CAPÍTULO 16 #2
La tristeza apareció en su rostro.
—Lo sé.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Álex no intentó detenerlas.
Fue lo que yo había pedido.
Y aun así, cuando desapareció de mi vista, sentí como si acabara de abandonar algo que quizá no pudiera recuperar.
* * *
Me instalé en casa de Vera.
Su piso tenía dos habitaciones pequeñas, una cocina en la que apenas cabíamos las dos y un sofá que emitía un sonido preocupante cada vez que me movía.
Era perfecto.
No había empleados, cámaras ni puertas de despachos privados.
Tampoco estaba Álex.
Durante los primeros días trabajé hasta no poder pensar.
Llamé a los clientes que habían cancelado. Negocié nuevas condiciones con los proveedores y cerré un acuerdo temporal con Martín Olivares. No acepté todavía la inversión, pero conseguimos una línea de crédito suficiente para continuar operando sin recurrir al dinero de Álex.
Transferí a la cuenta vinculada al contrato la parte que no había gastado.
Un millón cuatrocientos treinta mil euros.
Conservé únicamente lo utilizado para cubrir nóminas, gastos de la gala y deudas urgentes. Preparé un documento reconociendo cada cantidad.
Álex no rechazó la transferencia.
Tampoco la aceptó formalmente.
El dinero permaneció bloqueado en una cuenta intermedia.
No me escribió para discutirlo.
No me llamó.
Al principio agradecí el silencio.
Después empecé a revisar el teléfono con demasiada frecuencia.
Cada noche, al cerrar los ojos, mi cuerpo recordaba su presencia.
No las discusiones.
No los secretos.
Las manos.
La boca.
La forma en que se colocaba detrás de mí mientras dormíamos y su respiración calentaba mi nuca.
El deseo no desaparecía con la distancia.
Se volvía más cruel.
No podía satisfacerlo sin pensar en él.
La noche que lo intenté, tumbada en la habitación de invitados de Vera, cerré los ojos y vi a Álex obedeciendo mis órdenes en el dormitorio.
Me detuve.
No porque no quisiera continuar.
Porque sabía que terminaría pronunciando su nombre otra vez.
Y esta vez él no estaría al otro lado de la puerta.
* * *
Hugo apareció en la agencia una semana después.
Yo estaba sola en mi despacho revisando un presupuesto cuando Vera entró sin llamar.
—Tienes visita.
—Dile que pida cita.
—He intentado echarlo.
Hugo apareció detrás de ella.
—Siempre tan hospitalaria.
Me levanté.
—No eres bienvenido aquí.
—Solo quiero saber si los correos te sirvieron.
—Te sirvieron a ti para salvarte de Mateo.
—También.
—Entonces ya has conseguido lo que querías.
Hugo cerró la puerta.
Vera permaneció dentro.
—Me gustaría hablar a solas.
—A mí me gustaría que desaparecieras —respondió ella.
—Vera.
Me miró.
—No te dejaré sola con él.
—Estoy bien.
Esperó unos segundos antes de salir.
No cerró del todo la puerta.
Hugo sonrió.
—Le caigo bien.
—¿Qué quieres?
—Invitarte a cenar.
Lo miré, convencida de haberlo escuchado mal.
—No.
—Ni siquiera lo has pensado.
—No necesito hacerlo.
—Ya no estás con Valdés.
—Eso no significa que quiera estar contigo.
—Antes sí querías.
—Antes cometía errores por aburrimiento.
La sonrisa desapareció.
—Podría ayudarte con la agencia.
—No necesito tu ayuda.
—Mi padre conoce inversores.
—Ya tengo opciones.
Hugo se acercó a la mesa.
—No tendrías que casarte con nadie esta vez.
—Vete.
—Claudia.
—He dicho que te vayas.
—No entiendo qué ves en él.
La pregunta me golpeó por inesperada.
—No es asunto tuyo.
—Te utilizó.
—Y tú vendiste información sobre mí.
—Fue distinto.
—Claro. Porque tú recibiste menos dinero.
Hugo apretó la mandíbula.
—Podríamos empezar de nuevo.
—Nunca empezamos nada.
—Nos entendíamos.
—Nos acostábamos cuando ninguno tenía algo mejor que hacer.
—No parecía tan poco importante entonces.
—Lo era.
Se acercó otro paso.
—Podría recordártelo.
Su mano intentó rozar mi cintura.
La aparté antes de que llegara.
—No vuelvas a tocarme.
La memoria de Álex atrapando su muñeca en la gala apareció inmediatamente.
La forma en que me había preguntado si quería que se apartara.
Hugo levantó las manos.
—Solo intentaba…
—No me importa.
Abrió la boca.
—Vete antes de que Vera regrese con el palo de escoba.
La puerta se abrió.
Vera sostenía efectivamente una escoba.
—No es decorativa —dijo.
Hugo nos miró a ambas.
Después se marchó.
Cuando la puerta principal se cerró, Vera dejó la escoba apoyada en la pared.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—No he sentido nada.
—¿Cuando te tocó?
—Antes de que lo hiciera.
Me senté.
—Ni curiosidad. Ni nostalgia. Nada.
Vera ocupó la silla frente a mí.
—Eso parece bueno.
—No lo es.
—¿Por qué?
Miré hacia la ventana.
—Porque solo quiero a uno.
No dije el nombre.
No era necesario.
* * *
Dos días después descubrí que Álex había pagado las indemnizaciones de todos los empleados afectados por la cancelación de la gala.
No después del escándalo.
No para reparar nuestra ruptura.
Antes de proponerme el matrimonio.
Martín encontró los movimientos durante la revisión financiera de la agencia.
—Estas facturas aparecen cerradas por un tercero —dijo—. Pensé que las habías pagado tú.
Revisé los documentos.
Proveedores técnicos, personal eventual, transportistas y montadores. Todos habían recibido una compensación completa antes de que yo irrumpiera en el despacho de Álex.
La empresa pagadora figuraba como una consultora.
Reconocí la dirección fiscal.
Pertenecía al Grupo Valdés.
—¿Cuándo se hicieron las transferencias?
—El día anterior a tu reunión con él.
Sentí que el pecho se cerraba.
Álex ya había cubierto las pérdidas de las personas que podían resultar perjudicadas.
No me lo había contado.
Ni siquiera cuando lo acusé de haber arruinado sus vidas.
No había utilizado los pagos para convencerme.
Solo lo había hecho.
—Necesito un minuto —dije.
Salí del despacho y me encerré en el baño.
Apoyé las manos sobre el lavabo.
La imagen de Álex en aquella primera reunión regresó. Su calma. Su insistencia en saber cuánto podía resistir mi empresa. La oferta de una solución que yo había interpretado como una forma de explotar mi desesperación.
Había cometido errores.
Me había ocultado información.
Había utilizado la gala dentro de una investigación sin mi consentimiento.
Pero también había protegido a mis empleados antes de necesitar nada de mí.
La verdad no era sencilla.
Nunca lo había sido.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de voz.
Álex.
Era la primera vez que contactaba desde que me marché.
Permanecí varios segundos mirando la pantalla.
Finalmente pulsé reproducir.
Su voz llenó el pequeño baño.
—Claudia. No te llamo para pedirte que regreses.
Cerré los ojos.
—Samuel me ha dicho que has conseguido financiación independiente. Me alegro. También he recibido la documentación sobre el dinero. La cuenta permanecerá bloqueada hasta que decidas qué quieres hacer. No utilizaré el contrato para reclamar nada.
Hubo una pausa.
Escuché su respiración.
—Tenías razón. Saber que podía perderte no me daba derecho a ocultarte información. Creí que, si controlaba la investigación, podría mantenerte fuera del daño. Lo único que conseguí fue decidir por ti otra vez.
Mi garganta se cerró.
—No espero que me perdones. Solo quería decirte que lo siento sin explicaciones, sin condiciones y sin intentar convencerte de nada.
Otra pausa.
Más larga.
—La casa está demasiado silenciosa.
El mensaje terminó.
Me quedé apoyada sobre el lavabo.
Lo reproduje otra vez.
Después una tercera.
La voz de Álex despertó cada recuerdo que había intentado mantener bajo control. Su boca junto a mi oído. Sus órdenes. La forma en que decía mi nombre cuando perdía la compostura.
Mi cuerpo reaccionó.
Pero no fue solo deseo.
La tristeza llegó con él.
Porque podía soportar echar de menos el sexo.
Lo que no sabía manejar era echar de menos al hombre que cocinaba cuando estaba nervioso, dejaba comida en mi habitación sin cruzar la puerta y ahora se disculpaba sin pedirme nada a cambio.
Guardé el teléfono.
No respondí.
Todavía no.
Pero aquella noche, cuando me tumbé en la cama de Vera, no intenté impedir que su voz regresara.
Cerré los ojos.
Escuché de nuevo la última frase.
La casa está demasiado silenciosa.
Y comprendí que la mía también.