Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

—Odio que hayas aprendido a obedecer en el peor momento.

—No parecía que lo odiaras cuando me ataste.

El recuerdo encendió cada parte de mi cuerpo.

—No hables de eso.

—¿Por qué?

Me acercó hasta que su boca quedó junto a mi oído.

—¿Porque recuerdas cómo me pediste que no te tocara?

—Álex.

—¿O porque quieres que vuelva a obedecerte?

Deslicé las manos bajo su camisa.

—Esta noche no quiero que obedezcas.

Su cuerpo se tensó.

—Ten cuidado con lo que pides.

—No estoy pidiendo que ignores mis límites.

—Nunca.

—Estoy diciendo que no quiero que te contengas por miedo a romperme.

Los ojos de Álex se clavaron en los míos.

—Nunca he pensado que fueras frágil.

—Entonces demuéstralo.

Algo cambió.

La contención desapareció.

Álex me levantó y me llevó hasta la cama. Los fragmentos del contrato cayeron al suelo mientras me dejaba sobre el colchón.

Se quitó la camisa sin apartar los ojos de mí.

Lo había visto desnudo muchas veces.

Aun así, mi cuerpo reaccionó como si hubiera pasado una eternidad.

Me incorporé y recorrí su pecho con las manos. Sentí el latido acelerado bajo mi palma, las marcas casi borradas de nuestras noches anteriores y la tensión de un hombre que todavía esperaba una señal para creer que aquello era real.

—Ven —susurré.

Álex se inclinó sobre mí.

Su boca recorrió mi cuello, mis hombros y cada lugar que parecía recordar mejor que yo. No había prisa, aunque el deseo fuera intenso.

Quería recuperarme.

Yo quería lo mismo.

Deslicé los dedos por su cabello y lo acerqué cuando intentó reducir el ritmo.

—Más.

—¿Segura?

—Sí.

Álex obedeció.

No como en nuestros juegos.

Como un hombre que por fin se permitía responder a lo que también necesitaba.

La habitación se llenó de respiraciones entrecortadas, de mi nombre pronunciado contra la piel y de todos los sonidos que había intentado olvidar durante la separación.

No existían cámaras.

No existía Mateo.

No había nadie al otro lado de una puerta.

Solo nosotros.

Cuando sus manos recorrieron mi cuerpo, no sentí que reclamara algo que le pertenecía.

Sentí que preguntaba incluso cuando no utilizaba palabras.

Respondí acercándome más.

Abriendo cada espacio que todavía quedaba entre los dos.

—Mírame —murmuró.

Lo hice.

Álex permaneció sobre mí, respirando con dificultad, con una vulnerabilidad abierta en el rostro.

—No voy a marcharme esta noche —dije.

Su mandíbula se tensó.

—No digas cosas que no puedas prometer mañana.

—No te estoy prometiendo mañana.

Acaricié su mejilla.

—Te estoy eligiendo ahora.

Algo se rompió dentro de él.

Me besó con una intensidad que no había sentido antes, como si aquella frase fuera más íntima que cualquier desnudez.

Nos unimos sin apartar la mirada.

El placer no llegó de inmediato.

Creció poco a poco, acumulándose con cada movimiento, cada beso y cada palabra que ya no necesitábamos esconder.

Álex pronunció mi nombre.

Yo dije el suyo.

No como una orden.

No como una súplica.

Como una confesión.

Cuando el placer me alcanzó, me aferré a él con todo el cuerpo. Álex me sostuvo sin reducir la intensidad, llevándome más lejos hasta que no quedó nada de la distancia de las últimas semanas.

Después perdió el control conmigo.

Su respiración se rompió contra mi cuello.

Permanecimos abrazados, inmóviles, mientras nuestros cuerpos intentaban recuperarse.

Álex apoyó la frente sobre mi hombro.

—Te amo.

Las palabras fueron tan suaves que durante un segundo creí haberlas imaginado.

Mi corazón golpeó con fuerza.

Álex levantó la cabeza.

—No tienes que responder.

—Eso es muy generoso.

—Estoy intentando no presionarte.

—Lo haces fatal.

Una sombra de preocupación apareció en sus ojos.

Lo acaricié.

—Yo también te amo.

Álex se quedó completamente inmóvil.

—Claudia.

—No me hagas repetirlo.

—Necesito que lo repitas.

—Arrogante.

—Mentirosa.

Sonreí.

—Te amo.

Esta vez lo besé después.

Álex respondió con una ternura que casi resultó más difícil de soportar que el deseo. Me estrechó contra su cuerpo y permaneció así, como si tuviera miedo de que las palabras desaparecieran si nos separábamos.

—Eso no significa que todo esté solucionado —dije.

—Lo sé.

—Seguiremos discutiendo.

—Espero que sí.

—Y no vas a conseguir siempre lo que quieres.

—Eso ya lo he aprendido.

Me acomodé sobre su pecho.

Los fragmentos del contrato cubrían el suelo.

Uno de ellos permanecía pegado a la sábana junto a mi mano.

DURACIÓN DEL ACUERDO: SEIS MESES.

Lo tomé y lo rompí en dos.

—Ya no estamos casados por un contrato —dije.

Álex acarició mi espalda.

—Legalmente seguimos casados.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

Levanté la cabeza.

—No quiero que demos por hecho que este matrimonio continúa solo porque ninguno ha pedido el divorcio.

La preocupación regresó.

—¿Qué estás diciendo?

—Que empezamos mal.

—Eso es difícil de discutir.

—Quiero empezar otra vez.

Álex me observó.

—¿Desde dónde?

—Desde el principio.

—¿Quieres que volvamos a conocernos?

—Creo que ya nos conocemos demasiado.

—Entonces no entiendo.

Me incorporé y lo miré.

—Quiero que me pidas que me case contigo.

Sus ojos se abrieron apenas.

—Ya estamos casados.

—No de verdad.

—Claudia…

—Sin abogados. Sin dinero. Sin una condición testamentaria y sin una boda organizada en cuarenta y ocho horas.

La emoción apareció lentamente en su rostro.

—¿Quieres una propuesta?

—Quiero poder decir que sí sabiendo que también puedo decir que no.

Álex acarició mi cintura.

—¿Y qué responderías?

—Eso dependerá de cómo lo hagas.

—Puedo hacerlo ahora.

—No.

—¿Por qué?

—Estás desnudo, cubierto de sudor y tumbado sobre los restos de nuestro contrato.

—Me parece un escenario bastante representativo de nuestra relación.

Reí.

Álex me acercó para besarme.

—No quiero una propuesta perfecta —dije contra su boca—. Quiero una real.

—La tendrás.

—Y no puedes organizarla Samuel.

—Eso complica las cosas.

—Ni Beatriz.

—Imposible.

—Ni comprar un hotel para hacerlo.

—No tenía intención de comprar otro hotel.

—Has pensado en ello.

—Durante un segundo.

Le di un golpe suave sobre el pecho.

Álex atrapó mi mano y besó mis dedos.

—Te lo pediré como mereces.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque no quiero algo que creas que merezco. Quiero algo que salga de ti.

Su expresión cambió.

La seguridad dejó paso a una emoción más profunda.

—Entonces tendrás que tener paciencia.

—No es una de mis virtudes.

—Lo sé.

Me hizo girar hasta dejarme debajo de él otra vez.

—Mientras tanto —murmuró junto a mi boca—, tendremos que encontrar alguna manera de ocupar el tiempo.

Sentí cómo su cuerpo volvía a reaccionar contra el mío.

—¿Eso es una propuesta?

—Es una advertencia.

—No me des órdenes.

Álex sonrió.

—Entonces pídemelo.

Lo rodeé con las piernas y lo acerqué.

—Quédate.

Esta vez no necesitó que fuera más clara.