EPÍLOGO #3
—No quiero que tengas cuidado conmigo de una forma absurda.
—Tendré cuidado.
—Álex.
—No significa que vaya a tratarte como si pudieras romperte.
—Promételo.
—No voy a prometer algo que quizá haga mal.
La respuesta era exactamente la correcta.
—Entonces pregúntame.
—Siempre.
Me besó.
Despacio al principio.
Después con más hambre.
La ropa desapareció entre caricias y risas bajas. Álex me llevó hasta la cama, pero no me tumbó inmediatamente.
—¿Qué quieres? —preguntó.
La luz de la ciudad entraba por los ventanales. Podía verlo perfectamente: el deseo, la emoción y un miedo tan grande como el mío.
Acaricié su rostro.
—Quiero a mi marido.
—Ya lo tienes.
—No tan controlado.
Álex cerró los ojos un instante.
—Estás embarazada.
—No enferma.
—Necesitamos confirmar qué es seguro.
—No voy a practicar acrobacias.
—Eso no era lo que me preocupaba.
—¿Entonces?
Su mirada descendió por mi cuerpo.
—No sé si seré capaz de pensar en otra cosa.
Comprendí.
No se refería al riesgo.
Se refería a la vida que podía estar creciendo dentro de mí.
A cómo aquella certeza cambiaba la forma en que me veía, aunque todavía intentara no demostrarlo.
Tomé su mano y la coloqué sobre mi vientre.
—Puedes pensar en las dos.
Álex me miró.
—En ella —continué—. O él. Y en mí.
Su respiración se volvió más profunda.
—¿Color?
—Verde.
Me besó.
Esta vez no se contuvo.
No completamente.
Me hizo sentir deseada con la misma intensidad de nuestra primera noche y querida de una forma que entonces ninguno habría sabido soportar.
No hubo juegos elaborados.
Ni cintas.
Ni órdenes pronunciadas para comprobar quién controlaba el momento.
Solo su cuerpo contra el mío, sus manos preguntando y mi voz respondiendo.
Cuando nos unimos, Álex mantuvo los ojos abiertos.
Yo también.
—Mi esposa —murmuró.
—Mi marido.
Su control vaciló.
Sonreí.
—Sigue funcionando.
—Siempre.
El placer creció lentamente, mezclado con la emoción de saber que algo acababa de cambiar para siempre.
Álex besó mi cuello.
Mi boca.
Mi vientre.
Cada caricia parecía una promesa que no necesitaba pronunciar.
Cuando llegué al límite, lo abracé con fuerza y dije su nombre contra su oído.
Álex me siguió poco después.
Permanecimos unidos, respirando.
Su frente descansó sobre la mía.
—¿Bien? —preguntó.
—Perfecta.
—¿Algo que no te haya gustado?
—Has hablado demasiado.
—Eso es objetivamente falso.
—Y todavía no has pedido la comida.
Álex se quedó inmóvil.
—No te muevas.
Solté una carcajada.
—Acabas de prometer preguntar.
—Por favor, no te muevas.
—¿Por qué?
Se levantó y buscó el teléfono entre la ropa.
—Voy a pedir todo el menú.
—Fruta.
—Fruta, sopa, pan y algo con proteínas.
—Álex.
—Negociable hasta cierto punto.
Me incorporé sobre la cama, cubierta apenas por la sábana.
—Voy a tener que recordarte constantemente que este embarazo también es mío.
Álex se volvió.
La expresión de felicidad que apareció en su rostro hizo que dejara de discutir.
—Nuestro —corrigió.
El pecho se me llenó.
—Nuestro.
Pidió demasiada comida.
Yo protesté.
Él fingió escucharme.
Cuando llegó el servicio, terminé comiendo la fruta, el pan y parte de la sopa.
Álex no hizo ningún comentario sobre mi nariz.
Eso sí era crecimiento personal.
* * *
Meses después, la casa de Lisboa se convirtió en la primera sede internacional de Montes Eventos.
No acepté el préstamo de Álex.
Conseguimos financiación propia y compramos el edificio antes de que terminara la opción.
Álex se quejó de que el banco cobraba intereses absurdos.
Yo le recordé que la independencia tenía un precio.
Él respondió que conocía bastante bien el precio de casarse conmigo.
Le lancé una servilleta.
Nuestra hija nació en primavera.
Álex organizó tres rutas alternativas al hospital, comprobó personalmente la experiencia de todo el equipo médico y quiso instalar un sistema de seguridad adicional en la planta de maternidad.
Conseguí reducirlo a un guardaespaldas.
Dos, según él.
Uno permanecía en el vestíbulo, así que no contaba.
La llamamos Elena.
No por su familia.
Ni por la mía.
Porque era el único nombre sobre el que conseguimos ponernos de acuerdo sin redactar una lista de condiciones.
La primera vez que Álex la sostuvo, lloró.
Después negó haberlo hecho.
Yo tenía fotografías.
Las guardé para futuras negociaciones.
No abandoné mi empresa.
Álex no abandonó el grupo.
Aprendimos a organizar agendas, noches sin dormir, viajes y discusiones sobre quién había cambiado el último pañal.
No fue sencillo.
Fue mejor.
Porque nada estaba fijado de antemano.
No existía un contrato que dijera cuánto duraría, quién debía obedecer o qué ocurriría al final.
Cada día elegíamos continuar.
Incluso cuando Álex movía el jarrón.
Incluso cuando yo lanzaba servilletas.
Incluso cuando nuestro dormitorio se llenaba con el llanto de un bebé justo en el momento menos oportuno.
Una noche, varias semanas después de volver a dormir más de tres horas seguidas, Elena se quedó finalmente en su cuna.
Álex cerró la puerta de nuestra habitación y me encontró sentada sobre la cama.
Llevaba su camisa.
Nada más.
Su mirada recorrió mis piernas.
—¿Está dormida?
—Sí.
—¿Seguro?
—He tardado cuarenta minutos.
Álex comenzó a desabrocharse la camisa.
—Entonces tenemos aproximadamente doce minutos.
—Qué romántico.
—Puedo preparar un discurso.
—Perderíamos seis minutos.
Dejó la camisa en el suelo.
—¿Qué quieres?
La pregunta seguía allí.
Después de contratos, bodas, amenazas, una hija y todas las noches que habíamos compartido.
Siempre estaría.
Sonreí.
—Cierra la puerta con llave.
Álex obedeció.
El pequeño sonido de la cerradura me hizo recordar una habitación cubierta de papeles rotos y la primera vez que lo elegí sin ninguna condición.
Se acercó hasta quedar frente a mí.
—¿Y ahora?
Lo agarré por la cintura.
—Haz que te lo pida.
Sus ojos se oscurecieron.
—Creía que habías aprendido.
—¿Qué cosa?
Álex me hizo tumbarme sobre la cama.
Su boca quedó junto a mi oído.
—Que siempre terminas pidiéndomelo.
Antes de que pudiera responder, Elena comenzó a llorar en la habitación contigua.
Álex cerró los ojos.
Yo me mordí el labio para no reír.
—Doce minutos —murmuré.
—Han sido treinta segundos.
—Tus cálculos han empeorado.
El llanto continuó.
Álex se apartó con resignación.
—Voy yo.
—Fuiste la última vez.
—Lo sé.
Tomó una camiseta.
Antes de salir, regresó hasta la cama y me besó.
Lento.
Profundo.
Suficiente para dejar claro que la interrupción no significaba el final.
—No te duermas —ordenó.
—No me des órdenes.
La sonrisa apareció en su boca.
—Entonces espérame.
—Eso dependerá de cuánto tardes.
Álex abrió la puerta.
—Mentirosa.
Lo vi marcharse hacia la habitación de nuestra hija.
El hombre que había querido controlar cada parte de su vida ahora caminaba descalzo por el pasillo para calmar a un bebé mientras yo esperaba en nuestra cama.
Mi dueño jamás sería.
Era mi marido.
Mi compañero.
El padre de mi hija.
Y el único hombre al que todavía disfrutaba haciendo creer que tendría que obligarme a pedirle exactamente lo que deseaba.
Aunque los dos supiéramos que siempre acababa haciéndolo.
GRACIAS POR LLEGAR HASTA AQUÍ
Si has llegado hasta el final de Casada con mi jefe, solo puedo darte las gracias por haber acompañado a Claudia y Álex en esta historia de deseo, secretos, heridas y segundas oportunidades.
Espero que hayas disfrutado de su química, de sus enfrentamientos y de ese contrato que terminó convirtiéndose en algo que ninguno de los dos había previsto.
Si la novela te ha hecho sonreír, emocionarte o desear leer solo un capítulo más, me ayudarías muchísimo dejando una valoración en Amazon. Tu opinión permite que otras lectoras descubran la historia y hace posible que pueda seguir escribiendo nuevas novelas románticas para ti.
Gracias por leerme y por formar parte de este pequeño universo de historias donde el amor nunca llega de la manera esperada.
Nos vemos en la próxima novela.
Con cariño,Elara Moon