Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Mi boca chocó contra la suya y mis dedos se cerraron alrededor de su corbata. Tiré de él con más fuerza de la necesaria.

Álex tardó menos de un segundo en responder.

Su mano rodeó mi nuca y me atrajo sobre su regazo. La abertura del vestido se abrió cuando coloqué una pierna a cada lado de su cuerpo.

El contacto me arrancó un jadeo.

—Esto no demuestra nada —murmuré contra su boca.

—Por supuesto.

—No vuelvas a llamarme mentirosa.

—No vuelvas a mentirme.

Lo besé con más fuerza.

Álex deslizó las manos bajo la falda, recorriendo mis muslos hasta sujetarme por las caderas. Sus dedos apretaron mi piel.

—Dime que pare —murmuró.

—No.

—Claudia.

—He dicho que no pares.

La última palabra se convirtió en un gemido cuando me hizo moverme sobre él.

El cristal oscuro nos separaba del conductor, pero continuábamos dentro de un coche que atravesaba el centro de Madrid.

El riesgo aumentó el deseo.

Álex besó mi cuello.

—Llevas toda la noche provocándome.

—Tú elegiste el vestido.

—Tú lo modificaste.

—Porque sabía que te molestaría.

—No me molestó.

Sus manos subieron por mi espalda.

—Casi me vuelve loco.

La confesión me dio una satisfacción salvaje.

Me separé lo suficiente para mirarlo.

El cabello de Álex estaba desordenado. La corbata colgaba alrededor de su cuello y su expresión había perdido la calma cuidadosamente mantenida durante la gala.

Yo había provocado aquello.

Apoyé las manos sobre su pecho y me moví despacio.

Sus dedos se clavaron en mis caderas.

—No tan rápido —dije.

—No me des órdenes.

—Entonces deja de obedecerlas.

Álex me miró durante un segundo.

Después me giró.

Mi espalda quedó contra el asiento, con él inclinado sobre mí y el vestido subido alrededor de la cintura.

—¿Así? —preguntó.

La voz se me quedó atrapada en la garganta.

—Sí.

Sus dedos rozaron la tela húmeda de mi ropa interior.

Cerré los ojos.

—Mírame.

Los abrí.

—No puedes decirme qué hacer fuera de los actos públicos.

—Entonces dime que no quieres hacerlo.

Me sostuvo la mirada mientras apartaba la tela.

No dije nada.

Su mano encontró mi cuerpo y toda la discusión desapareció bajo una oleada de placer.

Me mordí el labio para no hacer ruido.

Álex acercó la boca a la mía.

—No te escondas.

—El conductor…

—No puede oírnos.

—No quiero comprobarlo.

—Entonces tendrás que mantenerte callada.

La orden me recorrió por completo.

Sabía exactamente lo que provocaba en mí.

Y yo odiaba cuánto me gustaba que lo supiera.

Sus dedos se movieron con precisión. Lentos al principio. Más firmes cuando mi cuerpo empezó a responder.

Me aferré a sus hombros.

—Álex.

—¿Qué quieres?

—Más.

—Pídelo bien.

—No pienso suplicar.

Redujo el ritmo.

La frustración me hizo levantar las caderas.

—Eres un cabrón.

—Eso no es pedirlo.

—Más rápido.

—¿Por favor?

Lo miré con odio.

Él sonrió.

—Por favor —dije.

Álex me dio exactamente lo que pedía.

El placer llegó tan rápido que tuve que cubrir mi boca con la suya para contener el sonido. Todo mi cuerpo se tensó y después se deshizo bajo sus manos.

Álex me sostuvo mientras recuperaba el aliento.

No intentó llevar la situación más lejos.

No buscó su propio placer.

Solo me observó con aquella expresión oscura y satisfecha.

Eso me irritó casi tanto como me excitó.

—¿Y tú? —pregunté.

—Llegaremos al ático en cinco minutos.

Mi mano descendió hacia su cinturón.

Álex la detuvo.

—Aquí no.

—Hace un minuto no parecías preocupado por el lugar.

—Hace un minuto no estabas intentando devolvérmelo como si fuera una deuda.

—Tal vez quiera hacerlo.

—Entonces lo harás porque lo deseas.

Su pulgar acarició mi muñeca.

—No porque creas que tienes que compensarme.

La ternura inesperada del gesto me desarmó.

Me aparté y bajé el vestido.

—Sigues estando celoso.

Álex se recolocó la corbata.

—Y tú sigues disfrutándolo.

—No he dicho eso.

—No era necesario.

El coche se detuvo.

Antes de que el conductor abriera la puerta, Álex tomó mi mano.

—Hay algo que debes saber sobre Salcedo.

La satisfacción desapareció.

—¿Qué cosa?

—Hace tres días contactó con un periodista.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el periodista trabaja ocasionalmente con mi equipo de comunicación.

—¿Qué quería?

Álex abrió la puerta del coche.

Los flashes volvieron a iluminar la calle.

Su mano se cerró alrededor de la mía mientras sonreía para las cámaras.

—Vender información sobre ti.

Mantuve la sonrisa porque todos nos observaban.

—¿Qué información?

—Tus deudas. La situación de la agencia. El tiempo que llevábamos supuestamente juntos.

—Hugo no sabe nada de nuestro acuerdo.

—No necesita saberlo.

Álex me acercó a su cuerpo para posar frente a los fotógrafos.

—Solo necesita demostrar que tenías motivos económicos para casarte conmigo.

Me quedé inmóvil entre sus brazos.

—¿Crees que trabaja para Mateo?

—Todavía no lo sé.

—¿Por eso me pediste que no me alejara?

—Sí.

Miré por encima de su hombro hacia el hotel.

Hugo había desaparecido hacía tiempo.

La amenaza no.

Álex rozó mi mejilla con los labios.

—Sonríe —murmuró—. Alguien está intentando demostrar que mi esposa se casó conmigo por dinero.

Mi cuerpo se enfrió.

Porque esa era precisamente la verdad.