CAPÍTULO 10 #3
Álex se detuvo delante de mí.
—Claudia.
—No.
—No he preguntado nada.
—Pero vas a hacerlo.
—¿Qué crees que voy a preguntar?
—No lo sé.
Su mano rozó mi mejilla.
—Entonces deja de huir de preguntas que todavía no existen.
El contacto deshizo algo dentro de mí.
Lo besé.
No para actuar.
No porque hubiera cámaras.
Lo besé porque no sabía qué hacer con todo lo que estaba sintiendo.
Álex respondió inmediatamente. Sus manos se cerraron sobre mi cintura y me levantó hasta sentarme sobre la mesa del camerino.
Varios frascos cayeron al suelo.
—Podrían entrar —murmuré.
—Has cerrado la puerta.
—Tú también has entrado.
—Porque sabía que me querías aquí.
—Arrogante.
—Mentirosa.
Volví a besarlo.
La adrenalina de la entrevista seguía recorriéndome. También la confesión, la tensión y el miedo de que todo aquello hubiera dejado de ser un juego.
Álex levantó mi falda despacio.
—Dime que pare.
—No.
—¿Color?
—Verde.
Sus dedos recorrieron mis muslos.
Tuve que aferrarme a sus hombros para mantener el equilibrio.
—No tenemos tiempo —dije.
—Entonces tendrás que ser silenciosa.
El tono de su voz hizo que apretara las piernas alrededor de su cintura.
—No me des órdenes.
—No lo he hecho todavía.
La promesa que escondían sus palabras fue suficiente para hacerme temblar.
Álex lo notó.
Siempre lo notaba.
Me besó para contener mi respiración mientras sus manos encontraban el modo exacto de volver imposible cualquier pensamiento coherente.
No hubo lentitud ni juegos prolongados.
Solo urgencia.
Riesgo.
La certeza de que, a pocos metros, decenas de personas podían estar esperando nuestra salida.
Cuando el placer me alcanzó, escondí el sonido contra su cuello.
Álex permaneció sujetándome hasta que mis manos dejaron de temblar.
—Esto no soluciona nada —murmuré.
—No pretendía solucionar nada.
—Entonces ¿qué hacemos?
Su frente se apoyó contra la mía.
—Lo que ambos queríamos.
—Eso tampoco responde.
—No todas las cosas necesitan una respuesta inmediata.
—Eso es muy poco propio de ti.
Álex bajó mi falda con cuidado.
—Tú tampoco eras muy partidaria de pedir lo que querías y has mejorado.
Le di un golpe en el pecho.
—No te pongas satisfecho.
—Demasiado tarde.
* * *
Regresamos al ático casi a medianoche.
La entrevista ya se había convertido en el tema más comentado del día. Vera me había enviado catorce mensajes, la mayoría formados por signos de exclamación y acusaciones de que Álex me miraba como si quisiera desnudarme en directo.
No iba desencaminada.
Dejé el bolso sobre la mesa.
—Necesito revisar unos documentos —dijo Álex—. No tardaré.
—De acuerdo.
Esperé que subiera a su despacho habitual.
En cambio, caminó hacia una puerta situada al fondo de la biblioteca.
Nunca lo había visto entrar allí.
Utilizó una llave.
—¿Qué hay dentro?
—Mi despacho privado.
—¿Tienes dos despachos en la misma casa?
—Sí.
—Eso es obsceno.
—Ven.
Lo seguí.
La habitación era más pequeña que su despacho de la oficina. También mucho más personal. Había libros usados, fotografías familiares, planos antiguos de hoteles y una mesa de madera cubierta de carpetas.
Álex sacó una llave del bolsillo.
—Quiero que la tengas.
La observé sobre su palma.
—¿Por qué?
—Por si necesitas encontrarme. O acceder a cualquier documento relacionado con la seguridad.
—¿Quién más tiene una?
—Nadie.
No la cogí inmediatamente.
—¿Samuel?
—No.
—¿Tu equipo de seguridad?
—Solo pueden entrar con mi autorización.
—¿Y quieres que yo pueda hacerlo cuando quiera?
—Sí.
La llave parecía pesar mucho más de lo que debía.
—Eso suena a confianza.
—Lo es.
La tomé.
Nuestros dedos se rozaron.
—Gracias.
Álex se acercó a la mesa para buscar unos documentos.
Yo recorrí la habitación.
Había una fotografía de su madre junto a una ventana. Otra mostraba a Álex mucho más joven, de pie al lado de su abuelo frente al primer hotel de la familia.
Sobre una estantería encontré una carpeta abierta.
Encima había una fotografía mía.
No una imagen de la boda.
Ni de la gala.
Yo aparecía de pie en el salón de uno de sus hoteles, dando instrucciones a un equipo de camareros. Llevaba el cabello recogido, auriculares y un vestido azul que recordaba perfectamente.
Aquella fotografía se había tomado ocho meses antes.
Mucho antes de la cancelación.
Mucho antes de su propuesta.
La cogí.
—Álex.
Él dejó de revisar los documentos.
Al ver lo que tenía entre las manos, su expresión cambió.
—¿Por qué tienes esto?
No respondió.
Miré la fecha impresa en la parte posterior.
—Dijiste que me elegiste después de cancelar la gala.
—No exactamente.
—Dijiste que necesitabas una mujer ajena a tu círculo y que nuestra química serviría para convencer al consejo.
—Es cierto.
—Entonces ¿por qué tenías una fotografía mía ocho meses antes de ofrecerme el matrimonio?
Álex se quedó al otro lado de la mesa.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía tener preparada una respuesta.
Y comprendí que la mayor mentira de nuestro matrimonio quizá no fuera que estábamos enamorados.
Sino que Álex Valdés había empezado a interesarse por mí mucho antes de que yo imaginara que se había fijado en mí.