Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Los periodistas llenaban el espacio central de la agencia. Habíamos retirado varias mesas y creado una pequeña zona de prensa. A través de los ventanales se veía otra multitud esperando en la calle.

Subí al estrado.

Los flashes comenzaron.

Álex no apartó los ojos de mí.

—Gracias por venir —dije—. Haré una declaración y después responderé algunas preguntas.

El murmullo disminuyó.

—El documento publicado esta mañana contiene fragmentos auténticos de un acuerdo privado entre Álex Valdés y yo.

Nuestro matrimonio comenzó como un acuerdo de duración limitada relacionado con circunstancias empresariales que no puedo explicar en su totalidad mientras exista una investigación abierta.

Varias manos se levantaron.

Continué antes de que pudieran interrumpirme.

—Acepté una cantidad económica. No voy a negarlo ni a presentarme como una víctima de una decisión que tomé conscientemente. Lo hice para proteger la empresa que fundó mi padre y, sobre todo, los puestos de trabajo de las personas que confiaron en mí.

Miré a Vera.

Tenía los ojos brillantes.

—Pero el acuerdo no convierte a Montes Eventos en propiedad del Grupo Valdés. Mi empresa sigue siendo independiente. Tampoco incluía ninguna obligación íntima ni otorgaba a mi marido derechos sobre mi cuerpo, mis decisiones o mi trabajo.

Sentí la mirada de Álex sobre mí.

—Las especulaciones que reducen mi matrimonio a una transacción sexual no solo son falsas. También son una forma de convertir cualquier decisión tomada por una mujer en una valoración de cuánto cuesta acceder a ella.

La sala quedó en silencio.

—Me equivoqué al creer que podía controlar las consecuencias de este acuerdo. Asumiré mi parte de responsabilidad. Pero mis empleados, proveedores y clientes no participaron en él y no merecen sufrir por una decisión personal.

Terminé la declaración.

Las preguntas explotaron.

—¿Está enamorada de Álex Valdés?

—¿Mantienen relaciones sexuales?

—¿El señor Valdés la obligó a firmar?

—¿Cuándo se divorciarán?

—¿Conocía la cláusula testamentaria?

—¿Ha gastado ya los dos millones?

La última consiguió que apretara las manos sobre el atril.

Respondí a varias.

No había sido obligada.

El dinero había sido declarado y gestionado legalmente.

Mi empresa no había participado en ningún fraude.

Cuando volvieron a preguntar si estaba enamorada, miré hacia Álex.

Él permanecía inmóvil.

No parecía querer salvarme de la pregunta.

Esperaba mi respuesta.

—Mi vida emocional no forma parte de esta rueda de prensa —dije—. Y no pienso convertirla en otra mercancía para satisfacer la curiosidad de nadie.

Abandoné el atril.

Los periodistas continuaron gritando.

Álex se acercó cuando bajé.

No intentó tocarme hasta que estuve frente a él.

—¿Puedo? —preguntó.

La pregunta casi me desarmó.

Asentí.

Su mano se apoyó sobre mi espalda y me condujo hacia el despacho.

En cuanto cerró la puerta, me volví.

—No digas que ha sido imprudente.

—Lo ha sido.

—Álex.

—También ha sido valiente.

Me quedé quieta.

—¿Eso es todo?

—No.

Se acercó.

—Has estado extraordinaria.

La emoción me apretó la garganta.

No necesitaba su aprobación.

Pero la deseaba.

Y quizá esa fuera otra de las cosas peligrosas que no sabía controlar.

—Han cancelado tres proyectos —dije.

—Lo sé.

—No los compres.

—No pensaba hacerlo.

—Mientes.

—He pensado en comprar las tres empresas.

Una risa agotada escapó de mí.

—No tiene gracia.

—Un poco.

Álex levantó una mano y acarició mi mejilla.

El gesto fue cuidadoso.

Casi casto.

Mi cuerpo reaccionó como si no hubiéramos pasado horas discutiendo.

Como si el deseo no comprendiera de contratos filtrados ni clientes perdidos.

—No —murmuré.

Álex retiró la mano.

—De acuerdo.

La rapidez de su respuesta produjo una punzada.

—Necesito trabajar.

—Volveremos al ático cuando termines.

—Voy a casa de Vera.

Su expresión se cerró.

—No es seguro.

—Tiene portero.

—Los periodistas conocen su dirección.

—Entonces iré a mi piso.

—También lo conocen.

—No voy a dormir contigo.

La frase salió más dura de lo que pretendía.

Álex guardó silencio.

—No te lo he pedido —dijo finalmente.

—Pero quieres que regrese al ático.

—Tiene seguridad.

—Y habitaciones separadas.

—Sí.

Lo observé.

—¿Aceptarás eso?

—No me gusta.

—No es lo que he preguntado.

—Lo aceptaré.

* * *

Regresamos al ático pasada la medianoche.

No hablamos durante el trayecto.

Había fotógrafos frente a la entrada, pero accedimos por el garaje. Álex permaneció a mi lado en el ascensor sin tocarme.

La distancia entre nosotros parecía ocupar más espacio que cualquier caricia.

Cuando llegamos al pasillo de los dormitorios, me detuve delante de mi puerta.

Álex continuó hasta la suya.

—Buenas noches —dije.

Se volvió.

—Buenas noches, Claudia.

Esperé algún comentario.

Una provocación.

Una mirada que transformara las dos palabras en una invitación.

No hizo nada.

Entró en su habitación y cerró la puerta.

Me quedé sola en el pasillo.

Había pedido espacio.

Ahora lo tenía.

Lo odié inmediatamente.

* * *

Los siguientes tres días fueron peores.

Compartíamos el ático y apenas nos veíamos.

Álex salía temprano. Yo trabajaba hasta tarde en la agencia. Cuando coincidíamos en la cocina, hablábamos sobre seguridad, abogados o llamadas pendientes.

Nada personal.

Nada íntimo.

No volvió a tocarme.

Ni siquiera accidentalmente.

El primer día agradecí el respeto.

El segundo empecé a notar cada centímetro de distancia.

El tercero, su ausencia se había convertido en algo físico.

Lo escuchaba caminar por el pasillo.

Oía el agua de su ducha a través de la pared.

Reconocía el sonido de la puerta de su despacho y la hora exacta a la que regresaba de trabajar.

Mi cuerpo parecía haber aprendido su presencia demasiado bien.

Aquella noche llegué al ático cerca de la una.

Álex estaba en el salón, sentado con el ordenador sobre las piernas. Llevaba una camiseta oscura y pantalones de deporte.

Nunca lo había visto vestido así.

Parecía accesible.

Humano.

Y demasiado atractivo.

Levantó la mirada.

—¿Has cenado?

—Sí.

Se me arrugó la nariz.

Los dos lo notamos.

Álex cerró el ordenador.

—Hay pasta en la cocina.

—No tengo hambre.

Su boca se movió apenas.

—Por supuesto.

—No empieces.

—No he dicho nada.

Atravesé el salón.

Sentí su mirada en mi espalda hasta que desaparecí por el pasillo.

Cinco minutos después encontré un plato cubierto sobre la mesa de mi habitación.

No lo había llevado Teresa.

Álex no había entrado sin permiso.

Debía de haberlo dejado antes de que yo llegara.

Comí cada bocado.

* * *

La cuarta noche no conseguí dormir.

Eran casi las dos cuando escuché abrirse la puerta de la habitación de Álex.

Sus pasos cruzaron el pasillo.

Se detuvieron frente a mi puerta.

Mi cuerpo se tensó bajo las sábanas.

Esperé que llamara.

No lo hizo.

Después de varios segundos, los pasos continuaron hacia la cocina.

Cerré los ojos.

El deseo llevaba días acumulándose.

No era solo físico. Era el recuerdo de sus manos, su voz y la forma en que preguntaba antes de tocarme. Era la ausencia de cada pequeño contacto que antes me irritaba y ahora parecía necesario.

Me giré sobre la cama.

No iba a atravesar el pasillo.

No iba a pedirle que regresara.

No después de los documentos, los secretos y la rueda de prensa.

Pero mi cuerpo no parecía interesado en mi orgullo.

Deslicé una mano bajo la camisola.

El primer contacto me hizo contener el aire.

Pensé en Álex frente a mí en la cocina, vestido de manera informal, mirándome como si supiera que mentía sobre el hambre y sobre todo lo demás.

Pensé en su voz.

Dime lo que quieres.

Cerré los ojos.

Intenté mantenerme en silencio.

La casa estaba demasiado callada.

Cada movimiento de las sábanas parecía amplificarse. Me mordí el labio cuando el placer comenzó a crecer.

No quería pensar en él.

Pensé únicamente en él.

En sus dedos.

En su boca.

En la forma en que podía llevarme hasta el límite y detenerse justo antes para obligarme a reconocer lo que necesitaba.

Mi respiración se volvió irregular.

Aumenté el ritmo.

El deseo de los últimos días explotó con demasiada rapidez.

—Álex —susurré.

Su nombre escapó antes de que pudiera contenerlo.

El placer me atravesó.

Todo mi cuerpo se tensó y después cayó de nuevo sobre el colchón.

Permanecí inmóvil, respirando.

Entonces escuché un ruido al otro lado de la puerta.

No unos pasos.

Una respiración.

Se me heló la piel.

La sombra bajo la puerta cambió.

Álex estaba allí.

Había regresado mientras yo…

Cubrí mi cara con las manos.

Esperé que llamara.

Que dijera mi nombre.

Que abriera la puerta.

No hizo ninguna de las tres cosas.

La sombra permaneció durante varios segundos.

Después desapareció.

Sus pasos cruzaron el pasillo y la puerta de su habitación se cerró.

Me quedé mirando el techo, avergonzada, excitada de nuevo y extrañamente dolida porque hubiera respetado el límite que yo misma había impuesto.

* * *

A la mañana siguiente, Álex estaba preparando café.

Yo entré en la cocina intentando parecer una mujer que no había pronunciado su nombre mientras se daba placer a pocos metros de él.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

No me miró inmediatamente.

Eso fue peor.

Cogí una taza.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—Yo también.

Mentíamos.

Los dos.

Álex me sirvió café.

Nuestros dedos se rozaron cuando me entregó la taza.

El contacto produjo una descarga inmediata.

Retiramos las manos al mismo tiempo.