CAPÍTULO 8 #2
Cuando un empresario francés elogió mi vestido, Álex no mostró los celos que yo había esperado.
—Mi esposa tiene un criterio excelente —respondió.
—¿Lo elegiste tú? —preguntó el empresario.
—Claudia no permite que nadie elija por ella.
La respuesta debería haberme gustado.
Lo hizo.
También me frustró.
Durante el discurso, permanecí junto a Álex sobre el escenario. Su brazo rozaba el mío. Cada movimiento nos acercaba lo suficiente para recordar lo que había ocurrido la noche anterior.
Cuando terminó de hablar, me ofreció la mano para bajar los escalones.
Sus dedos se cerraron sobre los míos.
No los soltó inmediatamente.
—¿Cómo va tu concentración? —pregunté sin dejar de sonreír.
—Perfectamente.
—Mientes.
—Tú pareces incómoda.
—Los tacones.
—Claro.
—No tiene nada que ver contigo.
Álex se inclinó hacia mí.
—Entonces no te importará que siga sin tocarte.
Se apartó antes de que pudiera responder.
Pasé la siguiente hora imaginando cómo hacerle pagar.
* * *
Poco antes de la medianoche, Álex desapareció de la fiesta.
Pregunté a Samuel.
—Está en el despacho del director —respondió—. Revisando una llamada de seguridad.
Seguridad.
La palabra borró momentáneamente mi frustración.
Atravesé el hotel y encontré el despacho al final de un pasillo privado. La puerta estaba abierta.
Álex hablaba por teléfono frente a los ventanales.
—Quiero revisar todos los accesos a la planta —decía—. Nadie entra en la suite sin autorización.
Me detuve en el umbral.
Terminó la llamada.
—¿Qué ocurre?
—Nada que no pueda controlar.
—Esa frase nunca resulta tranquilizadora.
Álex dejó el teléfono sobre la mesa.
—Un fotógrafo intentó acceder al ascensor privado.
—¿Lo consiguió?
—No.
—¿Trabajaba para Mateo?
—No lo sabemos.
Entré y cerré la puerta.
Álex me observó.
—Deberías volver a la fiesta.
—No.
—Claudia.
—Llevas todo el día huyendo de mí.
Una ceja se elevó.
—¿Eso es lo que crees?
—Creo que estás intentando demostrar algo.
—Tú empezaste intentando provocarme durante una reunión.
—Y tú decidiste castigarme ignorándome.
—No te estoy castigando.
—¿Entonces qué haces?
Álex rodeó la mesa.
Se detuvo delante de mí.
—Espero.
—¿A qué?
—A que dejes de utilizar el sexo como otra competición.
La respuesta me golpeó con más fuerza de la esperada.
—No lo hago.
—Llevas horas intentando conseguir una reacción.
—Porque te comportas como si anoche no hubiera ocurrido.
—Anoche ocurrió porque dijiste claramente qué querías.
—¿Y hoy?
—Hoy esperabas que lo adivinara.
—No hay mucho que adivinar.
—Entonces dilo.
El calor comenzó a extenderse por mi cuello.
—No pienso suplicarte.
—No te he pedido que supliques.
—Llevas todo el día negándote a tocarme para obligarme a pedirlo.
—Llevo todo el día asegurándome de que no confundas provocarme con elegir conscientemente lo que quieres.
La diferencia me dejó sin respuesta.
Álex se acercó un paso.
—Dime que me vaya y volveré a la fiesta.
No me moví.
—Dime que quieres hablar de seguridad y no volveré a mencionar esto.
Guardé silencio.
Sus ojos descendieron hacia mi boca.
—O dime por qué has entrado realmente en este despacho.
El deseo llevaba todo el día creciendo dentro de mí. En el avión, durante la reunión, sobre el escenario y cada vez que Álex se apartaba justo cuando esperaba que me besara.
Había intentado convertirlo en un juego porque admitir lo que quería me hacía sentir vulnerable.
Pero pedir no significaba perder.
Eso me lo había dicho él.
Respiré profundamente.
—Quiero que me beses.
Álex no se movió.
—Continúa.
—Quiero que dejes de fingir que no te ha afectado verme con este vestido.
—No he fingido eso.
—Entonces demuéstralo.
—Eso vuelve a ser un desafío.
La frustración me hizo apretar los puños.
—Quiero que me toques.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿Dónde?
—No hagas esto.
—Necesito que lo digas.
—Sabes perfectamente dónde.
Álex retrocedió medio paso.
—Entonces puedo marcharme.
Lo agarré por la corbata.
—Quiero sentir tus manos debajo de mi vestido.
La respiración de Álex cambió.
La primera grieta real en su control durante todo el día.
—¿Algo más?
—Quiero que cierres esa puerta.
—Ya está cerrada.
—Con llave.
Álex giró la cerradura sin apartar los ojos de mí.
El sonido fue pequeño.
Definitivo.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora quiero que dejes de hacerme esperar.
Su control desapareció.
Me besó con una intensidad que me hizo retroceder hasta que mi espalda chocó contra la puerta. Sus manos encontraron mi cintura y descendieron por mis caderas.
Toda la frustración del día explotó entre nosotros.
Tiré de su corbata, aflojándola. Álex besó mi cuello y el borde del escote mientras sus dedos recorrían la abertura del vestido.
—Llevas todo el día volviéndome loco —murmuró.
—No lo parecía.
—Ese era el punto.
Su mano subió por mi muslo.
Me estremecí.
—¿Color?
—Verde.
—Dilo otra vez.
—Verde.
El contacto se volvió más íntimo.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la puerta.
—Mírame.
Los abrí.
Álex observó mi expresión mientras su mano encontraba exactamente lo que había estado necesitando. No hubo prisa. Tampoco compasión por las horas de espera.
—Álex.
—¿Qué quieres?
—Más.
—¿Más qué?
—Más rápido.
Obedeció.
El placer creció de inmediato.
Intenté besarlo para ocultar mi respiración, pero Álex mantuvo la distancia suficiente para verme.
—Has pasado todo el día intentando conseguir esto —dijo.
—Cállate.
—Dilo.
—¿Qué?
—Que lo querías.
Su mano redujo el ritmo.
La frustración me hizo gemir.
—Lo quería.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta mañana.
—Mentirosa.
Aumentó la presión.
—Desde que desperté.
La satisfacción cruzó su rostro.
No tuve tiempo de insultarlo.
El placer me atravesó con tanta intensidad que tuve que aferrarme a sus hombros. Álex cubrió mi boca con la suya antes de que el sonido pudiera escapar al pasillo.
Me sostuvo mientras recuperaba el aliento.
Después bajó cuidadosamente mi vestido.
—Te odio —murmuré.
—No lo parece.
Mi mano descendió por su pecho.
—Todavía no hemos terminado.
Álex cerró los dedos alrededor de mi muñeca.
—La fiesta continúa.
—No me importa.
—A mí sí.
—Cobarde.
Su boca rozó la mía.
—Cuando volvamos a la suite podrás repetirlo.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Álex lo ignoró.
Volvió a vibrar.
—Contesta —dije.
—Puede esperar.
—Si es seguridad, no.
Se apartó y miró la pantalla.
Su expresión cambió.
La satisfacción desapareció.
—¿Qué ocurre?
Álex no respondió inmediatamente.
Cogió el teléfono y leyó el mensaje completo.
—Álex.
Le quité el dispositivo antes de que pudiera impedirlo.
El mensaje procedía de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Reconocí la suite.
El cristal de la terraza.
La cama.
Álex y yo aparecíamos dormidos, abrazados bajo las sábanas.
La imagen había sido tomada desde el exterior.
Sentí que el cuerpo se me enfriaba.
Debajo de la fotografía había una sola frase:
Parece que el matrimonio es más convincente de lo que esperaba.
Y una firma.
Mateo.