Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Pero la discusión había acelerado mi respiración. Álex estaba demasiado cerca, con la camisa abierta en el cuello y aquella tensión oscura en el rostro que siempre despertaba algo dentro de mí.

Él también lo sentía.

Su mirada descendió hasta mis labios.

—No intentes solucionar esto tocándome —advertí.

—No iba a hacerlo.

—Mientes.

—No me has dado permiso.

El recordatorio cambió la dirección de mi ira.

Álex podía querer controlarme fuera de la habitación. Podía organizar, proteger, ocultar y decidir hasta volverme loca.

Pero allí, delante de mí, seguía esperando.

No me tocaba sin permiso.

No cruzaba la distancia.

Y quizá por eso necesitaba demostrarle que yo podía decidir exactamente qué ocurría después.

Dejé el bolso sobre una mesa.

—Esta noche vas a obedecerme.

Los ojos de Álex se oscurecieron.

—¿Es eso lo que quieres?

—Sí.

—¿Porque estás enfadada?

—En parte.

—No utilizaré el sexo para evitar esta conversación.

—No te lo estoy pidiendo.

Me acerqué hasta que mi cuerpo rozó el suyo.

—Quiero recordar que existe un lugar donde no controlas nada que yo no te entregue.

La respiración de Álex cambió.

—Eso es distinto.

—¿Aceptas?

—Sí.

—Necesito oírlo con claridad.

La comisura de su boca se movió apenas. Reconocía sus propias palabras.

—Acepto que tú tengas el control.

—¿Color?

—Verde.

Tomé su mano.

Lo conduje hasta el dormitorio.

* * *

Había imaginado a Álex perdiendo el control muchas veces.

Lo había visto hacerlo contra una pared, bajo el agua y en el asiento trasero de un coche.

Pero aquello era distinto.

No quería romper su dominio.

Quería que me lo entregara voluntariamente.

Cerré la puerta del dormitorio.

Álex permaneció junto a la cama, esperando.

—Quítate la chaqueta.

Obedeció.

—La camisa.

Sus dedos se dirigieron hacia los botones.

—Despacio —añadí.

Álex levantó la mirada.

No protestó.

Abrió cada botón con una lentitud que convirtió el gesto en una provocación. Cuando terminó, dejó la camisa junto a la chaqueta.

Su torso quedó expuesto.

Lo observé sin disimulo.

—Los pantalones también.

—Claudia.

—¿Algún problema?

—Ninguno.

Se desvistió.

Yo permanecí completamente vestida.

La diferencia aumentaba la sensación de control. Álex estaba frente a mí, vulnerable de una manera que no tenía nada que ver con la desnudez. Había aceptado esperar mis instrucciones.

Me senté en el borde de la cama.

—Acércate.

Lo hizo.

Coloqué las manos sobre su cintura y dejé que mis dedos recorrieran su piel. Álex no intentó tocarme.

—¿Quieres hacerlo? —pregunté.

—Sí.

—Todavía no.

Su mandíbula se tensó.

Acaricié su abdomen, su pecho, la línea de sus hombros. Me detuve en las marcas tenues que mis uñas habían dejado días atrás.

—Esto es mío —murmuré.

Los ojos de Álex se fijaron en mí.

—Solo si yo lo elijo —añadí.

—Lo sé.

—Quiero estar segura.

—Lo sé.

Me levanté.

Rodeé su cuerpo y quedé detrás de él.

—Las manos sobre la nuca.

Álex obedeció.

El gesto dejó su cuerpo completamente a mi disposición.

Deslicé las manos por su espalda y besé lentamente uno de sus hombros. Lo sentí contener la respiración.

—No esperaba que te gustara obedecer —dije.

—No me gusta.

—No parece eso.

—Me gusta obedecerte a ti.

La respuesta provocó una oleada de calor en mi cuerpo.

—No intentes seducirme con frases.

—No necesito intentarlo.

Le di una palmada suave en el costado.

Álex soltó una risa breve.

—He dicho que no hables.

Guardó silencio.

Regresé frente a él.

Me quité los zapatos sin prisa. Después abrí la cremallera del vestido y dejé que resbalara hasta el suelo.

Álex me observó.

No con la seguridad del hombre que sabía lo que iba a ocurrir.

Con hambre.

Con espera.

Solo llevaba ropa interior negra.

Tomé su corbata de la silla y la sostuve entre los dedos.

—Si te ato, ¿vas a obedecer?

—Sí.

—¿Incluso si te resulta difícil?

—Especialmente entonces.

Le indiqué que se sentara en una silla junto a la cama. Até sus muñecas delante de él, dejando suficiente espacio para que pudiera soltarse si realmente lo necesitaba.

Comprobé el nudo.

—¿Bien?

—Sí.

—Color.

—Verde.

Me coloqué a horcajadas sobre sus piernas.

Álex exhaló despacio.

Sus manos atadas descansaron sobre mi espalda, pero las aparté.

—No te he dado permiso.

—Cierto.

Las dejó sobre sus propios muslos.

Aquella obediencia me excitó más de lo que habría imaginado.

Lo besé.

Primero despacio.

Después más profundamente.

Cada vez que Álex intentaba seguirme, me apartaba. Cada vez que sus manos se movían, detenía el beso hasta que volvía a colocarlas donde yo había indicado.

—Esto es una tortura —murmuró.

—Amarillo si quieres que reduzca la intensidad.

—Verde.

—Entonces no te quejes.

Besé su cuello.

Sentí su pulso acelerado bajo mis labios.

Mis manos recorrieron su pecho mientras mi cuerpo se movía lentamente sobre él, lo suficiente para provocarlo, no para darle lo que quería.

Álex cerró los ojos.

—Mírame.

Los abrió.

—Quiero que entiendas algo —dije.

—Te escucho.

—Cuando te entrego el control no significa que seas más fuerte que yo.

—Nunca he pensado eso.

—Y cuando lo recupero, tampoco significa que quiera castigarte.

—¿Qué significa?

Acerqué la boca a la suya.

—Que confío en que vas a darme exactamente lo que necesito.

Algo se quebró en su mirada.

No deseo.

Algo más profundo.

—Claudia…

—Todavía no puedes tocarme.

—No iba a hacerlo.

—Mentirosa.

La palabra lo hizo sonreír.

Lo besé para borrarla.

Deslicé las manos por su cuerpo, aprendiendo dónde desaparecía su respiración, qué caricia le hacía tensar los músculos y qué movimiento conseguía que la calma abandonara su rostro.

Álex me había observado tantas veces mientras yo perdía el control.

Ahora era mi turno.

—Pídeme que continúe —dije.

—Continúa.

—Eso no ha sonado como una petición.

Sus ojos ardieron.

—Por favor, continúa.

La palabra tuvo un efecto inmediato en mí.

Aumenté el ritmo de mis caricias, aunque continué negándole lo que buscaba. Álex tiró una vez de la corbata.

El nudo resistió.

—Color.

—Verde.

—¿Seguro?

—Completamente.

Me levanté de sus piernas.

La frustración cruzó su expresión.

Me quité lentamente el resto de la ropa.

Álex me observó como si cada centímetro de piel que quedaba expuesto fuera una nueva prueba de resistencia.

Me coloqué frente a él.

—No puedes tocarme.

—Lo sé.

—Pero puedes decirme lo que quieres hacer.

Su respiración se volvió más profunda.

—Eso puede convertirse en una lista larga.

—Empieza.

Álex describió lo que deseaba con aquella voz baja que siempre convertía las palabras en algo físico.

No necesitó ser vulgar.

La forma en que me miraba mientras hablaba resultaba mucho más intensa que cualquier detalle.

Me acerqué hasta que sus rodillas quedaron entre mis piernas.

—¿Y qué quieres que haga yo?

—Que te sientes sobre mí.

—¿Así?

Me acomodé lentamente sobre su cuerpo.

Álex cerró los ojos.

—Mírame —repetí.

Lo hizo.

La sensación de tenerlo bajo mí, de decidir la velocidad y observar cada grieta en su control, me hizo comprender por qué disfrutaba tanto llevándome hasta el límite.

Marqué un ritmo lento.

Álex permaneció atado, dejándome dirigir cada movimiento.

—¿Bien? —pregunté.

—Sí.

—¿Color?

—Verde.

Aumenté la intensidad.

El placer comenzó a crecer dentro de mí, pero me obligué a mantener la mirada. Quería verlo. Quería que él supiera que nada de aquello estaba ocurriendo por obligación, miedo o deuda.

Yo lo elegía.

Álex también.

Cuando intentó levantar las manos, negué con la cabeza.

—Todavía no.

—Claudia.

—Pídelo.

—Déjame tocarte.

—¿Por qué?

—Porque necesito sentirte.

La palabra necesito me atravesó.

Deshice el nudo.