CAPÍTULO 18 #3
—Necesito pedirte perdón.
—Ya lo has hecho.
—No de la manera adecuada.
Antes de que comprendiera lo que pretendía, Álex se arrodilló frente a mí.
La imagen me dejó sin respiración.
No era el juego del dormitorio.
No había deseo de provocarme ni una inversión sensual del control.
Era el hombre que gobernaba hoteles, consejos y cientos de empleados poniéndose voluntariamente por debajo de mí.
—Levántate —susurré.
—No.
—Álex.
—Déjame terminar.
Sus ojos no abandonaron los míos.
—Te ofrecí dinero porque creí que un contrato podía protegerme de sentir algo que ya había comenzado mucho antes. Después utilicé la seguridad, la investigación y mis propios miedos como excusas para decidir por ti.
La emoción me cerró la garganta.
—No confié en que pudieras conocer la verdad y continuar a mi lado. Y, al ocultarla, conseguí exactamente lo que temía.
—Me marchaba porque mentías.
—Lo sé.
—No porque la verdad fuera demasiado difícil.
—También lo sé.
Álex respiró profundamente.
—No quiero que me perdones porque haya renunciado a unas acciones. No quiero comprarte con otro gesto, una declaración o una promesa.
Su voz perdió parte de la firmeza.
—Solo quiero que sepas que lo siento. Y que, si decides marcharte, no utilizaré nada para detenerte.
Las lágrimas amenazaron con aparecer.
Las odié.
—Levántate.
—Todavía no.
—No necesitas estar de rodillas para demostrar que has cambiado.
—No estoy intentando demostrar nada.
—¿Entonces qué haces?
Álex sostuvo mi mirada.
—Pidiéndote perdón desde un lugar en el que no tengo poder sobre ti.
El corazón me golpeó con fuerza.
Extendí una mano.
Álex la tomó.
—¿Qué quieres? —pregunté.
La pregunta que tantas veces me había obligado a responder.
Aquella vez era su turno.
—A ti.
No dudó.
—No las acciones. No el contrato. No una esposa durante seis meses.
Sus dedos se cerraron suavemente alrededor de los míos.
—Te quiero a ti, incluso si eso significa verte marcharte.
La confesión me atravesó.
Durante semanas había esperado escucharla.
Ahora que la tenía, no sabía qué hacer con ella.
Me incliné y acaricié su mejilla.
Álex cerró los ojos ante el contacto.
—Todavía estoy enfadada.
—Lo sé.
—Y todavía no confío completamente en ti.
—Lo entiendo.
—No puedo fingir que todo está arreglado porque Mateo haya perdido.
—No te lo pediré.
Su mano continuaba dentro de la mía.
—Pero tampoco quiero marcharme —admití.
Álex abrió los ojos.
Algo intenso y vulnerable apareció en ellos.
—Claudia…
—No he dicho que haya vuelto.
—No.
—Ni que vaya a dormir contigo esta noche.
La mirada de Álex descendió hacia mi boca.
—Eso resulta innecesariamente cruel.
Una risa temblorosa escapó de mí.
—Pero estoy diciendo que todavía no he decidido irme.
Álex se puso de pie.
Quedó frente a mí, tan cerca que el calor de su cuerpo atravesó la tela del traje.
No intentó besarme.
Esperó.
Me gustaba demasiado que hubiera aprendido.
Coloqué una mano en su nuca y lo acerqué.
El beso fue lento.
No la explosión desesperada de nuestro encuentro anterior. Tampoco una reconciliación completa.
Una promesa provisional.
Álex apoyó las manos en mi cintura sin atraerme más de lo que yo permití. Su boca se movió contra la mía con una contención que volvió el contacto casi insoportable.
Me pegué a su cuerpo.
Sentí su reacción.
Él se apartó apenas.
—Habías dicho que no dormirías conmigo.
—He dicho que no lo había dicho.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Tú redactaste un matrimonio de cuarenta y siete páginas. Deberías saber interpretar matices.
La sonrisa apareció por fin.
La boca de Álex descendió hacia mi cuello.
—Color —murmuró.
Cerré los ojos.
Mi cuerpo quería decir verde.
Quería que cerrara la puerta, me sentara sobre su mesa y borrara los días de separación con sus manos.
Pero todavía quedaban conversaciones.
Decisiones.
Una confianza que reconstruir.
Apoyé las manos sobre su pecho.
—Amarillo.
Álex se detuvo.
Respiró contra mi piel.
Después levantó la cabeza.
—¿Demasiado?
—No.
—Entonces ¿qué necesitas?
—Que no nos apresuremos.
Su expresión mostró el esfuerzo que le costaba aceptar aquellas palabras mientras nuestros cuerpos seguían pegados.
Aun así, asintió.
—Puedo hacerlo.
—¿Seguro?
—No.
Sonreí.
—Pero estoy aprendiendo.
Lo besé una vez más.
Breve.
Lo suficiente para que entendiera que no era un rechazo.
Después me separé.
Álex no intentó detenerme.
Cuando llegué a la puerta, me volví.
Seguía junto a la mesa, con los labios enrojecidos y la mirada fija en mí.
—Esta noche me quedaré en el ático —dije.
Su respiración cambió.
—En mi habitación.
—Entendido.
—Con la puerta cerrada.
—Claudia.
—¿Sí?
—Eso sí ha sido una crueldad deliberada.
La primera risa real del día llenó el despacho.
Salí antes de que el deseo me convenciera de romper mi propia decisión.
La junta había terminado.
Mateo había perdido.
Álex había renunciado a las acciones que justificaban nuestro matrimonio.
Ya no existía ninguna cláusula empresarial que me obligara a permanecer junto a él.
Y, precisamente por eso, regresar al ático aquella noche sería la primera decisión verdaderamente libre de nuestra historia.