CAPÍTULO 11
NO SOY DE TU PROPIEDAD
Álex miró la fotografía como si esperara que desapareciera de mis manos.
No lo hizo.
Yo seguía allí, ocho meses más joven, ajena a la existencia de aquel despacho, aquel contrato y el hombre que ahora permanecía frente a mí sin una respuesta preparada.
—Estoy esperando —dije.
Álex cerró la carpeta que había estado revisando.
—Te vi en aquel evento.
—Eso resulta evidente.
—Estabas organizando la presentación de la nueva colección de Santoro.
—También sé dónde estaba.
—Entonces ¿qué quieres que te explique?
Levanté la fotografía.
—Por qué me hiciste seguir.
Su mandíbula se tensó.
—No hice que te siguieran.
—Esta imagen no salió en prensa. No estaba en las fotografías oficiales y yo no conocía a nadie de tu equipo. Alguien la tomó para ti.
Álex rodeó lentamente la mesa.
No retrocedí.
—La pidió mi abuelo —dijo.
La respuesta me desconcertó.
—¿Tu abuelo?
—Estaba valorando contratar tu agencia para uno de los aniversarios del grupo. Quería saber quién dirigía realmente los eventos.
—Tu abuelo murió hace dos años.
El silencio confirmó lo que ya sabía.
—Vuelve a intentarlo.
Álex pasó una mano por su cabello.
Aquel gesto, tan impropio de él, reveló más que cualquier palabra.
—La pedí yo.
—¿Por qué?
—Porque quería saber quién eras.
—Podrías haber preguntado mi nombre.
—Lo hice.
—¿Y después?
—Solicité información sobre tu agencia.
Sentí un frío lento bajo la piel.
—¿Ocho meses antes de cancelar la gala?
—Sí.
—¿Investigaste mis cuentas entonces?
—No.
—¿Mis relaciones?
—No.
—¿Mis deudas?
—Eso fue después.
—Qué tranquilizador.
Dejé la fotografía sobre la mesa, como si el papel pudiera quemarme.
—¿Por qué querías saber quién era?
Álex me observó durante varios segundos.
—Me llamaste cobarde.
Recordé aquella noche.
Había organizado una presentación para una firma italiana en uno de sus hoteles. Un inversor importante había humillado a una camarera joven después de que ella derramara accidentalmente unas gotas de vino sobre su chaqueta.
Álex estaba a pocos metros.
No intervino.
Yo sí.
Primero defendí a la camarera. Después, cuando descubrí quién era él, me acerqué y le pregunté qué clase de hombre permitía que trataran así a sus empleados para no molestar a un cliente.
No había sabido su apellido.
Ni que era propietario del hotel.
Solo recordaba a un hombre alto, de traje oscuro y mirada glacial, que me había escuchado llamarlo cobarde sin decir una palabra.
—Eras tú —murmuré.
—Sí.
—Creí que eras uno de los directores.
—Lo era.
—No sabía quién eras.
—Eso fue lo que me interesó.
—¿Que te insultara?
—Que lo hicieras sin saber si podía perjudicarte.
—Quizá solo fui imprudente.
—Lo fuiste.
—Gracias.
—Y tenías razón.
La confesión me dejó quieta.
Álex apoyó las manos sobre el borde de la mesa.
—Despedí al inversor del consejo asesor a la mañana siguiente. También revisé el protocolo de protección a empleados.
—Nunca lo supe.
—No lo hice para que lo supieras.
—Pero conservaste mi fotografía.
—Sí.
—¿Durante ocho meses?
—Sí.
La respuesta no contenía vergüenza.
Tampoco una explicación suficiente.
—¿Pensabas en mí?
Sus ojos se fijaron en los míos.
—A veces.
—¿Cuántas veces es «a veces»?
—Las suficientes para reconocer tu nombre cuando presentaron tu agencia para la gala.
Un calor incómodo apareció en mi pecho.
Álex ya me conocía antes de que yo irrumpiera en su despacho.
Había guardado una fotografía.
Había pensado en mí.
Y aun así fingió que solo me había elegido porque era una desconocida desesperada y conveniente.
—Me utilizaste —dije.
—No.
—Me investigaste, descubriste que estaba al borde de la quiebra y entonces me ofreciste un matrimonio.
—Necesitaba una esposa.
—Y elegiste a una mujer que ya deseabas.
La palabra quedó suspendida entre nosotros.
Álex no intentó negarlo.
—Sí.
Mi respiración cambió.
—¿Desde aquella noche?
—Desde antes de que terminaras de llamarme cobarde.
—Eso es absurdo.
—No he dicho que fuera razonable.
—¿Por eso cancelaste la gala?
La pregunta cortó la tensión.
Álex se apartó de la mesa.
—No.
—Todavía no me has contado la verdadera razón.
—Hubo una filtración.
—Te escuché decir que yo no podía descubrir por qué la cancelaste realmente.
Su expresión se endureció.
—¿Cuándo?
—La primera noche en el ático. Hablabas por teléfono en el despacho.
—Estabas escuchando.
—La puerta estaba abierta.
—Eso no responde.
—No estaba espiándote. Iba a cenar y escuché mi nombre.
Álex caminó hacia los ventanales.
—No podía contártelo entonces.
—¿Y ahora?
—Todavía no.
Solté una risa sin humor.
—Me das la llave de tu despacho privado, pero sigues ocultando lo único que necesito saber.
—La investigación afecta a personas de tu equipo.
—¿Estás acusando a alguien de mi agencia?
—Estoy diciendo que no puedo descartar ninguna posibilidad.
—Yo sí.
—Porque confías en ellos.
—Porque los conozco.
—Conocer a alguien no impide que te traicione.
La dureza de su voz no tenía nada que ver con mi empresa.
Mateo.
Su padre.
La historia de su madre.
Álex no desconfiaba porque tuviera pruebas.
Desconfiaba porque la traición era el único resultado que esperaba de cualquier relación.
—No soy como las personas que te hicieron daño —dije.
Se volvió.
—Nunca he dicho que lo seas.
—Pero te comportas como si estuvieras esperando que lo demuestre.
Los ojos de Álex se oscurecieron.
—Y tú te comportas como si cada secreto fuera una prueba de que quiero utilizarte.
—¿Qué debería pensar?
—Que intento proteger una investigación.
—¿De mí?
—También por ti.
—No necesito que decidas qué verdad puedo soportar.
—No se trata de eso.
—Siempre se trata de eso contigo. Controlas la información, los horarios, la seguridad y hasta la temperatura de una habitación porque crees que, si lo organizas todo, nadie podrá sorprenderte.
Álex permaneció en silencio.
Di un paso hacia él.
—Pero no puedes pedirme que confíe mientras decides qué partes de la verdad merezco conocer.
—No te lo estoy pidiendo.
—No. Solo me das una llave para que parezca que has abierto una puerta mientras mantienes cerrada la que importa.
La frase lo golpeó.
Lo vi.
Antes de que pudiera responder, sonó el timbre del ático.
Álex consultó su reloj.
—No espero a nadie.
Su teléfono vibró casi al mismo tiempo.
Leyó el mensaje.
La tensión regresó a su rostro.
—Mateo está abajo.
—¿Aquí?
—Seguridad no le permitirá subir sin autorización.
—Entonces no se la des.
Álex miró hacia la puerta del despacho.
—Si ha venido personalmente, quiere algo.
—¿Y piensas recibirlo?
—Prefiero saber qué es.
—No confías en nadie, pero invitas al hombre que nos fotografió mientras dormíamos.
—Precisamente porque no confío en él.
Salió del despacho.
Lo seguí.
—No quiero verlo.
Álex se detuvo en el pasillo.
—Puedes quedarte en tu habitación.
—Eso no es lo que he dicho.
—Entonces dime qué quieres.
Pensé en Mateo sonriendo en la gala, tocándome la espalda para provocar a su hermano.
En la fotografía.
En el mensaje.
No quería esconderme de él.
—Quiero estar presente.
Álex asintió.
—Bien.
—Y no hables por mí.
Su mirada se endureció apenas.
—Lo intentaré.
—No. Hazlo.
—De acuerdo.
No parecía gustarle.
Eso no significaba que no fuera a respetarlo.
* * *
Mateo entró en el salón como si también fuera suyo.
Llevaba un traje claro, camisa abierta y aquella sonrisa fácil que parecía diseñada para hacer olvidar que detrás de ella existía un hombre capaz de observarnos desde el otro lado de una ventana.
—La feliz pareja —saludó.
Álex no le ofreció la mano.
—¿Qué quieres?
—Visitar a mi hermano.
—No lo haces desde hace tres años.
—El matrimonio cambia muchas cosas.
Mateo me miró.
No de la forma abierta y hambrienta con la que Álex podía observarme.
La mirada de Mateo era calculada.
Cada segundo tenía un propósito.
—Claudia —dijo—. Estás preciosa.
—Y tú sigues entrando en lugares donde nadie te ha invitado.
Su sonrisa se amplió.
—Comprendo por qué te eligió.
—No creo que comprendas nada.
—Más de lo que imaginas.
Álex se situó a mi lado.
No me tocó.
El esfuerzo por contenerse era evidente.
—La fotografía —dijo—. Entrega el original y cualquier copia.
Mateo fingió sorpresa.
—¿Qué fotografía?
—No juegues conmigo.
—Siempre has sido demasiado serio.
—Y tú demasiado estúpido para saber cuándo detenerte.
La sonrisa de Mateo desapareció apenas un instante.
—No tomé ninguna fotografía.
—La enviaste.
—Recibí una copia y pensé que os gustaría verla.
—¿De quién?
—No recuerdo.
—Mientes.
Mateo levantó las manos.
—No tengo ninguna obligación de responder a un interrogatorio.
Después volvió hacia mí.
—Aunque quizá Claudia quiera hacer algunas preguntas.
—No me utilices para hablar con él —dije.
—No pretendía hacerlo.
Se acercó un paso.
—Solo me preguntaba cuánto te habrá contado Álex sobre su necesidad de encontrar una esposa.
—Lo suficiente.
—¿También te contó que había considerado otras candidatas?
La frase produjo exactamente el efecto que buscaba.
Una punzada de celos me atravesó antes de que pudiera impedirlo.
Álex no apartó los ojos de su hermano.
—No hubo otras candidatas.
—Hubo una lista.
—Una lista elaborada por abogados.
—Con mujeres reales.
Mateo volvió a mirarme.
—Herederas, empresarias, antiguas amantes. Todas con fortunas suficientemente grandes para no parecer compradas.
—No me interesa —dije.
—Claro que sí.
—No.
—Entonces no te importará saber que tú eras la opción menos conveniente.
Álex dio un paso.
—Cuidado.
Mateo no lo miró.
—Sin familia influyente, con una empresa endeudada y un antiguo amante dispuesto a hablar con la prensa. Desde un punto de vista estratégico, eras un desastre.
—Y, sin embargo, aquí estoy.
—Exactamente.
Sus ojos descendieron hacia mi alianza.
—Eso debería hacerte preguntarte qué vio en ti.
—Ya lo sé.
Pensé en la fotografía antigua.
En el modo en que Álex había dicho que me deseaba desde aquella noche.
Mateo pareció decepcionado al no conseguir alterar mi expresión.
—Supongo que también conoces la investigación sobre tu agencia.
Esta vez sí reaccioné.
—¿Qué sabes de ella?
—Más que tú.
—Mateo —advirtió Álex.