EPÍLOGO #2
—Sigues intentando protegerme de mis propias preocupaciones.
—Durante unas horas.
—Eso sigue siendo decidir por mí.
—Quizá.
La honestidad me desarmó.
—Pero no he firmado nada en tu nombre ni gastado dinero de la agencia. Mañana puedes rechazarlo y no volveremos a hablar de esta casa.
—¿Y perderías lo que has pagado?
—Puedo venderla.
—Con beneficio, supongo.
—Probablemente.
—Presumido.
Álex tomó la carpeta de mis manos y la dejó sobre la mesa.
—No tienes que decidir hoy.
—¿Eso era todo?
—No.
La tensión regresó.
—¿Qué más?
Álex me observó en silencio.
Después colocó una mano sobre mi vientre.
El gesto fue suave.
Casi inseguro.
Tardé un segundo en comprender.
El aire desapareció de mis pulmones.
—No —susurré.
—Vera encontró la prueba en tu bolso.
—¿Qué prueba?
—La que compraste esta mañana y después olvidaste revisar porque te llamaron desde el centro.
Mi mente regresó al hotel.
El pequeño paquete que había guardado después de pasar varios días sintiéndome extraña. El retraso que había atribuido a los vuelos, el estrés y las jornadas interminables.
—No la olvidé.
—Entonces ¿por qué no la hiciste?
—Porque tenía una inauguración.
—Claudia.
—No quería saberlo antes de trabajar.
La emoción apareció lentamente.
Miedo.
Esperanza.
Una felicidad tan grande que todavía no me atrevía a permitirla.
—¿La has hecho tú?
—No.
Álex metió la mano en el bolsillo.
Sacó la caja sin abrir.
—No cruzo tantos límites.
—Solo los inmobiliarios.
—Estoy trabajando en ello.
Tomé la prueba.
Mis dedos temblaban.
—Podría ser negativo.
—Sí.
—Y si es positivo…
No terminé.
Álex mantuvo la mano sobre mi vientre.
—Entonces hablaremos.
—No has dicho que estés feliz.
Su expresión se quebró.
—No quiero reaccionar antes de saber qué quieres tú.
Aquellas palabras contenían todo lo que habíamos aprendido.
El Álex del principio habría organizado médicos, seguridad y una habitación infantil antes de preguntarme cómo me sentía.
El hombre que tenía delante estaba esperando.
Levanté una mano y acaricié su mejilla.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Mi empresa acaba de expandirse.
—No tendrás que abandonarla.
—No me digas lo que no tendré que hacer.
Álex cerró los ojos.
—Tienes razón.
—Estoy feliz.
Volvió a mirarme.
—¿Sí?
—Creo que sí.
La alegría apareció en sus ojos con una intensidad que me hizo sonreír.
—Entonces yo también.
Me abrazó.
No de la manera cuidadosa que habría esperado.
Con fuerza.
Como si llevara toda la noche conteniéndose.
Lo rodeé con los brazos.
—Todavía no sabemos nada.
—Lo sé.
—Podría ser solo un retraso.
—Lo sé.
—Y estás aplastándome.
Álex aflojó el abrazo inmediatamente.
—¿Te he hecho daño?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
Su mano regresó a mi vientre.
—Voy a necesitar que me digas muchas veces que no eres de cristal.
—Voy a necesitar que lo recuerdes sin preguntarlo cada treinta segundos.
—Eso será más difícil.
—Lo imaginaba.
Lo besé.
La emoción hizo que el primer contacto resultara torpe. Sonreí contra su boca y Álex hizo lo mismo.
—Tenemos que comprobarlo —murmuró.
—Ahora.
—Sí.
—Has comprado vino.
Miró la botella.
—Samuel la eligió.
—Pensabas que podía estar embarazada y compraste vino.
—No sabía que podía estarlo hasta hace una hora.
—Excelente planificación.
—No lo bebas.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—No me des órdenes.
Álex respiró profundamente.
—Por favor, no lo bebas.
—Mucho mejor.
* * *
Esperamos el resultado sentados en el suelo de un baño vacío.
No había toallas, muebles ni una superficie cómoda. Álex había colocado su chaqueta bajo mí porque se negaba a permitir que me sentara directamente sobre las baldosas.
—No voy a enfermar por tocar el suelo.
—No es negociable.
—Todo es negociable.
—No esto.
—Álex.
—Quedan treinta segundos.
Miré la prueba colocada sobre el lavabo.
—No quiero verla.
—Entonces la miraré yo.
—Tampoco.
—Podemos esperar más.
—Eso no cambiará el resultado.
—No.
Tomó mi mano.
—¿Qué quieres hacer?
Respiré.
—Mirarla contigo.
Nos levantamos.
El pequeño indicador mostraba dos líneas.
No necesité leer las instrucciones.
Álex tampoco.
Nos quedamos inmóviles.
—Estoy embarazada —dije.
Las palabras parecieron llenar toda la casa.
Álex no respondió.
Lo miré.
Tenía los ojos brillantes.
—Di algo.
Abrió la boca.
La cerró.
—Esto es nuevo.
—¿Álex Valdés sin una respuesta?
—Estoy intentando no organizar los próximos dieciocho años en mi cabeza.
—¿Solo dieciocho?
—Ya he cometido un error.
Una risa emocionada escapó de mí.
Después las lágrimas llegaron.
Sin permiso.
Álex me abrazó con más cuidado aquella vez.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
—No.
Se apartó para mirarme.
—¿Qué necesitas?
La pregunta.
Siempre la misma.
Siempre distinta.
—Que no convirtamos esto en otro proyecto que tengas que controlar.
—De acuerdo.
—Quiero seguir trabajando.
—Bien.
—Y no quiero ocho guardaespaldas.
—Podemos negociar cuatro.
—Uno.
—Tres.
—Álex.
—Dos.
—Ninguno.
Su mandíbula se tensó.
—Eso es irresponsable.
—Ni siquiera se nota.
—Mateo…
—Mateo está en prisión.
—Existen otras amenazas.
—Y existen mujeres embarazadas que viven sin seguridad privada.
—No están casadas conmigo.
—Eso no es un argumento.
—Es una desgracia estadística.
Le di un golpe en el pecho.
Álex atrapó mi mano.
La besó.
—Hablaremos de ello —dijo.
—Juntos.
—Juntos.
Apoyó la frente contra la mía.
—Vamos a tener un hijo.
—O una hija.
—Eso estaba incluido en la frase.
—No empieces a hablar como un abogado.
—Es una costumbre difícil de eliminar.
Su mirada descendió hacia mi vientre otra vez.
—¿Puedo?
—Ya lo has tocado tres veces.
—Quiero hacerlo sabiendo que está ahí.
La emoción me atravesó.
—Sí.
Álex apoyó la palma con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de su mano.
No había nada que sentir.
Aun así, permanecimos así durante varios minutos.
Una casa vacía.
Una empresa a punto de expandirse.
Un futuro que ninguno había planeado.
Por primera vez, la incertidumbre no parecía una amenaza.
* * *
Regresamos al hotel cerca de la medianoche.
Álex pasó todo el trayecto buscando clínicas privadas en Lisboa.
Le quité el teléfono.
—Mañana.
—Podrían atendernos ahora.
—No es una urgencia.
—Necesitamos confirmarlo.
—La prueba es bastante clara.
—Puede haber falsos positivos.
—Has leído demasiadas páginas.
—He leído fuentes médicas.
—En veinte minutos.
—La información es accesible.
Guardé su teléfono dentro de mi bolso.
—Mañana llamaremos a mi ginecóloga.
—¿Tienes una?
—Soy una mujer de treinta y un años, Álex.
—No conozco a todos tus médicos.
—Gracias a Dios.
—Necesitaré su contacto.
—No.
—Por seguridad.
—No.
—Claudia.
—No vas a investigar a mi ginecóloga.
—Solo comprobaré sus credenciales.
—Ni se te ocurra.
—Podríamos buscar otra.
—Voy a lanzarte por la ventana.
—Estamos en un coche.
—Esperaré.
El conductor fingió no escucharnos.
Cuando llegamos a la suite, Álex abrió la puerta y revisó la habitación.
—¿Qué haces?
—Comprobando que todo esté bien.
—Has venido aquí esta mañana.
—Las circunstancias han cambiado.
—Estoy embarazada de aproximadamente cinco minutos, no perseguida por una organización criminal.
Álex cerró la puerta.
—No sabemos cuánto tiempo llevas embarazada.
—Ese no es el punto.
—¿Tienes hambre?
—No.
La mirada descendió hacia mi nariz.
—No estoy mintiendo.
—Has cenado muy poco.
—Estaba trabajando.
Álex llamó al servicio de habitaciones.
—No me apetece nada.
—Pide algo y decidirás después.
—Eso sigue siendo control.
—Es comida.
—Cancelaré el pedido.
—Entonces bajaré a la cocina.
—No te dejarán entrar.
—Compraré el hotel.
Lo miré.
Álex sostuvo mi expresión durante dos segundos.
Después sonrió.
—Era una broma.
—No haces bromas sobre comprar hoteles.
—Estoy creciendo.
Me quité los zapatos.
—Pide fruta.
—Y sopa.
—Solo fruta.
—También pan.
—Álex.
—¿Qué quiere la madre de mi hijo?
La frase me detuvo.
Él también lo notó.
El deseo que había permanecido escondido bajo las emociones de la noche regresó lentamente.
—Repite eso.
Álex colgó sin llegar a hacer el pedido.
Se acercó.
—La madre de mi hijo.
Su voz se volvió más grave.
Mi cuerpo respondió.
—O hija.
—La madre de mi hija.
—No puedes utilizar ambas opciones para seducirme.
—No lo estoy intentando.
—Mientes.
Álex se detuvo frente a mí.
—Estás cansada.
—Sí.
—Emocionada.
—También.
—Y posiblemente embarazada.
—Ya hemos establecido esa parte.
—No voy a asumir que quieres…
Lo besé.
La frase murió entre nuestras bocas.
Álex permaneció inmóvil durante un segundo.
Después colocó las manos sobre mi cintura.
No apretó.
No profundizó el contacto hasta que yo lo hice.
—Te deseo —murmuré.
Su respiración cambió.
—Necesito que estés segura.
—Lo estoy.
—Ha sido un día intenso.
—Álex.
Deslicé las manos por su camisa.
—Llevo horas viéndote con este traje, intentando no pensar en lo que quería hacer cuando terminara la inauguración.
—¿Qué querías hacer?
—Todavía no has aprendido.
—¿Qué cosa?
—A no obligarme a decirlo.
La sonrisa lenta que apareció en su boca hizo que me estremeciera.
—Eso no pienso aprenderlo nunca.
Me tomó de la mano y me condujo hasta el dormitorio.
No había prisa.
Aquella vez cada gesto parecía contener una pregunta nueva.
¿Seguía queriéndolo?
¿Me encontraba bien?
¿Podía tocarme allí?
Respondí con palabras, movimientos y la forma en que lo acerqué cada vez que intentaba contenerse demasiado.
Álex abrió la cremallera de mi vestido y lo dejó caer lentamente.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo.
Se detuvieron sobre mi vientre todavía plano.
—No empieces a mirarme de forma distinta —dije.
—Es demasiado tarde.
—Sigo siendo yo.
—Lo sé.
Se arrodilló.
Besó mi abdomen.
La ternura del gesto me hizo cerrar los ojos.
—Álex.
—¿Sí?
—Levántate.
—¿No te gusta?
—Me gusta demasiado.
Su boca rozó mi piel otra vez.
—Eso no parece una razón.
—Quiero que me beses.
—¿Dónde?
Lo agarré del cabello.
—De pie.
Álex obedeció.
Su boca encontró la mía con una intensidad que borró momentáneamente toda delicadeza. Lo necesitaba así. No como una futura madre frágil, sino como la mujer que llevaba meses compartiendo su cama y todavía podía volverlo loco con una mirada.
Tiré de su camisa.
Álex se la quitó.
Mis manos recorrieron su pecho.