Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

La mirada de Álex siguió el movimiento.

Después el segundo.

El tercero.

Su respiración se hizo más profunda.

—¿Color? —pregunté.

La sorpresa apareció en sus ojos.

—Verde.

Dejé que la blusa resbalara por mis hombros.

Debajo llevaba un sujetador negro sencillo, pero la forma en que Álex lo miró lo convirtió en algo mucho más provocador.

Me acerqué.

Coloqué una rodilla a cada lado de sus piernas y me senté sobre él sin permitir que sus manos abandonaran sus muslos.

Su cuerpo reaccionó inmediatamente bajo el mío.

—No te muevas —dije.

Álex me sostuvo la mirada.

—Eso ha sonado como una orden.

—Lo era.

Apoyé las manos sobre sus hombros y acerqué la boca a la suya.

No lo besé.

Solo rocé sus labios lo suficiente para sentir cómo intentaba seguirme.

Me aparté.

—Impaciente.

—Me estás provocando.

—Sí.

—Pensaba que eso era precisamente lo que criticabas.

—Critico que confundas deseo con autoridad. Ahora mismo la autoridad es mía.

Algo parecido a una sonrisa apareció en sus ojos.

—Entendido.

Lo besé.

Despacio.

Sin permitir que profundizara el contacto hasta que yo lo decidí.

Álex mantuvo las manos inmóviles, aunque podía sentir la tensión de sus músculos bajo mi cuerpo. Cada segundo de obediencia aumentaba mi deseo.

Besé su mandíbula.

Después su cuello.

Deslicé los dedos por el pecho bajo la camisa.

—Claudia.

—No te he dado permiso para hablar.

La respuesta produjo un destello oscuro en su mirada.

Seguí explorándolo, disfrutando de cada grieta en su control. La respiración más rápida. La forma en que cerraba los dedos sobre sus propios muslos para evitar tocarme. El movimiento involuntario de sus caderas cuando me acercaba.

—¿Quieres poner las manos sobre mí? —pregunté.

—Sí.

—Pídelo.

Álex cerró los ojos un instante.

—Déjame tocarte.

—¿Dónde?

Su mirada descendió hasta mi cuerpo.

—En todas partes.

El deseo me recorrió.

Aun así, negué con la cabeza.

—Demasiado impreciso.

Una risa breve, tensa, escapó de su garganta.

—Estás disfrutando demasiado.

—No te he preguntado eso.

—Quiero tocar tu cintura.

—¿Solo mi cintura?

—Para empezar.

Tomé sus manos y las coloqué sobre mí.

Álex no apretó los dedos hasta que asentí.

Entonces su control regresó de una forma distinta.

No impuesto.

Concedido.

Me sostuvo mientras yo marcaba el ritmo, me besó cuando acerqué la boca y se detuvo cada vez que yo reducía el movimiento.

No hubo lucha por dominar.

Solo una negociación silenciosa de confianza.

Cuando la intensidad creció, Álex apoyó la frente contra la mía.

—¿Puedo cambiarte de posición?

—Pídelo mejor.

Su mirada ardió.

—Quiero tumbarte y hacer que olvides que alguna vez has creído que no sé obedecer.

Sonreí.

—Eso ha estado mejor.

Le permití levantarse conmigo en brazos.

Me llevó hasta el dormitorio sin romper las reglas que yo había marcado. Esperó mis palabras, mis gestos y mis decisiones.

Y cuando finalmente le devolví parte del control, lo hizo sin apropiarse de nada que yo no le hubiera ofrecido.

Después permanecimos tendidos sobre la cama.

Mi cabeza descansaba sobre su pecho. Sus dedos trazaban círculos lentos en mi espalda.

—¿Sigues creyendo que quiero poseerte? —preguntó.

—Creo que una parte de ti lo quiere.

—¿Y eso te molesta?

Pensé la respuesta.

—Me molesta cuando olvidas que yo debo elegirlo.

Álex besó mi cabello.

—No volveré a olvidarlo.

—No hagas promesas imposibles.

—Entonces recuérdamelo.

Levanté la cabeza.

—Lo haré.

—Lo sé.

Mi teléfono vibró en el salón.

Lo ignoré.

Volvió a hacerlo.

—Debe de ser Vera —dije.

—Si fueran solo mensajes de Vera, llegarían quince seguidos.

Me levanté, recogí la camisa del suelo y fui a buscarlo.

Había un mensaje de un número desconocido.

Por un instante pensé en otra fotografía.

No había ninguna imagen.

Solo una dirección y una frase.

Mañana, a las once. Ven sola si quieres conocer la verdad sobre tu marido.

Debajo aparecía el nombre de Mateo.

Estaba a punto de bloquear el número cuando llegó otro mensaje.

También tengo una propuesta para ti. Cinco millones de euros para que abandones a Álex antes de la votación.

Leí la cifra dos veces.

Álex apareció en la puerta del dormitorio, con los pantalones puestos y el pecho todavía desnudo.

—¿Qué ocurre?

Bloqueé la pantalla.

—Nada.

La mentira salió demasiado rápido.

Sus ojos se estrecharon.

—Se te ha arrugado la nariz.

Apreté el teléfono entre los dedos.

Acabábamos de hablar sobre confianza, control y la necesidad de no decidir por el otro.

Podía enseñarle el mensaje.

Debía hacerlo.

Pero Mateo sabía algo sobre la cancelación de la gala.

Y Álex seguía negándose a contármelo.

—Es Vera —dije—. Quiere saber cómo fue la entrevista.

Álex me observó durante varios segundos.

No pareció creerme.

Aun así, asintió.

—De acuerdo.

Regresó al dormitorio.

Yo me quedé en el salón, con la oferta de Mateo todavía iluminando la pantalla.

Cinco millones de euros.

El doble de lo que Álex había pagado por convertirme en su esposa.

Mateo creía que podía comprarme para que dejara de serlo.

Y yo acababa de descubrir que, aunque no pensaba aceptar su dinero, sí quería escuchar lo que tenía que contarme.