Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—Confiaste en mí.

Sus ojos se detuvieron en ella.

—Samuel no debería haberte dejado subir.

—No lo culpes. Lo amenacé con Vera.

—Eso habría convencido a cualquiera.

Su voz seguía siendo tranquila.

Las manos no.

Cerró lentamente los dedos sobre el borde de la mesa.

—¿Qué haces aquí, Claudia?

—Impedir que mientas en una declaración pública para protegerme de decisiones que tomé conscientemente.

—No es una mentira.

Cogí la carpeta y leí las primeras líneas.

—Dice que desconocía las consecuencias empresariales del matrimonio.

—No conocías todos los detalles.

—Sabía que necesitabas una esposa para conseguir acciones.

—No sabías que Mateo llegaría tan lejos.

—Tú tampoco.

—Yo debía haberlo previsto.

—No eres responsable de cada crimen que comete tu hermano.

—Soy responsable de haberte puesto a su alcance.

Dejé la carpeta.

—Y yo soy responsable de haber firmado.

—Necesitabas el dinero.

—Deja de reducir mi decisión a la desesperación.

Álex se quedó callado.

—Acepté porque quería salvar la agencia —continué—. Pero también porque quería saber qué ocurriría si pasaba seis meses contigo.

La confesión quedó suspendida entre nosotros.

—Eso no lo dijiste —murmuró.

—Yo tampoco lo sabía entonces.

Álex bajó la mirada hacia mi mano.

No llevaba la alianza.

El dolor apareció en su rostro antes de que volviera a controlarlo.

—No tienes que hacer esto —dijo.

—¿Salvarte de una declaración ridícula?

—Regresar porque crees que me debes algo.

—No he regresado.

Las palabras le hicieron retroceder emocionalmente.

Lo vi.

—He venido porque encontramos pruebas contra Mateo.

Saqué el teléfono y le mostré los documentos.

Álex leyó en silencio. A medida que avanzaba, su expresión se endureció.

—MVT Consulting —dijo.

—Está vinculada a un abogado del fondo familiar de Mateo. Recibió pagos de una empresa proveedora del hotel. La misma que administraba las credenciales utilizadas para entrar en los archivos de la gala.

—¿Quién encontró esto?

—Vera.

—Recuérdame que aumente la seguridad de cualquier empresa a la que se acerque.

—También detectamos que los correos entregados por Hugo pasaron por sus servidores. Alteraron fragmentos, cambiaron metadatos y mezclaron el anexo de protección de activos con el Proyecto Montes.

Álex pasó las imágenes más deprisa.

—Esto demuestra la manipulación.

—Y que Mateo creó la vulnerabilidad que obligó a cancelar la gala.

—Necesitamos los registros bancarios completos.

—Samuel puede solicitarlos.

Álex dejó mi teléfono sobre la mesa.

—¿Por qué has venido tú?

La pregunta no trataba sobre las pruebas.

Lo sabía.

—Porque necesitaba mirarte a la cara cuando te dijera que sigo enfadada.

Una sombra de tristeza apareció en su boca.

—Eso podía haberlo imaginado.

—Permitiste que mi evento continuara cuando sabías que existía un acceso irregular.

—Sí.

—Tomaste una decisión que podía afectar a mi empresa sin consultarme.

—Sí.

—Me ocultaste información una y otra vez.

—Sí.

Su ausencia de defensa me desarmó más que cualquier argumento.

—Pero no planeabas quedarte con la agencia —dije.

—No.

—Y no provocaste la cancelación para obligarme a aceptar el matrimonio.

—No.

—¿Por qué me elegiste realmente?

Álex me sostuvo la mirada.

—Ya lo sabes.

—Quiero oírlo sin cámaras, contratos ni periodistas.

El silencio se extendió.

Álex rodeó la mesa, aunque se detuvo lejos de mí.

—Te deseaba desde la noche en que me llamaste cobarde.

Mi cuerpo reaccionó ante la sinceridad de su voz.

—Conservaste mi fotografía.

—Sí.

—Investigaste mi empresa.

—Al principio porque quería trabajar contigo.

—¿Y después?

—Porque necesitaba saber si existía alguna forma de acercarme sin que pareciera que intentaba comprarte.

Solté una risa incrédula.

—Finalmente elegiste una forma excelente.

—No he dicho que tomara buenas decisiones.

—¿Por qué esperar ocho meses?

Álex miró hacia los ventanales.

—Porque sabía que no te gustaba.

—No me conocías.

—Sabía que desconfiabas de hombres como yo.

—¿Hombres ricos?

—Hombres acostumbrados a conseguir lo que quieren.

—Y decidiste pagarme para casarme contigo.

—Necesitaba una esposa. Tú necesitabas una solución. Creí que, si nuestra relación empezaba como un contrato, ninguno podría confundirla con algo real.

—¿Porque me odiabas?

Sus ojos regresaron a los míos.

—Porque creí que tú me odiabas lo suficiente por los dos.

El pecho me dolió.

—Eso no explica por qué te acostaste conmigo.

Álex soltó una risa sin alegría.

—Llevaba ocho meses imaginándolo.

El deseo apareció como una oleada caliente y familiar.

—La cláusula novena…

—La incluí porque sabía que, si te tocaba una vez, no podría mantenerlo dentro del acuerdo.

—La rompiste durante la primera noche.

—Tú saliste de aquel baño con una camisola que apenas podía llamarse ropa.

—Eso no es una defensa.

—No pretendía defenderme.

Dio un paso hacia mí.

—Pretendía explicar por qué perdí el control.

Mi respiración cambió.

La oficina pareció volverse más pequeña.

Habían pasado días desde que Álex me había tocado. Días imaginando su voz, recordando sus manos y prohibiéndome cruzar la distancia.

Ahora lo tenía delante.

La camisa abierta en el cuello.

La tensión marcada en la mandíbula.

Las manos inmóviles porque todavía no sabía si tenía permiso.

—¿Y los sentimientos? —pregunté.

—No formaban parte del plan.

—Eso tampoco responde.

Álex respiró profundamente.

—Me enamoré antes que tú.

La frase me golpeó con más fuerza que cuando la dijo en televisión.

Esta vez no había un público.

No existía ninguna historia acordada.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—Siempre sabes las fechas.

—Contigo no.

Su voz se volvió más baja.

—Quizá cuando irrumpiste en mi despacho. O cuando añadiste treinta y dos cambios al contrato. Tal vez cuando entendí que no querías mi dinero para ti, sino para proteger a personas que ni siquiera sabían lo cerca que estabas de perderlo todo.

Se acercó otro paso.

—Solo sé que cuando Mateo puso una mano sobre ti ya no me importaba la imagen pública. Y cuando te marchaste, el grupo dejó de parecerme una razón suficiente para obligarte a volver.

El deseo se mezcló con algo más doloroso.

—No podías obligarme.

—Lo sé ahora.

—¿Y si no te perdono?

—Renunciaré igualmente.

—No quiero que lo hagas.

Álex frunció el ceño.

—No puedes decidir eso por mí.

—Tienes razón.

La sorpresa cruzó su rostro.

—Pero puedo decirte que Mateo quiere exactamente eso. Separarnos, obligarte a dimitir y quedarse con el grupo.

—Que quiera algo no significa que yo deba hacer lo contrario.

—No. Pero tampoco debes regalarle todo porque creas que así me proteges.

—¿Qué propones?

—Que lo expongamos en la junta.

—¿Juntos?

La palabra contenía demasiadas cosas.

—Como aliados —dije.

Álex asintió lentamente.

—Como aliados.

La distancia seguía entre nosotros.

El acuerdo parecía insuficiente para borrarla.

Mis ojos descendieron hacia su boca.

Álex lo notó.

—No voy a tocarte —dijo.

—No te lo he pedido.

—Todavía estás enfadada.

—Mucho.

—Y no quiero que vuelvas a pensar que utilizo el sexo para mantenerte cerca.

—No podrías mantenerme cerca si yo no quisiera.

—Lo sé.

—¿De verdad?

—Estoy aprendiendo.

Aquella respuesta.

Siempre imperfecta.

Siempre más honesta que una promesa grandiosa.

Me acerqué.

Álex no se movió.

Coloqué una mano sobre su pecho. Su corazón latía con fuerza bajo la camisa.

—Esto no significa que regrese al ático.

—Entendido.

—Ni que te haya perdonado.

—Lo sé.

—Ni que puedas darme órdenes.

Una sombra de deseo cruzó su mirada.

—Eso parece una pérdida considerable.

Apreté los dedos sobre la tela.

—Cállate.

Lo besé.

Álex tardó un segundo en responder.

Un segundo en el que me permitió dirigir el contacto, comprobar que la decisión era mía y retirarme si lo deseaba.

No lo hice.

Su mano se apoyó sobre mi cintura.

Solo una.

La otra permaneció junto a su cuerpo, como si todavía temiera tomar demasiado.

El beso comenzó despacio.

Demasiado despacio para los días de deseo acumulado.

Abrí la boca bajo la suya y Álex soltó un sonido bajo, casi doloroso. La mano de mi cintura se cerró con más fuerza.

Me pegó contra él.

Sentí su cuerpo reaccionar.

El mío respondió de inmediato.

Tiré de su camisa, acercándolo todavía más. Álex profundizó el beso hasta que olvidé por qué había pensado que podía conformarme con un contacto contenido.

Su boca descendió hacia mi cuello.

—Álex.

Se detuvo.

—¿Sí?

Su respiración golpeaba mi piel.

Quería decirle que continuara.

Quería cerrar la puerta, sentarme sobre su mesa y recuperar todo lo que había imaginado durante nuestra separación.

La necesidad era intensa.

Familiar.

Y precisamente por eso debía esperar.

—No aquí.

Álex cerró los ojos un instante.

Después apoyó la frente contra la mía.

—De acuerdo.

—No porque no quiera.

Sus dedos se tensaron sobre mi cintura.

—Eso no ayuda.

—No pretendía ayudar.

Volvió a rozar mi boca con la suya.