Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

SIN CONTRATO

Regresar al ático no se pareció a volver a casa.

Se pareció a entrar en un lugar que conocía demasiado bien y descubrir que cada objeto esperaba una decisión.

Teresa había dejado encendidas las luces del salón. Mi taza favorita seguía en el armario. Sobre la consola permanecía el jarrón que yo había cambiado de sitio tres veces porque Álex insistía en que rompía la simetría de la habitación.

Nada había cambiado.

Nosotros sí.

Álex entró detrás de mí, dejó las llaves y mantuvo la distancia. No dio instrucciones al personal. No ordenó que subieran mis maletas ni preguntó cuánto tiempo pensaba quedarme.

Esperó.

Empezaba a comprender que aquella era la versión más difícil de su autocontrol.

—Teresa se ha ido a dormir —dijo—. Hay comida en la cocina.

—No tengo hambre.

Sus ojos descendieron hacia mi nariz.

—No lo digas.

—No iba a hacerlo.

—Sí ibas.

La sombra de una sonrisa apareció en su boca.

Durante un instante todo pareció como antes.

Yo entrando demasiado tarde, él fingiendo que no me había esperado y una tensión constante entre nosotros que podía transformarse en discusión o en deseo con la misma facilidad.

Pero el contrato ya era público.

Mateo estaba siendo investigado.

Álex había renunciado a las acciones.

Y yo había regresado porque quería.

Eso lo cambiaba todo.

—Voy a mi habitación —dije.

—De acuerdo.

No intentó acompañarme.

Subí las escaleras.

Cada paso se volvió más difícil que el anterior.

Al llegar al pasillo, miré hacia su dormitorio. La puerta estaba abierta. La cama se veía desde donde me encontraba, perfectamente hecha, demasiado grande para una sola persona.

Recordé su cuerpo detrás del mío.

El peso de su mano sobre mi cintura.

La forma en que podía despertarme con una caricia lenta y una pregunta pronunciada contra mi oído.

Entré en mi cuarto y cerré la puerta.

Tal como había prometido.

Permanecí apoyada contra ella durante varios segundos.

Mi cuerpo no entendía de prudencia.

Llevaba días acumulando deseo, miedo y una necesidad emocional que había intentado contener detrás de argumentos razonables. Había besado a Álex en su despacho y sentido cómo todo regresaba con una intensidad casi dolorosa.

Aun así, aquella noche no iba a cruzar el pasillo.

No hasta saber qué estábamos construyendo.

No hasta eliminar la única cosa que seguía convirtiendo nuestra relación en una negociación.

Abrí el bolso.

La copia original del contrato permanecía dentro.

Cuarenta y siete páginas.

Dos millones de euros.

Seis meses.

Deberes públicos, cláusulas de confidencialidad, apariciones conjuntas y una fecha exacta para terminar algo que todavía no había empezado cuando lo firmamos.

Me senté en la cama y lo leí por última vez.

No necesité avanzar demasiado.

La primera página bastaba.

ACUERDO MATRIMONIAL PRIVADO ENTRE DON ÁLEX VALDÉS Y DOÑA CLAUDIA MONTES.

Tomé la esquina superior.

La rasgué.

El sonido del papel rompiéndose resultó pequeño.

Liberador.

Seguí con la segunda página.

Después la tercera.

No quería conservar ninguna cláusula, anexo ni condición. Ni siquiera las que yo misma había negociado para protegerme.

Cuando terminé, los fragmentos cubrían la cama.

Alguien llamó a la puerta.

—Claudia.

Álex.

Mi cuerpo reaccionó al sonido de su voz.

—¿Qué ocurre?

—He oído algo.

Miré los papeles rotos.

—Puedes entrar.

La puerta se abrió lentamente.

Álex se quedó en el umbral.

Llevaba pantalones oscuros y una camisa con los primeros botones abiertos. Se había quitado la chaqueta, la corbata y la expresión pública con la que había enfrentado al consejo.

Su mirada descendió hacia la cama.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué has hecho?

—Terminar el contrato.

Álex entró.

Tomó uno de los fragmentos.

La parte visible contenía la cifra de la transferencia.

—Hay copias digitales.

—Podemos destruirlas también.

—Los abogados necesitan conservar una versión.

—Que la conserven como prueba. Para nosotros ha terminado.

—Mañana los abogados formalizarán la rescisión.

—Mañana —aceptó Álex—. Pero desde este momento no te exigiré una sola de sus cláusulas.

Dejó el papel.

—¿Estás pidiéndome el divorcio?

El miedo en su voz fue tan leve que otra persona podría haberlo confundido con serenidad.

Yo ya sabía reconocerlo.

—No.

Álex sostuvo mi mirada.

—Entonces necesito que seas más clara.

—Nuestro matrimonio comenzó porque tú necesitabas acciones y yo necesitaba dinero. Ya no necesitas las acciones y estoy devolviendo lo que queda del dinero.

—No tienes que devolverlo.

—No quiero que sea la razón por la que permanezco aquí.

—Nunca lo ha sido para mí.

—Lo fue al principio.

—Sí.

No intentó suavizarlo.

—Quiero que todo lo que ocurra a partir de ahora sea nuevo —dije—. Sin fechas, penalizaciones ni obligaciones públicas.

Álex se acercó un paso.

—¿Qué significa nuevo?

—Significa que no soy tu empleada.

—Nunca lo has sido.

—Ni una adquisición.

—Lo sé.

—Ni alguien a quien debes proteger ocultándole cosas.

Su mandíbula se tensó.

—Lo estoy aprendiendo.

—Necesito más que eso.

—Dime qué.

Lo observé.

Álex Valdés me había preguntado muchas veces qué quería en una cama.

Era más difícil responder fuera de ella.

—Igualdad.

—La tienes.

—No. Me das espacio cuando lo exijo. Me consultas cuando recuerdas que debes hacerlo. Pero sigues pensando que la decisión final te corresponde porque tienes más información, dinero o poder.

—Eso no va a desaparecer de un día para otro.

—No te he pedido que dejes de ser quien eres.

Me levanté.

—Te pido que no utilices lo que eres para colocarte por encima de mí.

Álex permaneció en silencio.

—Si volvemos a intentarlo —continué—, quiero conocer los problemas antes de que hayas diseñado una solución. Quiero que me cuentes las verdades aunque creas que voy a reaccionar mal. Y quiero poder ayudarte sin que interpretes eso como una debilidad que debes proteger.

—De acuerdo.

—No he terminado.

Una sombra familiar cruzó su mirada.

—Por supuesto que no.

—Mi empresa seguirá siendo mía. No quiero inversiones encubiertas, clientes enviados por el grupo ni compensaciones que no conozca.

—De acuerdo.

—Y si discutimos, no vas a esconderte detrás de abogados, asistentes ni cláusulas.

—No suelo esconderme.

—Te escondes detrás del control.

La frase lo silenció.

—Tienes razón —admitió.

Me acerqué hasta detenerme frente a él.

—¿Y tú qué quieres?

Álex tardó en responder.

—Que regreses.

—Ya estoy aquí.

—No así.

Su mirada recorrió mi rostro.

—Quiero que vuelvas a dormir conmigo. Que dejes tus cosas en el baño y cambies de sitio ese maldito jarrón cada vez que quieras irritarme.

—Rompe la simetría.

—Lo sé.

—Entonces admite que queda mejor.

—No abuses del momento.

Sonreí.

Álex no.

La emoción en sus ojos era demasiado intensa.

—Quiero desayunar contigo —continuó—. Discutir porque trabajas demasiado y escucharte negar que tienes hambre mientras robas comida de mi plato.

El pecho comenzó a dolerme.

—Quiero que la casa deje de estar en silencio.

Su mano se levantó.

Se detuvo cerca de mi mejilla.

Esperó.

Yo incliné el rostro hacia su palma.

Los dedos de Álex tocaron mi piel.

—Y quiero que seas mi esposa —murmuró—. No porque un testamento lo exija. Porque la idea de que dejes de serlo me resulta insoportable.

Cerré los ojos.

Había imaginado aquella confesión de muchas maneras.

Ninguna incluía papeles rotos sobre una cama ni a un hombre que parecía temer que cualquier movimiento pudiera hacerme retroceder.

—No basta con quererme —dije.

—Lo sé.

—Tienes que confiar en mí.

—Lo sé.

—Y yo tendré que volver a confiar en ti.

El pulgar de Álex acarició mi mejilla.

—Dime cómo.

—Empieza por no prometer que nunca volverás a equivocarte.

—Eso parece fácil.

—No lo será.

—Entonces prometo decirte cuando esté a punto de hacerlo.

Solté una risa suave.

—No funciona así.

—Estoy negociando.

—Ya no hay contrato.

Sus ojos descendieron hacia mi boca.

—Eso vuelve todo mucho más peligroso.

—¿Tienes miedo?

—Sí.

La sinceridad me atravesó.

—Yo también.

—¿Quieres que me marche?

Miré hacia la puerta abierta.

Después hacia la cama cubierta de restos del acuerdo que nos había unido.

—No.

Álex no se movió.

—Necesito oír algo más claro.

Reconocí mis propias palabras.

Las suyas.

Nuestro idioma compartido.

—Quiero que te quedes.

La respiración de Álex cambió.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Con la puerta cerrada?

—Con llave.

El deseo apareció en sus ojos con tanta intensidad que mi cuerpo respondió antes de que me tocara.

Álex caminó hacia la puerta.

La cerró.

Giró la llave.

El sonido atravesó la habitación.

Cuando volvió hacia mí, ya no quedaba ninguna distancia prudente en su expresión.

Aun así, se detuvo.

—¿Color?

—Verde.

Me besó.

No hubo lentitud.

Tampoco rabia.

Fue el beso de dos personas que habían pasado demasiado tiempo conteniéndose y ya no tenían ninguna razón para hacerlo.

Álex cerró una mano en mi nuca y la otra alrededor de mi cintura. Me atrajo contra él con una fuerza que me arrancó el aire.

Lo sujeté por la camisa.

Necesitaba sentirlo cerca.

Más cerca.

Su boca devoró la mía mientras retrocedíamos hasta que mis piernas chocaron contra la cama. Los papeles rotos crujieron bajo mis manos cuando caí sobre ellos.

Álex se apartó de inmediato.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Los papeles…

Cogí un fragmento y lo lancé al suelo.

—No me importan.

Su mirada descendió por mi cuerpo.

—Claudia.

La forma en que dijo mi nombre hizo que me estremeciera.

—Llevo días imaginando esto.

—Yo también.

—¿Qué parte?

Lo agarré por el cuello y acerqué su boca a la mía.

—Todas.

Álex soltó una exhalación tensa.

Me besó otra vez, más despacio, como si quisiera comprobar que no desaparecería. Sus manos recorrieron mi espalda y se detuvieron en la cremallera del vestido.

—¿Puedo?

—Sí.

La bajó.

El vestido cayó alrededor de mis pies.

Álex me observó con una intensidad que convirtió el aire en algo difícil de respirar.

No llevaba la ropa que Beatriz elegía para impresionar a las cámaras. Solo un conjunto sencillo que había puesto aquella mañana sin pensar que terminaría de nuevo frente a él.

La mirada de Álex lo hizo parecer deliberado.

—No sabes cuánto te he echado de menos —dijo.

—Podrías haber llamado.

—Me pediste espacio.