CAPÍTULO 7
SOLO HAY UNA CAMA
La fotografía de Hugo tocándome la cintura apareció en tres medios digitales antes de que termináramos de desayunar.
En uno de ellos, el titular insinuaba que mi matrimonio con Álex atravesaba su primera crisis. En otro, me presentaban como una empresaria arruinada que había regresado a los brazos de un antiguo amante apenas unos días después de casarse.
La realidad no tenía ninguna posibilidad frente a una fotografía tomada en el instante adecuado.
Estaba sentada frente a la isla de la cocina, leyendo por tercera vez el artículo, cuando Álex me quitó el teléfono de las manos.
—Deja de mirarlo.
—Devuélvemelo.
—No.
—Es mi teléfono.
—Y esta basura no va a mejorar porque la leas otra vez.
Intenté recuperarlo. Álex levantó el brazo, dejándolo fuera de mi alcance.
—No tengo doce años.
—Entonces deja de comportarte como si necesitaras memorizar cada insulto.
—Necesito saber qué están diciendo.
—Mi equipo se ocupa de eso.
—Tu equipo no es quien aparece descrita como una cazafortunas infiel.
Álex dejó el teléfono sobre la encimera, pero colocó una mano encima para impedir que lo cogiera.
—Nadie que importe creerá esa versión.
Solté una risa amarga.
—Eso es exactamente lo que diría un hombre que puede comprar el periódico si no le gusta el titular.
—No necesito comprarlo.
—¿Porque ya controlas al periodista?
Su expresión se endureció.
El comentario había sido injusto.
También había encontrado el lugar exacto en el que herirlo.
—Hugo habló con la prensa —continué—. Alguien conoce nuestras deudas y está intentando demostrar que me casé contigo por dinero. Quizá deberíamos aceptar que la versión que publican se parece bastante a la verdad.
—No te casaste conmigo por dinero.
—Álex.
—Te casaste para salvar tu empresa y proteger a las personas que dependen de ti.
—A cambio de dinero.
—No es lo mismo.
—Para el resto del mundo sí.
Se acercó.
Llevaba una camisa blanca con las mangas dobladas hasta los antebrazos. Mis ojos se detuvieron un instante en sus manos antes de volver a su rostro.
Habíamos regresado de la gala pocas horas antes. Después de lo ocurrido en el coche, nos habíamos separado en el pasillo con una tensión tan intensa que había permanecido despierta imaginando cómo habría terminado la noche si Álex hubiera entrado en mi habitación.
No lo hizo.
Ahora estaba delante de mí, demasiado sereno para un hombre que me había hecho perder el control con la mano bajo mi vestido.
—El avión sale en dos horas —dijo.
—No voy a ninguna parte.
—Tenemos la inauguración de Marbella.
Lo había olvidado.
O había intentado olvidarlo.
—Puedo ocuparme de la campaña desde aquí.
—Necesito que vengas.
—¿Por la imagen?
—En parte.
—¿Y la otra parte?
Álex apartó la mano del teléfono.
—No quiero dejarte sola mientras averiguamos quién está moviendo la información.
—No necesito protección.
—No he dicho que la necesites.
—Acabas de hacerlo.
—He dicho que no quiero dejarte sola.
La diferencia era pequeña.
Pero existía.
—Eso suena peligrosamente parecido a una preocupación real —dije.
—No te acostumbres.
Cogí el teléfono.
—Viajaré por trabajo. No porque me lo hayas ordenado.
—Por supuesto.
—Y quiero mi propia habitación.
Álex sostuvo mi mirada.
—Eso dependerá del hotel.
—Eres el propietario del hotel.
—Precisamente.
* * *
El avión privado de Álex tenía un dormitorio.
No entré en él.
Tampoco pregunté por qué me pareció tan importante saber que existía.
Me instalé en uno de los asientos del salón principal con el ordenador sobre las rodillas y pasé la mayor parte del vuelo respondiendo correos. Álex ocupó el asiento de enfrente y fingió revisar documentos.
Digo que fingió porque cada vez que levantaba la mirada lo encontraba observándome.
—¿Qué? —pregunté finalmente.
—Nada.
—Llevas veinte minutos mirando.
—Estoy pensando.
—Hazlo en otra dirección.
Sus ojos descendieron hasta mis piernas.
Había elegido unos pantalones claros y una blusa de seda. Nada especialmente provocador.
La forma en que Álex me miraba conseguía convertir cualquier prenda en una invitación.
—¿En qué estás pensando? —pregunté.
—En la gala.
Mi cuerpo recordó inmediatamente el coche.
—La gala terminó.
—No para mí.
Cerré el ordenador.
—Fuiste tú quien decidió esperar a llegar al ático.
—Y tú quien se encerró en su habitación.
—No me seguiste.
—La puerta tenía llave.
—Podrías haber llamado.
—Podrías haberla abierto.
Nos miramos en silencio.
El zumbido del avión pareció aumentar.
Álex se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.
—¿Querías que entrara?
La pregunta me obligó a pensar en la noche anterior.
En sus pasos deteniéndose al otro lado del pasillo.
En mi cuerpo todavía sensible.
En el deseo absurdo de escuchar sus nudillos contra la puerta.
—No importa.
—A mí sí.
—Eso habría complicado el acuerdo.
—El acuerdo ya está complicado.
—Entonces no deberíamos empeorarlo.
—No has respondido.
Su voz tenía aquel tono bajo que convertía una conversación aparentemente sencilla en algo mucho más íntimo.
—Quizá —admití.
La satisfacción apareció en sus ojos.
—No sonrías.
—No lo estoy haciendo.
—Sigues haciéndolo por dentro.
Álex se levantó.
Pensé que iba a acercarse.
En cambio, recogió su chaqueta.
—Aterrizamos en diez minutos.
—Cobarde.
Se detuvo.
—¿Perdón?
—Has preguntado lo que querías saber y ahora huyes.
Volvió hacia mí.
Esta vez sí se acercó.
Colocó una mano en el respaldo de mi asiento y se inclinó hasta que su boca quedó junto a mi oído.
—No estoy huyendo, Claudia.
Su respiración rozó mi piel.
—Estoy intentando no comenzar algo que el piloto no nos dará tiempo a terminar.
Se apartó antes de que pudiera responder.
Pasé los diez minutos restantes fingiendo leer el mismo correo.
* * *
El Hotel Valdés Costa de Marbella se alzaba frente al Mediterráneo como una declaración de poder hecha de cristal, piedra blanca y jardines imposiblemente perfectos.
Había trabajado en hoteles de lujo.
Aquello pertenecía a otra categoría.
El vestíbulo se abría hacia una terraza con vistas al mar. La piscina parecía continuar hasta el horizonte y el personal se movía con una coordinación que habría despertado mi admiración profesional si no hubiera encontrado a cuarenta periodistas esperando nuestra llegada.
—¿Esto estaba previsto? —pregunté.
Álex colocó una mano en mi espalda.
—La prensa local, sí. El resto, no.
—Hugo.
—O Mateo.
—¿Hay alguna diferencia?
—Mateo sabe hacer más daño.
La respuesta me heló.
No tuve tiempo de preguntar.
Un fotógrafo comenzó a gritar nuestros nombres. Después otro. En segundos, todas las cámaras apuntaron hacia nosotros.
Álex me acercó a su cuerpo.
—Mírame.
—¿Por qué?
—Porque ahora mismo estás mirando las cámaras como si quisieras destruirlas.
—Es exactamente lo que quiero.
—Mírame a mí.
Lo hice.
Su pulgar trazó una caricia sobre mi espalda.
—Sonríe.
—Dime algo gracioso.
—Anoche te encerraste en una habitación para evitar pedirme que terminara lo que empezamos en el coche.
La sonrisa apareció antes de que pudiera impedirlo.
—Eres un imbécil.
—Pero funciona.
Los flashes se multiplicaron.
Álex se inclinó y me besó.
No fue un beso profundo. Solo una presión lenta, cuidadosamente calculada para parecer espontánea.
Aun así, mi cuerpo respondió.
Cuando se apartó, su mano continuó sobre mi cintura.
—Así está mejor.
—Te odio.
—También resulta convincente.
* * *
La sesión fotográfica estaba prevista para presentar la nueva zona de suites privadas.
No me habían informado de que yo formaría parte de ella.
—Solo serán algunas fotografías —explicó Beatriz mientras dos estilistas me rodeaban—. Álex y tú desayunando en la terraza, caminando por la playa y entrando en la suite.
—Eso suena como una campaña de luna de miel.
—Exactamente.
La miré a través del espejo.
—Nos casamos hace tres días.
—Por eso funciona.
Me vistieron con un vestido blanco ligero, de tirantes finos y espalda descubierta. El tejido se movía con el viento y se pegaba a mis piernas de una forma poco práctica.
Cuando salí a la terraza, Álex ya estaba allí.
Llevaba pantalones claros y una camisa de lino con el cuello abierto.
Parecía menos un empresario y más el protagonista de una fantasía cuidadosamente diseñada para vender hoteles, relojes y decisiones cuestionables.
Sus ojos recorrieron el vestido.
—Beatriz vuelve a superar mis expectativas.
—No ha sido ella quien ha elegido la abertura.
Álex bajó la mirada.
—Eso suponía.
El fotógrafo nos colocó junto a la barandilla.
—Álex, ponte detrás de ella. Claudia, apóyate contra él.
—¿Es necesario? —pregunté.
—Queremos intimidad —respondió el fotógrafo.
—Eso no responde a mi pregunta.
Álex ocupó su lugar detrás de mí.
Su pecho rozó mi espalda.
—Compórtate —murmuré.
—No estoy haciendo nada.
—Todavía.
Las manos de Álex se apoyaron sobre mis caderas.
El fotógrafo pidió que miráramos hacia el mar.
Álex acercó la boca a mi sien.
—Relájate.
—Tienes las manos demasiado abajo.
—El fotógrafo las ha colocado aquí.
—No le has dejado terminar.
—Soy eficiente.
—Eres un aprovechado.
Sus dedos se cerraron suavemente sobre mi cintura.
—Y estás temblando.
—Hace viento.
—Claro.
El fotógrafo cambió de ángulo.
—Ahora mírala, Álex. Como si estuvierais solos.
Álex no tuvo que fingir.
Su mirada cayó sobre mí con una intensidad que borró las cámaras, el equipo y el paisaje.
Sentí que el aire se volvía más denso.
—Perfecto —dijo el fotógrafo—. Claudia, gira un poco hacia él.
Lo hice.
Mi cuerpo quedó encajado entre sus brazos.
—Más cerca —pidió el fotógrafo.
—No creo que sea físicamente posible —murmuré.
Álex sonrió.
—Siempre podemos intentarlo.
El fotógrafo se entusiasmó.
—Eso. Álex, bésala en el cuello.
—No es necesario —dije.
La boca de Álex ya estaba sobre mi piel.
Un beso.
Después otro.
Lentos.
Calientes.
Demasiado reales.
Cerré los ojos un instante.
—Mírame —susurró.
—El fotógrafo no ha pedido eso.
—Yo sí.
Abrí los ojos.
Álex me observaba como si supiera exactamente qué ocurría bajo el vestido.
El fotógrafo continuó disparando.
—Quiero una imagen más atrevida. Claudia, coloca una pierna entre las suyas. Álex, sujétala por el muslo.
—No —dije.
Álex se detuvo.