Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

CUARENTA Y OCHO HORAS SIN REGLAS

Cuando Álex regresó al ático, yo seguía sentada frente a los documentos.

Los había leído cuatro veces.

En ninguna de ellas habían cambiado las palabras.

PROPUESTA DE INTEGRACIÓN Y ADQUISICIÓN.

Mi empresa reducida a una lista de activos, deudas, empleados y clientes. Mi vida convertida en cifras dentro de una carpeta con el logotipo del Grupo Valdés.

Oí la puerta principal.

Después sus pasos.

Álex apareció en el salón con la chaqueta colgada sobre un hombro y el teléfono todavía en la mano. Su mirada recorrió mi cara antes de bajar hacia las páginas extendidas sobre la mesa.

Se detuvo.

—¿De dónde has sacado eso?

No preguntó qué era.

Lo reconocía.

—Estaba dentro de mi bolso.

—¿Quién ha tenido acceso?

—No lo sé.

Álex dejó el teléfono y tomó la primera página.

Sus ojos avanzaron rápidamente por el texto.

—Esto no es la versión definitiva.

—Qué alivio. Pensaba que el plan para robarme la empresa podría contener algún error administrativo.

—No pensaba robarte nada.

—Aquí dice que el grupo podría adquirir la agencia si incumplo determinadas obligaciones de confidencialidad.

—Esa cláusula no aparece en nuestro contrato.

—Pero alguien la redactó.

—Sí.

—¿Tú?

Álex levantó la mirada.

—No.

—Las iniciales son tuyas.

—Cualquiera puede escribirlas.

—¿Y la valoración? ¿El análisis de mis deudas? ¿La lista de clientes?

—Formaban parte de un estudio preliminar.

—Proyecto Montes.

—Ya te lo expliqué.

—Me dijiste que era una posible colaboración.

—Porque eso era.

—Esto no parece una colaboración. Parece un plan para esperar a que mi empresa estuviera suficientemente desesperada y absorberla.

Álex dejó los papeles sobre la mesa.

—El documento ha sido manipulado.

—¿Qué parte?

—La cláusula de incumplimiento no estaba en la propuesta que revisé.

—¿Pero revisaste una propuesta?

—Sí.

La confirmación me dolió aunque ya conociera la respuesta.

—Antes de cancelar la gala.

—Sí.

—Antes de investigarme para el matrimonio.

—Sí.

—¿Y esperas que crea que todo es una coincidencia?

Álex se acercó.

Yo me levanté inmediatamente.

No quería discutir sentada mientras él permanecía sobre mí.

—La evaluación de tu agencia comenzó porque eras buena —dijo—. El grupo necesitaba reorganizar el área de eventos y tu empresa tenía algo que las demás no.

—¿Deudas?

—Identidad.

La palabra me descolocó.

—Tus eventos no parecían fabricados por un comité —continuó—. Tu equipo asumía riesgos. Tú asumías riesgos. Pensé que una asociación podía beneficiarnos a ambos.

—Sin preguntarme.

—Era una valoración interna. No había nada que preguntar hasta presentar una oferta.

—Una oferta que nunca llegó.

—Porque descubrimos la filtración.

—Ahí está otra vez.

—Es la verdad.

—Una verdad de la que solo compartes las partes que te convienen.

Álex apretó la mandíbula.

—Alguien introdujo esos documentos en tu bolso.

—No cambies de tema.

—Es el único tema que importa ahora mismo.

—A mí me importa saber si mi marido llevaba meses planeando quedarse con mi empresa.

—No quería tu empresa.

—¿Qué querías?

Sus ojos se fijaron en los míos.

La respuesta quedó suspendida entre nosotros.

No necesitaba que la pronunciara para saberla.

Me quería a mí.

O me había deseado.

No era lo mismo.

—Quería trabajar contigo —dijo finalmente.

—Y después acostarte conmigo.

—No voy a fingir que eso no estaba en mi cabeza.

El recuerdo de la noche anterior apareció con una intensidad dolorosa. Álex atado a la silla, obedeciéndome, confiando en que no utilizaría su vulnerabilidad contra él.

Yo también le había entregado algo.

Quizá demasiado.

—Necesito comprobar el documento —dijo—. La tipografía, el historial de versiones y las firmas digitales.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, no te quedas aquí.

—No empieces.

—Alguien ha entrado en el ático o ha tenido acceso a tu bolso.

—Pudo ocurrir en el restaurante.

—Precisamente.

—No voy a dejar que me escondas.

—No quiero esconderte.

Álex se acercó hasta detenerse frente a mí.

—Quiero llevarte a un lugar donde nadie conozca nuestra ubicación mientras averiguo quién ha hecho esto.

—¿Otra suite vigilada?

—Una propiedad de mi familia. No figura a nombre del grupo.

—¿Mateo la conoce?

—Sabe que existe. No sabe dónde está.

—Qué conveniente.

—Claudia.

La forma en que pronunció mi nombre ya no sonó a orden.

Sonó a cansancio.

—No te estoy pidiendo que confíes ciegamente en mí —continuó—. Te estoy pidiendo cuarenta y ocho horas para demostrar que ese documento no es lo que parece.

—¿Y qué hacemos durante esas cuarenta y ocho horas?

Su mirada bajó hacia mi boca.

—Eso dependerá de ti.

Mi cuerpo reaccionó.

Por supuesto.

Podía estar convencida de que aquel hombre pretendía quedarse con mi empresa y, aun así, desear que me empujara contra la mesa.

Odiaba la facilidad con la que coexistían la desconfianza y el deseo.

—No quiero hablar del contrato —dije.

—De acuerdo.

—Ni de la junta.

—Bien.

—Ni de Mateo, la agencia o esa carpeta hasta que tengas pruebas.

Álex inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Qué queda?

—Nosotros.

La palabra salió antes de que pudiera detenerla.

Sus ojos se oscurecieron.

—Eso puede ser más peligroso que todos los demás temas.

—Probablemente.

—¿Cuarenta y ocho horas?

—Sin reglas que no sean las que decidamos en cada momento.

—La cláusula novena lleva tiempo sin resultar especialmente útil.

—No estaba hablando solo de sexo.

—Yo tampoco.

Mentía.

Y los dos lo sabíamos.

* * *

La villa estaba oculta entre montañas, al final de una carretera estrecha que desaparecía bajo una extensión de pinos.

No se parecía a ninguna propiedad del Grupo Valdés.

No había mármol, recepciones, personal uniformado ni cámaras esperando nuestra llegada. Era una casa de piedra clara con grandes ventanales, un jardín salvaje y una piscina desde la que se veía el valle.

—¿De quién era? —pregunté.

—De mi madre.

Comprendí entonces por qué no figuraba a nombre de la empresa.

Álex abrió la puerta y desactivó la alarma.

El interior era cálido y algo anticuado. Había muebles de madera, fotografías en las estanterías y mantas dobladas sobre los sofás. No parecía un lugar preparado para impresionar a nadie.

Parecía una casa.

—Venías aquí con ella —dije.

—Cuando era niño.

—¿Y después?

—Dejé de venir.

—¿Por qué traerme?

Álex dejó las llaves.

—Porque nadie del grupo tiene acceso.

No era una respuesta completa.

Pero habíamos acordado no interrogarnos.

Subí la pequeña maleta al dormitorio principal. Solo había una cama.

No comenté la coincidencia.

Álex tampoco.

Cuando bajé, se había quitado la chaqueta y estaba abriendo los ventanales del salón.

A través de ellos llegaba el olor de los pinos y el sonido distante del agua de la piscina.

—Necesito nadar —dije.

—No has traído bañador.

—Eso no parece un problema.

Álex se volvió.

Su mirada recorrió lentamente mi cuerpo.

—No.

La palabra salió más grave.

—No parece ninguno.

Crucé el jardín sin esperar.

Me quité los zapatos junto a la piscina. Después la blusa.

Cuando desabroché los pantalones, escuché los pasos de Álex detrás de mí.

—¿Esto forma parte de las cuarenta y ocho horas sin reglas? —preguntó.

—Forma parte de que no hay nadie en varios kilómetros.

Dejé la ropa sobre una tumbona.

Solo llevaba ropa interior.

Álex se detuvo a unos metros.

—No vas a meterte así.

—Tienes razón.

Me quité el sujetador.

Su expresión cambió.

Después deslicé la última prenda por mis piernas y salté al agua.

El frío me cortó la respiración.

Nadé hasta el otro extremo antes de mirar atrás.

Álex seguía junto a la piscina.

—¿No vienes?

—Estoy decidiendo si esto es otra provocación.

—Todo te parece una provocación.

—Porque la mayoría lo es.

—Quizá solo quiero nadar.

—Desnuda.

—El agua no se queja.

Álex se quitó la camisa.

Después los pantalones.

Intenté no mirarlo.

No hice un gran esfuerzo.

Entró en la piscina y nadó hacia mí. El agua no ocultaba lo suficiente y, cuando se detuvo delante de mí, mi cuerpo ya había olvidado parte de la discusión del ático.

—¿Sigues enfadada? —preguntó.

—Sí.

—No lo pareces.

—Puedo estar enfadada y desearte al mismo tiempo.

—Eso empieza a convertirse en el lema de nuestro matrimonio.

Apoyé las manos sobre sus hombros.

—No hables del matrimonio.

—Una de las reglas.

—No hay reglas.

—Entonces puedo hablar de lo que quiera.

—Y yo puedo hacer esto.

Lo besé.

Álex me sujetó por la cintura y me pegó a su cuerpo. No hubo lentitud. La tensión acumulada desde que encontré los documentos explotó entre nosotros.

Lo besé con rabia.

Con deseo.

Con la necesidad de recordarme que, aunque no supiera si podía confiar en sus palabras, mi cuerpo seguía reconociendo el suyo.

Álex me elevó hasta sentarme en el borde de la piscina. El agua descendió por su pecho mientras se colocaba entre mis piernas.

—Dime que pare —murmuró.

—No.

—No quiero que esto sustituya la conversación.

—No la sustituye.

Lo atraje hacia mí.

—Solo consigue que deje de pensar durante unos minutos.

Su boca recorrió mi cuello.

—Puedo intentar que sean más.

—Presumido.

—Mentirosa.

No discutí.

Sus manos encontraron mi cuerpo con la familiaridad que habíamos construido demasiado rápido. El deseo creció bajo cada caricia, mezclado con la emoción de estar al aire libre, sin cámaras y sin ninguna pared que nos recordara quiénes fingíamos ser.

Cuando lo necesité más cerca, Álex se detuvo.

—Claudia.

—Sí.

—¿Color?

—Verde.

Se unió a mí lentamente, observando mi expresión.

Apoyé las manos detrás de mí sobre la piedra caliente y lo recibí hasta que todo el enfado se convirtió en una tensión distinta.

Más física.

Más sencilla.

Álex marcó un ritmo intenso, pero no apresurado. Yo lo obligué a mirarme. No quería cerrar los ojos ni permitirle esconderse en mi cuello.

El placer me alcanzó con la luz del sol sobre la piel y su nombre escapando de mis labios.

Álex me siguió poco después.

Permaneció apoyado contra mí, respirando.

—Sigues enfadada —dijo.

—Mucho.

—Bien.

—¿Bien?

Besó mi hombro.

—Me preocuparía que el sexo consiguiera hacerte olvidar lo que quieres preguntarme.

Lo empujé hacia el agua.

Álex cayó de espaldas.

Cuando emergió, estaba riendo.

Lo observé desde el borde.