Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 18 #2
83%

CAPÍTULO 18 #2

Podía ver al hombre del primer capítulo de nuestra historia: controlado, frío y preparado para convertir cualquier emoción en una estrategia.

Pero también conocía al otro.

El que cocinaba cuando estaba nervioso.

El que había aprendido a preguntar.

El que estaba dispuesto a perderlo todo para que yo pudiera marcharme libremente.

El presidente se dirigió hacia él.

—Señor Valdés.

Álex se levantó.

—Mi matrimonio comenzó como un acuerdo —dijo—. No lo negaré.

Mateo sonrió.

—Necesitaba cumplir una condición testamentaria. Claudia necesitaba proteger su empresa. Ambos aceptamos unas condiciones que ahora, vistas desde fuera, pueden parecer cuestionables.

—¿Cuestionables? —intervino Mateo—. Pagaste dos millones por una esposa.

Álex no lo miró.

—Cometí el error de creer que podía convertir una relación humana en un contrato sin consecuencias.

Sus ojos se dirigieron hacia mí.

—También cometí errores dentro de esa relación. Oculté información, tomé decisiones que no me correspondían y confundí proteger a alguien con controlar lo que tenía derecho a saber.

Nadie se movió.

—Pero Claudia nunca engañó a este consejo. Conocía la condición testamentaria y aceptó representar públicamente una relación que no existía en aquel momento. No participó en ninguna manipulación empresarial, no cedió su compañía al grupo y mantuvo en todo momento el derecho a abandonar el acuerdo.

Mateo soltó una risa.

—Una defensa conmovedora.

—Todavía no he terminado.

Álex hizo una señal a Samuel.

Las pantallas se encendieron.

Aparecieron los pagos de Inversiones Miravet, las facturas de MVT Consulting y las credenciales utilizadas para acceder a los sistemas.

La sonrisa de Mateo disminuyó.

—La filtración de información que obligó a cancelar la gala fue creada deliberadamente —explicó Álex—.

Los accesos se realizaron a través de una empresa contratada por un proveedor del grupo.

Esa misma empresa manipuló documentos internos, alteró copias de nuestro contrato y obtuvo ilegalmente imágenes de una suite privada.

Mateo se recostó.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Samuel proyectó la estructura societaria.

—Inversiones Miravet está administrada por Ignacio Téllez —dijo Álex—. Abogado del fondo familiar que controlas.

—Controlaba. Renunció.

—Después de reservar un vuelo para abandonar el país.

—No soy responsable de las decisiones de un abogado.

—No.

Álex cambió la imagen.

Aparecieron registros de llamadas.

—Pero sí de las tuyas.

Mateo se quedó inmóvil.

—Téllez recibió catorce llamadas desde tu número privado durante los días anteriores a la intrusión. También recibió una transferencia desde una cuenta compartida con una de tus sociedades patrimoniales.

—Eso no prueba el contenido de las conversaciones.

—No.

Yo me levanté.

Todas las miradas se dirigieron hacia mí.

—Por eso quizá prefieras explicar tú mismo el contenido del mensaje con el que intentaste extorsionarnos.

La captura apareció en la pantalla.

Retira las acusaciones y dimite antes de la junta. De lo contrario, mañana todo el mundo verá cuánto disfrutaba tu esposa cumpliendo órdenes.

El murmullo recorrió la sala.

Mateo no perdió la calma.

—Cualquiera puede falsificar una captura.

—El mensaje llegó desde el mismo dispositivo que utilizaste para conectarte a la red privada de tu casa esta mañana —respondió Samuel.

—No demuestra que lo enviara yo.

—Entonces no tendrás inconveniente en entregar el teléfono.

Mateo miró hacia sus abogados.

Ninguno habló.

El presidente del consejo se inclinó hacia delante.

—¿Existe realmente una grabación íntima obtenida sin consentimiento?

Mateo permaneció en silencio.

Yo sentí el miedo dentro del pecho.

Pero no bajé la mirada.

—Existe —respondí—. Fue obtenida con una microcámara instalada ilegalmente en una suite en la que creíamos estar solos.

—Señora Valdés —dijo uno de los consejeros—, no tiene que continuar.

—Sí tengo.

Miré a Mateo.

—Durante semanas has utilizado fragmentos de verdad para convencerme de que Álex planeaba quedarse con mi empresa. Compraste información a una persona de mi pasado, manipulaste documentos y convertiste mi intimidad en una amenaza.

Mateo sonrió sin humor.

—Y aun así estás aquí defendiendo al hombre que te compró.

—No lo defiendo de sus errores. Los conoce.

—Pero permaneces a su lado.

La pregunta escondida era evidente.

¿Por qué?

Miré a Álex.

—Porque la diferencia entre vosotros es que él ha aprendido que no puede comprar mi decisión.

Volví hacia Mateo.

—Tú todavía crees que puedes obligarme a tomarla.

Su rostro se endureció.

—Ten cuidado, Claudia.

—Esa amenaza también está siendo grabada.

La luz roja de las cámaras internas de la sala permanecía encendida.

Mateo miró alrededor.

Por primera vez pareció comprender que había perdido el control.

El presidente ordenó un receso.

No fue necesario.

Varios consejeros comenzaron a exigir la suspensión inmediata de Mateo, una auditoría del fondo familiar y la entrega de todos sus dispositivos.

Sus abogados hablaron al mismo tiempo.

Mateo se levantó.

—Esto no ha terminado.

Álex se colocó frente a él.

No lo tocó.

No lo amenazó.

Solo sostuvo su mirada.

—Para ti, sí.

Seguridad entró en la sala.

Mateo me observó mientras lo conducían hacia la puerta.

—Cuando publiquen el vídeo, seguirás siendo la mujer que vendió su cuerpo por dos millones.

El silencio fue absoluto.

Sentí la rabia de Álex antes de verlo moverse.

Agarré su mano.

Él se detuvo.

No porque no quisiera atacar a su hermano.

Porque yo se lo pedía.

Miré a Mateo.

—No vendí mi cuerpo.

Levanté nuestras manos unidas.

—Y este hombre ya ha aprendido que tampoco puede poseerlo. Tú eres el único que todavía no entiende la diferencia entre deseo y consentimiento.

Mateo desapareció detrás de las puertas.

* * *

El consejo votó la suspensión de Mateo por unanimidad.

También decidió aplazar cualquier nombramiento definitivo hasta que terminara la investigación penal.

El presidente propuso mantener a Álex como director ejecutivo provisional.

Álex rechazó la cláusula testamentaria.

—No aceptaré las acciones condicionadas al matrimonio —anunció.

Varias personas comenzaron a hablar.

Yo lo miré.

—Álex.

No respondió hasta que terminó de dirigirse al consejo.

—Solicitaré que ese doce por ciento se integre en un fideicomiso independiente. El control de la compañía no dependerá de si Claudia continúa casada conmigo.

El presidente frunció el ceño.

—Eso altera el equilibrio accionarial.

—Es el objetivo.

—Podría perder el control del grupo.

—Entonces tendré que conservarlo por la confianza de este consejo, no utilizando a mi esposa como requisito administrativo.

El pecho me dolió.

Aquello era todo por lo que había empezado.

Las acciones.

El poder.

El legado de su abuelo.

Álex estaba renunciando libremente.

No para castigar a Mateo.

Para liberarme de la única razón empresarial que seguía uniéndonos.

La propuesta fue aceptada provisionalmente.

Cuando terminó la reunión, los consejeros abandonaron la sala entre llamadas, asesores y equipos jurídicos.

Yo permanecí sentada.

Álex recogió lentamente sus documentos.

—No tenías que hacerlo —dije.

—Sí.

—Podías mantener las acciones y eliminar la cláusula cuando terminara el plazo.

—Entonces siempre existiría la duda de si te pedía que te quedaras por ellas.

—¿Y ahora?

Álex cerró la carpeta.

—Ahora puedes marcharte mañana y nada cambiará para el grupo.

—Eso es lo que querías.

—No.

Sus ojos encontraron los míos.

—Es lo que necesitabas.

* * *

Lo encontré media hora después en su despacho.

La puerta estaba abierta.

Álex permanecía de pie frente a la mesa, sin chaqueta y con las manos apoyadas sobre la madera. Los periodistas llenaban la calle. Samuel coordinaba la investigación. Los abogados preparaban denuncias.

Aun así, el despacho estaba en silencio.

Entré y cerré la puerta.

Álex no se volvió.

—Samuel dice que la policía ha confiscado el teléfono de Mateo.

—Bien.

—También han localizado dos copias del vídeo.

—Falta una.

—Sí.

Me acerqué.

—Puede publicarse.

—Lo sé.

—¿Te arrepientes de no renunciar?

Álex se volvió.

—Me arrepiento de que tengas que soportar esto.

—No es lo que he preguntado.

—No.

Su mirada recorrió mi rostro.

—No me arrepiento de haberme enfrentado a él.

—Ni yo.

El silencio regresó.

No quedaba ninguna crisis inmediata que resolver.

Ninguna junta delante de la que actuar.

Solo nosotros.

Álex miró la alianza de mi mano.

—No voy a preguntarte qué significa.

—¿Por qué?

—Porque he pasado demasiado tiempo exigiendo respuestas antes de que estuvieras preparada para darlas.

—Eso parece crecimiento personal.

—Ha sido una semana difícil.

Sonreí.

Álex no.

Se acercó lentamente.

Se detuvo a varios pasos.