CAPÍTULO 7 #2
—Cambiamos la postura —indicó inmediatamente.
El fotógrafo bajó la cámara.
—Por supuesto.
No hubo irritación ni presión.
Solo una respuesta clara.
La tensión de mi cuerpo disminuyó.
Álex rozó mi mano con la suya.
—¿Bien?
Asentí.
—Sí.
El equipo preparó otra composición junto a la piscina. Esta vez fui yo quien tomó la mano de Álex antes de que comenzaran.
Sus ojos bajaron hacia nuestros dedos entrelazados.
No dijo nada.
El gesto pareció afectarlo más que todos los besos anteriores.
* * *
Terminamos la sesión al atardecer.
Yo estaba cansada, excitada y enfadada por estar excitada.
Un empleado nos acompañó hasta la suite principal. Había periodistas alojados en el hotel y varios habían preguntado discretamente qué habitaciones ocuparíamos.
—Supongo que mi suite está en otra planta —dije mientras esperábamos el ascensor.
Álex no respondió.
Lo miré.
—Álex.
—Había dos suites reservadas.
—¿Había?
—Una filtración obligó al equipo de comunicación a modificar el plan.
—¿Qué clase de modificación?
Las puertas se abrieron.
Álex me dejó entrar primero.
—Una que no te gustará.
La suite ocupaba una esquina completa del edificio. Tenía salón, terraza privada, piscina pequeña y unas vistas espectaculares al mar.
También tenía un dormitorio.
Uno.
Con una cama enorme en el centro.
Caminé hasta ella y miré alrededor, buscando alguna puerta oculta.
—Solo hay una cama.
—El sofá es amplio.
—No pienso dormir en el sofá.
—No he dicho que fueras a hacerlo.
Me giré.
Álex dejó la chaqueta sobre una silla.
—Tú dormirás en la cama.
—¿Y tú?
—En el sofá.
La respuesta debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
—Podemos pedir una cama adicional.
—Eso llegaría a oídos de la prensa en menos de diez minutos.
—¿Y si alguien pregunta por qué duermes en el sofá?
—Nadie entrará.
—Yo sabré que estás ahí.
Álex alzó una ceja.
—¿Eso es un problema?
—No.
—Entonces no hay nada que discutir.
Una empleada llamó a la puerta y dejó una caja grande sobre la mesa del salón.
—Atención de la casa para los recién casados —explicó.
Esperé a que se marchara.
—¿Qué es eso?
Álex miró la etiqueta.
—El paquete romántico de la suite.
—Ábrelo.
—¿Estás segura?
—Es una caja, no un artefacto explosivo.
Álex levantó la tapa.
Dentro había una botella de champán, aceites de masaje, antifaces de seda, cintas oscuras y varios accesorios guardados en envoltorios discretos.
Me quedé en silencio.
Álex cerró la caja.
—Pediré que la retiren.
—No.
Su mano se detuvo.
—¿No?
—No he dicho que quiera utilizar nada. Solo que no hace falta retirarlo.
—Claudia.
—¿Qué?
—Llevas desde que hemos entrado mirando la cama y ahora no apartas los ojos de esa caja.
—Estoy evaluando los servicios del hotel.
—Por supuesto.
Se acercó hasta quedar frente a mí.
—No voy a tocarte esta noche solo porque compartamos habitación.
—No he dicho que fueras a hacerlo.
—Tampoco voy a utilizar nada de ahí sin hablar primero.
Su tono había cambiado.
Ya no había provocación.
—Lo sé.
—No estoy seguro.
—¿Qué quieres decir?
Álex apoyó una mano sobre la mesa.
—Hasta ahora nos hemos dejado llevar. Nos preguntamos si queremos continuar, pero no hemos hablado de límites concretos.
Miré la caja.
Las cintas.
El antifaz.
La posibilidad de entregarle un control más real que el que había aceptado hasta entonces.
—¿Has hecho esto antes? —pregunté.
—Sí.
Una punzada incómoda me atravesó.
—Claro.
—No de la forma que estás imaginando.
—No sabes lo que estoy imaginando.
—Estás pensando en otras mujeres.
Lo odié por conocerme tan rápido.
—No me importa.
—Mentirosa.
—No vuelvas a llamarme así.
—Entonces no vuelvas a fingir indiferencia.
Nos miramos.
Álex abrió de nuevo la caja y sacó una de las cintas.
No se acercó.
—Podemos guardarlo todo y cenar —dijo—. No cambiaría nada.
—¿Y si no quiero guardarlo?
Sus dedos acariciaron la seda.
—Entonces necesito saber qué aceptarías y qué no.
Me senté en el borde de la cama.
Álex permaneció de pie.
La posición me hizo sentir expuesta, así que señalé el espacio a mi lado.
—Siéntate.
Él obedeció.
—No quiero dolor —dije.
—De acuerdo.
—Ni sentir que no puedo detenerte.
—Nunca ocurrirá.
—No quiero nada que pueda dejar marcas visibles.
—Bien.
—Y no quiero que me humilles.
Álex sostuvo mi mirada.
—Jamás.
La firmeza de la respuesta relajó algo dentro de mí.
—¿Y tú? —pregunté.
—No haré nada si no estás segura.
—Eso no es un límite.
—Es el más importante.
—Álex.
Reflexionó unos segundos.
—No me gusta que utilices una palabra de seguridad para probarme. Si la dices, todo se detiene.
Asentí.
—¿Qué palabra?
Miré hacia la terraza.
—Mar.
—Demasiado presente.
—Entonces… rojo.
—Bien.
—¿Y si solo necesito que reduzcas la intensidad?
—Amarillo.
—Muy original.
—Debe ser fácil de recordar.
Cogí el antifaz.
—Esto sí.
Los ojos de Álex se oscurecieron.
—¿Las manos?
Miré las cintas.
Mi corazón comenzó a latir con más fuerza.
—Sí. Pero delante.
—De acuerdo.
—Y no te acostumbres a que obedezca.
—Nunca confundiría una excepción con un cambio de personalidad.
—Eres insoportable.
—Todavía puedes cambiar de opinión.
—No quiero hacerlo.
Álex tomó el antifaz de mis manos.
—Necesito oírlo con claridad.
Respiré.
—Quiero probarlo.
—¿Conmigo?
—No veo a nadie más en la habitación.
—Claudia.
La gravedad de su voz eliminó cualquier deseo de bromear.
—Sí. Contigo.
Álex se levantó y cerró las cortinas.
Cuando regresó, ya no parecía el hombre que posaba ante las cámaras.
Parecía algo más peligroso.
Y mucho más atento.
—Desnúdate —dijo.
La orden descendió por mi cuerpo.
Lo miré.
—Has empezado rápido.
—Puedes decir que no.
Me puse de pie.
No aparté los ojos de él mientras bajaba la cremallera del vestido.
La tela cayó alrededor de mis pies.