CAPÍTULO 12 #3
Las manos de Álex rodearon inmediatamente mi cintura, pero no intentó cambiar la posición. No tomó el control.
Me sostuvo.
Solo eso.
Hasta que fui yo quien inclinó el cuerpo hacia él y le permitió abrazarme.
El ritmo se volvió más urgente.
Álex besó mi cuello, mi pecho y mi boca, pero continuó siguiéndome. Cada vez que mi cuerpo temblaba, preguntaba.
Cada vez que yo respondía, confiaba.
El placer creció hasta borrar la rabia, las sospechas y el nombre de Mateo.
Llegué al límite con las manos enterradas en el cabello de Álex y su boca pronunciando mi nombre contra mi piel.
Él me siguió poco después.
No apartó la mirada.
No fingió control.
Durante unos segundos vi al hombre que existía debajo de las decisiones, el apellido y la necesidad de anticiparse a cada amenaza.
Vulnerable.
Mío únicamente porque había querido serlo.
Apoyé la frente sobre la suya.
Permanecimos unidos, respirando.
—¿Estás bien? —pregunté.
Álex soltó una risa cansada.
—Ahora comprendo por qué haces esa pregunta tantas veces.
—No has respondido.
—Sí. Estoy bien.
—¿Algo que no te haya gustado?
—Que tardaras tanto en desatarme.
—Parecía gustarte.
—Una cosa no elimina la otra.
Sonreí.
Álex acarició mi espalda.
—No suelo hacer esto.
—¿Dejar que una mujer te ate?
—Ceder el control.
La respuesta confirmó lo que ya sospechaba.
—¿Por qué conmigo?
Tardó unos segundos en contestar.
—Porque sabía que no utilizarías mi vulnerabilidad contra mí.
La culpa me apretó el pecho.
Había ido a ver a Mateo sin decírselo.
Había ocultado el mensaje.
Y Álex acababa de ofrecerme precisamente aquello que más miedo le daba entregar.
Confianza.
Me aparté con cuidado y me senté en la cama.
—Tengo que contarte algo.
Álex recogió los pantalones.
Su teléfono comenzó a sonar sobre la mesilla.
Miró la pantalla.
—Tengo que responder.
—Puede esperar.
—Es el responsable de la auditoría.
Atendió antes de que pudiera detenerlo.
Me envolví en una sábana mientras escuchaba fragmentos de la conversación.
Accesos eliminados.
Documentos alterados.
Una cuenta externa.
La investigación sobre la gala.
Cuando terminó, la expresión de Álex había vuelto a cerrarse.
—¿Qué ocurre?
—Han localizado una modificación en los registros de seguridad.
—¿De mi agencia?
—Sí.
—Entonces ya puedes contarme algo.
—Necesito comprobarlo primero.
—Acabas de decir que confiabas en mí.
—Confío en ti.
—Pero no en mi capacidad para conocer la verdad.
—No mezcles las cosas.
—Están mezcladas desde el momento en que investigaste mi empresa en secreto.
Álex se vistió.
—No voy a darte información incompleta que pueda hacerte acusar a una persona equivocada.
—¿Quién?
—Claudia.
—Dime quién.
—Todavía no.
La distancia regresó con una rapidez dolorosa.
Todo lo que habíamos compartido unos minutos antes pareció cerrarse detrás de una puerta.
—Vete —dije.
Álex se quedó inmóvil.
—No quiero terminar la conversación así.
—Tienes una auditoría.
—Puedo hacerla desde aquí.
—Y yo necesito estar sola.
No discutió.
Recogió la camisa y se la abrochó.
Antes de salir, se detuvo junto a la cama.
—Lo de esta noche no cambia porque estemos discutiendo.
—Lo sé.
—¿De verdad?
—Sí.
Álex acarició mi mejilla.
Yo permití el contacto.
—Volveré en una hora.
—No es una orden, espero.
—Una advertencia.
La puerta se cerró.
Me quedé sentada en la cama, con el cuerpo todavía sensible y la culpa creciendo dentro del pecho.
Había estado a punto de confesarle la reunión con Mateo.
No lo había hecho.
Quizá porque todavía no sabía si la confianza de Álex era real o solo una forma más sofisticada de mantenerme cerca.
Me vestí y regresé al salón.
Mi bolso continuaba sobre la mesa.
Al abrirlo, encontré un sobre que no había visto antes.
No tenía sello ni nombre.
Solo una letra escrita a mano.
C.
Miré hacia la puerta.
Nadie había entrado en el ático desde mi regreso.
Al menos, nadie que yo hubiera visto.
Abrí el sobre.
Dentro había seis páginas impresas.
La primera llevaba el logotipo del Grupo Valdés.
PROYECTO MONTES: PROPUESTA DE INTEGRACIÓN Y ADQUISICIÓN.
Continué leyendo.
Valoración de activos.
Lista de clientes.
Deudas pendientes.
Riesgo de insolvencia.
Y una cláusula preliminar que permitía adquirir la agencia si su propietaria quedaba vinculada contractualmente al Grupo Valdés y después incumplía determinadas obligaciones de confidencialidad.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Al final del documento figuraba una autorización.
No era una firma.
Solo unas iniciales mecanografiadas.
A. V.
Álex Valdés.
Leí la fecha.
Dos semanas antes de la cancelación de la gala.
Mucho antes de que irrumpiera en su despacho.
Mucho antes de que me ofreciera dos millones de euros por convertirme en su esposa.
Mateo había insinuado que Álex quería quedarse con mi empresa.
Ahora tenía entre las manos un documento que parecía demostrarlo.
Y la pregunta ya no era si mi marido me había deseado antes de ofrecerme el contrato.
La pregunta era si todo —la cancelación, el matrimonio y cada mentira— había formado parte de un plan para quedarse conmigo.
Y con todo lo que era mío.