CAPÍTULO 9
DEMASIADO PARECIDO A UN MATRIMONIO
Álex me arrebató el teléfono y amplió la fotografía.
No necesitaba verla con más detalle.
La imagen ya estaba grabada en mi cabeza: mi cuerpo acurrucado contra el suyo, la mano de Álex extendida sobre mi espalda y nuestros rostros relajados por el sueño.
No era una fotografía sexual.
Era peor.
Parecíamos íntimos.
Parecíamos una pareja que se buscaba incluso cuando no había cámaras delante.
—¿Desde dónde la han tomado? —pregunté.
Mi voz sonó más serena de lo que me sentía.
Álex deslizó los dedos por la pantalla.
—Desde el edificio situado al otro lado del jardín o con un dron.
—Estamos en la última planta.
—Lo sé.
—Entonces alguien sabía exactamente qué suite ocupábamos.
—Sí.
La frialdad de su respuesta me hizo mirarlo.
Su rostro había cambiado por completo. El hombre que minutos antes me tenía contra la puerta había desaparecido. Álex volvía a ser el director ejecutivo capaz de cerrar una empresa sin alterar el tono de voz.
Solo sus manos lo traicionaban.
Apretaba el teléfono con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color.
—Mateo ha firmado el mensaje —dije—. Ni siquiera intenta ocultarlo.
—Quiere que sepamos que puede acercarse.
—¿Por qué?
—Para que cometamos un error.
—¿Qué clase de error?
Álex marcó un número.
—Salir corriendo. Acusarlo sin pruebas. Mostrar al consejo que nuestro matrimonio es una fuente de inestabilidad.
—¿Y fotografiarnos mientras dormimos no es un delito?
—Sí.
—Entonces denunciémoslo.
—Lo haremos cuando sepamos cómo consiguió la imagen.
La llamada conectó.
Álex se apartó unos pasos, pero permanecí lo bastante cerca para escuchar.
—Cierra la planta —ordenó—. Nadie entra ni sale sin identificación. Quiero revisar las cámaras del jardín, el edificio contiguo y cualquier autorización de vuelo de drones en la zona durante las últimas doce horas.
Escuchó la respuesta.
—No. La inauguración continúa. Nadie debe saber que ha ocurrido algo.
Terminó la llamada y escribió otro mensaje.
—¿La fiesta sigue? —pregunté.
—Sí.
—Alguien nos ha fotografiado en una habitación privada.
—Y no voy a permitir que Mateo destruya la apertura de un hotel en el que han trabajado cientos de personas.
—Estás hablando como si solo fuera una crisis empresarial.
Álex levantó la mirada.
—No lo es.
—No lo parece.
Dejó el teléfono sobre la mesa y caminó hacia mí.
—¿Quieres saber lo que parece?
—Sí.
—Parece que alguien ha entrado en un espacio en el que estabas vulnerable. Parece que mi seguridad ha fallado y que mi hermanastro cree que puede utilizarte para llegar hasta mí.
Su voz seguía siendo baja.
El control, sin embargo, estaba empezando a resquebrajarse.
—Y parece —continuó— que estoy a un paso de olvidar cualquier estrategia y romperle la cara.
La confesión debería haberme asustado.
Me tranquilizó.
No porque quisiera que Álex atacara a Mateo. Sino porque, debajo del empresario que ya estaba calculando daños, existía un hombre tan afectado como yo.
—No fue culpa tuya —dije.
—Ocurrió en mi hotel.
—Eso no significa que lo permitieras.
—Significa que no lo impedí.
—No puedes controlar todo.
Álex sostuvo mi mirada.
—Eso es exactamente lo que intento hacer.
—Ya lo sé.
La tensión de sus hombros no disminuyó.
Extendí una mano y toqué su muñeca.
El gesto fue pequeño, pero Álex se quedó inmóvil.
—Estoy bien —dije.
—Todavía no sabemos qué más tiene.
—Si tuviera una imagen más comprometida, habría enviado esa.
—No podemos asumirlo.
—Entonces averigüémoslo. Pero deja de mirarme como si fueras responsable de cada cosa mala que pueda ocurrirme.
—Soy responsable de haberte metido en esto.
—Yo firmé.
—Porque necesitabas el dinero.
—Y tú necesitabas una esposa.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
Álex abrió la boca.
No respondió.
Su silencio dejó una pregunta entre nosotros que ninguno parecía dispuesto a formular.
Si aquello seguía siendo solo un contrato, ¿por qué la fotografía le afectaba de una forma tan personal?
¿Y por qué me importaba tanto que lo hiciera?
Llamaron a la puerta.
Álex se colocó inmediatamente delante de mí.
El gesto fue tan instintivo que me quedé mirándole la espalda.
—Señor Valdés —dijo la voz de Samuel—. Soy yo.
Álex abrió después de comprobar la pantalla del sistema de seguridad.
Samuel entró con dos hombres vestidos de oscuro.
—La planta está cerrada —informó—. Hemos desalojado la terraza del edificio contiguo y solicitado las grabaciones. La fiesta no ha detectado ningún cambio.
—¿La suite?
—La revisarán ahora.
—Claudia se queda conmigo.
No fue una pregunta.
Lo miré.
—Claudia puede responder por sí misma.
La mandíbula de Álex se tensó.
—¿Quieres volver a la fiesta?
Pensé en los invitados, las cámaras y la posibilidad de que alguien más nos estuviera observando.
—No.
—Entonces te quedas conmigo.
—Eso no significa que puedas decidirlo antes de preguntarme.
—Lo recordaré la próxima vez que alguien fotografíe a mi esposa mientras duerme.
Samuel hizo una señal a los hombres de seguridad y los tres salieron sin intervenir.
Me crucé de brazos.
—No utilices esto como excusa para controlarme.
—No es una excusa.
—Has cancelado el resto de mis decisiones sin consultarme.
—He cerrado una planta del hotel.
—Y has anunciado que no me separaré de ti.
—¿Quieres hacerlo?
—No es esa la cuestión.
—Para mí sí.
Nos miramos durante varios segundos.
La preocupación de Álex se expresaba de la única manera que parecía conocer: dando órdenes, controlando accesos y convirtiendo el miedo en un problema logístico.
Podía enfrentarme a él por eso.
O podía reconocer que yo tampoco quería estar sola.
—No quiero separarme de ti esta noche —admití—. Pero quiero que me lo preguntes.
Álex respiró lentamente.
—¿Quieres quedarte conmigo?
—Sí.
—Bien.
—No digas «bien» como si hubieras ganado.
—No siento que haya ganado nada.
La dureza de su expresión me hizo lamentar el comentario.
Me acerqué y deslicé las manos bajo su chaqueta. No tenía intención de iniciar nada. Solo quería sentirlo.
Álex tardó unos segundos en rodearme con los brazos.
Cuando lo hizo, me apretó contra él con una fuerza que revelaba todo lo que no había dicho.
Apoyé la cara en su pecho.
Su corazón latía deprisa.
—Podrían utilizar la fotografía para demostrar que no fingimos —murmuré.
—No bromees con esto.
—Intentaba encontrar una ventaja.
—La ventaja es que Mateo ha cometido un error.
—¿Firmar el mensaje?
—Creer que voy a asustarme.
Levanté la cabeza.
—¿No estás asustado?
Álex miró hacia la puerta cerrada.
—Sí.
Era la primera vez que lo escuchaba admitirlo.
—Pero él todavía no lo sabe.
* * *
No regresamos a la inauguración.
El equipo de comunicación anunció que habíamos abandonado el evento para disfrutar de una cena privada como recién casados. Las redes sociales interpretaron nuestra ausencia como otra prueba de pasión.
La verdad fue mucho menos glamurosa.
Dos especialistas revisaron la suite mientras nosotros permanecíamos en un salón privado del hotel. Después examinaron los ventanales, comprobaron los sensores y descubrieron una breve pérdida de señal en las cámaras del jardín alrededor de las cuatro de la madrugada.
No encontraron ningún dispositivo oculto.
La fotografía había sido tomada desde fuera.
Álex canceló tres reuniones del día siguiente.
—No tienes que hacer eso —dije cuando lo escuché hablar con Samuel.
—Sí.
—La seguridad puede ocuparse.
—También.
—Tienes trabajo.
—Tú también y llevas dos horas sin abrir el ordenador.
Miré el portátil cerrado frente a mí.
—Estoy esperando a que dejes de vigilarme.
—No te estoy vigilando.
—Has levantado la mirada cada vez que he respirado más fuerte.
—Respiras de forma sospechosa.
—Eso no tiene sentido.
—Llevas tres días conmigo. Deberías estar acostumbrada.
La discusión era absurda.
También extrañamente normal.
Como una pareja que llevaba años casada y discutía sobre quién había olvidado apagar una luz.
La idea me produjo un escalofrío.
Álex lo advirtió.
—¿Tienes frío?
—No.
Se quitó la chaqueta.
—He dicho que no.
Me la colocó sobre los hombros.
—Y yo he decidido no creerte.
—No puedes decidir cuándo miento.
—No necesito decidirlo. Se te arruga la nariz.
Me toqué la nariz.
Álex sonrió.
—No se arruga.
—Acaba de hacerlo.
—Estás inventándolo.
—Quizá.
Tiré de la chaqueta para cerrarla sobre mi pecho.
Olía a él.
El aroma me envolvió y relajó algo dentro de mí.
Álex regresó a su ordenador.
Intentamos trabajar.
Durante la hora siguiente respondí correos, revisé presupuestos y participé en una videollamada con Vera. Ella supuso que yo estaba en una escapada romántica y comenzó a hacer gestos obscenos cuando Álex cruzó por detrás de la cámara.
Desconecté antes de que consiguiera avergonzarme.
—Tu amiga parece preocupada —comentó él.
—Es su forma de mostrar apoyo.
—No quiero saber cuál es su forma de mostrar entusiasmo.
—Ya la has visto.
Nos instalaron finalmente en otra suite, situada en una zona interior y sin ventanales accesibles desde el exterior.
También tenía una sola cama.
No comenté el detalle.
Álex tampoco.
Comimos en la habitación. Él pidió pescado, ensalada y una selección de platos que ocupaba media mesa. Yo robé patatas de su plato mientras afirmaba que no tenía hambre.
Álex apartó el cuenco y lo colocó delante de mí.
—Eso era mío.
—Y ahora es tuyo de una forma más accesible.
—No puedes apropiarte de mi comida y fingir que me haces un favor.
—Puedo hacer muchas cosas.
—Lo sé.
La forma en que me miró convirtió la conversación en otra cosa.
El recuerdo del despacho regresó.
Sus manos bajo mi vestido.
Mi cuerpo respondiendo mientras la fiesta continuaba al otro lado de la puerta.
Bajé la mirada hacia el plato.
—Esta noche deberíamos descansar.
—No he propuesto nada.
—Lo estabas pensando.
—¿Desde cuándo lees mi mente?
—Desde que descubrí que se parece bastante a la de un hombre de las cavernas con un máster en administración.
Álex soltó una risa.
Una risa real.
El sonido me sorprendió tanto que lo miré.
Tenía la cabeza ligeramente inclinada y una expresión que nunca aparecía en las fotografías de prensa.
Más ligera.
Más joven.
Sonreí sin querer.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Estás mirando.