Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

Se inclinó para besarme.

Coloqué una mano sobre su pecho.

—Todavía no.

Álex se detuvo.

La respiración ya había empezado a cambiar.

—¿Qué ocurre?

Me levanté de la cama y caminé hasta la cómoda.

Había dejado allí una caja.

La misma clase de caja que habíamos encontrado en Marbella, aunque aquella vez la había preparado yo.

Álex la observó.

—¿Qué es?

—Un regalo de boda.

—Empiezo a preocuparme.

—Mientes.

Abrí la tapa.

Dentro había una venda de seda, dos cintas y una tarjeta.

Álex tomó la tarjeta.

En ella había escrito:

ESTA NOCHE MANDA MI MARIDO. MAÑANA YA VEREMOS.

Sus ojos subieron lentamente hacia mí.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Necesito algo más claro.

Me acerqué.

Deslicé las manos bajo su chaqueta y la empujé por sus hombros.

—Quiero que tomes el control.

Álex cerró los ojos durante un instante.

—¿Límites?

—Los mismos.

—¿Palabras?

—Amarillo y rojo.

—¿Y color ahora?

—Verde.

La contención desapareció de su rostro.

Tomó la venda.

—Date la vuelta.

La orden me recorrió por completo.

Sonreí.

—Eso ha sonado muy satisfecho.

—Has escrito la tarjeta.

—Podría cambiar de opinión.

Álex se acercó hasta que su pecho rozó mi espalda.

Su boca quedó junto a mi oído.

—Puedes hacerlo en cualquier momento.

La seda cubrió mis ojos.

La oscuridad aumentó cada sonido.

Su respiración.

El roce de la ropa.

La cinta deslizándose entre sus dedos.

—Las manos delante —ordenó.

Obedecí.

Álex unió mis muñecas con cuidado.

Comprobó que pudiera moverlas.

—¿Bien?

—Sí.

—Color.

—Verde.

Sus labios rozaron mi nuca.

Me estremecí.

—Todavía no he empezado —murmuró.

—Llevas seis meses amenazándome.

—Y tú seis meses provocándome.

—Has tenido oportunidades.

—No como esta.

Sus manos descendieron por mis brazos, recorrieron mi cintura y se detuvieron sobre la tela del vestido.

—Mi esposa —dijo contra mi piel.

El deseo creció de inmediato.

—Mi marido —respondí.

Álex soltó una exhalación tensa.

—Vas a arrepentirte de descubrir lo que me hace esa palabra.

—Demuéstralo.

La cremallera descendió lentamente.

El vestido cayó hasta mis pies.

Sus manos recorrieron mi cuerpo mientras yo permanecía de espaldas, incapaz de anticipar dónde aparecería la siguiente caricia.

Aquella incertidumbre ya no me producía miedo.

Confiaba en él.

No ciegamente.

No porque creyera que nunca volvería a equivocarse.

Confiaba porque sabía que me escucharía cuando hablara.

Álex me hizo girar.

Aunque no podía verlo, sentí su presencia frente a mí.

Su pulgar acarició mi labio inferior.

—Dime qué quieres.

Sonreí.

Incluso cuando mandaba, seguía preguntando.

—Quiero que me hagas olvidar que mañana tenemos un vuelo a las nueve.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Lo he cambiado a las doce.

Me reí.

—Controlador.

—Previsor.

—Arrogante.

—Mentirosa.

Lo besé.

O intenté hacerlo.

Álex se apartó justo lo suficiente para que mi boca encontrara el aire.

—No —murmuró.

—¿No?

—Has dicho que esta noche mandaba yo.

—Empiezo a pensar que fue un error.

—Demasiado tarde.

Su boca descendió hacia mi cuello.

El primer beso fue lento.

El segundo, más intenso.

Después sus manos y sus labios recorrieron cada parte de mí con la paciencia deliberada de un hombre que sabía exactamente cuánto había esperado aquella noche.

Me hizo pedir.

Nombrar.

Elegir.

Y cada vez que mi voz temblaba, preguntaba el color.

Cada vez respondí verde.

Cuando finalmente retiró la venda, Álex estaba delante de mí con la misma expresión de la primera noche.

Hambre.

Control.

Y algo que entonces todavía no había sabido reconocer.

Amor.

—Mírame —ordenó.

Lo hice.

Nos unimos sin apartar los ojos.

El placer creció deprisa, alimentado por la espera, las palabras y la certeza de que no existía ninguna fecha de finalización.

Álex sostuvo mis muñecas atadas sobre la almohada, sin ejercer más presión de la que yo había aceptado.

—¿Quién soy? —murmuró.

La pregunta podría haber parecido posesiva.

No lo fue.

Era la confirmación de todo lo que habíamos elegido.

—Mi marido.

Su control se quebró.

Me besó con una intensidad que hizo desaparecer el resto del mundo.

Yo lo recibí, lo provoqué y pronuncié su nombre hasta que el placer me atravesó.

Álex me siguió con la frente apoyada contra la mía y mi nombre roto entre los labios.

Después desató inmediatamente mis manos.

Besó las marcas tenues de la cinta.

—¿Bien?

—Muy bien.

—¿Algo que no te haya gustado?

—Que hayas cambiado el vuelo sin preguntarme.

Álex cerró los ojos.

—Claudia.

Reí.

Lo rodeé con los brazos.

—Mañana discutiremos.

—¿Y ahora?

Me acomodé contra su pecho.

—Ahora puedes abrazar a tu esposa.

Álex me estrechó con fuerza.

Fuera, el viento movía las ramas del jardín. La villa estaba en silencio, pero ya no era el silencio vacío de una casa cerrada durante años.

Era el silencio de dos personas que no necesitaban fingir.

Habíamos empezado con un acuerdo.

Habíamos intentado medir el deseo, limitar los sentimientos y fijar una fecha para el final.

No funcionó.

Por suerte.

Porque Álex Valdés ya no era el hombre que había arruinado mi vida.

Era el hombre que la compartía conmigo.

Mi dueño jamás sería.

Pero era mi marido.

Esta vez, de verdad.