Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1)
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Capítulo 1
Lilly
La primera mentira que me cuento al ver las montañas aparecer al otro lado del parabrisas es que estoy cansada por el vuelo, por las tres horas de carretera desde el aeropuerto y por la resaca emocional que acompaña a los funerales.
La segunda mentira llega unos minutos después, cuando el valle se abre frente a mí y me digo que volver a Wild River no significa nada, que este viaje es solo un trámite incómodo durante una visita breve para enterrar a mi abuelo, firmar papeles, vaciar su casa y regresar a Seattle antes de que el pueblo tenga tiempo de recordar cómo se pronuncia mi nombre.
El problema es que Wild River siempre ha tenido una memoria inmejorable.
La carretera desciende entre praderas abiertas, vallas de madera y pastos donde los caballos levantan la cabeza al oír pasar el coche, ajenos a mi crisis personal y a mi firme intención de no sentir absolutamente nada que no sea una molestia por haber tenido que viajar hasta aquí con todo lo que tengo por hacer en Seatle.
Más allá, el río aparece entre los árboles con la terquedad tranquila que recordaba de niña, cruzando el valle mientras acompaña a la carretera durante varias millas como si hubiera estado desde siempre.
Montana no debería conservar tan bien las cosas, sino que debería haber tenido la decencia de cambiar un poco y facilitarme la tarea de sentir que ya no pertenezco aquí.
Pero no, todo sigue en su sitio. Las montañas, el río, las praderas, el olor a tierra húmeda que se cuela cuando bajo la ventanilla unos segundos y vuelvo a subirla casi de inmediato, porque no necesito que el aire también se ponga sentimental.
Seattle huele a lluvia, a asfalto mojado, a café demasiado caro servido en vasos con nombres escritos mal y a gente que camina sin mirar con quién se cruza.
En cambio, Wild River huele a verano, a madera, a establos y a recuerdos que una ha archivado con mucho esfuerzo en una parte del cerebro que, por lo visto, no estaba tan cerrada como creía.
—Solo unos días —murmuro, aunque este coche no parece especialmente interesado en ofrecerme apoyo moral.
El plan es sencillo: funeral, papeleo, casa, venta y vuelta a Seattle.
Me lo he repetido tantas veces desde que recibí la llamada de Nathan McCarthy, que debería sonarme convincente.
Sin embargo, cuando el cartel de bienvenida aparece al borde de la carretera, con las letras de WILD RIVER pintadas en verde oscuro y una corona de flores secas atada al poste, la seguridad que he intentado construir durante todo el viaje se tambalea con una facilidad insultante.
«Mi abuelo habría colocado esa corona», pienso para mí antes de poder detenerme.
Pero después, recuerdo que mi abuelo está muerto y el golpe es seco y absurdo, como tropezar con un escalón que ya sabías que estaba ahí.
William Collins llevaba toda la vida formando parte del paisaje de este pueblo; igual que el río, la plaza principal y el café de Rose Callahan con sus tartas caseras y su capacidad para enterarse de las desgracias ajenas antes que los propios afectados.
Mi abuelo era de esas personas que parecían permanentes y tan integradas en el mundo que una asumía que siempre habría tiempo para volver a llamarlo, para visitarlo en Acción de Gracias, para responder ese último mensaje que dejaste para más tarde, porque estabas en mitad de una reunión y luego la vida siguió, como suele hacer, y se te olvidó contestar.
Cruzo el puente de entrada al pueblo con las manos tensas sobre el volante y Wild River aparece al otro lado exactamente igual que en mis recuerdos y a la vez más pequeño de lo que mi memoria insistía en conservar.
La calle principal sigue cuidada con una obstinación casi ofensiva; el Wild River Café ocupa la esquina de siempre, con sus ventanales amplios y sus maceteros llenos de flores; Harper Books mantiene el escaparate cubierto de novelas románticas y recomendaciones escritas a mano por Bonnie Harper, que probablemente sigue convencida de que puede predecir el futuro amoroso de medio condado leyendo la sinopsis de una novela.
La ferretería Jenkins continúa en la misma esquina, con el letrero desgastado y una pirámide de sacos de pienso junto a la entrada, mientras The Wild Horse asoma al fondo de la calle prometiendo mucho alcohol, música en directo y decisiones cuestionables.
Reduzco la velocidad sin querer y veo que una mujer que sale de la farmacia gira la cabeza hacia mi coche y se queda mirándome con una atención que me resulta conocida antes incluso de saber quién es.
Tarda menos de dos segundos en levantar la mano y yo respondo con un gesto breve que pretende ser amable, aunque acaba pareciendo la reacción de alguien que ha sido descubierta huyendo de la escena del crimen.
Dos calles después, un hombre mayor se detiene junto al paso de peatones y me observa con la misma expresión.
—Fantástico —murmuro a media voz mientras pienso que, aunque ni siquiera he aparcado, Wild River ya ha activado su red de vigilancia.
Aparco frente al café de Rose porque necesito café, azúcar y quizá una intervención médica menor antes de enfrentarme al funeral de mi abuelo.
Durante un minuto, permanezco dentro del coche, observando la fachada amarilla del local, el toldo verde, la puerta de madera y la campanilla que cuelga sobre ella.
No debería costarme tanto salir del coche, porque soy la misma mujer que ha presentado campañas ante directivos capaces de despedazar un proyecto sin que les tiemble el pulso, también he negociado presupuestos con ejecutivos que creían que «urgente» era una unidad de medida y he sobrevivido a diez años en Seattle sin que nadie me tomara de la mano…
Pero esto es distinto. Esto es una cafetería.
La de mi abuelo y la de esa versión de mí que se marchó convencida de que volver a Wild River equivaldría a fracasar.
—Vamos, Lilly —me digo a media voz mientras cojo el bolso del asiento del copiloto—. Entras, tomas café y sigues funcionando como una adulta.
La campanilla suena en cuanto empujo la puerta y el aroma a café recién hecho, canela y mantequilla caliente me recibe con una familiaridad tan precisa que casi resulta indecente.
Durante un instante no veo el local actual, sino uno superpuesto a lo que recuerdo de este lugar: yo sentada en una mesa del fondo con los deberes abiertos, mi abuelo discutiendo sobre terrenos junto a la ventana, Rose apareciendo con una porción de tarta que yo no había pedido y una mirada que dejaba claro que pedir permiso jamás había formado parte de su modelo de negocio.
—Madre mía, Lilly Collins.
Levanto la cabeza y veo que Rose Callahan está detrás del mostrador con un delantal de flores, el pelo blanco recogido y los ojos brillantes de alguien que acaba de recibir una noticia que piensa gestionar con autoridad absoluta.
Camina hacia mí con la seguridad de una mujer que lleva décadas gobernando el corazón emocional de Wild River sin que nadie se atreva a arrebatarle el cargo.
—Hola, Rose.
—No me digas «hola» desde ahí como si fueras una clienta cualquiera. Ven aquí ahora mismo.
Obedezco porque hay batallas que una mujer inteligente aprende a no librar y esta es una de ellas.
Rose me abraza antes de que pueda prepararme y lo hace con fuerza.
Me quedo rígida durante medio segundo, lo justo para que mi cuerpo recuerde que esto también formaba parte de Wild River: la gente que te tocaba porque te quería, la gente que te preguntaba cómo estabas esperando una respuesta real y la gente que no aceptaba que solo respondieras «bien» a sus preguntas, porque te conoce desde niña y esa palabra solitaria le sabe a poco.
—Me alegro mucho de verte, cariño.
—Creo que me estás aplastando un pulmón.
—Eso es porque en Seattle no os abrazan bien.
—En Seattle respetamos el espacio personal.
Rose se aparta para mirarme de arriba abajo con una concentración casi médica.
—Qué palabra tan triste —afirma negando con la cabeza.
—Funciona bastante bien cuando quieres tomarte café sin que nadie analice tus decisiones vitales.
—Entonces has elegido mal el local.
A mi pesar, sonrío y Rose también lo hace, pero su expresión cambia cuando me observa con más atención. No necesita preguntar, porque en Wild River las preguntas importantes casi nunca se hacen directamente, quizá porque todo el mundo cree saber la respuesta antes de escucharla.
—Tu abuelo estaría feliz de verte entrar por esa puerta.
—Me habría dicho que llego tarde.
—También.
—Y que aparco fatal.
—Probablemente.
—Y luego habría pedido un trozo de tarta, aunque el médico le hubiera dicho que no debía tomar azúcar.
Rose sonríe con ternura.
—Sobre todo eso.
Me señala una mesa junto a la ventana.
—Siéntate. Voy a traerte café.
—Solo café, por favor.
—Claro.
Cinco minutos después tengo delante una taza enorme y una porción generosa de tarta de manzana. Miro el plato y luego a Rose, que se ha sentado frente a mí con una tranquilidad insultante.
—Veo que hemos interpretado «solo café» de formas muy distintas —le digo observando el enorme trozo de tarta que me ha puesto delante.
—No he interpretado nada, directamente te he ignorado —me responde con una sonrisa de las suyas.
—Qué bonito volver a casa.
La frase se me escapa antes de pensarla, aunque Rose no la deja pasar.
—Así que admites que esto sigue siendo tu casa.
—Era sarcasmo —le aclaro.
—El sarcasmo suele decir la verdad, pero con peor carácter.
—Eso suena a frase de taza con unicornios y purpurina.
—Bonnie la pondría en una portada.
Resoplo y corto un trozo de tarta, más por necesidad de ocupar las manos que por hambre. El primer bocado sabe exactamente igual que hace diez años y eso me parece una traición personal.
—William hablaba mucho de ti —me dice Rose apoyando los antebrazos sobre la mesa.
—Eso me han dicho —le respondo encogiéndome de hombros.
—Porque es verdad.