CAPÍTULO 10
TODOS CREEN QUE ESTAMOS ENAMORADOS
La primera vez que vi nuestra entrevista anunciada en televisión, Álex tenía la mano dentro de mi bata.
No de una forma escandalosa.
Al menos, no todavía.
Estábamos desayunando en la terraza de la suite, él sentado frente a mí y yo intentando responder los mensajes acumulados durante nuestra estancia en Marbella. Habíamos dormido juntos otra vez. También habíamos despertado abrazados otra vez.
Empezaba a resultar difícil seguir llamándolo accidente.
Álex había colocado la mano sobre mi rodilla mientras leía un informe. Poco a poco, sin levantar la vista del documento, sus dedos habían comenzado a ascender bajo la tela.
—Estás haciendo eso a propósito —dije.
—¿El qué?
—Fingir que trabajas mientras intentas distraerme.
—Estoy trabajando.
Su pulgar dibujó un círculo sobre la parte interior de mi muslo.
—Y tú estás mirando el teléfono.
—Porque tengo una empresa.
—Lo recuerdo.
—A veces no lo parece.
—¿Porque tengo una mano sobre tu pierna?
—Porque esa mano se está moviendo.
Álex levantó finalmente la mirada.
—Puedes pedirme que la retire.
La bata se había abierto unos centímetros sobre mis piernas. Sus dedos permanecían inmóviles justo por encima de mi rodilla, esperando mi decisión.
—No he dicho que quiera que pares.
—Entonces continúa con tus correos.
—No puedo concentrarme.
—Ese no parece mi problema.
Le di una patada suave bajo la mesa.
Álex atrapó mi tobillo y deslizó la mano por mi pantorrilla.
El contacto consiguió que olvidara inmediatamente lo que estaba escribiendo.
Antes de que pudiera acusarlo de algo, la presentadora del programa matinal que sonaba en la televisión pronunció nuestros nombres.
—El inesperado matrimonio entre el empresario Álex Valdés y la organizadora de eventos Claudia Montes continúa despertando interés —anunció—. La pareja concederá esta noche su primera entrevista conjunta desde la boda.
Levanté la cabeza.
En la pantalla apareció una fotografía de nosotros frente al hotel. Álex me besaba la mejilla mientras yo sonreía hacia las cámaras.
Parecíamos felices.
No felices de una manera calculada o elegante.
Felices de verdad.
—¿Primera entrevista conjunta? —pregunté.
Álex retiró la mano.
La eché de menos inmediatamente.
—El equipo de comunicación la confirmó ayer.
—Nadie me ha preguntado.
—Estabas ocupada.
—¿Ocupada haciendo qué?
Su mirada descendió hacia mi boca.
—Varias cosas.
El recuerdo del baño compartido regresó con demasiada claridad.
—Eso no te autoriza a organizar entrevistas mientras estoy distraída.
—La aparición estaba prevista desde antes de la boda.
—No figuraba en el calendario que revisé.
—Figuraba como compromiso de medios.
—Eso podía significar una fotografía.
—También puede significar una entrevista.
—Eres un tramposo.
—Tú modificaste el vestido de la gala sin avisarme.
—No es comparable.
—El vestido casi provoca un conflicto diplomático.
—Estás exagerando.
—El embajador francés dejó de escucharme durante diez minutos.
—No era el embajador quien tenía la mano debajo de la mesa.
Una sonrisa lenta apareció en la boca de Álex.
—Parecías disfrutarla.
—No estamos hablando de eso.
—Nunca quieres hablar de eso después de que ocurra.
—Porque tú te vuelves insoportable.
—Y tú finges arrepentirte.
Le lancé una servilleta.
Esta vez no la atrapó. Cayó sobre su café.
—A las nueve vendrán a prepararnos —dijo, retirándola—. La entrevista es a las seis.
—¿En directo?
—Sí.
—Perfecto. Así no podrán editar el momento en que explique que compraste a tu esposa con dos millones de euros.
Álex dejó la taza.
—No bromees con eso.
Su tono consiguió que la sonrisa desapareciera.
—Era una broma.
—Mateo está intentando demostrar exactamente eso.
—Lo sé.
—Esta noche necesitamos convencer a los accionistas de que no existe ninguna crisis.
—¿Y cómo propones que lo hagamos?
La mirada de Álex descendió por mi bata abierta.
—No creo que la química sea nuestro problema.
El calor subió por mi cuello.
—La química no responde preguntas sobre nuestra relación.
—Conocemos la historia.
—Conocemos una versión redactada por tu equipo.
—Entonces tendremos que hacerla nuestra.
No me gustó la forma en que aquello sonó.
Porque ya existían demasiadas cosas nuestras dentro de aquella relación supuestamente falsa.
* * *
La entrevista se grabaría en un estudio de Madrid, así que regresamos aquella misma mañana.
Durante el vuelo, Beatriz nos envió un documento con posibles preguntas y respuestas recomendadas.
¿Dónde se conocieron?
Durante la preparación de la gala del Grupo Valdés.
¿Quién dio el primer paso?
Álex, aunque Claudia se resistió.
¿Quién se enamoró primero?
Álex.
Me detuve en esa respuesta.
Álex estaba sentado frente a mí, leyendo el mismo documento en su tableta.
—Esto es demasiado concreto.
—¿Qué parte?
—La que dice que tú te enamoraste primero.
—Es más creíble.
—¿Por qué?
—Porque nadie creerá que tú aceptaste fácilmente.
—Eso no responde a mi pregunta.
Álex deslizó el dedo por la pantalla.
—El público suele aceptar mejor un matrimonio repentino si piensa que el hombre llevaba tiempo persiguiendo a la mujer.
—¿Y tú llevabas tiempo persiguiéndome?
Sus ojos subieron hacia mí.
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Entonces mentiremos.
—Es una entrevista sobre una relación falsa. Eso parecía implícito.
Volví a mirar el documento.
¿Qué es lo que más admira de su pareja?
Mi respuesta sugerida hablaba de la determinación de Álex y de su capacidad para asumir responsabilidades.
La suya decía que admiraba mi independencia.
—Tu equipo tiene sentido del humor —comenté.
—¿Por qué?
—Te has casado conmigo para resolver un problema empresarial y ahora vas a decir que admiras mi independencia.
—La admiro.
Levanté la mirada.
No había ironía en su rostro.
—También intentas controlarla constantemente.
—No son conceptos incompatibles.
—Claro que lo son.
—Admirar algo no significa que no resulte frustrante.
—¿Mi independencia te frustra?
—A veces confundes aceptar apoyo con rendirte.
—Y tú confundes apoyar con decidir por los demás.
—Estamos trabajando en ello.
La frase me desconcertó.
No dijo que yo estuviera trabajando en ello.
Dijo que lo estábamos haciendo los dos.
Como una pareja real.
Cerré el documento.
—No quiero memorizar respuestas.
—Tampoco yo.
—¿Entonces?
—Contestaremos.
—Eso parece arriesgado.
—Solo si tienes algo que ocultar.
Lo miré.
—Tengo un contrato matrimonial guardado en mi bolso.
—Y yo tengo una marca en el hombro que no estaba allí antes de conocerte.
La imagen de mis uñas sobre su piel regresó de inmediato.
—Eso no saldrá en televisión.
—Dependerá de las preguntas.
—Como enseñes el hombro, pediré el divorcio esta noche.
Álex sonrió y regresó a la tableta.
Intenté hacer lo mismo.
No conseguí dejar de pensar en la respuesta preparada por su equipo.
Álex se enamoró primero.
Era mentira.
Por supuesto.
Y, sin embargo, algo dentro de mí había comenzado a preguntarse por qué su equipo había elegido precisamente aquella versión.
* * *
El estudio estaba rodeado de periodistas.
Nuestro coche apenas consiguió avanzar entre las cámaras y las personas que gritaban preguntas sobre Mateo, Hugo y la fotografía de Marbella que todavía no se había publicado.
Álex salió primero.
Después extendió una mano hacia mí.
Cuando mis dedos tocaron los suyos, me atrajo contra su cuerpo antes de que mis tacones alcanzaran por completo el suelo.
Los flashes estallaron.
—Sonríe —murmuró.
—Estoy intentando no caerme.
—Te sujeto.
Su mano permaneció sobre mi cintura.
—Ese es el problema.
—No lo parece.
Entramos en el edificio.
Beatriz me condujo directamente hasta maquillaje mientras Álex se reunía con el productor. Durante casi una hora me peinaron, retocaron y vistieron con un traje color crema que parecía profesional hasta que me sentaba y la falda ascendía varios centímetros.
—¿Esto es necesario? —pregunté.
—La cámara añade seriedad —respondió Beatriz.
—No creo que funcione así.
—Confía en mí.
—Eso empieza a convertirse en una frase peligrosa.
Álex apareció en la puerta.
Se había cambiado de traje y no llevaba corbata. La camisa oscura hacía que sus ojos parecieran todavía más intensos.
Beatriz sonrió al verlo.
—Perfecto. Poneos juntos.
Álex se situó detrás de mi silla.
Su mirada apareció en el espejo.
Descendió hasta mis piernas.
—La falda es demasiado corta —dijo.
—Buenos días para ti también.
—No he dicho que no me guste.
—No puedes controlar lo que llevo.
—No lo estoy intentando.
Su mano se apoyó sobre mi hombro desnudo.
—Estoy anticipando cuánto me costará concentrarme.
Beatriz recogió sus cosas.
—Os dejo cinco minutos.
—No es necesario —dije.
Ya se había marchado.
Álex cerró la puerta.
—¿Qué haces?
—Necesitamos hablar.
—¿Sobre la entrevista?
—Sobre lo de Marbella.
La ligereza desapareció.
—¿Qué ocurre?
—Seguridad ha localizado el lugar desde el que tomaron la fotografía. El equipo estaba registrado a nombre de una empresa vinculada a Mateo.
—Entonces tenemos pruebas.
—De que la empresa alquiló el edificio. No de que Mateo ordenara fotografiarnos.
—Pero sabemos que fue él.
—Saberlo no basta.
Me levanté.
—¿Crees que publicará la imagen?
—La que nos envió no le sirve.
—¿Por qué?
Álex se acercó.
—Porque parecemos enamorados.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
—Parecemos dormidos.
—Tú estás abrazada a mí.
—Tú también a mí.
—Exactamente.
Su mano se apoyó sobre mi cintura.
—Lo único que conseguiría publicándola sería reforzar nuestra historia.
—Entonces ¿para qué la tomó?
—Para demostrarme que puede llegar hasta ti.
La presión de sus dedos aumentó.
—Y no volverá a hacerlo.
—No puedes prometer eso.
—Puedo mejorar la seguridad.
—No quiero vivir rodeada de guardaespaldas.
—No tendrás que hacerlo.
—Álex.
—Estoy intentando protegerte.
—Lo sé.
La respuesta lo silenció.
Coloqué una mano sobre su pecho.
—Pero tienes que dejarme decidir cómo.
Álex cubrió mi mano con la suya.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo de verdad?
—Consultaré contigo cualquier cambio que te afecte directamente.
—Eso ha sonado como una cláusula.
—Es el único idioma que pareces creerme.
Sonreí sin querer.
Álex bajó la mirada hacia mi boca.