Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Álex cerró los ojos un instante.

—No puedo darte todavía todos los nombres.

—Entonces no puedes darme lo que necesito.

—Puedo demostrar que la cláusula no era mía.

—Eso es una parte.

—Es la parte que te hizo pensar que quería robarte la agencia.

—No es lo único que me preocupa.

—Lo sé.

—¿De verdad?

—Sí.

Se acercó un paso, pero se detuvo antes de tocarme.

—No he fingido desearte.

Sentí que el aire se volvía más pesado.

—No estamos hablando de eso.

—Tú sí.

—No.

—Desde que encontraste la fotografía, cada pregunta ha terminado en lo mismo. Quieres saber qué parte de esto fue estrategia y qué parte era real.

No respondí.

Álex continuó:

—La necesidad de casarme era real. El dinero era real. El consejo, las acciones y el contrato también.

—Eso ya lo sé.

—Pero nunca fingí querer tocarte.

La memoria de cada encuentro regresó.

Su boca.

Sus manos.

La voz preguntándome si estaba segura.

—Nunca fingí que me volvías loco —añadió—. Ni que me importaba cuando otro hombre te tocaba. Ni que dormir contigo me afectaba más de lo que debería.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque no soluciona nada.

—No intento solucionarlo.

—Entonces ¿qué intentas?

—Que no te vayas creyendo que cada vez que estuvimos juntos formaba parte de una estrategia.

La palabra me detuvo.

—¿Irme?

Álex miró la maleta junto a la escalera.

No recordaba haberla bajado.

Debía haberlo hecho mientras él dormía, antes de extender los documentos.

—Ya habías decidido marcharte —dijo.

—Necesitaba pensar.

—Puedes pensar aquí.

—No contigo mirándome como si fueras capaz de convencerme de cualquier cosa si encuentras las palabras adecuadas.

—No quiero convencerte.

—Todo en ti intenta hacerlo.

Álex bajó la mirada hacia los documentos esparcidos.

—Dame un día.

—Ya te di cuarenta y ocho horas.

—La tormenta retrasó la investigación.

—No me refiero a los archivos.

Él comprendió.

Le había dado cuarenta y ocho horas para descubrir qué éramos sin el contrato en medio.

Lo único que había descubierto era que lo deseaba mucho más de lo que podía permitirme.

—Necesito salir de aquí —dije.

—Enviaré un coche.

—Puedo conducir.

—La carretera está mojada.

—No empieces.

Álex apretó los dientes.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo de verdad?

—No.

La sinceridad me hizo mirarlo.

—No quiero que conduzcas sola. No quiero que te marches enfadada. No quiero que Mateo consiga exactamente lo que pretendía.

—Pero vas a dejarme hacerlo.

—Sí.

Porque lo había elegido.

Porque no era suya fuera de las veces en que decidía serlo.

La comprensión estaba allí, aunque le doliera.

Recogí los documentos del suelo.

—Me llevo esto.

—Necesito analizarlos.

—Haz una copia.

Álex no discutió.

Fotografió cada página y después las devolvió al sobre.

Tomé la maleta.

Cuando llegué a la puerta, su voz me detuvo.

—Claudia.

No me giré.

—Cuando quieras saber toda la verdad, no tendrás que pedírsela a Mateo.

—¿Entonces a quién?

—A mí.

Me volví.

—Llevo semanas pidiéndotela.

—Y llevo semanas creyendo que podía protegerte mejor si esperaba.

—Ese es el problema.

Álex asintió.

No intentó negarlo.

—Lo sé.

Abrí la puerta.

—Apréndelo antes de que no quede nada que proteger.

* * *

Conduje hasta Madrid bajo un cielo todavía cubierto de nubes.

Álex no me siguió.

No llamó.

Eso era lo que había pedido.

Lo odié durante casi todo el trayecto.

Al llegar al ático, recogí más ropa y preparé otra maleta. No quería regresar a mi piso porque el banco todavía tenía una carga sobre él y varios periodistas conocían la dirección. Llamé a Vera.

—Ven a mi casa —dijo sin hacer preguntas—. Tengo vino, un sofá y suficientes insultos para Álex como para llenar una semana.

—No quiero insultarlo.

—Eso suena grave.

Estaba a punto de salir cuando el teléfono comenzó a vibrar.

Una notificación.

Después otra.

Y otra.

Mensajes de Vera, Samuel, Beatriz y tres números que no reconocía.

Abrí el primero.

No respondas a nadie. Llámame. Ahora.

Era de Vera.

Antes de hacerlo, apareció una alerta de noticias.

La fotografía mostraba nuestra boda.

El titular ocupaba toda la pantalla:

EL MATRIMONIO MILLONARIO DE ÁLEX VALDÉS FUE UN CONTRATO: DOS MILLONES DE EUROS POR SEIS MESES

Sentí que el estómago se hundía.

Abrí la noticia.

Habían publicado fragmentos del acuerdo.

La cantidad.

Las obligaciones públicas.

La fecha prevista del divorcio.

No aparecía la cláusula sexual ni las modificaciones sobre mi independencia, pero sí lo suficiente para demostrar que la relación había empezado como una operación económica.

Debajo había una segunda imagen.

El contrato completo se ofrecía como exclusiva para la edición impresa del día siguiente.

El teléfono sonó.

Álex.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje de Mateo.

Te advertí que acabarías descubriendo cuánto valía realmente tu matrimonio.

Miré la alianza de mi dedo.

Las cámaras ya estarían de camino.

Los clientes comenzarían a llamar.

Mi equipo tendría que responder preguntas sobre una verdad que ni siquiera conocía.

Álex había querido mantenerme cerca hasta la votación.

Mateo acababa de asegurarse de que, si permanecía a su lado, todo el mundo supiera exactamente cuánto me habían pagado por hacerlo.