CAPÍTULO 17
LA VERDAD DETRÁS DEL CONTRATO
Escuché el mensaje de Álex siete veces.
No respondí ninguna.
Durante la primera reproducción me concentré en sus palabras.
Durante la segunda, en los silencios.
A la tercera ya no estaba escuchando su disculpa. Solo su voz. Grave, contenida y más cansada de lo que recordaba.
A la séptima tuve que dejar el teléfono boca abajo porque mi cuerpo había empezado a reaccionar de una forma que no tenía nada que ver con el perdón.
Eso era lo más injusto de echarlo de menos.
No extrañaba únicamente sus manos, su boca o la forma en que conseguía convertir una orden en algo que yo deseaba obedecer.
Extrañaba cómo me miraba trabajar.
La comida que dejaba preparada cuando yo afirmaba no tener hambre.
Su risa inesperada.
Y el silencio de la noche cuando su cuerpo ocupaba el otro lado de la cama.
Podía seguir enfadada con él y reconocer todo aquello.
Lo que no podía era regresar sin saber si Álex había sido víctima de la conspiración de Mateo o uno de sus autores involuntarios.
Necesitaba pruebas.
Aquella mañana llegué a la agencia antes que Vera.
Conecté el ordenador sin acceso a internet en el que habíamos revisado la memoria de Hugo y abrí de nuevo todos los archivos. Había decenas de correos internos, informes de seguridad y versiones del contrato.
La mayoría parecían auténticos.
Precisamente por eso la manipulación era tan difícil de detectar.
Alguien no había inventado documentos completos. Había mezclado verdades.
Álex había investigado mi empresa.
El Grupo Valdés había preparado una valoración.
Existía un anexo para proteger activos.
Y Samuel había ordenado mantener abierta la gala mientras buscaban al responsable del acceso irregular.
Cada elemento era real.
Solo necesitaban alterar fechas, destinatarios y algunas frases para convertir una investigación cuestionable en un plan para robarme la empresa.
Vera entró con dos cafés y una bolsa de bollería.
—Tienes cara de no haber dormido.
—He dormido.
—¿Cuánto?
—No es relevante.
—Menos de tres horas.
Dejó un café junto a mí.
—¿Has vuelto a escuchar el mensaje?
—No sé de qué hablas.
—Tienes la misma expresión que cuando relees una escena romántica y finges que buscas errores de gramática.
—No leo escenas románticas.
—Escribes mentalmente una cada vez que Álex se desabrocha la camisa.
La miré.
—Necesito que revisemos los archivos otra vez.
—Eso sí que es un cambio de tema poco elegante.
Vera ocupó la silla contigua.
—¿Qué buscamos?
—Incoherencias.
—Creía que ya habíamos confirmado los correos.
—Confirmamos que existieron. No que las copias sean idénticas a los originales.
Abrí el mensaje de Samuel del veintidós de abril.
—Mira la dirección.
—¿Qué ocurre?
—El dominio.
Vera acercó la silla.
El correo parecía enviado desde una cuenta corporativa del Grupo Valdés. Sin embargo, al desplegar la información técnica aparecía una ruta externa antes de llegar al servidor final.
—¿Puede ser normal? —preguntó.
—No lo sé.
—Yo tampoco. Por eso organizamos bodas y no ataques informáticos.
Busqué otros mensajes de la misma carpeta.
Los auténticos no mostraban aquella ruta.
Solo los que vinculaban directamente a Álex con el supuesto plan de adquisición.
—Alguien reenvió los correos desde otro servidor —dije.
—¿Para modificarlos?
—O para eliminar partes.
Vera abrió los metadatos de uno de los documentos del Proyecto Montes.
—Aquí aparece un autor.
—Departamento jurídico.
—No. En las propiedades avanzadas.
Señaló una cadena de letras.
MVT-Consulting.
El nombre me resultaba familiar.
—Espera.
Busqué entre las facturas incluidas en la memoria de Hugo.
Había un pago realizado desde una sociedad llamada Inversiones Miravet a una consultora tecnológica.
MVT Consulting.
—¿Quién es Inversiones Miravet? —preguntó Vera.
—No lo sé.
Utilizamos el registro empresarial público. La sociedad tenía como administrador a un abogado llamado Ignacio Téllez.
El mismo abogado que había trabajado para el fondo familiar controlado por Mateo.
—Ahí está —murmuró Vera.
Sentí cómo mi pulso se aceleraba.
Todavía no era una prueba completa.
Pero sí un hilo.
Seguimos tirando.
MVT Consulting había recibido pagos por servicios de ciberseguridad de una empresa proveedora del hotel. Esa empresa administraba las credenciales compartidas utilizadas para acceder a los archivos de la gala.
El proveedor del que Álex había hablado.
La vulnerabilidad no estaba en mi equipo.
Mateo había contratado a una consultora vinculada a su abogado para entrar a través del proveedor tecnológico, copiar información y hacer que los accesos parecieran proceder de Montes Eventos.
Después había utilizado los documentos auténticos de la investigación de Álex para crear una versión en la que él parecía haber planeado la adquisición desde el principio.
—Tenemos que llamar a alguien que pueda confirmar esto —dijo Vera.
—A la policía.
—También.
—¿Qué quieres decir?
Vera me miró como si la respuesta fuera evidente.
—A tu marido.
El cuerpo me reaccionó ante la palabra antes que la cabeza.
—No sé si sigue siendo eso.
—Legalmente sí.
—No me refería a lo legal.
—Yo tampoco.
Cerré el archivo.
—Necesito estar segura antes de hablar con él.
—Claudia, llevas semanas exigiéndole que comparta información incompleta contigo. No puedes hacer ahora exactamente lo mismo.
La precisión del golpe me hizo apretar los labios.
—Esto es diferente.
—No.
—Álex me ocultó una investigación sobre mi empresa.
—Y se equivocó. Mucho.
Vera señaló el ordenador.
—Pero quizá también tenía razón en una cosa: una parte de estos documentos estaba manipulada.
—Eso no borra lo que hizo.
—Nadie ha dicho que lo borre.
Apoyó una mano sobre la mía.
—Solo significa que puedes estar enfadada con él por las cosas que hizo de verdad, no por las que inventó Mateo.
Miré el teléfono.
El mensaje de voz seguía allí.
No te llamo para pedirte que regreses.
Álex había respetado mi distancia.
No había utilizado el contrato ni la seguridad para obligarme a hablar.
Y ahora podía estar a punto de perder la empresa por una conspiración diseñada para separarnos.
—Llama a Samuel —dije.
—¿Yo?
—Si lo llamo yo, avisará a Álex.
—¿Y eso es malo?
—Necesito saber dónde está antes de que pueda impedirme entrar.
Vera sonrió lentamente.
—Ah. Vas a hacer una de tus entradas dramáticas.
—No son dramáticas.
—La primera terminó en matrimonio.
* * *
Samuel intentó negarse.
Duró menos de treinta segundos.
Vera le explicó que poseíamos información sobre MVT Consulting, el proveedor tecnológico y una sociedad vinculada a Mateo. Después le recordó que los documentos podían desaparecer si avisaba a demasiadas personas.
Samuel guardó silencio.
—El señor Valdés está en la sede del grupo —dijo finalmente.
—¿En su despacho? —pregunté.
—En la sala del consejo.
—¿La junta se ha adelantado?
—No exactamente.
—Samuel.
Soltó el aire.
—Está preparando una declaración.
—¿Qué clase de declaración?
—No puedo decírselo.
—Entonces iremos y la leeremos.
—Señorita Montes…
—Sigo siendo la señora Valdés cuando interesa al consejo, ¿no?
Vera me enseñó el pulgar.
Samuel permaneció callado otros segundos.
—Suban por el acceso privado. Las autorizaré.
—No le digas que voy.
—Eso es pedir mucho.
—Samuel.
—No se lo diré.
Colgamos.
Vera recogió su bolso.
—Voy contigo.
—No.
—Tenemos un acuerdo sobre no enfrentarnos solas a hombres manipuladores.
—Álex no es Mateo.
—Eso ha sonado casi cariñoso.
—Necesito hablar con él sin que estés detrás sosteniendo una escoba.
—La escoba funcionó.
—Vera.
Su expresión se suavizó.
—De acuerdo. Pero te enviaré todos los documentos y esperaré abajo. Si no respondes en media hora, subiré con algo más contundente.
—No quiero saber qué.
—Extintor.
—Por supuesto.
* * *
La sede del Grupo Valdés estaba casi vacía.
Era domingo, pero en la planta ejecutiva varias personas trabajaban detrás de puertas cerradas. Nadie intentó detenerme.
Samuel esperaba junto a los ascensores.
Parecía llevar varios días sin dormir.
—¿Dónde está?
—En su despacho privado de la sede.
—Creía que estaba en la sala del consejo.
—Ha terminado allí hace unos minutos.
—¿Qué estaba haciendo?
Samuel me observó.
—Preparando su renuncia.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—La filtración del contrato, la investigación interna y los ataques contra usted han dividido al consejo. Mateo propone suspender la votación y nombrar una dirección provisional.
—¿Y Álex va a aceptar?
—Va a dimitir antes de permitir que utilicen su matrimonio para perjudicarla.
—Eso no tiene sentido.
—Para él sí.
—Toda esta historia comenzó porque necesitaba conservar el control del grupo.
—Las prioridades cambian.
La frase me recordó lo que Álex había dicho en el ático.
No me importa.
Yo no le había creído.
—¿Por qué no me lo contó?
Samuel levantó una ceja.
—Pidió que no la llamáramos.
Aquello dolió de una manera extraña.
Yo había exigido espacio.
Él estaba respetándolo incluso mientras renunciaba a aquello por lo que había construido todo el contrato.
—¿Qué pone en la declaración?
—Que el matrimonio fue idea exclusivamente suya, que usted desconocía la finalidad empresarial completa y que la compensación económica no pretendía influir sobre los accionistas.
—Eso me convierte en una víctima engañada.
—Lo sé.
—Y es mentira.
—También se lo dije.
—¿Qué respondió?
—Que prefería que lo odiara por última vez a permitir que destruyeran su vida.
El pecho se me cerró.
Samuel señaló la puerta del fondo.
—Está ahí.
—¿Tiene llave?
—Sí.
—¿Me dejará entrar?
—Usted tiene una.
Metí la mano en el bolso.
La llave que Álex me había entregado para su despacho privado seguía dentro.
Nunca la había devuelto.
* * *
Álex estaba de espaldas a la puerta.
Permanecía frente a los ventanales con una carpeta abierta sobre la mesa. Se había quitado la chaqueta y llevaba las mangas de la camisa dobladas. La ciudad se extendía bajo él, gris y distante.
Cerré la puerta.
—La declaración es una estupidez.
Álex se volvió.
La sorpresa atravesó su rostro antes de que pudiera ocultarla.
Después me miró de arriba abajo como si necesitara confirmar que realmente estaba allí.
—¿Cómo has entrado?
Levanté la llave.