Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

LA CLÁUSULA QUE OCULTASTE

Esperé hasta que amaneció.

No dormí.

Permanecí de espaldas a Álex, sintiendo su brazo sobre mi cintura y escuchando cómo la lluvia se convertía poco a poco en un murmullo distante.

A las seis y media, él seguía dormido.

Me liberé con cuidado, recogí mi ropa y bajé al salón.

Los documentos permanecían dentro de mi bolso.

Los extendí sobre la mesa junto a una copia digital de nuestro contrato matrimonial. Había dedicado demasiadas noches a leer aquel acuerdo para no reconocer algunas de sus expresiones. Confidencialidad. Incumplimiento. Compensación. Adquisición.

Las palabras podían parecer inocentes hasta que alguien las ordenaba de la manera adecuada.

Abrí el documento anónimo por la quinta página.

La cláusula hablaba de una posible integración de Montes Eventos dentro del Grupo Valdés si su propietaria quedaba vinculada contractualmente a la compañía y después incumplía cualquier obligación de confidencialidad relacionada con información corporativa.

No mencionaba expresamente nuestro matrimonio.

No necesitaba hacerlo.

El contrato que yo había firmado incluía varias obligaciones de confidencialidad. Algunas tan amplias que una interpretación agresiva podría convertir casi cualquier conversación en un incumplimiento.

Busqué los anexos.

El primero regulaba la transferencia.

El segundo, las apariciones públicas.

El tercero establecía las penalizaciones.

Al final de la copia digital encontré una referencia que no recordaba.

ANEXO D. PROTECCIÓN DE ACTIVOS VINCULADOS.

Intenté abrirlo.

El archivo solicitaba una contraseña.

Mi pulso comenzó a acelerarse.

Probé la fecha de la boda.

Nada.

El número de expediente.

Nada.

La puerta del dormitorio se abrió en la planta superior.

Cerré el ordenador de inmediato.

Álex bajó las escaleras pocos minutos después. Llevaba los pantalones de la noche anterior y una camiseta oscura. Su mirada encontró primero mi lado vacío del sofá y después los documentos sobre la mesa.

—¿Cuánto tiempo llevas despierta?

—El suficiente.

Álex se detuvo.

—Escuchaste la llamada.

No preguntó.

Lo sabía.

—Solo necesitabas mantenerme cerca hasta la votación.

Pasó una mano por el cabello.

—No significaba lo que crees.

—Esa frase empieza a convertirse en tu única defensa.

—Hablaba con Samuel sobre tu seguridad.

—No parecía que estuvieras hablando de guardaespaldas.

—Mateo quiere que abandones el matrimonio antes de la junta. Si consigue asustarte o enfrentarte conmigo, habrá ganado.

—Así que necesitas mantenerme cerca.

—Necesito mantenerte protegida.

—Eso no fue lo que dijiste.

Álex dio un paso hacia mí.

—La conversación no terminó ahí.

—Nunca terminan donde yo puedo escucharlas, ¿verdad?

—Estabas detrás de una puerta.

—Otra puerta abierta.

Su mandíbula se tensó.

—¿Qué estabas haciendo despierta?

Solté una risa incrédula.

—¿Ahora el problema es que me levanté de la cama?

—No he dicho eso.

—Lo has preguntado como si me hubieras sorprendido revisando tus bolsillos.

—Quiero saber por qué no entraste.

—Porque cada vez que intento descubrir la verdad, tú decides que todavía no puedo conocerla.

Álex miró el ordenador cerrado.

—¿Qué estabas buscando?

—El anexo D.

El cambio en su expresión fue inmediato.

Muy pequeño.

Pero real.

—¿Qué sabes de ese anexo?

—Que existe.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Tu contrato.

—No aparece en la versión que firmaste.

—Aparece una referencia.

Abrí el ordenador y le mostré la pantalla.

Álex se inclinó sobre la mesa. Durante unos segundos leyó en silencio.

—Esto no debería estar aquí.

—Otra frase tranquilizadora.

—Claudia, la versión firmada no contiene ese anexo.

—¿Entonces qué protege?

—Activos empresariales vinculados a ciertos acuerdos del grupo.

—Mi agencia.

—No.

Cogí el documento anónimo y lo levanté.

—Aquí dice exactamente eso.

Álex tomó las páginas.

—Este documento está manipulado.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque lo está.

—¿Y el anexo?

—No lo autoricé.

—No te he preguntado eso. Te he preguntado si mi empresa aparece en él.

Su silencio me atravesó.

—Álex.

—Hubo una versión preliminar.

El miedo se convirtió en rabia.

—¿Qué versión?

—Una propuesta interna que planteaba utilizar la agencia como garantía si el grupo adelantaba fondos para su expansión.

—Nunca pedí fondos para expandirme.

—No llegó a presentarse.

—Pero alguien la redactó.

—Sí.

—¿Quién?

—El equipo jurídico.

—Tu equipo jurídico.

—No reviso cada borrador.

—Pero conocías el proyecto.

—Conocía la valoración. No esa cláusula.

—¿Y esperas que te crea?

Álex dejó los documentos.

—No sabía que habían vinculado la adquisición a un incumplimiento de confidencialidad.

—Resulta difícil imaginar una coincidencia más conveniente.

—No fue una coincidencia.

Me quedé quieta.

—¿Qué significa eso?

—Alguien tomó dos documentos diferentes y los combinó. La propuesta de colaboración con tu agencia y uno de los anexos estándar de protección de activos.

—¿Estándar?

—Para operaciones empresariales. No para matrimonios.

—Pero la referencia aparece en nuestro contrato.

—Porque alguien la introdujo en la copia digital.

—¿Después de que firmáramos?

—Eso parece.

—¿Quién puede modificarla?

—Demasiadas personas.

—La misma respuesta que con la filtración.

—Porque probablemente esté relacionado.

Lo miré.

—Dime quién investigas.

—Todavía no.

La furia explotó.

Cerré el ordenador y lo empujé hacia él.

—¿Te escuchas cuando hablas?

—Sí.

—Me pides que crea que alguien manipuló los documentos de mi empresa, añadió un anexo a nuestro contrato, entró en mi bolso y nos fotografió mientras dormíamos. Pero te niegas a decirme a quién sospechas.

—Porque si me equivoco, destruiré la vida de alguien.

—¿Alguien de mi equipo?

Álex guardó silencio.

Sentí que el suelo desaparecía.

—Es Vera.

—No.

—¿Samuel?

—No.

—Entonces ¿quién?

—Una persona con acceso a los archivos de ambas compañías.

—¿De mi agencia?

—Claudia.

—Dímelo.

—No hasta tener pruebas.

—Siempre pruebas. Siempre después. Siempre cuando tú decidas.

Me levanté.

Álex rodeó la mesa y se situó delante de mí.

—No quiero acusar a una persona inocente.

—Y yo no quiero vivir casada con un hombre que me trata como una amenaza para su propia investigación.

—Nunca te he tratado como una amenaza.

—Me ocultas información porque no confías en cómo reaccionaré.

—Porque reaccionas antes de tener todos los datos.

—¿Como cuando irrumpí en tu despacho porque habías cancelado mi gala?

—Como ahora.

La frase cayó entre nosotros.

—¿Ahora? —repetí.

—Tienes un documento sin origen, una referencia digital modificada y la palabra de Mateo. Y ya has decidido que planeo robarte la agencia.

—Tú ya habías decidido que alguien de mi equipo nos había traicionado antes de enseñarme una sola prueba.

—No es lo mismo.

—Claro que lo es.

—No.

Álex se acercó.

—Porque yo no creo que tú hayas hecho nada.

—Pero sí alguien a quien quiero.

—Puede ser.

—Y prefieres proteger tu investigación que decirme quién está bajo sospecha.

—Prefiero protegerte de cometer un error.

—No necesito que me protejas de mis propias decisiones.

—Eso ya lo has dicho.

—Y sigues sin entenderlo.

Su rostro se endureció.

—Lo entiendo. No significa que vaya a dejarte destruir una relación importante por una sospecha incompleta.

—No puedes dejarme o impedírmelo.

—Claudia.

—No soy una de tus empresas. No puedes contenerme hasta que la crisis desaparezca.

—Lo sé.

—No lo parece.

La tensión se volvió física.

Álex estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Su pecho subía y bajaba con una respiración menos controlada. La discusión había roto la calma habitual de su rostro, dejando algo más crudo debajo.

Rabia.

Miedo.

Deseo.

Los tres estaban presentes.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi razón.

Recordó la piscina.

La cocina.

La forma en que había hecho el amor conmigo bajo la tormenta.

Odié que el deseo continuara allí, intacto, como si la confianza y el cuerpo no pertenecieran a la misma persona.

Álex bajó la mirada hacia mi boca.

—No —dije.

No sabía si se lo decía a él o a mí misma.

—No te he tocado.

—Estás pensando hacerlo.

—Tú también.

—Eso no significa que debamos.

—No.

Ninguno se movió.

El silencio nos mantuvo allí, respirando el mismo aire, demasiado enfadados para acercarnos y demasiado atraídos para separarnos.

—Dime que no quieres que te bese —murmuró.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

—Entonces aléjate.

Álex retrocedió medio paso.

La obediencia me dolió.

Lo agarré de la camiseta y lo besé.

El contacto fue violento.

No porque quisiera hacerle daño.

Porque no sabía cómo sacar de mi cuerpo todo lo que él provocaba.

Álex respondió con la misma intensidad. Su mano rodeó mi nuca y la otra se cerró sobre mi cintura. Me atrajo contra él hasta borrar cualquier distancia.

Lo besé con rabia, mordiendo su labio, tirando de su camiseta.

Álex me levantó y me sentó sobre la mesa, apartando los documentos con un movimiento del brazo.

Las páginas cayeron al suelo.

—Claudia —murmuró contra mi boca.

—Cállate.

Levanté la camiseta y recorrí su abdomen con las manos.

Su cuerpo se tensó bajo mis dedos.

Álex besó mi cuello.

La calidez de su boca descendió hasta mi clavícula, y durante unos segundos la discusión desapareció. Solo existía el deseo, familiar y fácil. Un lugar en el que los dos sabíamos qué hacer.

Sus manos recorrieron mis muslos bajo la camisa que llevaba.

—Color —preguntó.

La palabra me devolvió a la realidad.

Verde.

Podía decir verde y dejar que el placer borrara todo durante unas horas.

Podía permitirle que volviera a llevarme hasta un lugar donde no existieran documentos, secretos ni preguntas.

Álex me miraba.

Esperando.

No tomaría nada que yo no le entregara.

Esa era precisamente la razón por la que debía detenerme.

—Rojo.

Álex soltó mi cuerpo inmediatamente.

No tardó un segundo.

Sus manos desaparecieron de mis piernas. Retrocedió hasta dejar espacio suficiente para que pudiera bajar de la mesa.

La rapidez con la que obedeció me rompió algo dentro del pecho.

Me bajé la camisa.

Álex respiraba con dificultad, pero no volvió a acercarse.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Te he hecho daño?

—No.

—¿Qué necesitas?

La pregunta fue suave.

Demasiado suave.

—La verdad.