CAPÍTULO 20 #2
—Nuestro matrimonio empezó como una decisión desesperada, siguió como una guerra y estuvo a punto de terminar porque ninguno sabía amar sin protegerse del otro.
Álex apretó mis dedos.
—He querido matarte más veces de las que considero razonable.
—Lo mismo digo.
—No interrumpas.
Su boca se cerró.
—También eres el único hombre con el que quiero discutir dónde colocar un jarrón durante el resto de mi vida.
La emoción apareció en su rostro.
—Quiero seguir eligiéndote cuando estemos de acuerdo y, sobre todo, cuando no lo estemos. Quiero que seas mi marido sin condiciones, plazos ni acciones esperando al final.
Levanté el anillo.
—Así que voy a preguntártelo primero. ¿Quieres casarte conmigo de verdad?
Álex me observó.
Durante varios segundos no dijo nada.
Mi nerviosismo se transformó en irritación.
—Esta es la parte en la que respondes.
—Estoy intentando comprender cómo has conseguido arruinar seis meses de planificación.
—¿Eso es un sí?
Álex se levantó y me hizo ponerme de pie.
—No.
El corazón se me detuvo.
Después sonrió.
—Es una advertencia.
Metió una mano en el bolsillo interior de su chaqueta.
Sacó una caja.
—Sabía que estabas organizando algo.
—¿Cómo?
—Moviste tres reuniones, llamaste personalmente al director del hotel y Vera me hizo prometer que esta noche no miraría el calendario compartido.
—Traición.
—Samuel también dejó de responder preguntas.
—Voy a despedirlos a todos.
—No trabajan para ti.
—Encontraré la forma.
Álex abrió su caja.
Dentro había un anillo con una piedra clara, elegante y más discreta de lo que habría esperado de él.
—Llevo esto encima desde hace cuarenta y tres días —dijo.
—¿Cuarenta y tres?
—Esperaba el momento adecuado.
—Tardabas demasiado.
—Quería hacerlo bien.
—Te pedí que fuera real, no perfecto.
—Lo sé ahora.
Tomó mi rostro entre sus manos.
—Pero antes de que vuelvas a robarme otra parte de la propuesta, necesito preguntártelo.
Se arrodilló.
Mi respiración se rompió.
No se parecía al momento en su despacho.
Aquella vez no pedía perdón desde un lugar sin poder.
Me ofrecía un futuro desde un lugar de igualdad.
—Claudia Montes —dijo—, me enamoré de ti cuando todavía intentaba convencerme de que solo me irritabas. Después cometí suficientes errores como para que cualquier mujer sensata se marchara.
—Eso es cierto.
—No interrumpas.
Sonreí entre lágrimas.
—Me enseñaste que amar no significa anticipar cada peligro ni eliminar cualquier posibilidad de perder. Significa confiar en que la otra persona puede elegir quedarse.
Su pulgar recorrió mi mano.
—Quiero despertarme contigo, discutir contigo y escucharte decir que no tienes hambre mientras vacías mi plato. Quiero conocer las verdades difíciles al mismo tiempo que tú, no decidir cuáles puedes soportar.
La emoción me cerró la garganta.
—Y quiero ser tu marido incluso cuando no haya nadie mirando, ninguna junta esperando y ningún contrato que nos obligue.
Abrió la caja.
—¿Quieres casarte conmigo de verdad?
—Sí.
No lo hice esperar.
—Sí, quiero.
Álex colocó el anillo en mi dedo.
Yo hice lo mismo con el suyo.
Después tiré de su mano para que se levantara.
—Has tardado cuarenta y tres días.
—Tú has tardado seis meses en tener paciencia.
—No estaba incluida entre mis virtudes.
—Nunca.
Lo besé.
El contacto comenzó suave, lleno de lágrimas, sonrisas y la emoción de haber encontrado finalmente un comienzo que no necesitaba condiciones.
Después Álex colocó una mano sobre mi espalda desnuda.
El beso cambió.
Su boca se volvió más intensa. Sus dedos descendieron lentamente por mi piel y mi cuerpo reaccionó con la familiaridad de algo que ya reconocía como suyo.
No porque le perteneciera.
Porque lo elegía.
—Tenemos una cena —murmuré.
—Puede esperar.
—He cocinado.
—Eso refuerza mi argumento.
Le mordí el labio.
Álex soltó una risa baja y me atrajo contra él.
—Hay habitaciones preparadas —dije.
—¿También formaban parte de la sorpresa?
—Una.
—¿Con una sola cama?
—No parecía necesario reservar dos.
Los ojos de Álex ardieron.
—Esposa.
La palabra descendió directamente por mi cuerpo.
—Marido.
Él cerró los ojos un instante.
—No sabes lo que me haces cuando dices eso.
—Creo que tengo una idea bastante precisa.
* * *
Celebramos nuestra boda de verdad tres semanas después.
No hubo periodistas.
Ni consejeros.
Ni invitados que no conociéramos.
La ceremonia se celebró en el jardín de la villa que había pertenecido a su madre. La tormenta de nuestra primera estancia había dejado paso a un día cálido, limpio y tranquilo.
Vera fue mi testigo.
Samuel, el de Álex.
Teresa lloró desde que llegamos hasta mucho después de que terminara la ceremonia. Beatriz eligió mi vestido y afirmó que aquella vez no permitiría que lo modificara con tijeras.
No invité a Hugo.
Nadie lo echó de menos.
No firmamos acuerdos privados.
Tampoco documentos legales: no hacían falta, porque seguíamos casados. Vera solo colocó delante de nosotros una hoja en blanco como broma.
Álex escribió:
Prometo preguntar antes de decidir por los dos.
Yo añadí:
Prometo responder antes de lanzar objetos.
—Eso no incluye servilletas —aclaré.
—Ni almohadas.
—Las almohadas tampoco cuentan.
La celebrante nos miró con resignación.
Cuando llegó el momento de los votos, Álex no utilizó ningún discurso preparado.
—Te elijo —dijo.
Solo eso.
Dos palabras.
Resultaron más importantes que las cuarenta y siete páginas de nuestro primer contrato.
—Yo también te elijo —respondí.
El beso no fue ceremonial.
Vera tuvo que aclararse la garganta.
Samuel miró hacia otro lado.
Teresa lloró todavía más.
No me importó.
Aquella vez nadie necesitaba creer que estábamos enamorados.
Lo estábamos.
* * *
La noche de nuestra segunda boda regresamos a la villa.
Álex me llevó en brazos hasta el dormitorio.
—Puedo caminar —protesté.
—Lo sé.
—Entonces bájame.
—No.
—Eso parece una recaída en tus problemas de control.
—Forma parte de una tradición.
—No recuerdo haber autorizado esa tradición.
Me dejó sobre la cama.
—Puedes pedirme que pare.
—No quiero que pares.
—Entonces la discusión ha terminado.
—No decides cuándo terminan las discusiones.
—Esta sí.