CAPÍTULO 13 #2
Aquella risa volvía a ser peligrosa.
Porque no despertaba deseo únicamente.
Despertaba afecto.
* * *
La tormenta comenzó esa misma tarde.
Primero fueron nubes sobre las montañas. Después lluvia contra los ventanales y un trueno que hizo temblar la casa.
La señal del teléfono desapareció.
La electricidad resistió, pero internet dejó de funcionar.
—Parece que alguien está decidido a aislarnos —dije.
Álex revisó el router.
—Volverá cuando pase la tormenta.
—¿Y la investigación?
—Samuel seguirá trabajando.
—No puedes comunicarte con él.
—Eso parece.
La idea de Álex obligado a permanecer desconectado me produjo una satisfacción inmadura.
—No tienes nada que controlar.
—Te tengo a ti.
Lo miré.
—Te estás acercando a una línea peligrosa.
—No he dicho que pueda controlarte.
Se apoyó sobre la encimera de la cocina.
—He dicho que puedo dedicarte toda mi atención.
El calor regresó inmediatamente.
—Necesitamos cenar.
—También puedo ocuparme de eso.
Álex abrió los armarios.
Había pasta, arroz, conservas y varias botellas de vino. Eligió ingredientes con la seriedad de un cirujano.
—No vas a incendiar la cocina, ¿verdad?
—Aquello ocurrió una sola vez.
—Solo conozco una historia tuya cocinando y termina con un incendio.
—Es estadísticamente injusto.
Me senté sobre la encimera.
Álex empezó a cortar verduras.
Lo observé trabajar con las mangas dobladas, el cabello todavía húmedo y una pequeña marca en el cuello que yo había dejado junto a la piscina.
—Deja de mirar —dijo.
—Estoy pensando.
—Hazlo en otra dirección.
Sonreí.
—Ahora comprendes lo irritante que resulta.
—Siempre lo he comprendido.
Me incliné hacia él y robé un trozo de pimiento.
Álex me golpeó suavemente los dedos con el cuchillo por el lado sin filo.
—No toques.
—No me des órdenes.
—Entonces pide permiso.
—No voy a pedir permiso para comer.
—Tendrás que esperar.
Cogí otro pedazo.
Álex dejó el cuchillo.
—Has tomado una decisión peligrosa.
—¿Vas a castigarme por robar verdura?
—No utilizo el sexo como castigo.
—No he mencionado el sexo.
—No era necesario.
Se colocó entre mis piernas.
Yo seguía sentada sobre la encimera, llevando solo una de sus camisas y ropa interior.
Álex apoyó las manos a ambos lados de mis caderas.
—Tenemos una cena a medio preparar —dije.
—Puede esperar.
—Hace unas horas afirmaste que no querías sustituir las conversaciones.
—No estamos conversando.
—Estamos cocinando.
—Tampoco demasiado.
Lo besé.
Esta vez no hubo rabia.
Solo juego.
Álex intentó dominar el beso, pero coloqué una mano sobre su pecho y lo mantuve a distancia.
—Mi turno.
—Anoche también fue tu turno.
—¿Te estás quejando?
—Nunca.
Desabroché lentamente los botones de la camisa que llevaba. La mirada de Álex descendió con cada uno.
—No puedes tocarme —dije.
—Otra vez.
—Hasta que termine.
—¿Termines qué?
Deslicé una mano por su cuerpo.
—De decidir cuánto hambre tienes.
Álex soltó una maldición baja.
La comida acabó olvidada sobre la cocina.
Yo marqué el ritmo, disfrutando de cómo su paciencia se transformaba en necesidad. Álex obedeció mientras pudo.
Cuando finalmente le permití tocarme, me levantó de la encimera y convirtió el juego en algo más urgente.
Terminamos riendo, respirando contra el cuello del otro y rodeados de ingredientes que ya no parecían especialmente importantes.
—La pasta —murmuré.
—Podemos empezar otra vez.
—¿La cena?
Álex besó mi hombro.
—También.
* * *
La tormenta continuó durante la noche.
Cenamos pasada la medianoche y llevamos las copas de vino al dormitorio. La lluvia golpeaba el tejado con un ritmo constante.
Álex se tumbó junto a mí.
No intentó tocarme.
Esa vez fui yo quien cerró la distancia.
—¿Alguna vez imaginaste otra vida? —pregunté.
—¿Sin el grupo?
—Sí.
Tardó en responder.
—No.
—¿Nunca quisiste hacer otra cosa?
—Mi abuelo me preparó para dirigir la empresa desde que tenía diez años.
—Eso no responde.
—No tuve tiempo de querer otra cosa.
Apoyé la cabeza sobre su pecho.
—Eso suena triste.
—No lo es.
—Mientes.
Álex acarició mi cabello.
—Quizá.
—¿Qué harías si mañana dejaras de ser Álex Valdés?
—Seguiría siendo yo.
—Sabes a qué me refiero.
—Cocinaría sin incendiar nada.
—Ambicioso.
—Viajaría sin visitar hoteles en construcción.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Eso sí que no me lo creo. Seguro que tienes una lista organizada por continentes.
—No para eso.
Levanté la cabeza.
—¿Y una familia?
La pregunta salió demasiado deprisa.
Álex me observó.
—Nunca lo había pensado seriamente.
—El testamento de tu abuelo dice lo contrario.
—El testamento exige una imagen, no una familia.
—¿Y ahora?
Su mano se detuvo sobre mi espalda.
—Ahora es más difícil no pensarlo.
Mi corazón dio un golpe fuerte.
—No deberías decir cosas así.
—Has preguntado.
—Eso no significa que quiera una respuesta peligrosa.
—Tú querías cuarenta y ocho horas sin reglas.
—Empiezo a arrepentirme.
—Mentirosa.
Lo besé.
No hubo urgencia.
Hicimos el amor despacio, bajo el sonido de la lluvia, sin órdenes, desafíos ni necesidad de demostrar quién controlaba nada.
Álex recorrió mi cuerpo como si quisiera memorizarlo.
Yo hice lo mismo.
No era sexo para acallar una discusión.
Era una conversación distinta.
Una en la que cada caricia decía algo que ninguno se atrevía a pronunciar.
Después permanecimos abrazados.
—Mi padre murió creyendo que yo había fracasado —dije.
Álex no respondió inmediatamente.
—¿Por qué?
—La agencia tenía pérdidas. Me pidió que la vendiera y buscara un trabajo estable.
—No fracasaste.
—Todavía puedo hacerlo.
—No.
—No puedes saberlo.
—Sé cómo trabajas.
—También sabes cuánto debo.
—Eso no define lo que has construido.
La seguridad de su voz hizo que me doliera el pecho.
—Si pierdo la agencia, sentiré que lo he traicionado.
Álex acarició mi mejilla.
—Tu padre te dejó una empresa. No una condena.
Cerré los ojos.
Nadie me lo había dicho antes.
Nadie había conseguido que pareciera posible separar mi amor por él de la obligación de salvar cada cosa que había dejado atrás.
Besé la palma de Álex.
—Estas cuarenta y ocho horas no son reales.
—Ahora mismo sí.
—Después volverán la junta, Mateo y los documentos.
—Sí.
—Y quizá descubramos que no podemos confiar el uno en el otro.
Álex deslizó un brazo alrededor de mi cintura.
—Esta noche confías en mí.
—Sí.
—Entonces quédate aquí.
Me acomodé contra él.
—Solo esta noche.
—Por supuesto.
Ninguno fingió creerlo.
* * *
Desperté de madrugada.
La tormenta había disminuido. Solo quedaba el sonido suave de la lluvia sobre las ventanas.
Álex no estaba en la cama.
La mitad de las sábanas seguía caliente.
Me puse su camisa y salí al pasillo.
Una luz encendida llegaba desde el despacho de la planta baja.
La señal debía de haber regresado.
Escuché la voz de Álex antes de llegar a la puerta.
—No importa lo que diga el documento —murmuraba—. Necesito que encuentres el archivo original.
Me detuve.
No quería volver a escuchar una conversación privada.
Debería haber regresado al dormitorio.
—No —continuó—. Ella no puede saberlo todavía.
El pecho se me cerró.
Siempre la misma frase.
Siempre una verdad que no podía conocer.
—Solo necesito mantenerla cerca hasta la votación.
Todo mi cuerpo se quedó inmóvil.
Las palabras atravesaron la puerta entreabierta con absoluta claridad.
Mantenerme cerca.
Hasta la votación.
Eso era lo que yo representaba.
Una esposa temporal.
Una pieza necesaria durante seis meses.
Álex guardó silencio mientras escuchaba la respuesta de Samuel.
Retrocedí antes de que pudiera verme.
Subí las escaleras y regresé al dormitorio.
Me quité la camisa.
Me tumbé de espaldas a su lado de la cama.
Las últimas horas se transformaron dentro de mi cabeza.
La piscina.
La cocina.
La forma en que había hablado de una familia.
La ternura con la que me había dicho que la agencia no era una condena.
Todo podía ser verdadero.
Y, al mismo tiempo, todo podía servir para mantenerme cerca.
La puerta se abrió minutos después.
Álex entró silenciosamente y regresó a la cama.
Su brazo rodeó mi cintura.
No me moví.
—¿Estás despierta? —susurró.
Mantuve los ojos cerrados.
No respondí.
Álex besó mi hombro y se acomodó detrás de mí.
Esperé hasta que su respiración se volvió profunda.
Entonces abrí los ojos.
Las cuarenta y ocho horas sin reglas habían terminado mucho antes de lo acordado.
Porque acababa de recordar la única regla que realmente importaba.
Álex Valdés nunca hacía nada sin un propósito.
Y yo seguía sin saber si me mantenía a su lado porque me quería.
O porque todavía me necesitaba.