CAPÍTULO 10 #2
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Sonreír justo antes de una entrevista.
—¿Por qué?
—Porque ahora quiero besarte y dentro de tres minutos tendremos que fingir que lo hago por las cámaras.
El deseo apareció, rápido y familiar.
—Tal vez deberías practicar.
—No necesito práctica.
—Arrogante.
—Mentirosa.
Lo agarré por el cuello de la camisa.
Álex me besó antes de que pudiera acercarlo.
Solo duró unos segundos.
Los suficientes para que mi respiración cambiara.
Cuando se apartó, sus labios continuaron rozando los míos.
—Después —murmuró.
—No he pedido nada.
—Todavía.
Llamaron a la puerta.
—Señor Valdés, salimos en dos minutos.
Álex se apartó.
Yo me quedé frente al espejo, con la boca enrojecida y el pulso demasiado rápido.
Aquella entrevista iba a ser un desastre.
* * *
El plató estaba decorado como un salón elegante.
Dos sillones para nosotros, otro para la presentadora y una mesa baja con flores. Frente al escenario había un pequeño público. Las cámaras nos rodeaban desde distintos ángulos.
La presentadora, Isabel Luna, nos recibió con una sonrisa demasiado inteligente.
—Gracias por estar aquí.
Álex estrechó su mano.
—Gracias por invitarnos.
—Claudia, estás preciosa.
—Gracias.
Álex colocó una mano en mi espalda mientras nos sentábamos.
El gesto parecía natural.
Empezaba a preocuparme que ya lo fuera.
La entrevista comenzó con preguntas fáciles sobre el hotel de Marbella y la fundación. Después aparecieron las fotografías de nuestra boda en una pantalla.
—Fue una ceremonia muy íntima —comentó Isabel—. Sorprendisteis a todo el mundo.
—También a mí —respondí.
El público rió.
Álex giró hacia mí.
—No parecías sorprendida cuando aceptaste.
—Estaba en estado de shock.
—Eso explica muchas cosas.
La presentadora sonrió.
—Se nota que os gusta discutir.
—Claudia lo llama conversar —dijo Álex.
—Álex llama conversar a explicar por qué tiene razón.
—¿Y suele tenerla? —preguntó Isabel.
—Nunca.
—Casi siempre —respondió él al mismo tiempo.
Volvimos a provocar risas.
La conversación fluía con una facilidad peligrosa. No estábamos interpretando la versión creada por su equipo.
Éramos nosotros.
Con nuestras discusiones, provocaciones y aquella forma de mirarnos que ya no sabía si podía controlarse.
—¿Cómo comenzó la relación? —preguntó Isabel.
Álex tomó mi mano.
—Durante la preparación de una gala.
La gala que había cancelado.
Sentí la tensión bajo sus dedos.
—Claudia entró en una reunión y discutió conmigo delante de todo mi equipo.
—Tu equipo había cambiado tres veces la lista de invitados.
—Y tú dijiste que, si volvíamos a hacerlo, organizarías el evento en el aparcamiento.
—Era una amenaza razonable.
—Fue la primera persona en años que me habló así.
Isabel me miró.
—¿Y tú qué pensaste de él?
—Que era arrogante, controlador e insoportable.
—Una impresión excelente.
—Ha mejorado un poco.
Álex levantó una ceja.
—¿Solo un poco?
—La entrevista todavía no ha terminado.
El público volvió a reír.
Isabel consultó sus notas.
—La gran pregunta. ¿Quién dio el primer paso?
—Él —respondí.
—Ella —dijo Álex.
Nos miramos.
—Me pediste que te besara —recordé.
—Y tú lo hiciste.
—Porque me desafiaste.
—Eso sigue siendo un primer paso.
—Manipulaste la situación.
Isabel intervino, divertida.
—¿Quién besó a quién?
—Claudia me besó —dijo Álex.
—Después él me arrinconó contra una pared.
El público reaccionó con un murmullo emocionado.
Me di cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.
Álex sonrió lentamente.
—No recuerdo que te quejaras.
El calor invadió mi rostro.
—Sigamos con la entrevista.
—Por supuesto.
Isabel parecía encantada.
—¿Y quién se enamoró primero?
La pregunta borró parte de la ligereza.
Noté la mano de Álex cerrarse alrededor de la mía.
La respuesta preparada era sencilla.
Él.
Solo tenía que decirla.
Álex me miró.
—Yo.
No hubo sonrisa.
No hubo ironía.
Lo dijo con una serenidad que hizo que mi pecho se contrajera.
—¿Estás seguro? —preguntó Isabel.
—Completamente.
—¿Cuándo lo supiste?
El silencio duró apenas un instante.
—Cuando descubrí que era la única persona que podía decirme algo que no quería escuchar y conseguir que la escuchara de todos modos.
Mi respiración se detuvo.
Aquello no figuraba en ningún documento.
Isabel se volvió hacia mí.
—Claudia, ¿lo sabías?
—No.
La respuesta salió completamente sincera.
Álex acarició el interior de mi muñeca con el pulgar.
—No se lo había dicho.
—¿Y tú? —preguntó la presentadora—. ¿Cuándo te enamoraste?
El estudio pareció encogerse.
Podía seguir la historia.
Podía inventar un momento.
Miré a Álex.
Él no parecía esperar nada. No me presionaba. Solo mantenía mi mano entre las suyas.
—Todavía estoy intentado decidir si merece la pena soportarlo —respondí.
La risa del público rompió la tensión.
Álex también sonrió.
Pero algo en su mirada había cambiado.
Quizá decepción.
Quizá alivio.
No tuve tiempo de descifrarlo.
—Vamos a hacer un pequeño juego —anunció Isabel—. Quiero que cada uno escriba qué es lo que más le atrae del otro.
Nos entregaron unas pizarras.
Miré la mía.
Podía escribir algo superficial.
Sus ojos.
Sus manos.
Su cuerpo.
Todo sería cierto.
Pero la respuesta de Álex continuaba resonando dentro de mí.
Escribí:
LA SEGURIDAD QUE TRANSMITE, INCLUSO CUANDO QUIERO MATARLO.
Al levantar la pizarra, el público rió.
Álex leyó la frase y me miró durante demasiado tiempo.
Después mostró la suya.
QUE SE ENFRENTA A MÍ INCLUSO CUANDO TIENE MIEDO.
La sonrisa desapareció de mi cara.
—¿Cómo sabes cuándo tengo miedo? —pregunté.
—Se te arruga la nariz.
—Eso es mentira.
—Acaba de hacerlo.
Isabel continuó con el programa, pero yo apenas escuché las siguientes preguntas.
Álex había elegido algo real.
No mi apariencia.
No la química que todos podían ver.
Algo que había aprendido observándome.
Cuando terminó la entrevista, el público aplaudió y las cámaras se apagaron.
Me levanté demasiado rápido.
—Necesito un minuto.
Álex se puso de pie.
—Claudia.
—Estoy bien.
—Se te está arrugando la nariz.
—Deja de decir eso.
Abandoné el plató y recorrí el pasillo hasta encontrar un camerino vacío. Entré y cerré la puerta.
No sabía por qué estaba huyendo.
Solo sabía que necesitaba respirar sin sentir su mirada.
Había mentido en televisión.
Eso no era nuevo.
El problema era que Álex no parecía haberlo hecho.
La puerta se abrió.
—He cerrado —dije.
—No con llave.
Álex entró y volvió a cerrar.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—No voy a aceptar esa respuesta.
—No puedes decir cosas así delante de todo el mundo.
—¿Qué cosas?
—Que te enamoraste primero.
—Era la respuesta acordada.
—No de esa forma.
Álex se acercó.
—¿Qué forma?
—Como si fuera verdad.
El silencio cayó entre nosotros.
—¿Quieres que te diga que no lo es? —preguntó.
No respondí.
No podía.
Porque no sabía qué respuesta me asustaba más.