Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

HAZ QUE TE LO PIDA

Desperté sola.

Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando el techo de la suite y escuchando el sonido del mar al otro lado de las cortinas.

La mitad de la cama de Álex estaba vacía.

Las sábanas conservaban una ligera marca donde había dormido, pero no quedaba ningún rastro de su cuerpo, salvo el recuerdo de su brazo rodeándome y la forma en que había pronunciado mi nombre mientras soñaba.

No debería haberme afectado.

Habíamos compartido cama porque solo había una. Habíamos tenido sexo porque ambos lo deseábamos. Álex me había abrazado porque las personas hacían cosas extrañas mientras dormían.

Nada de aquello significaba nada.

Me incorporé y encontré una nota sobre la mesilla.

Reunión a las siete. Desayuna.

Debajo, como si hubiera anticipado mi reacción, había añadido:

No es una orden.

Arrugué el papel.

Después lo alisé y lo guardé en el cajón.

Solo para que el servicio de limpieza no lo encontrara.

La bandeja del desayuno esperaba en la terraza. Café, fruta, tostadas, huevos y una cantidad de comida suficiente para alimentar a una familia.

Me puse la bata y salí.

El aire de la mañana era cálido. El Mediterráneo se extendía bajo la terraza, brillante y tranquilo, como si no existieran contratos falsos, hermanastros manipuladores ni hombres capaces de alterar mi cuerpo con una sola palabra.

Me senté con el café.

Mi teléfono mostraba treinta y dos mensajes de Vera, once correos de la agencia y varias notificaciones sobre las fotografías de la sesión del día anterior.

Abrí una de ellas.

La imagen mostraba a Álex detrás de mí, con las manos sobre mis caderas y la boca junto a mi cuello. Yo tenía los ojos cerrados y una expresión que no se parecía en absoluto a la de una mujer que estuviera fingiendo.

El titular decía:

LOS VALDÉS CONVIERTEN MARBELLA EN SU LUNA DE MIEL PARTICULAR

Amplié la fotografía.

La forma en que Álex me miraba resultaba demasiado íntima.

No parecía una actuación.

Quizá porque no lo había sido.

Cerré la noticia.

El recuerdo de la noche anterior apareció con una intensidad inmediata: la oscuridad del antifaz, la seda alrededor de mis muñecas, su voz preguntándome por el color y sus labios sobre la piel enrojecida después de desatarme.

Mi cuerpo respondió antes de que pudiera controlar el pensamiento.

Apreté las piernas bajo la bata.

Aquello era ridículo.

Habían pasado unas horas.

Debería sentirme satisfecha, agotada o al menos temporalmente inmune a Álex Valdés.

En cambio, parecía haber despertado con más hambre.

El teléfono vibró.

Un mensaje suyo.

A las nueve revisaremos la inauguración. No llegues tarde.

Sonreí.

Empezaba a comprender que no era la única persona que disfrutaba provocando.

Escribí:

No me des órdenes.

La respuesta llegó de inmediato.

Entonces considéralo una oportunidad para demostrar que puedes obedecer voluntariamente.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

El día apenas había comenzado y ya quería estrangularlo.

O hacer algo mucho menos violento.

* * *

Llegué a la sala de reuniones a las nueve y siete.

No porque me hubiera retrasado.

Porque había esperado deliberadamente siete minutos en el pasillo.

Álex estaba sentado al fondo de la mesa con seis directivos del hotel, el responsable de seguridad y Beatriz. Llevaba un traje azul oscuro, camisa blanca y la expresión de un hombre que llevaba trabajando desde antes del amanecer.

Sus ojos se dirigieron hacia mí.

—Llegas tarde.

—Buenos días para ti también.

Ocupé la silla frente a él.

—Empezamos hace siete minutos.

—Entonces ya habrás demostrado que puedes sobrevivir sin mí.

Uno de los directivos escondió una sonrisa.

Álex no.

Su mirada descendió por mi cuerpo.

Había elegido un vestido color marfil, profesional desde el frente y completamente abierto en la espalda. No era una prenda inapropiada para el clima de Marbella.

Tampoco era inocente.

Cuando salí de la suite, sabía exactamente qué efecto pretendía provocar.

La atención de Álex permaneció un segundo más de lo necesario sobre mi piel.

Después regresó a los documentos.

—Continuemos.

La reunión trató sobre horarios, invitados, seguridad y la distribución de los medios. Yo me concentré en los detalles del evento, señalando dos problemas de circulación y una zona donde los fotógrafos bloquearían el acceso de los camareros.

Álex aceptó mis correcciones sin discutir.

Eso debería haberme satisfecho.

En lugar de eso, me molestó que no volviera a mirarme.

Cambié de postura y crucé las piernas.

Nada.

Me incliné para recoger un documento, permitiendo que la abertura de la espalda se ampliara.

Álex siguió hablando con el responsable de seguridad.

Cuando la reunión terminó, todos abandonaron la sala menos nosotros.

Recogí mis carpetas lentamente.

Álex cerró su ordenador.

—¿Necesitas algo?

—No.

—Entonces deja de hacer eso.

Levanté la mirada.

—¿Hacer qué?

—Moverte cada treinta segundos para comprobar si estoy mirando.

—No sé de qué hablas.

—Has elegido ese vestido para provocarme.

—Me lo ha enviado Beatriz.

—Beatriz envió cuatro.

—Este era el más cómodo.

Álex se levantó.

—Mentirosa.

La palabra descendió directamente hasta mi vientre.

—No vuelvas a llamarme así.

—Deja de darme motivos.

Se acercó hasta situarse detrás de mi silla.

Sus manos se apoyaron en el respaldo, a ambos lados de mis hombros, sin tocarme.

Podía sentir el calor de su cuerpo sobre la espalda desnuda.

—¿Tienes algún problema con mi vestido? —pregunté.

—Muchos.

—No lo parece.

—Estoy trabajando.

—Anoche tampoco te impidió prestar atención a otras cosas.

La respiración de Álex cambió.

Muy poco.

Suficiente.

Su boca quedó junto a mi oído.

—No deberías mencionar anoche si no estás preparada para asumir las consecuencias.

—¿Eso es una amenaza?

—No.

Su voz fue apenas un murmullo.

—Es una advertencia.

Giré la cabeza.

Nuestros labios quedaron separados por unos centímetros.

—Pareces muy seguro de que quiero algo de ti.

—Llevas toda la mañana intentando que te toque.

La precisión de la acusación me irritó.

—Quizá solo quiero demostrar que puedo desconcentrarte.

—No puedes.

Apoyé una mano sobre su corbata y deslicé los dedos por la seda.

—¿Seguro?

Los ojos de Álex se oscurecieron.

No se movió.

Yo tiré suavemente del nudo, acercándolo.

—Muy seguro —dijo.

Su boca casi rozó la mía.

Esperé el beso.

No llegó.

Álex se apartó, recogió el ordenador y caminó hacia la puerta.

Me quedé sentada, con el pulso acelerado y una frustración tan intensa que habría preferido que se burlara de mí.

—Tenemos una inauguración que preparar —dijo—. Intenta concentrarte.

La puerta se cerró detrás de él.

Lo odié.

Y, por primera vez, comprendí que quizá su forma más efectiva de controlarme no consistiera en tocarme.

Sino en negarse a hacerlo.

* * *

Decidí convertir el resto del día en una prueba de resistencia.

Para los dos.

Durante el ensayo de la ceremonia me situé demasiado cerca de Álex cada vez que revisábamos la posición de los invitados.

Al entregarle documentos, dejé que mis dedos rozaran los suyos.

Cuando un técnico nos pidió comprobar la iluminación del escenario, apoyé la mano sobre su pecho para moverlo unos centímetros.

Álex no reaccionó.

Por fuera.

Por dentro, la tensión de su mandíbula contaba otra historia.

—Un poco más a la izquierda —dije.

—Estoy perfectamente colocado.

—El foco crea una sombra.

—El técnico ha dicho que está bien.

—Yo digo que no.

Deslicé la mano por su chaqueta hasta llegar a la cintura.

Álex cerró los dedos alrededor de mi muñeca.

El contacto fue firme.

Breve.

Suficiente para encenderme.

—Claudia —advirtió.

—¿Qué?

—Compórtate.

—No me des órdenes.

—No es una orden.

Su pulgar acarició el interior de mi muñeca.

—Es una petición por tu propio bien.

—¿Debería preocuparme?

—Deberías empezar a hacerlo.

Me soltó y se alejó.

No volvió a tocarme.

Durante el almuerzo, se sentó frente a mí y mantuvo una conversación completamente profesional con los responsables del hotel. Cuando me incliné para preguntarle algo al oído, respondió sin mirarme.

En una de las terrazas, fingí que el cierre de mi collar se había soltado.

—¿Puedes ayudarme?

Álex observó la joya.

—Pídeselo a Beatriz.

—Está ocupada.

—Samuel.

—No sabe cerrar un collar.

Samuel, que estaba a tres metros, levantó la vista.

—Sí sé.

Lo miré con traición.

Álex ocultó una sonrisa.

A las seis de la tarde estaba tan frustrada que no podía recordar cuál de los dos había empezado aquel juego.

Me retiré a la suite para cambiarme.

La inauguración comenzaría a las ocho. Beatriz había seleccionado un vestido azul medianoche con un escote profundo y una falda ajustada que se abría a un lado.

Lo observé sobre la cama.

Después miré la caja del paquete romántico, todavía cerrada sobre una mesa.

No necesitaba accesorios.

Solo necesitaba conseguir que Álex dejara de comportarse como si no lo afectara.

Me puse el vestido.

No llevaba sujetador.

Aquella decisión sí fue completamente mía.

* * *

La inauguración reunió a más de cuatrocientas personas.

El jardín principal estaba iluminado con lámparas suspendidas entre las palmeras. Había música en directo, barras de cócteles, mesas junto a la piscina y una pasarela que conducía hasta el escenario.

Álex saludaba a los invitados cerca de la entrada.

Cuando me vio, su conversación se interrumpió durante medio segundo.

Una pequeña victoria.

Caminé hacia él.

—Llegas tarde —dijo.

—Dos minutos.

—Lo suficiente.

Su mirada descendió hasta el escote.

—¿Algún problema?

—Ninguno que pueda resolver aquí.

—¿No vas a besar a tu esposa?

Varias cámaras apuntaban hacia nosotros.

Álex colocó una mano en mi cintura y me acercó.

Creí que por fin había ganado.

Su boca rozó mi mejilla.

Nada más.

—Disfruta de la fiesta —murmuró.

Se alejó para recibir a otro invitado.

Me quedé sonriendo ante las cámaras mientras imaginaba cómo empujarlo a la piscina.

Las horas siguientes se convirtieron en una tortura cuidadosamente diseñada.

Bailamos para los fotógrafos.

Álex mantuvo una mano sobre mi espalda, pero nunca descendió más de lo necesario.

Posamos junto a la piscina.

Me rodeó la cintura sin pegarme a su cuerpo.