CAPÍTULO 15
LA ESPOSA COMPRADA
El teléfono dejó de sonar.
Durante tres segundos hubo silencio.
Después comenzó de nuevo.
Álex.
Su nombre ocupaba toda la pantalla mientras, en la televisión del salón, una presentadora explicaba que nuestro matrimonio había sido una operación valorada en dos millones de euros.
Todavía no había encendido el aparato.
El sistema del ático lo había hecho automáticamente al detectar una noticia relacionada con el Grupo Valdés. En la pantalla aparecían imágenes de la boda, de Marbella y de la entrevista en la que Álex había afirmado que se enamoró primero.
La presentadora sonreía como si acabara de descubrir el final de una novela.
—Según el documento filtrado —decía—, la empresaria Claudia Montes habría recibido dos millones de euros por contraer matrimonio con Álex Valdés durante un periodo mínimo de seis meses.
Habría recibido.
Como si el dinero no siguiera todavía en mi cuenta.
Como si no hubiera utilizado una parte para pagar nóminas, proveedores y deudas.
Como si mi vida pudiera resumirse en una transferencia bancaria y una alianza de platino.
Respondí a la llamada.
—¿Dónde estás? —preguntó Álex.
No dijo hola.
Tampoco preguntó si estaba bien.
Su voz sonaba tensa, rápida, demasiado controlada.
—En el ático.
—No salgas.
Cerré los ojos.
—No empieces.
—Hay periodistas frente al edificio y dos equipos intentando acceder al garaje.
—Puedo verlos desde aquí.
Me acerqué a los ventanales.
La calle estaba llena de cámaras. Varias furgonetas ocupaban la entrada y un grupo de reporteros esperaba detrás del cordón de seguridad.
—Estoy de camino —dijo.
—No necesito que vengas.
—Claudia.
—Necesito pensar.
—Puedes pensar conmigo aquí.
—Eso ya lo dijiste en la villa.
El silencio duró una fracción de segundo.
—Esto es diferente.
—Todo es diferente cuando quieres decidirlo tú.
—Han filtrado un contrato privado. Tu dirección está circulando en redes y alguien ha publicado el nombre de todos tus empleados.
El miedo atravesó la rabia.
—¿Qué?
—Mi equipo está contactando con ellos.
—Tu equipo no va a hablar con mis empleados sin que yo lo autorice.
—Entonces llámalos tú. Pero no salgas del ático.
—¿Otra orden?
—Sí.
La respuesta me dejó quieta.
No intentó disfrazarla.
—Puedes enfadarte conmigo después —continuó—. Ahora necesito saber que estás segura.
—No soy un activo que proteger.
—No.
Su voz descendió.
—Eres mi esposa y alguien ha decidido atacarte para llegar hasta mí.
—No hagas esto sobre ti.
—No lo estoy haciendo.
—Has dicho que quieren llegar hasta ti.
—Y están utilizándote. Eso es lo único que me importa ahora.
El pecho se me contrajo.
Detestaba que incluso en medio de aquella crisis pudiera decir cosas capaces de atravesar mis defensas.
—Tengo que llamar a Vera.
—Hazlo. Llegaré en veinte minutos.
—Álex…
—Veinte minutos.
Colgó.
Miré el teléfono.
Después la televisión.
Una periodista estaba entrevistando a un supuesto experto en reputación corporativa.
—La cuestión —explicaba él— es si Claudia Montes fue una víctima de la situación o si participó conscientemente en un fraude destinado a influir en los accionistas del Grupo Valdés.
Víctima.
Fraude.
Esposa comprada.
Cogí el mando y apagué la pantalla.
Mi reflejo quedó atrapado en el cristal negro.
Llevaba el cabello desordenado, la ropa arrugada del viaje y la alianza todavía en el dedo.
Me la quité.
La sostuve sobre la palma durante varios segundos.
Después volví a ponérmela.
No sabía por qué.
* * *
Vera contestó al primer tono.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el ático.
—No salgas.
—Eres la segunda persona que me da esa orden.
—Esta vez Álex tiene razón.
—No se lo digas nunca.
—Tenemos ocho llamadas de clientes, tres cancelaciones y una periodista esperando frente a la agencia.
Me senté lentamente.
—¿Tres cancelaciones?
—Una marca de cosmética, la presentación editorial y la boda de los Urrutia.
—La boda es dentro de dos meses.
—La madre ha dicho que no quiere que su hija aparezca vinculada a un escándalo.
El dolor fue más intenso de lo que esperaba.
No eran cifras abstractas.
Había trabajado durante semanas en aquellos proyectos. Había escuchado a la novia hablar sobre las flores que cultivaba su abuela, diseñado una ceremonia alrededor de ellas y convencido al hotel para modificar el jardín.
Ahora yo era una mancha que nadie quería cerca de sus fotografías.
—Llamaré a todos —dije.
—No ahora.
—Tengo que explicarles…
—No quieren explicaciones. Quieren distancia.
—Entonces debemos darles una razón para no marcharse.
—Claudia.
—No voy a esconderme.
—No te estoy pidiendo eso. Te estoy pidiendo que no llames a una novia aterrorizada mientras tienes a treinta periodistas buscando una frase que convertir en titular.
Respiré.
—¿Está todo el equipo allí?
—He mandado a casa a los que podían trabajar desde allí. Julia y Marcos siguen conmigo.
—Diles que cobrarán aunque los clientes cancelen.
—Eso no es lo que les preocupa.
—A mí sí.
—Lo sé.
Hubo una pausa.
—¿Álex está contigo?
—Viene hacia aquí.
—Bien.
—No empieces tú también.
—No voy a decir que te quedes con él. Solo que, ahora mismo, su equipo de seguridad resulta más útil que mi palo de escoba.
—No sabía que tenías un palo de escoba defensivo.
—Desde esta mañana.
A pesar de todo, sonreí.
—Te llamaré en una hora.
—Claudia.
—¿Qué?
—No leas los comentarios.
Miré el teléfono.
Ya tenía cientos de notificaciones.
—No pensaba hacerlo.
—Se te habrá arrugado la nariz.
—Voy a matarlo por contarte eso.
—Primero sobrevivamos al día.
Colgamos.
Intenté obedecerla.
Duré menos de un minuto.
Abrí una de las publicaciones.
Las fotografías de nuestra boda estaban rodeadas de comentarios.
Dos millones por seis meses. Yo también me enamoro.
La pobre empresaria sacrificándose por sus empleados.
¿Cuánto costaría una noche?
Cerré la aplicación.
Demasiado tarde.
La última frase permaneció dentro de mí.
No hablaban del contrato.
Hablaban de mi cuerpo.
De las veces que había estado con Álex.
De algo que había elegido libremente y que ahora miles de desconocidos interpretaban como una obligación incluida en el precio.
Sentí náuseas.
La puerta principal se abrió.
Álex entró acompañado por Samuel y dos personas del equipo jurídico. Venía sin corbata y con la expresión del hombre que había decidido que alguien pagaría por aquello.
Su mirada me encontró inmediatamente.
Después descendió hacia la maleta junto al sofá.
—No te has marchado.
—La calle está llena de periodistas.
Algo parecido al alivio cruzó su rostro.
Desapareció tan rápido que podría haberlo imaginado.
Álex se volvió hacia su equipo.
—Quiero el salón libre.
Los abogados empezaron a desplegar ordenadores y documentos.
—He dicho libre.
Samuel comprendió antes que nadie.
—Trabajaremos en el despacho.
En menos de un minuto desaparecieron todos.
Álex cerró la puerta de la biblioteca.
Nos quedamos solos.
—¿Has leído los comentarios? —preguntó.
—No.
Su mirada se detuvo sobre mi nariz.
—Ni se te ocurra.
—No iba a decir nada.
—Sí ibas.
—No deberías leerlos.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué lo has hecho?
—Porque hablaban de mí.
—No.
Se acercó.
—Hablan de una versión de ti que han inventado para provocar una reacción.
—Han publicado el contrato.
—Partes del contrato.
—Las partes suficientes.
—No han publicado tus modificaciones, la cláusula de independencia ni que podías abandonar el acuerdo sin devolver el dinero.
—Eso no cambia que acepté dos millones.
—No.
Álex se detuvo delante de mí.
—Pero cambia por qué lo hiciste.
—A nadie le importa el porqué.
—A mí sí.
La rabia subió con tanta rapidez que tuve que apartarme.
—Tú me los ofreciste.
—Lo sé.
—Sabías cómo parecería si se descubría.
—Creí que no se descubriría.
—Porque controlabas el contrato.
—Porque confiaba en las personas que tenían acceso.
Solté una risa amarga.
—Eso ha terminado bien.
Álex no respondió.
Me acerqué a los ventanales.
Abajo, un fotógrafo apuntó su cámara hacia el edificio, aunque no podía vernos a través del cristal reflectante.
—Quiero hablar con la prensa —dije.
—No.
Me giré.
—No decidas.
—Ahora mismo cualquier declaración puede utilizarse en la junta y en la investigación sobre la filtración.
—Mi empresa está perdiendo clientes.
—El grupo compensará todas las pérdidas.
—No quiero tu dinero.
—Lo aceptaste antes.
La frase cayó entre nosotros.
Álex pareció arrepentirse en el mismo instante en que la pronunció.
Yo no le di tiempo a corregirla.
—Exactamente.
—Claudia…
—Eso es lo que todos creen. Que cuando algo se rompe, tú pagas y yo obedezco.
—No he querido decir eso.
—Pero lo has dicho.
Álex se acercó.
—Quiero evitar que pierdas la empresa por un ataque dirigido contra mí.
—La empresa es mía. También lo será la forma en que la defienda.
—Tu reputación está vinculada a la del grupo.
—Mi reputación existía antes de ti.
—Y seguirá existiendo después.
Después.
La palabra encontró un lugar doloroso.
Después de los seis meses.
Después del divorcio.
Después de Álex.
—Voy a dar una rueda de prensa —dije.
—Mi equipo preparará…
—No tu equipo.
—Necesitas asesoramiento jurídico.
—Lo tendré. Pero las palabras serán mías.
—No puedes admitir todos los términos.
—No pienso hacerlo.
—Entonces ¿qué dirás?
Lo miré.
—La verdad que pueda contar.
* * *
La rueda de prensa se celebró cuatro horas después en la agencia.
Contra la opinión de Álex.
Contra la de sus abogados.
Y, al principio, también contra la de Vera.
—Esto puede salir muy mal —me advirtió mientras ajustaba el micrófono sobre un pequeño atril.
—Ya está saliendo mal.
—Ese no es un argumento tranquilizador.
—No voy a esconderme dentro del ático mientras presentan mi empresa como el capricho de una mujer mantenida.
Vera miró hacia el fondo de la sala.
Álex permanecía junto a la puerta con Samuel y dos miembros de seguridad. Había aceptado no subir al escenario, no intervenir y no entregarme una declaración redactada por sus abogados.
No parecía feliz.
—Te mira como si quisiera encerrarte en una caja fuerte —murmuró Vera.
—Está aprendiendo.
—Parece doloroso.
—Para los dos.