Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

Un beso breve.

Casi casto.

Mucho más peligroso que el anterior.

—Cuando esto termine —murmuró—, quiero hablar contigo.

—Estamos hablando.

—Sin Mateo, el consejo ni una empresa ardiendo a nuestro alrededor.

—¿Y si no me gusta lo que tienes que decir?

—Podrás marcharte.

—Otra vez.

El dolor cruzó su expresión.

—Las veces que necesites.

Me aparté lentamente.

Álex retiró la mano.

El aire frío ocupó el espacio entre los dos.

—Primero la junta —dije.

—Primero la junta.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

Samuel.

Álex respondió y activó el altavoz.

—Hemos confirmado el primer pago —informó Samuel—. MVT Consulting recibió doscientos mil euros desde Inversiones Miravet tres días antes del acceso inicial a los archivos.

—¿Y el abogado? —preguntó Álex.

—Renunció esta mañana al fondo familiar de Mateo y ha reservado un vuelo para salir del país.

—Impide que embarque.

—El equipo jurídico ya ha solicitado medidas cautelares.

Vera entró en la conversación desde otro teléfono.

—También hemos encontrado algo más.

—¿Qué cosa? —pregunté.

—El vídeo de seguridad de la planta de Marbella que faltaba.

Mi cuerpo se tensó.

—¿La noche de la fotografía?

—Sí. Aparece un técnico del proveedor vinculado a MVT entrando en vuestra suite con una credencial de mantenimiento varias horas antes de vuestra llegada. Y vuelve a entrar durante la inauguración.

Álex y yo nos miramos.

—Eso lo conecta directamente con el espionaje —dijo.

—Hay un problema —continuó Vera.

Su tono había cambiado.

—Al recuperar una copia de seguridad de los registros, vimos qué llevaba.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Hubo un silencio.

Demasiado largo.

—Vera.

—Una microcámara.

La sangre abandonó mi rostro.

—No había cámaras dentro.

Álex tomó el teléfono.

—Revisamos la habitación.

—Y no encontrasteis nada porque ya la había retirado —explicó ella—. La instaló camuflada en un sensor ambiental antes de vuestra llegada y se la llevó mientras estabais en la inauguración, antes de que seguridad registrara la suite.

Álex palideció.

—¿Copió el contenido?

—Sí. No sabemos cuántas copias existen.

Recordé la suite.

La cama.

El antifaz.

Las cintas de seda.

Mi cuerpo completamente expuesto bajo las manos de Álex.

El aire dejó de llegar a mis pulmones.

—¿Qué grabaron? —pregunté.

Nadie respondió inmediatamente.

Álex se acercó.

No me tocó.

—Claudia.

—Quiero saberlo.

Vera habló con cuidado.

—Parte de la noche. No sabemos cuánto. Solo hemos podido determinar que el técnico extrajo una copia antes de retirar la cámara.

El teléfono de Álex recibió un mensaje.

Lo abrió.

Su expresión se volvió mortal.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Intentó bloquear la pantalla.

Le quité el dispositivo.

El mensaje era de Mateo.

Bonita reconciliación. Disfrutadla mientras podáis.

Debajo había una captura de vídeo.

Yo aparecía tumbada sobre la cama de Marbella, con los ojos cubiertos por el antifaz y las muñecas unidas por la cinta.

Álex estaba inclinado sobre mí.

La imagen no dejaba lugar a dudas sobre lo que estaba ocurriendo.

Sentí que el mundo se inclinaba.

Había una frase debajo.

Retira las acusaciones y dimite antes de la junta. De lo contrario, mañana todo el mundo verá cuánto disfrutaba tu esposa cumpliendo órdenes.

Le devolví el teléfono a Álex.

Tenía las manos heladas.

—No lo hará —dijo.

—Ya nos fotografió.

—Esto es distinto.

—Para él no.

Álex cerró los dedos alrededor del dispositivo.

—Renunciaré.

—No.

—Claudia.

—Eso es exactamente lo que quiere.

—No permitiré que publique ese vídeo.

—Y yo no permitiré que vuelva a decidir mi vida utilizando mi cuerpo.

La rabia comenzó a superar al miedo.

—Nos robó algo íntimo —continué—. No voy a fingir que no me importa. Pero tampoco voy a entregarle tu empresa para comprar su silencio.

—No se trata solo de la empresa.

—Lo sé.

Álex me miró con una angustia que nunca le había visto.

—Van a juzgarte por algo que hiciste conmigo en privado.

—Ya me están juzgando.

—Esto será peor.

—Entonces tendremos que ser mejores que él.

—No puedo pedirte que soportes eso.

—No me lo estás pidiendo.

Cogí mi teléfono y llamé a Vera.

—Envía toda la documentación a los abogados y prepara copias fuera de los servidores del grupo.

—Ya lo estoy haciendo.

—Y localiza exactamente qué archivos tiene Mateo.

—Claudia…

—Necesitamos saber a qué nos enfrentamos.

Colgué.

Álex seguía observándome.

—No tienes que demostrar nada —dijo.

—No lo hago por ti.

—Lo sé.

—Lo hago porque estoy cansada de que los hombres de tu familia crean que pueden comprar mis decisiones.

Tomé aire.

—Tú con dos millones. Mateo con cinco. Y ahora con un vídeo.

Álex recibió el golpe sin defenderse.

—Tienes razón.

—No quiero tener razón.

Su mirada descendió hacia mi mano desnuda.

—¿Qué quieres?

La misma pregunta que me hacía en la intimidad.

Aquella vez la respuesta era mucho más difícil.

—Quiero que mañana entremos en esa junta y acabemos con él.

Álex extendió una mano.

Esperó.

Yo la tomé.

Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.

—Juntos —dijo.

La palabra ya no sonó como una pregunta.

Y, por primera vez desde que abandoné el ático, tampoco me dio miedo.