CAPÍTULO 16
DEJO TU CAMA, NO MI VIDA
No llamé a Álex.
Tampoco le escribí.
Guardé la memoria USB, imprimí los correos y abandoné la agencia antes de que Vera pudiera convencerme de que esperara.
No quería explicaciones.
No quería escuchar que los mensajes estaban sacados de contexto, que la investigación pretendía protegerme o que todo habría resultado peor si él me hubiera contado la verdad.
Álex había sabido que existía una vulnerabilidad en mi empresa.
Había permitido que continuara trabajando, contratando proveedores y arriesgando dinero mientras su equipo investigaba en secreto.
Después, cuando todo explotó, se presentó como el hombre capaz de salvarme.
Quizá la filtración no formara parte de su plan.
Eso no cambiaba que hubiera utilizado mi ignorancia.
Y yo estaba cansada de descubrir cuánto había decidido por mí mucho antes de que pudiera elegir.
El ascensor privado tardó menos de un minuto en llevarme hasta el ático.
Me pareció una crueldad.
La primera vez que había subido, aquel lugar representaba todo lo que separaba la vida de Álex de la mía: mármol, silencio, empleados invisibles y una cantidad obscena de espacio.
Ahora conocía el sonido de sus pasos en el pasillo.
Sabía qué lado de la cama ocupaba.
Reconocía la taza que prefería para el café y el gesto exacto con el que se aflojaba la corbata cuando algo no había salido como esperaba.
El ático ya no parecía una casa ajena.
Por eso tenía que marcharme antes de que empezara a sentirlo como un hogar.
Teresa apareció desde la cocina.
—Señora Valdés.
—Necesito preparar mis cosas.
Miró mi mano.
La ausencia del anillo parecía mucho más visible que cualquier joya.
—¿Quiere que avise al señor Valdés?
—No.
—Pero…
—Por favor.
La palabra detuvo cualquier pregunta.
Teresa asintió.
—¿Necesita ayuda?
—Puedo hacerlo sola.
Aquella frase también se estaba convirtiendo en una enfermedad.
Subí a mi habitación.
Las maletas continuaban en la parte superior del armario. Las bajé y comencé a llenarlas sin pensar demasiado. Ropa, documentos, zapatos, el neceser que llevaba días compartiendo espacio con el de Álex en el baño.
Cada objeto despertaba un recuerdo.
El vestido rojo de la gala.
La blusa que había dejado en el suelo la noche en que tomé el control.
La camisola negra de nuestra boda.
La sostuve demasiado tiempo entre las manos.
Todavía recordaba la forma en que Álex me había mirado al salir del baño. Su cuerpo contra el mío. La pregunta que me había hecho antes de tocarme.
¿Está segura?
Lo había estado.
En cada ocasión.
Eso era lo que más dolía.
No podía convertir nuestros encuentros en una manipulación sencilla y odiarlo con comodidad. Álex me había dado libertad dentro de la intimidad. Había respetado cada límite y se había detenido cuando dije rojo.
Pero fuera de la cama había decidido qué debía saber, cuándo podía conocerlo y cuánto riesgo tenía derecho a asumir.
Había comprendido la diferencia demasiado tarde.
Guardé la camisola en la maleta.
No porque quisiera conservarla.
Porque no estaba dispuesta a dejarle ninguna parte de mí.
La puerta principal se abrió.
Me quedé inmóvil.
No necesitaba mirar el reloj para saber que Álex había regresado antes de lo habitual. Alguien debía de haberle avisado de que yo estaba allí.
Escuché sus pasos.
Más rápidos de lo normal.
Se detuvieron frente a mi habitación.
La puerta estaba abierta.
Álex apareció en el umbral.
Llevaba el traje de aquella mañana, pero había perdido la corbata y varios botones de la camisa estaban desabrochados. Su respiración era demasiado profunda para un hombre que acababa de salir tranquilamente de un ascensor.
Miró las maletas.
Después mi mano desnuda.
El impacto fue visible.
—¿Qué ha ocurrido?
—Lo sabes.
—No.
Saqué los correos impresos y los arrojé sobre la cama.
Álex se acercó.
Leyó la primera página.
Su rostro se cerró.
—¿Quién te ha dado esto?
—Hugo.
—¿Has vuelto a verlo?
—Eso no es lo importante.
—Trabaja con Mateo.
—Y tú investigabas mi empresa antes de cancelar la gala.
Álex dejó los papeles.
—Detectamos un acceso irregular.
—Dos semanas antes.
—Sí.
—Y no me dijiste nada.
—No sabíamos quién era el responsable.
—Pero sabías que mi sistema estaba comprometido.
—Sabíamos que alguien había intentado acceder.
—Mientras yo seguía gastando dinero.
—El evento debía continuar para localizar el origen.
La respuesta me dejó helada.
—Utilizaste mi gala como una trampa.
—No.
—Acabas de admitirlo.
—Mantuvimos el proyecto activo para seguir el rastro.
—Con mi dinero.
—El grupo iba a cubrir cualquier pérdida.
—Sin decírmelo.
Álex dio un paso.
—Si te lo hubiéramos contado, habrías cerrado los accesos y alertado al responsable.
—Era mi empresa.
—Y había información del grupo en peligro.
—Así que decidiste que tus archivos valían más que mi derecho a saber que alguien estaba dentro de mi sistema.
—No fue así.
—Fue exactamente así.
Su mandíbula se tensó.
—La investigación nos llevó hasta una cuenta vinculada a Mateo. Cuando detectamos que alguien había accedido a la lista de invitados y a los datos de seguridad, cancelé la gala.
—Después de permitir que trabajáramos durante dos semanas.
—No esperaba que la situación llegara tan lejos.
—Eso no lo mejora.
Álex guardó silencio.
Me acerqué a la maleta y continué doblando ropa.
—No te marches así.
—¿Cómo debería hacerlo?
—Después de escuchar toda la verdad.
—La llevo pidiendo desde que entré en tu despacho.
—No podía revelarla mientras la investigación estuviera abierta.
—Siempre hay una razón por la que no puedo conocerla.
—Esta vez la había.
—¿Y ahora qué ha cambiado?
—Que ya no puedo perderte por intentar protegerte.
Mis manos se detuvieron sobre una camisa.
No quería que aquellas palabras me afectaran.
Lo hicieron.
—No conviertas esto en una declaración romántica.
—No lo estoy haciendo.
—Acabas de decir que no puedes perderme.
—Porque es verdad.
Me volví.
—¿Qué parte de mí no puedes perder? ¿La esposa que necesitas para la votación? ¿La mujer que mantiene convencido al consejo? ¿O la empresa que valoraste antes de que yo supiera que existías?
Álex cruzó la habitación.
—A ti.
—No sabes separar lo que quieres de lo que controlas.
—Estoy intentándolo.
—No es suficiente.
Se detuvo delante de mí.
—Dime qué tendría que hacer.
—Nada.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte.
—Claudia.
—No quiero que arregles esto.
—Quiero explicarlo.
—Ya lo has hecho.
—No todo.
Solté una risa cansada.
—Por supuesto que no.
Álex cerró los ojos brevemente.
—La vulnerabilidad no estaba en tu equipo.
—¿Qué?
—El acceso se produjo a través de un proveedor tecnológico contratado por el hotel. Alguien utilizó credenciales compartidas para que pareciera que venía de tu agencia.
—¿Lo sabes?
—Desde esta mañana.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
La pregunta lo atravesó.
—Hoy.
—¿Antes o después de que Hugo me entregara los correos?
—Antes.
—No te creo.
—Lo sé.
La respuesta fue peor que una defensa.
Álex levantó una mano.
Se detuvo antes de tocarme.
—No voy a pedirte que confíes porque no te he dado motivos suficientes.
—Entonces déjame marcharme.
Su rostro se endureció.
—No quiero.
—No he preguntado qué quieres.
—No.
La palabra le costó.
Lo vi en la tensión de su cuello, en la forma en que sus dedos se cerraron lentamente.
—Pero no voy a impedírtelo.
El silencio cayó entre nosotros.
Esa era la prueba.
Podía utilizar el contrato. Podía recordarme las obligaciones públicas, las penalizaciones o la seguridad.
No lo hizo.
Álex se apartó del camino hacia la puerta.
—El dinero que no hayas utilizado es tuyo —dijo.
—No lo quiero.
—Lo firmamos.
—Voy a devolverlo.
—No.
—No puedes impedirlo.
—Entonces utiliza lo que necesites para estabilizar la agencia y devuelve el resto cuando todo haya terminado.
—No quiero deberte nada.
Álex me miró.
—Nunca me deberás lo que ocurrió entre nosotros.
El deseo despertó con una violencia absurda.
Allí, en mitad de la ruptura.
Recordé su cuerpo sobre el mío, las manos atadas, la piscina, la ducha y cada noche en la que el sexo había parecido el único idioma que hablábamos sin mentir.
Mi mirada descendió hacia su boca.
Álex lo notó.
La tensión cambió.
Solo un instante.
Lo suficiente para que mi cuerpo deseara cruzar la distancia, agarrarlo por la camisa y convertir la despedida en algo físico, intenso y temporal.
Sería fácil.
Conocíamos el camino.
Podía besarlo hasta olvidar los correos y marcharme después.
Álex no se movió.
—No —dijo.
La palabra fue suave.
—No he hecho nada.
—Estás pensando en ello.
—No puedes leerme la mente.
—No.
Su mirada descendió por mi cuerpo.
—Pero conozco esa expresión.
La rabia y la excitación se mezclaron.
—No eres tú quien decide.
—No quiero que nos acostemos para que te marches todavía más confundida.
—Qué considerado.
—Claudia.
—No te preocupes. No iba a hacerlo.
Mentí.
Él lo supo.
Pero no dijo la palabra.
Mentirosa.
Aquella ausencia dolió más de lo que debería.
Cerré la primera maleta.
Álex permaneció en la habitación mientras terminaba de recoger. No intentó ayudar. Tampoco se marchó.
Cuando levanté la segunda maleta, la tomó de mi mano.
—Puedo llevarla.
—Puedo hacerlo sola.
—Lo sé.
No la soltó.
—Déjame hacer al menos esto.
Acepté.
No por necesidad.
Porque una parte de mí quería prolongar los últimos minutos.
Bajamos en silencio.
Teresa esperaba junto a la puerta con los ojos húmedos. Me abrazó antes de que pudiera evitarlo.
—Cuídese, señora.
—Claudia.
—Para mí seguirá siendo la señora.
La emoción me cerró la garganta.
Álex dejó las maletas junto al ascensor.
—El conductor te llevará donde quieras.
—Pediré un taxi.
—La prensa sigue fuera.
—Entonces aceptaré el coche.
—Gracias.
No era una victoria.
Solo un acuerdo práctico.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entré.
Álex permaneció al otro lado.
—No sé cuánto tiempo necesito —dije.
—Tómate el que sea.
—El contrato…
—No voy a obligarte a cumplir ninguna aparición pública.
—Eso perjudicará la votación.
—No me importa.
Lo miré.
El hombre que había pagado dos millones para conseguir las acciones acababa de decir que no le importaba perderlas.
—No te creo —susurré.