CAPÍTULO 11 #2
—¿Ves? —dijo su hermano—. Siempre ese tono. Como si pudiera prohibir que las personas descubrieran lo que él ha hecho.
—¿Qué ha hecho? —pregunté.
Mateo sonrió.
—Eso deberías preguntárselo a tu marido.
—Ya lo he hecho.
—¿Y te ha respondido?
No necesitaba contestar.
Mi silencio fue suficiente.
Mateo se acercó otro paso y apoyó una mano sobre mi espalda.
—Quizá deberíamos hablar a solas.
Álex atrapó su muñeca.
Todo ocurrió con tanta rapidez que apenas vi el movimiento.
—No vuelvas a tocarla.
La voz de Álex fue baja.
Peligrosa.
Mateo no parecía asustado.
—¿O qué?
—No quieres descubrirlo.
—Álex.
Pronuncié su nombre con firmeza.
Sus ojos se dirigieron hacia mí.
—Suéltalo.
—Te ha tocado.
—Y yo puedo apartarme.
El conflicto atravesó su rostro.
Finalmente liberó la muñeca de Mateo.
Yo di un paso lateral, aumentando la distancia entre nosotros.
—No vuelvas a ponerme una mano encima —dije a Mateo.
—Por supuesto.
Se frotó la muñeca.
—Siempre que tu marido me lo permita.
—No necesito su permiso.
—Eso todavía está por ver.
Álex avanzó.
Me interpuse.
—No.
—Claudia.
—He dicho que no.
Por un instante creí que ignoraría mi petición.
Después retrocedió.
Mateo nos observó con una satisfacción que me revolvió el estómago.
—Esto ha sido muy educativo.
—Vete —ordenó Álex.
—Aún no he terminado.
—Sí.
Mateo sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y la dejó sobre la mesa.
—Llámame cuando quieras saber por qué se canceló realmente tu gala.
Miró a Álex por última vez.
—O cuando te canses de que otra persona decida qué puedes saber.
Se marchó.
La puerta se cerró tras él.
El silencio que quedó fue peor que su presencia.
* * *
Álex recogió la tarjeta.
La rompió por la mitad.
—Eso no era tuyo —dije.
—No vas a llamarlo.
—Acabas de decidir otra cosa por mí.
—Está intentando manipularte.
—Lo sé.
—Entonces no necesitas su número.
—Necesito que dejes de actuar como si no pudiera reconocer una amenaza sin tu ayuda.
Álex dejó los trozos sobre la mesa.
—Te ha tocado para provocarme.
—Y lo consiguió.
—No iba a permitirlo.
—No necesito que permitas o impidas que alguien me toque. Necesito que escuches cuando te pido que te detengas.
—Lo hice.
—Después de apretar su muñeca como si fueras a rompérsela.
—No lo hice.
—Ese no es el punto.
Me alejé unos pasos, intentando controlar la mezcla de emociones que me ardía bajo la piel.
Parte de mí había disfrutado de su reacción.
De la furia.
De la manera en que su cuerpo se había colocado instintivamente entre Mateo y yo.
Eso no significaba que fuera aceptable.
—En la intimidad puedo disfrutar de que seas posesivo —dije—. Puedo pedirte que tomes el control, obedecer ciertas órdenes o dejar que decidas el ritmo.
La respiración de Álex cambió.
—Pero eso no sale de la habitación. No significa que puedas dirigir mi vida ni decidir quién se acerca a mí.
—Nunca he dicho que significara eso.
—Tu comportamiento sí.
—No eres de mi propiedad.
—Entonces deja de tratarme como si lo fuera.
Álex permaneció inmóvil.
Su expresión era indescifrable, pero sus hombros habían perdido parte de la tensión.
—Tienes razón —dijo.
La respuesta me sorprendió.
Había esperado una discusión.
—¿Así de fácil?
—No ha sido fácil.
—No lo parece.
—Quería echar a Mateo del ático antes de que entrara.
—Eso quizá habría sido lo más sensato.
—También quería impedir que te hablara, que te tocara y que te mostrara cualquier cosa que pudiera utilizar para separarte de mí.
La última frase se instaló entre nosotros.
Separarme de él.
No del contrato.
No de la estrategia.
De él.
—No puedes evitarlo controlándome —dije más suavemente.
—Lo sé.
—¿De verdad?
Álex respiró profundamente.
—Sé que cuando te digo lo que puedes hacer, lo único que consigo es que quieras demostrarme que no puedes ser controlada.
—Porque no puedo.
—Precisamente.
Dio un paso hacia mí.
—Necesito aprender la diferencia entre protegerte y encerrarte.
—Sí.
—Y tú necesitas decirme cuándo cruzo la línea antes de que la discusión termine con una lámpara rota.
—Solo he lanzado una toalla.
—Por ahora.
Una sonrisa involuntaria amenazó con aparecer.
La contuve.
—No intentes distraerme.
—No lo hago.
Álex se acercó un poco más.
—Estoy escuchando.
Aquellas palabras resultaban más íntimas que cualquier caricia.
No porque las dijera.
Porque estaba intentando cumplirlas.
—Hay otra cosa —dije.
—Dime.
—Cuando Mateo te provocó, parecías dispuesto a demostrar que yo era tuya.
La mirada de Álex se volvió más oscura.
—No necesito demostrarlo.
—Eso tampoco es una respuesta adecuada.
—No.
Se detuvo delante de mí.
—¿Qué quieres que diga?
—Que entiendes que solo soy tuya cuando yo decido serlo.
El silencio duró varios segundos.
Álex levantó una mano, pero se detuvo antes de tocarme.
—Solo eres mía cuando tú quieres —dijo.
—Bien.
—¿Y ahora?
La pregunta llegó cargada de todo lo que había quedado sin resolver.
Miré su mano suspendida entre nosotros.
La furia no había desaparecido.
Tampoco el deseo.
Quizá precisamente porque acabábamos de establecer un límite, necesitaba comprobar que realmente podía elegir.
Tomé su muñeca.
—Ahora no vas a tocarme hasta que yo te lo permita.
Los ojos de Álex se fijaron en los míos.
—De acuerdo.
Lo conduje hasta el sofá.
—Siéntate.
Obedeció.
No sonrió.
No intentó convertirlo en una broma.
Se sentó con las piernas ligeramente separadas y las manos apoyadas sobre los muslos, esperando.
Aquella imagen hizo que mi cuerpo reaccionara de inmediato.
Álex Valdés, el hombre que necesitaba controlar cada habitación, estaba cediéndome el espacio sin resistencia.
Me coloqué frente a él.
—No puedes tocarme.
—Lo has dicho.
—Aunque quieras.
—Entendido.
—Y no me des órdenes.
Su mandíbula se tensó.
—Eso será más difícil.
—Ese es el punto.
Desabroché lentamente el primer botón de mi blusa.