Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 20
91%

CAPÍTULO 20

MI MARIDO DE VERDAD

Seis meses después, Álex seguía sin saber colocar correctamente el jarrón.

Lo encontré en mitad del salón, treinta centímetros a la derecha del lugar que yo había elegido.

Lo miré.

Después miré a mi marido.

Álex permanecía sentado en el sofá, revisando unos informes con la misma expresión inocente que utilizaba cuando fingía no haber tocado nada.

—Lo has movido.

—No.

—Álex.

—Teresa habrá limpiado.

—Teresa sabe que no debe cambiarlo de sitio.

Pasó una página.

—Parece una instrucción excesivamente concreta para una empleada.

—Lo has movido porque crees que rompe la simetría.

—Rompe la simetría.

—Eso no era una confesión difícil de obtener.

Me acerqué al jarrón y lo devolví a su lugar.

Álex levantó finalmente la mirada.

Llevaba una camisa blanca con las mangas dobladas y el cabello ligeramente desordenado. Había regresado temprano del grupo, algo que todavía me sorprendía después de meses de verlo llegar al ático cuando la noche estaba demasiado avanzada.

Había aprendido a delegar.

Con protestas.

Amenazas.

Y una agenda que Samuel y yo nos encargábamos de vigilar desde frentes distintos.

—Ahora está torcido —dijo.

—Está perfecto.

—Eso es objetivamente falso.

—Tu opinión no cuenta.

—Es mi casa.

Me volví hacia él.

—Nuestra casa.

La corrección produjo una reacción pequeña, pero visible.

Aunque llevábamos medio año reconstruyendo nuestro matrimonio, Álex todavía me miraba de aquella forma cada vez que utilizaba palabras como nuestro, marido o futuro.

Como si siguiera sin estar completamente seguro de que no desaparecería al despertar.

Caminé hasta el sofá y le quité el informe de las manos.

—Has terminado de trabajar.

—Me faltaban tres páginas.

—Mañana seguirán existiendo.

—Eso no está garantizado.

—Álex.

—Dos páginas.

Dejé la carpeta sobre la mesa.

—Ninguna.

Me senté a horcajadas sobre sus piernas.

Toda resistencia empresarial desapareció.

Sus manos se apoyaron inmediatamente sobre mis caderas.

—Podías haber empezado por ahí —murmuró.

—Intentaba utilizar argumentos razonables.

—No suelen funcionarte.

—Lo dice el hombre que redactó un contrato matrimonial de cuarenta y siete páginas.

—Los contratos son razonables.

—Nuestro dormitorio opina lo contrario.

Los ojos de Álex se oscurecieron.

—¿El dormitorio tiene opiniones?

—Muchas.

—Deberíamos consultarlo.

Su boca rozó la mía.

Me aparté antes del beso.

—No.

La frustración apareció en su rostro.

—Has venido a sentarte sobre mí.

—Sí.

—Has mencionado el dormitorio.

—También.

—Y ahora dices que no.

—Estás aprendiendo a seguir conversaciones complejas.

Álex cerró las manos sobre mi cintura.

—¿Qué quieres, Claudia?

La pregunta seguía produciendo el mismo efecto.

Después de seis meses, todavía podía convertir una frase sencilla en algo que atravesaba directamente mi cuerpo.

—Que te cambies.

—Eso no era lo que esperaba.

—Tenemos una reserva.

Frunció el ceño.

—¿Dónde?

—Sorpresa.

—No me gustan las sorpresas.

—Lo sé.

—¿Samuel está involucrado?

—No.

—Eso me preocupa más.

Me levanté.

Álex intentó retenerme un segundo, pero soltó la cintura cuando notó que realmente quería apartarme.

Continuábamos aprendiendo.

Él a no convertir cada deseo en una forma de control.

Yo a no interpretar cada gesto protector como una amenaza.

No siempre resultaba fácil.

Discutíamos.

Mucho.

La semana anterior habíamos pasado una hora enfrentados porque Álex había ordenado revisar los antecedentes de un posible inversor de Montes Eventos sin consultarme.

Él insistía en que era información pública.

Yo insistía en que el problema no era la información, sino que volviera a actuar a mis espaldas.

Habíamos terminado redactando una lista de límites sobre el reverso de una factura.

No era romántico.

Era real.

Y después habíamos hecho las paces contra la puerta de mi despacho de una forma que había obligado a Vera a trabajar desde casa el resto de la tarde.

Nuestro matrimonio no se había vuelto perfecto.

Se había vuelto nuestro.

* * *

Montes Eventos había sobrevivido.

No gracias al dinero de Álex.

No enteramente.

La línea de financiación de Martín nos permitió cubrir los primeros meses. Recuperamos dos de los clientes que habían cancelado después de que la investigación demostrara que Mateo había manipulado los documentos y financiado la intrusión.

Otros no regresaron.

Aprendí a aceptar que salvar una empresa no significaba devolverla exactamente al lugar en el que estaba antes de romperse.

A veces significaba construir algo distinto.

Contratamos a dos personas, abrimos una división para eventos corporativos y conseguimos el proyecto más grande de nuestra historia: la inauguración de un centro cultural en Lisboa.

El Grupo Valdés no participó.

Álex ni siquiera presentó una oferta.

Tuve que recordarme que aquello era precisamente lo que había pedido cuando descubrí que me ofendía que no intentara contratarme.

La prensa dejó de llamarme esposa comprada cuando aparecieron nuevas historias.

Mateo fue imputado por extorsión, acceso ilegal a sistemas informáticos, revelación de secretos y manipulación documental. Su abogado llegó a un acuerdo con la fiscalía y entregó los registros que faltaban.

La última copia conocida del vídeo fue recuperada antes de publicarse.

Nunca supimos con absoluta certeza si existía otra.

Durante semanas me desperté pensando que podía aparecer en cualquier momento.

Después dejé de hacerlo.

No porque el miedo desapareciera por completo.

Porque me negaba a permitir que una amenaza indefinida continuara ocupando nuestra cama.

Álex renunció definitivamente a las acciones condicionadas por el testamento. El consejo lo confirmó como director ejecutivo sin ellas.

Cuando le pregunté si se arrepentía, respondió que había conseguido algo mucho más valioso.

Supuse que hablaba de mí.

Después aclaró que se refería a no tener que asistir a las reuniones del fideicomiso familiar.

Le arrojé una almohada.

Él me demostró que también hablaba de mí.

Durante toda la noche.

* * *

Salimos del ático a las siete.

Yo llevaba un vestido azul oscuro, sencillo y ajustado, con la espalda descubierta. Álex vestía un traje sin corbata y una expresión de sospecha cada vez más evidente.

—¿Cuánto falta? —preguntó desde el asiento trasero.

—Diez minutos.

—Eso dijiste hace veinte.

—El tráfico no estaba incluido en mis cálculos.

—Por eso dejo que Samuel organice las cosas.

—Samuel no sabe nada.

—¿Y Vera?

—Tampoco.

—Imposible.

—¿Quieres cerrar los ojos?

Álex me miró como si le hubiera propuesto saltar del coche en marcha.

—No.

—Confía en mí.

—Confío en ti.

—Pero no quieres cerrar los ojos.

—Son conceptos compatibles.

Sonreí.

El coche se detuvo frente a un edificio que reconocí inmediatamente.

El primer hotel del Grupo Valdés.

No el más lujoso ni el más conocido.

El que aparecía en la fotografía de Álex con su abuelo.

El que su familia había inaugurado cuando él todavía era un niño.

Álex miró la fachada.

—¿Qué hacemos aquí?

—Cenamos.

—El restaurante está cerrado por reformas.

—Lo sé.

Su mirada se dirigió hacia mí.

—Claudia.

—No hagas preguntas.

—Eso va contra nuestra nueva política matrimonial.

—No cuando se trata de sorpresas.

El vestíbulo estaba vacío.

Había pedido que no hubiera personal visible, fotógrafos ni cámaras. Solo una mesa preparada en la antigua terraza del hotel, frente a las luces de Madrid.

Álex caminó a mi lado en silencio.

Yo empezaba a sospechar que organizar una sorpresa para un hombre que odiaba perder el control había sido una idea terrible.

Cuando llegamos a la terraza, se detuvo.

La mesa tenía dos platos, una botella de vino y un pequeño ramo de flores silvestres. Nada de decoraciones exageradas.

Nada de lujo diseñado para impresionar.

—No entiendo —dijo.

—Eso también forma parte de la experiencia.

Le indiqué que se sentara.

Álex obedeció con una cautela que me hizo sonreír.

—Estás disfrutando demasiado.

—Muchísimo.

Serví vino.

La cena ya estaba preparada en recipientes térmicos. Pasta, verduras y un risotto que yo había cocinado con ayuda de Teresa.

Álex lo observó.

—¿Has preparado esto?

—Sí.

—¿Hay un extintor cerca?

—Vera me dejó uno.

Su risa llenó la terraza.

Me quedé mirándolo.

Seis meses antes apenas sabía cómo sonaba.

Ahora continuaba siendo poco frecuente, pero ya no parecía un secreto.

—¿Por qué este hotel? —preguntó.

—Porque aquí comenzó tu vida dentro del grupo.

—No exactamente.

—Sabes a qué me refiero.

Tomé su mano sobre la mesa.

—Y porque quiero que recuerdes que no todo lo que empieza de una forma determina cómo debe terminar.

La sonrisa desapareció lentamente.

Álex entrelazó sus dedos con los míos.

—Eso parece un discurso preparado.

—Llevo semanas ensayándolo.

—¿Para qué?

El nerviosismo apareció por primera vez.

No en él.

En mí.

Había organizado bodas durante años. Sabía cómo ocultar anillos, coordinar discursos y conseguir que una propuesta pareciera espontánea aunque treinta personas hubieran trabajado para hacerla posible.

Aquello era distinto.

No había clientes.

No podía refugiarme detrás de una planificación profesional.

Solo estaba yo, frente al hombre al que amaba, intentando decir algo para lo que no existía un contrato.

Me levanté.

Álex siguió cada movimiento.

—Claudia.

—Espera.

Rodeé la mesa.

Él comenzó a levantarse.

—Siéntate.

Una ceja se elevó.

—Eso ha sonado como una orden.

—Lo era.

Álex volvió a sentarse.

Saqué una pequeña caja del bolso.

Su expresión cambió por completo.

—No.

—Todavía no he preguntado nada.

—Esa es mi propuesta.

—Llevas seis meses diciendo lo mismo.

—Porque estaba preparándola.

—Demasiado despacio.

—Claudia.

Me arrodillé frente a él.

Álex cerró los ojos durante un segundo, como si necesitara aceptar que el universo acababa de cambiar sus planes.

Abrí la caja.

Dentro había una alianza sencilla de platino.

No era el anillo que utilizaría para pedirme matrimonio.

Era uno para él.

—Álex Valdés —comencé.

—Esto no era lo acordado.

—Ya no hacemos contratos.

—No significa que puedas robarme una propuesta.

—Puedo hacer muchas cosas.

Sus ojos brillaban.

—Eso lo sé.

Respiré profundamente.