Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

TODAVÍA ME HACE PEDÍRSELO

Un año después de renovar mis votos con Álex Valdés, descubrí que mi marido era incapaz de asistir a uno de mis eventos sin intentar reorganizarlo.

—Esa mesa bloquea la salida.

—No.

—Claudia, está delante de una puerta.

—Es una puerta decorativa.

Álex la observó con desconfianza.

El centro cultural de Lisboa abría oficialmente en cuarenta minutos. Llevábamos nueve meses trabajando en aquella inauguración, la más importante de la historia de Montes Eventos, y todo estaba exactamente donde debía estar.

Incluido mi marido.

Aunque empezaba a arrepentirme de haberlo invitado.

—No existen las puertas decorativas —dijo.

—En edificios históricos, sí.

—Parece una infracción de seguridad.

—Parece que necesitas encontrar a Samuel y fingir que este evento depende de tu supervisión.

Álex miró alrededor.

Llevaba un esmoquin negro, camisa blanca y esa expresión de autoridad silenciosa que conseguía que empleados de empresas ajenas le pidieran permiso para respirar.

Varias camareras ya lo habían confundido con el propietario del centro.

Él no las había corregido con suficiente rapidez.

—Samuel está revisando el acceso de prensa —respondió.

—Samuel ha venido como invitado.

—Eso no significa que deba permanecer desocupado.

—Te odio.

—No lo parecía esta mañana.

El calor me subió por el cuello.

Estábamos rodeados por más de cien personas: técnicos, músicos, camareros y miembros de mi equipo. Nadie parecía prestar atención, pero Álex sabía pronunciar una frase íntima con el mismo tono que utilizaría para comentar un informe financiero.

—Compórtate —advertí.

Una ceja se elevó.

—Eso ha sonado como una orden.

—Lo era.

—Pensaba que esta noche mandaba yo.

Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera detenerlo.

Álex lo notó.

Siempre lo notaba.

—Esta noche todavía no ha empezado —dije.

—Para mí comenzó cuando saliste del hotel con ese vestido.

Miré mi ropa.

El vestido era de color rojo oscuro, largo hasta los tobillos y aparentemente profesional. La espalda, sin embargo, estaba cubierta solo por dos tiras finas que se cruzaban sobre mi piel.

Lo había elegido para celebrar el éxito más importante de mi empresa.

Y para torturarlo.

Podía tener más de un propósito.

—Es un vestido normal.

—Mentirosa.

La palabra provocó una descarga familiar.

Después de todo aquel tiempo seguía consiguiendo que sonara como una caricia.

Álex dio un paso hacia mí.

No llegó a tocarme.

Había aprendido que, durante un evento, yo no quería que interfiriera ni siquiera con una mano sobre mi cintura. Cuando trabajaba, no era su esposa, ni la mujer que aparecía con él en algunas fotografías.

Era la directora de Montes Eventos.

Habíamos necesitado tres discusiones, una puerta golpeada y una reconciliación especialmente intensa para establecer aquella norma.

Ahora la respetaba.

Casi siempre.

—Cuando termine la inauguración —murmuró—, no permitiré que vuelvas a alejarte de mí durante una semana.

—Tenemos vuelos separados mañana.

—Ya no.

Entrecerré los ojos.

—¿Qué has hecho?

—Cambiar el mío.

—¿Sin consultarme?

Álex sonrió.

—He cambiado el mío, no el tuyo.

Detestaba cuando encontraba formas técnicamente correctas de esquivar nuestras reglas.

—Tengo reuniones en Madrid.

—Yo también.

—Creía que volabas a Londres.

—He delegado.

La palabra todavía sonaba extraña en su boca.

—¿Por qué?

La expresión de Álex cambió.

Solo un poco.

Lo suficiente para que dejara de pensar en el evento.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Se te ha arrugado la nariz.

—Eso es mío.

—Llevamos casados suficiente tiempo para compartirlo.

—Álex.

Miró hacia el salón principal.

—Tenemos que hablar después.

El estómago se me cerró.

Aquel tono nunca anunciaba algo pequeño.

—¿Sobre el grupo?

—No.

—¿Mateo?

—Tampoco.

Mateo seguía cumpliendo una condena después de llegar a un acuerdo judicial. No habíamos vuelto a verlo. Su nombre aparecía ocasionalmente en la prensa, pero había dejado de formar parte de nuestra vida cotidiana.

Al menos de la visible.

—¿Mi agencia?

—Claudia.

—No puedes decir que tenemos que hablar y esperar que continúe trabajando como si nada.

—Tú eres quien insiste en que nunca debo interferir durante un evento.

—Eso no incluye crear una amenaza misteriosa.

—No es una amenaza.

—¿Entonces?

Álex se acercó hasta que su boca quedó junto a mi oído.

—Termina tu inauguración.

El tono hizo que mi cuerpo se tensara.

—Después te lo contaré todo.

Se alejó antes de que pudiera responder.

Lo observé cruzar el salón.

Seguía siendo el hombre más irritante del mundo.

Y yo seguía enamorada de él.

* * *

La inauguración fue perfecta.

No lo pensaba por arrogancia.

Había comprobado cada detalle.

Los invitados recorrieron las salas del centro cultural mientras un cuarteto tocaba bajo la cúpula restaurada. La iluminación cambiaba sutilmente al avanzar la noche y las proyecciones contaban la historia del edificio sin competir con su arquitectura.

Ninguna mesa bloqueaba una salida.

Decorativa o no.

Durante el discurso de apertura, el director del centro agradeció públicamente el trabajo de Montes Eventos. Vera, situada a mi lado, apretó mi mano.

—Lo hemos conseguido —susurró.

Miré el salón lleno.

Nuestro equipo.

Los clientes.

Los periodistas que, por primera vez en mucho tiempo, hablaban de mi trabajo sin mencionar cuánto había pagado Álex por casarse conmigo.

—Sí.

La emoción me cerró la garganta.

—Lo hemos conseguido.

Después del discurso, el director me invitó a subir al escenario.

No estaba previsto.

Acepté.

Desde allí localicé a Álex al fondo del salón.

No ocupaba el centro.

No hablaba con inversores ni intentaba apropiarse del momento.

Me observaba con una copa intacta en la mano.

Orgulloso.

Cuando agradecí a Vera y al resto del equipo, sus ojos no abandonaron los míos.

El hombre que inicialmente había analizado mi empresa como una posible adquisición ahora era el único de la sala que comprendía exactamente cuánto significaba para mí conservarla.

Terminé el discurso entre aplausos.

Álex continuó esperando hasta que fui yo quien caminó hacia él.

—No has criticado nada durante casi una hora —dije.

—La mesa sigue mal colocada.

—Olvídate de la mesa.

Su boca se curvó.

—Has estado extraordinaria.

—Lo sé.

—Modesta.

—He aprendido de ti.

Le entregué mi copa vacía.

—Ahora habla.

—Todavía no.

—Álex.

—La inauguración no ha terminado.

—Para mí sí.

—Tu equipo quiere celebrarlo contigo.

Miré hacia Vera.

Estaba detrás de él haciendo gestos exagerados para que me marchara.

—Ella sabe algo.

Álex no respondió.

—¿Qué habéis preparado?

—No es lo que crees.

—No sé qué creo porque has decidido volver a ser misterioso.

—Confía en mí.

—Odio esa frase.

—Lo sé.

Extendió la mano.

—Ven.

Miré sus dedos abiertos.

Después a Vera.

Ella asintió.

Tomé la mano de Álex.

—Como esto termine en otro contrato, pediré el divorcio.

—No bromees con eso.

La dureza de su respuesta seguía apareciendo cada vez que utilizaba aquella palabra.

A pesar de todo lo que habíamos construido, una parte de él continuaba temiendo que pudiera marcharme.

Apreté sus dedos.

—No voy a hacerlo.

Álex sostuvo mi mirada.

—Bien.

—Pero sigo queriendo saber adónde vamos.

—Impaciente.

—Controlador.

—Mentirosa.

Sonreí.

—Mi marido.

Su mano se tensó alrededor de la mía.

Nunca había dejado de afectarle.

* * *

El coche nos llevó hasta una casa situada frente al río.

No era un hotel.

Tampoco una propiedad del Grupo Valdés.

Era una vivienda antigua de tres plantas, con balcones blancos, azulejos azules alrededor de las ventanas y una pequeña terraza desde la que se veía el agua.

Las luces estaban encendidas.

—¿De quién es? —pregunté.

Álex no respondió.

El conductor abrió la puerta.

Subimos los escalones.

Álex utilizó una llave para entrar.

El interior estaba vacío.

No completamente.

Había una mesa, dos sillas y una botella de vino en el salón. El resto de las habitaciones no tenía muebles.

—No entiendo.

Álex cerró la puerta.

—La he comprado.

Me volví despacio.

—¿Qué?

—La casa.

—¿Por qué has comprado una casa en Lisboa?

—No la he comprado para mí.

El miedo fue sustituido por otra emoción.

—Álex.

—Antes de que te enfades, está a nombre de una sociedad independiente.

—Eso no ayuda.

—La sociedad pertenece a Montes Eventos.

Me quedé inmóvil.

—No.

—Escúchame.

—¿Has comprado un edificio para mi empresa sin preguntarme?

—He comprado una opción.

—¿Qué significa eso?

Álex sacó una carpeta fina del interior de su chaqueta.

La miré con horror.

—Has traído un contrato.

—Dos páginas.

—No me importa si son dos líneas.

—Claudia.

—Dijimos que no volverías a tomar decisiones sobre mi empresa.

—No lo he hecho.

Me entregó la carpeta.

No la abrí.

—Explícalo.

—El centro cultural quiere contrataros durante los próximos tres años. También dos hoteles y una fundación portuguesa.

—Eso todavía se está negociando.

—Han firmado esta tarde.

—¿Cómo lo sabes?

—Vera.

—Voy a matarla.

—Tu agencia necesita una sede aquí si quieres aceptar los proyectos sin desplazar a todo el equipo desde Madrid.

Miré alrededor.

Las habitaciones vacías.

La terraza.

La luz del río entrando por las ventanas.

Podía imaginar mesas de trabajo, salas para reuniones y un pequeño estudio de diseño en la planta superior.

Precisamente por eso estaba enfadada.

—No podías decidirlo tú.

—No lo hice.

Álex señaló la carpeta.

—He comprado el derecho de adquisición durante treinta días. Montes Eventos puede quedarse con el edificio por el mismo precio que he pagado, rechazarlo o buscar otra sede.

—¿Y el dinero?

—Préstamo sin intereses.

—No.

—Entonces financiación bancaria. Ya he conseguido tres ofertas.

—¿Sin hablar conmigo?

—He solicitado propuestas, no firmado nada.

Lo observé.

Esperaba el conflicto.

Se había preparado para él.

Pero también había encontrado una forma de ofrecer una solución sin convertirla en una decisión irrevocable.

—Podrías habérmelo contado antes.

—Habrías pasado todo el evento calculando costes.

—Es mi empresa.

—Precisamente.

Se acercó.

—Quería que esta noche disfrutaras de lo que habías conseguido antes de empezar a pensar en el siguiente problema.

La rabia no desapareció.

Cambió.