Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

Debajo llevaba un conjunto de encaje color crema elegido para la sesión de fotos. La mirada de Álex recorrió mi cuerpo con una intensidad que me hizo olvidar cualquier rastro de vergüenza.

—La ropa interior también —dijo.

—Eso no lo hemos negociado.

—Entonces pregunta.

—¿Quieres que me la quite?

—Sí.

—¿Por qué?

Álex se acercó.

—Porque llevo toda la tarde imaginando cómo sería hacerlo yo.

El deseo me cortó la respiración.

Me quité el sujetador.

Después deslicé las braguitas por mis piernas.

Álex no me tocó.

La espera resultó insoportable.

—Tú también —ordené.

—Esta noche no das las órdenes.

—No recuerdo haber aceptado eso.

Una sonrisa breve apareció en su boca.

—Entonces pide lo que quieres.

—Quítate la ropa.

Álex lo hizo.

Sin prisa.

Su cuerpo apareció ante mí y cualquier intento de mantener una actitud desafiante desapareció.

—Túmbate —dijo.

Me recosté sobre la cama.

Él tomó mis muñecas y las unió delante de mi cuerpo con la cinta de seda. Probó el nudo, dejó espacio suficiente y me preguntó si me molestaba.

—No.

—¿Color?

—Verde.

Álex colocó el antifaz sobre mis ojos.

La oscuridad transformó todo.

El sonido de su respiración.

El hundimiento del colchón.

El roce de sus dedos sobre mi tobillo.

No podía anticipar dónde me tocaría después.

Su mano ascendió lentamente por mi pierna. Se detuvo en el muslo y luego desapareció.

—Álex.

—¿Sí?

—No juegues.

—Esto es exactamente un juego.

Su boca rozó mi abdomen.

Me arqueé.

Las manos atadas no me impedían moverme, pero la sensación de no poder alcanzarlo aumentaba cada caricia.

Álex recorrió mi cuerpo con una paciencia cruel. Me hizo esperar, preguntar y pedir. Cada vez que mi respiración cambiaba, comprobaba que continuara queriendo avanzar.

—Color —murmuró junto a mi cadera.

—Verde.

Sus labios descendieron.

El placer me golpeó con tanta fuerza que tiré de la cinta.

Álex detuvo inmediatamente el movimiento.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Segura?

—Sí. No pares.

Continuó.

La oscuridad, la seda alrededor de mis muñecas y su control absoluto sobre el ritmo me empujaron rápidamente hacia el límite.

Pronuncié su nombre.

Él redujo la intensidad.

—No.

—¿No qué?

—Todavía no.

—No puedes decidir eso.

—Di amarillo y me detendré.

No lo dije.

Álex conocía mi cuerpo lo suficiente para llevarme cerca una y otra vez sin permitirme terminar. La frustración se convirtió en una necesidad casi dolorosa.

—Por favor —susurré.

—¿Qué quieres?

—Terminar.

—Dímelo mejor.

—Quiero que me hagas terminar.

Su respiración cambió.

Aquella vez no se contuvo.

El placer llegó con una intensidad que borró la habitación. Mi cuerpo se tensó y después se deshizo mientras Álex me sostenía por las caderas.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, retiró el antifaz.

La luz tenue me obligó a parpadear.

Álex estaba sobre mí.

Su control también había desaparecido parcialmente.

—Color —preguntó.

—Verde.

Desató mis muñecas y masajeó la piel bajo la cinta.

—¿Quieres continuar?

Deslicé las manos por su pecho.

—Sí.

—¿Cómo?

Lo atraje hacia mí.

—Sin esperar.

Esta vez nuestros cuerpos se encontraron sin juegos ni lentitud. Álex se movió con una intensidad que me obligó a aferrarme a sus hombros, pero continuó observándome, atento a cualquier cambio.

El placer creció otra vez.

Más profundo.

Más emocional de lo que quería admitir.

Cuando todo terminó, permanecí debajo de él, respirando con dificultad y sintiendo su corazón golpear contra el mío.

Álex se apartó con cuidado.

Pensé que se levantaría.

En lugar de eso, tomó una manta y me cubrió. Después fue al baño, regresó con agua y se sentó junto a mí.

—Bebe.

—Puedo sostener un vaso.

—No he dicho que no puedas.

Me incorporé y bebí.

Álex examinó mis muñecas.

No había marcas, solo un ligero enrojecimiento.

Las besó.

El gesto resultó más íntimo que todo lo anterior.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—¿Algo no te ha gustado?

—Que me hicieras esperar.

—Eso parecía gustarte bastante.

—No te pongas satisfecho.

—No lo estoy.

Me acomodó el cabello detrás de la oreja.

—Estoy comprobando que estás bien.

No supe qué responder.

Aquella atención posterior me dejó más vulnerable que el antifaz, las cintas o cualquier orden.

Me tumbé de lado.

Álex permaneció junto a mí hasta que mi respiración volvió a la normalidad.

—Puedes usar la cama —dije.

—No es necesario.

—Es suficientemente grande.

—Claudia.

—No significa nada.

—Por supuesto.

Se tumbó a mi lado.

No nos tocamos al principio.

Había espacio de sobra entre los dos, pero durante la noche desperté con la cabeza apoyada sobre su pecho y su brazo alrededor de mi cintura.

No supe cuál de los dos había cruzado la distancia.

Permanecí quieta.

La respiración de Álex era profunda.

Dormía.

Estaba a punto de cerrar los ojos cuando sus dedos se movieron sobre mi espalda.

—Claudia —murmuró.

No fue una pregunta.

Tampoco una orden.

Pronunció mi nombre con una necesidad tan desnuda que sentí algo abrirse dentro de mí.

Álex volvió a abrazarme sin despertarse.

Y por primera vez desde que habíamos firmado el contrato, comprendí que quizá yo no fuera la única que corría peligro.