CAPÍTULO 12
MI TURNO
A las diez y cincuenta y ocho de la mañana estaba sentada en la terraza de un restaurante al que no habría podido permitirme entrar antes de casarme con Álex.
Eso no significaba que hubiera aceptado la propuesta de Mateo.
Solo había acudido para escucharlo.
Me repetí aquella frase por cuarta vez mientras removía un café que no pensaba beber. Había elegido una mesa apartada, cerca de la salida y lo bastante visible para evitar que Mateo intentara cualquier estupidez.
No había informado a Álex.
Esa parte me resultaba más difícil de justificar.
Después de nuestra conversación sobre confianza, debería haberle enseñado el mensaje. Podría haber exigido acompañarme, enviar a seguridad o impedir la reunión.
Precisamente por eso no se lo había contado.
Necesitaba descubrir qué sabía Mateo sin que la presencia de Álex transformara la conversación en una competición entre dos hombres acostumbrados a convertir cualquier conflicto en una guerra.
También necesitaba demostrarme que podía tomar mis propias decisiones.
Aunque estuviera empezando a sospechar que la decisión correcta habría sido no acudir.
Mateo apareció a las once en punto.
No llegó rodeado de asistentes ni guardaespaldas. Vestía pantalones oscuros, camisa clara y una sonrisa relajada que no alcanzaba sus ojos.
Se sentó frente a mí sin pedir permiso.
—Sabía que vendrías.
—Los hombres de tu familia tenéis una confianza excesiva en vuestras predicciones.
—Álex y yo no nos parecemos.
—Os parecéis más de lo que ambos queréis reconocer.
La sonrisa se tensó.
—¿Ya lo defiendes?
—No he venido a hablar de él.
—Has venido precisamente por él.
Un camarero se acercó. Mateo pidió café. Yo aparté el mío.
—Cinco millones —dije—. Explícamelo.
Mateo apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Dejas a Álex antes de la votación y recibes cinco millones de euros.
—¿Por qué vale tanto mi ausencia?
—Porque el consejo necesita estabilidad. Si su esposa lo abandona pocas semanas después de la boda, quedará claro que el matrimonio fue una maniobra desesperada.
—Eso ya lo sabes.
—Yo sí. Los accionistas necesitan pruebas.
—¿Y quieres que me convierta en una?
—Quiero darte una salida.
Solté una risa breve.
—Me fotografías mientras duermo, intentas utilizar a Hugo para desacreditarme y después llamas salida a comprarme por el doble de lo que pagó tu hermano.
Mateo no pareció sorprendido.
—Hugo actuó por iniciativa propia.
—Mientes peor que Álex.
—No he dicho que nunca hablara con él.
—¿Le pagaste?
—Le ofrecimos compensar su tiempo.
—Eso es pagarle.
El camarero sirvió el café. Esperé a que se alejara.
—¿Quién tomó la fotografía de Marbella?
—Ya te dije que la recibí de otra persona.
—Y yo te dije que mentías.
Mateo bebió tranquilamente.
—La fotografía no te perjudica.
—Entrasteis en nuestra intimidad.
—Una intimidad bastante convincente para tratarse de un contrato.
El comentario despertó una incomodidad que no quise mostrar.
—No sabes nada de mi matrimonio.
—Sé que empezó con una transferencia de dos millones.
—Y ahora pretendes comprar su final por cinco.
—La diferencia es que yo no te pediré que compartas mi cama.
Mi cuerpo se tensó.
—Álex nunca me pidió eso.
—No necesitaba pedirlo.
—Cuidado.
Mateo sonrió.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La mujer que cree que lo ha elegido libremente porque él tuvo la inteligencia de no incluir el sexo en el contrato.
—No hables de cosas que no comprendes.
—Comprendo a mi hermano mejor que tú.
—Eso no parece un gran logro.
Se inclinó hacia mí.
—Álex no hace nada sin calcularlo. Nada. Si te dio libertad para tocarlo, rechazarlo o marcharte, fue porque sabía que acabarías creyendo que cada paso había sido decisión tuya.
Sus palabras encontraron una inseguridad que ya existía.
Por eso dolieron.
—No puedes ofrecerme cinco millones y después fingir que te preocupa mi libertad.
—No me preocupa. Pero puedo reconocer que Álex convierte el control en algo que parece protección.
—Y tú lo conviertes en amenazas.
—Al menos yo no lo disfrazo de amor.
Sentí el golpe de la palabra.
—Nuestro acuerdo no tiene nada que ver con el amor.
—Claro.
La incredulidad de su tono me irritó.
—Háblame de la gala.
Mateo se recostó.
—Pregúntale a tu marido.
—Ya lo hice.
—Y se negó.
—Por eso estoy aquí.
Su sonrisa apareció lentamente.
—Entonces mi oferta ya empieza a funcionar.
—No voy a aceptar el dinero.
—Todavía no.
—Nunca.
—Eso mismo debiste decir cuando Álex te ofreció dos millones.
Apreté la mandíbula.
Mateo sacó una carpeta fina y la colocó sobre la mesa, aunque mantuvo una mano encima.
—Tu agencia estaba siendo investigada antes de que la gala se cancelara.
—Álex ya lo ha admitido.
—¿También admitió que su equipo solicitó valoraciones para adquirirla?
El ruido de la terraza pareció alejarse.
—Eso no es cierto.
—El Grupo Valdés consideró absorber tu empresa dentro del departamento de eventos.
—Mi contrato matrimonial garantiza que la agencia seguirá siendo independiente.
—Tu contrato actual.
Mateo dio unos golpecitos sobre la carpeta.
—Pero hubo documentos anteriores.
—Enséñamelos.
—Acepta mi propuesta.
—No.
—Entonces pregúntale a Álex por el Proyecto M.
La inicial me produjo una sensación desagradable.
—¿Qué significa?
—Montes.
—Estás inventándolo.
—Puede ser.
Retiró la mano de la carpeta.
—O quizá tu marido llevaba meses estudiando tu empresa porque deseaba algo más que una fotografía tuya.
Intenté abrirla.
Mateo la apartó.
—Cinco millones. Dejas el ático, anuncias la separación y declaras que te engañó sobre el verdadero contenido del acuerdo.
—Eso último sería mentira.
—Solo si conoces todo el contenido.
Me levanté.
—No vuelvas a contactar conmigo.
—Claudia.
—Ni a fotografiarme, ni a enviar personas a mi agencia, ni a utilizar a Hugo.
—No has respondido a la oferta.
—Sí lo he hecho.
Cogí mi bolso.
—Prefiero permanecer casada con un hombre que intenta controlar el mundo a venderme a otro que disfruta destruyéndolo.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Aquello sí le había dolido.
Me alejé de la mesa.
—Pregúntale por el Proyecto M —dijo a mi espalda—. Después podremos hablar de cuánto vale realmente tu libertad.
No me detuve.
Pero guardé aquellas palabras conmigo.
* * *
Álex estaba en el ático cuando regresé.
Lo descubrí antes de verlo por la chaqueta abandonada sobre una silla y la voz que llegaba desde el despacho. Hablaba con alguien sobre la junta, las acciones y una auditoría interna.
Me dirigí hacia mi habitación.
No había cometido ningún delito.
Tampoco le debía explicaciones sobre cada lugar al que acudía.
Aun así, sentía el mensaje de Mateo escondido dentro del bolso como si fuera algo vivo.
—¿Dónde estabas?
Me detuve.
Álex permanecía al final del pasillo.
Se había quitado la corbata y llevaba las mangas dobladas. Su mirada descendió brevemente hacia mi bolso.
—En una reunión.
—¿Con quién?
—Trabajo con muchas personas.
—Samuel me ha informado de que no has ido a la agencia.
Me volví despacio.
—¿Samuel controla mis movimientos?
—El conductor informó de que rechazaste el coche.
—Eso no responde a mi pregunta.
Álex se acercó.
—No he pedido que te vigilen.
—Pero sabes que no fui a la agencia.
—Porque desapareciste durante dos horas después de recibir un mensaje que no quisiste enseñarme.
—No desaparecí. Salí.
—¿Con Mateo?
Mi silencio fue suficiente.
La expresión de Álex se endureció.
—Fuiste a verlo sola.
—Sí.
—Después de lo que hizo en Marbella.
—Nos reunimos en un restaurante público.
—Podría haberte seguido.
—¿Y hacer qué? ¿Fotografiarme tomando café?
—No sabes de qué es capaz.
—Tú tampoco me lo explicas.
Álex se detuvo delante de mí.
—¿Qué quería?
—Que te abandonara antes de la votación.
—¿A cambio de cuánto?
La precisión de la pregunta me hizo fruncir el ceño.
—¿Por qué supones que ofreció dinero?
—Porque Mateo cree que todo puede comprarse.
—Cinco millones.
Un músculo se tensó en su mandíbula.
—¿Y qué respondiste?
La pregunta me ofendió más de lo que debía.
—¿De verdad necesitas preguntarlo?
—Quiero oírtelo decir.
—Lo rechacé.
Álex soltó lentamente el aire.
—Deberías habérmelo contado.
—Probablemente.
—No deberías haber ido sola.
—Eso no lo decides tú.
—Te expusiste a un riesgo innecesario.
—Estábamos rodeados de personas.
—Mateo no necesita hacerte daño físicamente para conseguir lo que quiere.
—Lo sé.
—No lo parece.
La frase encendió mi ira.
—He ido precisamente porque tú continúas ocultándome información.
—No te oculto nada que pueda contarte.
—Eso no significa nada.
—Significa que hay una investigación abierta.
—Mateo dice que estudiaste comprar mi agencia antes de cancelar la gala.
Álex se quedó inmóvil.
La reacción fue mínima.
Suficiente.
—Proyecto M —añadí—. ¿Te resulta familiar?
Su silencio respondió.
—Existe.
—Claudia…
—¿Qué es?
Álex pasó una mano por su rostro.
—Una valoración preliminar.
—¿Para adquirir mi empresa?
—Para considerar una colaboración.
—No juegues con las palabras.
—El Grupo Valdés estaba reorganizando el departamento de eventos. Varias agencias fueron estudiadas.
—Incluida la mía.
—Sí.
—¿Antes de que me propusieras el matrimonio?
—Sí.
El estómago se me cerró.
—¿Pensabas quedarte con ella?
—No.
—Pero pediste una valoración.
—Mi equipo lo hizo.
—Tu equipo no actúa sin que tú lo sepas.
—No había ninguna oferta ni proceso de adquisición.
—Solo una investigación secreta.
—Que no tenía relación con el matrimonio.
—Todo tiene relación contigo.
Retrocedí un paso.
—Me observaste durante meses. Estudiaste mi empresa. Investigaste mis deudas. Después cancelaste la gala y me ofreciste suficiente dinero para que no pudiera rechazar el acuerdo.
—La cancelación no fue parte de ningún plan.
—Entonces cuéntame por qué ocurrió.
—No puedo.
—No quieres.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Álex se acercó.
—No me compares con Mateo.
—Entonces deja de darme motivos para hacerlo.
La frase lo detuvo.
Nos miramos con la rabia, el deseo y todas las cosas no dichas ocupando el espacio entre nuestros cuerpos.
Era absurdo que continuara deseándolo.
Precisamente en aquel momento.