Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

DELANTE DE TODO EL MUNDO

La junta comenzaba a las diez.

A las siete y media de la mañana, Álex y yo seguíamos encerrados en su despacho, rodeados de documentos, cafés fríos y abogados que hablaban al mismo tiempo.

Ninguno de los dos había dormido.

Yo llevaba la misma ropa del día anterior. Álex se había cambiado de camisa, aunque no había conseguido abrocharse correctamente uno de los puños. Era un detalle mínimo, casi invisible.

En él parecía una señal de catástrofe.

—Tenemos los pagos —explicó Samuel mientras proyectaba un gráfico sobre la pared—. Inversiones Miravet transfirió fondos a MVT Consulting. MVT pagó al proveedor tecnológico y ese proveedor controlaba las credenciales utilizadas para acceder a los archivos de la gala.

—¿Podemos vincular Inversiones Miravet directamente con Mateo? —pregunté.

—El administrador es Ignacio Téllez, abogado del fondo familiar —respondió una de las asesoras—. Pero Mateo nunca aparece como titular.

—Porque no es idiota —dijo Álex.

—Eso todavía está por demostrar —murmuré.

Su mirada se dirigió hacia mí.

Durante una fracción de segundo, la tensión de la habitación desapareció. Solo estábamos nosotros, reconociendo una broma privada en medio del desastre.

Después uno de los abogados continuó:

—El testimonio de Téllez sería suficiente para cerrar la cadena, pero todavía no lo tenemos.

—¿Y el técnico? —preguntó Álex.

—Ha admitido que recibió instrucciones para desactivar las cámaras del jardín y acceder al sistema de la suite. Afirma que nunca habló personalmente con Mateo.

—¿Con quién habló?

—Con Téllez.

—Otra vez el abogado —dije.

Samuel cambió la imagen de la pantalla.

Aparecieron las versiones del Proyecto Montes, los metadatos alterados y el contrato matrimonial filtrado.

—También podemos demostrar que varios documentos fueron modificados en los servidores de MVT —explicó—. No todos. Algunos son copias auténticas.

—Los suficientes para que la mentira pareciera verdad —dije.

Álex estaba de pie junto a la mesa, con las manos apoyadas sobre la madera.

—¿Y el vídeo?

El silencio cambió.

Los abogados evitaron mirarme.

Yo no aparté los ojos de la pantalla.

—No hemos conseguido localizar todas las copias —respondió Samuel—. El archivo fue descargado en tres dispositivos. Uno está en poder del técnico. Otro parece haber sido destruido. El tercero…

—Mateo —terminó Álex.

—Eso creemos.

—No lo creemos. Lo tiene.

Recordé la captura.

Mi cuerpo sobre la cama.

El antifaz.

Las manos unidas por la seda.

Algo que había elegido compartir con Álex y que ahora existía en el teléfono de un hombre que pretendía utilizarlo para avergonzarme.

El estómago volvió a cerrarse.

Álex lo advirtió.

Se acercó, pero no me tocó.

—Podemos suspender la junta —dijo.

—No.

—Solicitar una orden judicial urgente.

—Hazlo. Pero no suspendas nada.

—Claudia.

—Mateo espera que tengamos miedo.

—Tenemos miedo.

Lo dijo sin bajar la voz.

Delante de todos.

No fingió control ni intentó convertirlo en un problema técnico.

—Yo lo tengo —continuó—. No pienso avergonzarme de admitirlo.

Los abogados guardaron silencio.

Miré a Álex.

Sus ojos no contenían preocupación por las acciones, el consejo o el apellido Valdés.

Solo por mí.

—También tengo miedo —admití—. Pero no pienso permitir que decida qué hago con él.

Una de las asesoras cerró su carpeta.

—Debemos preparar una respuesta por si difunde el archivo durante la junta.

—No habrá una respuesta —dije.

—Señora Valdés…

—No voy a explicar ni justificar lo que hice con mi marido dentro de una habitación privada.

La palabra marido quedó suspendida.

Álex respiró más profundamente.

—El delito es haberlo grabado —continué—. No el contenido.

—La prensa no lo tratará así —advirtió el abogado.

—Entonces recordaremos a la prensa cuál es la diferencia.

—La exposición podría afectar a su empresa.

—Ya está afectada.

—También a su vida personal.

Solté una risa breve.

—Mi vida personal lleva semanas en televisión.

Álex se situó a mi lado.

—No tiene que asistir a la junta.

Lo miré.

—Sí tengo.

—No como obligación contractual.

—No voy por el contrato.

—Entonces ¿por qué?

—Porque Mateo cree que soy la parte más débil de esta historia.

Me levanté.

—Quiero estar presente cuando descubra que se ha equivocado.

* * *

Regresamos al ático para cambiarnos.

No porque quisiéramos escondernos.

Porque yo no pensaba enfrentarme a Mateo con la ropa arrugada y el cabello recogido de cualquier manera.

Necesitaba una armadura.

Beatriz llegó veinte minutos después con tres fundas de vestidos y una maleta de maquillaje.

—No me han explicado nada —dijo mientras entraba en mi habitación—. Solo que necesitas parecer capaz de destruir a un hombre sin despeinarte.

—Parece una descripción bastante precisa.

Eligió un traje blanco.

Chaqueta entallada, pantalón de cintura alta y una blusa de seda color marfil. No era el tipo de ropa que Álex había seleccionado para nuestras apariciones como pareja.

No intentaba hacerme parecer romántica, deseable ni adecuada para su apellido.

Parecía una mujer dispuesta a defender el suyo.

Cuando terminé de vestirme, Beatriz me entregó una pequeña caja.

Dentro estaba mi alianza.

La misma que había dejado en la habitación de Vera.

—¿Cómo la has conseguido?

—Vera.

—Por supuesto.

La sostuve entre los dedos.

No estaba obligada a ponérmela.

El contrato ya era público. Nadie podía seguir fingiendo que nuestro matrimonio había nacido de una historia romántica.

Aun así, deslicé el anillo por mi dedo.

No por la junta.

Ni por las cámaras.

Porque seguía siendo mi marido.

Y, a pesar de todo, yo todavía no había decidido que dejara de serlo.

Salí al pasillo.

Álex esperaba junto a las escaleras.

Llevaba un traje negro, camisa blanca y una corbata oscura. El hombre que había conocido en aquel primer despacho había regresado por fuera.

Por dentro, ya sabía que no era el mismo.

Su mirada descendió hacia mi mano.

Se detuvo en la alianza.

Durante unos segundos no habló.

—No significa que haya vuelto —dije.

—Lo sé.

—Ni que te haya perdonado.

—También lo sé.

—Me la he puesto porque he elegido hacerlo.

La emoción atravesó sus ojos.

—Gracias.

Solo eso.

No intentó convertir el gesto en una promesa mayor.

Me ofreció la mano.

—¿Puedo?

Miré sus dedos abiertos.

Recordé todas las veces que había tomado decisiones por mí. También las veces que había aprendido a preguntar.

Coloqué la mano sobre la suya.

—Sí.

* * *

La sede del Grupo Valdés estaba rodeada de periodistas.

No intentamos evitarlos.

El coche se detuvo frente a la entrada principal y los flashes comenzaron antes de que el conductor abriera la puerta.

Álex salió primero.

Después extendió la mano.

La misma escena que habíamos representado tantas veces.

Aquella vez no fingíamos.

Descendí del vehículo y me coloqué a su lado.

Las preguntas llegaron desde todas direcciones.

—¿Han recibido el vídeo?

—¿Es auténtico?

—¿Retirará Álex Valdés su candidatura?

—¿Siguen juntos?

—¿Piensa divorciarse?

Álex apretó ligeramente mis dedos.

No para arrastrarme.

Para recordarme que estaba allí.

Un periodista elevó la voz por encima de los demás.

—Señora Valdés, ¿teme que se publiquen imágenes sexuales suyas?

Me detuve.

El equipo de seguridad intentó conducirnos hacia la puerta.

No me moví.

Álex tampoco.

Me volví hacia el periodista.

—Temo que una persona que ha cometido un delito crea que la vergüenza debe recaer sobre su víctima.

El ruido disminuyó.

—No explicaré el contenido de ninguna grabación realizada sin nuestro consentimiento —continué—. Mi intimidad no está sometida a votación, ni es una herramienta empresarial ni una mercancía para ningún medio.

Álex me miraba.

—Si alguien publica esas imágenes, el responsable será quien las robó y quienes decidan difundirlas. No las dos personas adultas que creían estar solas dentro de una habitación.

Atravesamos la entrada sin responder más preguntas.

En el vestíbulo, Álex me condujo hacia una zona apartada.

—No tenías que hacerlo.

—Sí.

—Podía haber respondido yo.

—Precisamente.

Una sombra de sonrisa apareció en su boca.

—Ha estado bien.

—¿Solo bien?

—Extraordinario.

—Eso está mejor.

Su mano seguía alrededor de la mía.

Por un instante pensé que iba a besarme.

Yo quería que lo hiciera.

La tensión de la mañana, el miedo y la proximidad hacían que mi cuerpo buscara el suyo como si pudiera protegerse dentro de él.

Álex bajó la mirada hacia mi boca.

Después se apartó.

—Primero la junta —dijo.

—Empiezo a lamentar haberte enseñado autocontrol.

—Yo llevo lamentándolo desde que entraste en mi despacho.

* * *

La sala del consejo ocupaba la última planta del edificio.

Una mesa ovalada se extendía frente a los ventanales. Alrededor esperaban diecisiete consejeros, varios asesores jurídicos y representantes del fondo familiar.

Mateo estaba sentado en el extremo opuesto.

Sonrió al verme entrar.

No parecía un hombre acorralado.

Parecía alguien convencido de que todavía poseía la única arma que importaba.

—Claudia —saludó—. Me sorprende que hayas venido.

Ocupé la silla junto a Álex.

—Eso te ocurre con frecuencia.

—No eres miembro del consejo.

—Pero soy una parte bastante importante de la acusación que has construido.

Mateo miró nuestras manos.

Las habíamos soltado al entrar.

Aun así, debió de ver algo.

—También eres una parte importante de su defensa —respondió—. Aunque no sé si resulta apropiado llamarla defensa.

El presidente del consejo golpeó suavemente la mesa.

—Comenzaremos.

Durante la primera media hora se presentaron informes sobre el contrato matrimonial, la cláusula testamentaria y el posible conflicto de intereses de Álex. Mateo habló con calma.

Afirmó que su hermano había manipulado al consejo mediante una relación falsa.

Que utilizó fondos personales para comprar una esposa vulnerable.

Que el escándalo había puesto en riesgo la reputación del grupo.

No dijo nada que fuera completamente falso.

Ese era su talento.

—El señor Valdés debe renunciar —concluyó—. No porque su vida privada nos interese, sino porque ha demostrado que está dispuesto a engañar a esta institución para conservar el poder.

Álex no respondió inmediatamente.

Yo lo observé.