba una mala racha y del tipo que contaba los mismos chistes durante veinte años y seguía riéndose igual de fuerte que la primera vez.

Escucho esas historias con una sonrisa triste instalada en los labios, porque todas son verdad, ninguna exagera quién era y sigo esperando que aparezca por la puerta y proteste por la cantidad absurda de gente reunida para hablar de él.

Es entonces cuando lo veo o, mejor dicho, cuando mi atención tropieza con Mason Steele.

Está varias filas más atrás con un sombrero oscuro, camisa negra y hombros anchos.

Hace diez años que no lo veo y aun así lo reconozco inmediatamente, quizá porque algunas personas conservan una presencia que es imposible de olvidar por mucho tiempo que pase.

Durante unos segundos nuestros ojos se encuentran, aunque no sonríe, ni me saluda, ni se mueve.

Simplemente me sostiene la mirada con una tranquilidad que me resulta irritante.

Así que vuelvo a mirar hacia delante, una decisión inteligente y probablemente la única que tomaré en toda la tarde.

La recepción del funeral se celebra en The Wild Horse, por supuesto. Si Wild River tuviera un segundo ayuntamiento, sería este local. Cuando entro, descubro que las mesas están cubiertas de comida y que Rose ya ha asumido el control absoluto de la situación.

Hank Miller, el alcalde de Wild River, intenta colaborar moviendo bandejas de un sitio a otro, mientras Rose lo sigue con la mirada.

—Hank, si vuelves a tocar esa ensalada, voy a esconderte las llaves del ayuntamiento —le advierte Rose.

—Solo estaba ayudando.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Tengo que taparme la boca para ocultar una sonrisa y justo en ese momento Bonnie Harper aparece a mi lado antes de que pueda escapar.

—Estás más guapa de lo que esperaba.

—Hola a ti también.

—Seattle te ha sentado bien —añade Bonnie.

—Empiezo a pensar que todos os habéis puesto de acuerdo.

—No. Solo tenemos ojos en la cara.

—Eso resulta inquietante.

Bonnie se ríe, mientras Walter Jenkins pasa junto a nosotras con un plato.

—La chica siempre fue lista. Lo raro es que haya tardado tanto en volver —dice Walter al pasar a nuestro lado.

—Gracias, Walter ,

—No era un cumplido.

—Lo imaginaba.

Walter sigue caminando sin mirar atrás y Bonnie suspira.

—Te aprecia muchísimo.

—Pues es la forma más extraña de demostrar afecto que he visto en mi vida.

La tarde continúa avanzando entre conversaciones, recuerdos y personas que insisten en preguntarme cuánto tiempo pienso quedarme y les respondo siempre lo mismo.

—Solo unos días.

Nadie parece convencido de que vaya a cumplirlo, especialmente Rose y Bonnie. Por lo que empiezo a sospechar que han organizado una conspiración.

Me refugio junto a una ventana con una copa de vino y la intención firme de pasar desapercibida durante cinco minutos, aunque mi intento dura exactamente treinta segundos.

—Lilly.

Reconozco la voz antes de girarme y sé que es Mason que se ha acercado sin hacer ruido o quizá estaba demasiado ocupada intentando ignorar a todo el mundo para darme cuenta.

—Mason.

Se detiene a una distancia prudente, lo suficiente para que la conversación resulte civilizada y lo bastante cerca para que resulte incómoda.

—Siento lo de tu abuelo —me dice mirándome a los ojos.

—Gracias —le respondo apretando los labios.

—Era un buen hombre.

—Sí, lo era.

La conversación debería terminar ahí, pero no lo hace.

—Ha venido mucha gente —añade.

—Sí.

—No me sorprende.

—No, ni a mí tampoco.

La comisura de su boca se curva un poco duranteun instante, aunque no llega a ser una sonrisa y eso, en el fondo, me molesta un poco.

—Rose sigue mandando más que el alcalde.

—Eso nunca has tenido unaffdiscusión —le respondo y tengo que contener una sonrisa y le odio un poco por obligarme a hacerlo—. Veo que sigues igual.

Mason arquea una ceja.

—Eso suele sonar peligroso cuando viene de ti.

—No siempre.

—Mientes fatal.

—Han pasado diez años.

—Precisamente por eso.

Su respuesta llega tan deprisa que me deja sin réplica lo suficiente para que él parezca satisfecho consigo mismo.

—Qué humilde.

—Intento mejorar —dice arqueando una ceja.

—Pues… Vas fatal.

—También es bonito verte, Lilly.

Hay algo extrañamente familiar en esta conversación. Algo que me recuerda por qué pasamos buena parte de nuestra adolescencia discutiendo, porque resulta imposible mantener una conversación neutral con Mason Steele.

—¿Sigues viviendo en Seattle?

—Sí.

—¿Te gusta?

—Mucho.

La respuesta sale inmediata de entre mis labios y él asiente despacio.

—Me alegro.

No parece sarcasmo, ni una provocación y eso me desconcierta más que cualquiera de las otras opciones.

—Gracias.

Durante unos segundos ninguno habla y después Mason señala con la cabeza hacia el exterior.

—Tu abuelo hablaba mucho de las tierras junto al río.

La alarma se activa instantáneamente.

—Qué casualidad.

—¿Perdona?

—Nada.

—No ha sonado a nada.

—Entonces imagino que no hay problema.

Mason suspira.

—Lilly.

—¿Qué?

—Solo estaba hablando de tu abuelo.

—Claro.

—No empieces.

—Ni siquiera he empezado —le respondo encogiéndome de hombros.

—Precisamente.

Me cruzo de brazos, porque él lo nota y yo también. La discusión está intentando aparecer, pero, por suerte, Bonnie surge de la nada antes de que ocurra.

—Sabía que acabaría encontrándoos juntos.

Cierro los ojos, Mason también y Bonnie sonríe y por algún motivo eso me preocupa muchísimo.

Una horç` aire y salgo por la puerta trasera de The Wild Horse y camino hasta la barandilla que da al río.

La noche ha caído sobre el valle y las luces del pueblo brillan a lo lejos.

El agua avanza entre las sombras con la misma tranquilidad que recordaba y apoyo los antebrazos sobre la baranda de madera y respiro profundamente.

Por primera vez en todo el día no hay nadie hablándome, ni nadie preguntándome qué haré con la casa, ni cuándo volveré a Seattle, ni cuánto quería mi abuelo este lugar y aun así no consigo relajarme.

Quizá porque Wild River sigue pareciéndose demasiado a lo que yo identifico como mi casa y esa idea me resulta incómoda.

Cuando más perdida estoy en mis pensamientos, una sensación extraña me obliga a levantar la vista y veo que al otro lado del aparcamiento hay una figura apoyada contra una camioneta.

Alta e inconfundible: Mason. Por suerte, la distancia impide cualquier conversación y ninguno se mueve ni saluda.

Durante unos segundos permanece observándome y yo lo observo a él.

Después, aparto la mirada y regreso al interior, porque mi vida está en Seattle y solo he venido por unos días, porque Wild River pertenece a mi pasado, aunque tengo la incómoda sensación de que este pueblo acaba de empezar a complicarme la existencia.