CAPÍTULO 9 #2
—Estoy pensando.
—Hazlo en otra dirección.
Reconocí mis propias palabras del avión.
Le lancé una servilleta.
Álex la atrapó en el aire.
Durante los siguientes minutos hablamos de cualquier cosa menos de Mateo. Me explicó que odiaba el cilantro, que aprendió a cocinar durante sus años de universidad en Londres y que una vez incendió la cocina de un apartamento intentando preparar una cena.
—No te creo.
—Hay fotografías.
—Quiero verlas.
—Han sido destruidas.
—Cobarde.
—Prudente.
—¿Qué cocinabas?
—Risotto.
—¿Cómo se incendia un risotto?
—Con esfuerzo.
Volvió a hacerme reír.
Aquello era peligroso.
El sexo podía separarse del contrato. Podía entenderlo como deseo, química y una forma física de liberar la tensión.
Reír juntos era distinto.
Compartir patatas y contar historias ridículas era distinto.
Se parecía demasiado a un matrimonio.
* * *
La avería comenzó después de cenar.
Abrí el grifo de la ducha y solo salió agua helada.
Esperé.
Nada cambió.
—Álex.
Apareció en la puerta del baño.
—¿Qué ocurre?
—No hay agua caliente.
Abrió el grifo del lavabo.
—Tampoco aquí.
—Gracias por confirmar que sé distinguir temperaturas.
Álex llamó a recepción.
La avería afectaba a toda la planta y tardarían varias horas en repararla. La bañera, sin embargo, ya estaba llena de agua caliente porque el servicio había preparado la habitación antes de nuestra llegada.
Miramos la enorme bañera situada frente a la pared de piedra.
Después nos miramos entre nosotros.
—Tú primero —dijo Álex.
—El agua estará fría cuando termines.
—Puedo ducharme mañana.
—También puedes bañarte conmigo.
La propuesta salió antes de que pudiera evaluarla.
Álex se quedó inmóvil.
—No era una invitación sexual —añadí demasiado deprisa.
—Por supuesto.
—La bañera es enorme.
—Caben cuatro personas.
Una punzada desagradable me atravesó.
—¿Lo sabes por experiencia?
—Lo sé porque aprobé los planos.
—Claro.
Álex se acercó.
—Otra vez pensando en otras mujeres.
—No me importa con quién te bañaras antes.
—Mentirosa.
—Deja de disfrutar tanto esa palabra.
Su pulgar acarició mi labio inferior.
—Deja de decir cosas que no sientes.
—¿Y qué siento?
—Celos.
—No estoy celosa.
—Entonces mírame y dime que no te importa imaginarme aquí con otra mujer.
Abrí la boca.
No pude decirlo.
Álex retiró la mano.
—Eso pensaba.
Se dio la vuelta y comenzó a quitarse la camisa.
La discusión debería haber continuado.
Mi atención no.
Observé su espalda mientras dejaba la prenda sobre una silla. Después se desabrochó los pantalones y entró en el agua sin esperar permiso.
—Creía que yo iba primero.
—Has tardado demasiado en decidirlo.
—Eres insoportable.
—La puerta está abierta.
No me marcharía.
Los dos lo sabíamos.
Me quité la ropa lentamente.
Álex no fingió mirar hacia otro lado.
Cuando entré en la bañera, el agua me cubrió hasta el pecho. Me senté frente a él, manteniendo una distancia prudente.
—Esto no es sexual —recordé.
—No.
Su pie rozó el mío bajo el agua.
—Ha sido un accidente.
—Por supuesto.
Retiré la pierna.
Álex sonrió.
—¿Puedes dejar de hacer eso?
—¿Sonreír?
—Como si supieras algo que yo no.
—Sé muchas cosas que tú no.
—Arrogante.
—Mentirosa.
Le lancé agua.
Álex levantó un brazo para protegerse.
—Eso ha sido infantil.
—Te lo merecías.
Respondió lanzándome una cantidad mucho mayor.
El agua golpeó mi cara y mi cabello.
—¡Álex!
Intenté devolvérsela, pero él atrapó mis muñecas.
La lucha terminó conmigo sentada a horcajadas sobre sus piernas.
El cambio fue inmediato.
La risa desapareció.
Nuestros cuerpos se encontraban bajo el agua, desnudos y pegados.
Sentí su excitación contra mí.
Álex aflojó las manos alrededor de mis muñecas.
—Esto continúa sin ser sexual —murmuró.
—Evidentemente.
Me moví apenas.
Su respiración cambió.
—Claudia.
—¿Sí?
—No juegues si no quieres terminarlo.
La advertencia no sonó como un desafío.
Era una oportunidad para decidir.
Rodeé su cuello con los brazos.
—Quiero terminarlo.
Álex me besó.
No hubo hambre ni competición al principio.
Solo una presión lenta de sus labios, como si ambos tuviéramos miedo de romper la extraña calma que había llenado la habitación.
Sus manos recorrieron mi espalda bajo el agua.
Me acercó más.
El beso se volvió profundo, pero no urgente. Álex me tocó con una paciencia que contrastaba con nuestros encuentros anteriores.
No me hizo pedir.
No intentó demostrar nada.
Me acarició como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo.
—¿Bien? —preguntó contra mi boca.
—Sí.
—¿Color?
—Verde.
Su frente quedó apoyada contra la mía.
—No tienes que decirlo si no estamos jugando.
—Me gusta que preguntes.
Algo cambió en sus ojos.
Una emoción rápida que no supe nombrar.
Álex volvió a besarme.
Cuando nuestros cuerpos se unieron, no hubo violencia ni prisa. Me sostuvo por la cintura mientras yo encontraba un ritmo lento sobre él.
El agua se movía alrededor de nosotros.
Sus ojos no abandonaron los míos.
Aquello no se parecía al sexo contra una pared, al deseo oculto bajo una mesa ni al juego de control en la suite anterior.
Era demasiado silencioso.
Demasiado cercano.
Cada movimiento parecía revelar algo para lo que no teníamos palabras.
Álex acarició mi mejilla.
—Claudia.
La forma en que pronunció mi nombre me hizo detenerme.
—¿Qué?
Me observó durante unos segundos.
Pensé que iba a decir algo importante.
En lugar de eso, me besó.
El placer creció lentamente, extendiéndose por mi cuerpo sin la urgencia de otras veces. Cuando llegué al límite, no escondí la cara ni intenté contener el sonido.
Álex me abrazó mientras temblaba.
Después perdió también el control con mi nombre contra los labios.
Permanecimos unidos durante varios minutos.
Yo apoyé la cabeza sobre su hombro.
Él acariciaba mi espalda.
No debería haber resultado tan cómodo.
—Esto ha sido un error —murmuré por costumbre.
Álex soltó una risa silenciosa.
—Empiezas a perder credibilidad.
—No me refería al sexo.
—¿Entonces?
No sabía cómo explicarlo.
Había sido demasiado íntimo. Demasiado parecido a algo que una esposa real podría compartir con su marido después de un día difícil.
—Nada —dije.
Álex no insistió.
Eso lo hizo todavía peor.
* * *
Nos envolvimos en albornoces y salimos a la pequeña terraza interior. No había vistas al mar, pero sí un jardín privado iluminado por luces bajas.
Álex llevó dos copas de agua.
Nos sentamos juntos en un sofá.
Mi cabeza terminó apoyada sobre su hombro sin que recordara haber tomado la decisión.
—¿Siempre has odiado las cámaras? —pregunté.
Su cuerpo se tensó.
—No las odio.
—No te gustan.
—No me gusta lo que pueden hacer.
Esperé.
Álex giró la copa entre los dedos.
—Mi madre murió cuando yo tenía diecisiete años.
Sabía que había fallecido joven.
No conocía el resto.
—Lo siento.
—Mi padre llevaba años engañándola. Cuando ella intentó divorciarse, alguien filtró a la prensa informes médicos y conversaciones privadas.
Levanté la cabeza.
—¿Quién?
—Nunca se demostró. Mi abuelo pensaba que fue gente vinculada a mi padre. Querían presentarla como inestable para evitar que reclamara acciones de la empresa.
La fotografía de nosotros dormidos adquirió un significado distinto.
—¿Qué ocurrió?
—La siguieron durante meses. Fotógrafos frente a casa, llamadas, titulares inventados. Publicaron imágenes tomadas desde el jardín de una clínica.
La voz de Álex se mantuvo firme.
Sus dedos no.
La copa tembló apenas.
Coloqué una mano sobre la suya.
—No tienes que seguir.
—Ella dejó de salir. Después dejó de dormir. Y finalmente decidió que nada iba a mejorar.
No pregunté cómo murió.
No era necesario.
El dolor que apareció en su rostro respondió por él.
—Por eso controlas todo —dije.
—Intento que nadie pueda utilizar mi vida privada contra mí.
—Y ahora Mateo lo está haciendo.
—Sí.
—Conmigo.
Álex giró la mano y entrelazó sus dedos con los míos.
—No permitiré que te ocurra lo mismo.
—No soy tu madre.
—Lo sé.
—Y no puedes encerrarme para protegerme.
—También lo sé.
—¿Lo sabes de verdad?
Su pulgar acarició mi alianza.
—Estoy intentándolo.
Aquella respuesta imperfecta me llegó más que cualquier promesa.
No afirmaba haber cambiado.
No fingía que pudiera hacerlo de un día para otro.
Solo lo intentaba.
Me acomodé de nuevo contra su hombro.
Álex apoyó la mejilla sobre mi cabello.
Permanecimos así mientras la noche avanzaba.
Sin hablar.
Sin necesidad de llenar el silencio con otra escena física o una discusión.
Cuando nos acostamos, no mencionamos el sofá.
Álex apagó la luz y se tumbó junto a mí. Me dio espacio, como si esperara que yo decidiera la distancia.
Fui yo quien se acercó.
Coloqué la cabeza sobre su pecho.
Su brazo rodeó mi espalda.
—Buenas noches, esposa —murmuró.
Esta vez no le pedí que dejara de llamarme así.
Cerré los ojos mientras escuchaba su corazón.
El contrato seguía guardado en mi bolso.
Los dos millones continuaban en mi cuenta.
Mateo nos observaba desde algún lugar, esperando el momento de demostrar que nuestro matrimonio era una mentira.
Pero acostada entre los brazos de Álex, después de reír con él, compartir una bañera y conocer la herida que escondía bajo su necesidad de control, comprendí que el problema ya no era convencer al mundo de que estábamos enamorados.
El problema era que yo empezaba a no estar segura de que siguiera fingiendo.